miércoles, 17 de enero de 2018

Matrimonio de turistas (Gabriel Zas)




Dortmund y yo nos encontrábamos descansando unos días en un hotel muy concurrido de Bariloche cuando, al igual que en nuestro viaje a Cataratas, nos encontramos al capitán Riestra que se hospedaba en el mismo hotel que nosotros, no por placer, sino por trabajo, aunque por razones de protocolo no nos refirió los detalles de su encomienda.

El inspector y yo estábamos disfrutando a pleno de nuestra estadía en el hotel Terrazas del  Norte cuando una tarde al regresar después de un interesante paseo por la ciudad Dortmund tuvo un simpático accidente con unos chicos que estaban jugando con un muñeco de nieve que encontraron armado a escasos metros de la entrada al hotel. Se molestó un poco pero no se hizo mala sangre porque simplemente se trataba de unos chicos jugando y divirtiéndose. Pero cuando nuestras miradas chocaron con el frente del hotel, estaba gran parte de la Policía tomando posesión del edificio y el capitán Riestra había sido asignado para dirigir cierto evento que hasta ése momento desconocíamos de qué se trataba.

_ ¿Qué sucedió, capitán Riestra?_ le preguntó mi amigo cuando pudo interceptarlo después de unos minutos.

_ Un asesinato y una desaparición, por si fuera poco_ dijo Riestra, mayormente inquieto a lo habitual.

_ ¿Es grave? Porque lo noto bastante más preocupado que otras veces.

_ Las víctimas son una pareja de turistas albaneses que llegaron ayer por la mañana y que según los datos declarados en la Embajada, pensaban quedarse al menos una semana antes de emprender el regreso para su país, Albania. La Embajada albanesa quiere encargarse de la investigación. Después de arduas tratativas, logramos que nos den veinticuatro horas de gracia. Si no resolvemos el caso en ése tiempo acordado, las Fuerzas albanesas a través de la Embajada se harán cargo enteramente de la investigación, con la condición ineludible de que será la Justicia argentina quien juzgue a los culpables una vez identificados y detenidos, ya que el hecho se produjo en jurisdicción nuestra, en territorio argentino.

_ Lo comprendo. Y creo que si me dice todo lo que tengo que saber del caso, con gusto lo ayudaré a resolverlo. Tenemos que apurarnos para resolverlo antes de esta noche.

_ ¡Gracias, Dortmund! El cuerpo fue encontrado esta mañana por una de las mucamas del hotel, Celina Bonet, cuando fue a llevarle a la señora Suada Besnik sábanas y toallas nuevas. Golpeó un par de veces la puerta. Pero al no recibir respuesta alguna, intentó acceder a la habitación utilizando la llave. Pero no pudo abrir. Giró y giró la llave en la cerradura varias veces inútilmente hasta el cansancio. Y entonces pensó que se había confundido de llave, que en el apuro había tomado una de otra habitación diferente. Pero terminó siendo que se trataba efectivamente de la llave correcta.

_ ¿Qué número de habitación es?

_ La 63. Y en la 64 se hospedaba el marido de la víctima, Eron Gjon, que está desaparecido desde esta misma mañana cuando la señora Besnik fue hallada muerta, por lo que creemos que él la mató y huyó. Pero es lo de la cerradura lo que no me cuadra en todo este contexto.

_ ¿Por qué habitaciones separadas para un matrimonio?

_ Porque el hotel no tenía suites matrimoniales disponibles por el momento. Y ellos aceptaron alojarse en cuartos separados si eran dos cuartos contiguos. Y el servicio les asignó las habitaciones 63 y 64, respectivamente.

_ ¿Revisaron la habitación del señor Gjon?

_ No desde un principio, porque cuando quisimos ingresar con la llave del hotel, tuvimos el mismo problema con la cerradura ya que la llave tampoco abría. Al final, después de volvernos locos, nos dimos cuenta que ambas cerraduras habían sido intencionalmente cambiadas una con otra. Es decir, que la cerradura del cuarto 63 fue colocada en la habitación 64 y viceversa. Creemos que esto fue obra del propio marido para retrasarnos y ganar tiempo en su huida.

_ Es posible, capitán Riestra. ¿Encontraron algo interesante que pudiera orientarlo a descifrar el motivo del crimen?

_ Nada, Dortmund. Absolutamente nada en ninguna de las dos habitaciones.

_ ¿Cómo murió la señora Besnik?

_ Según el forense, asfixiada con la almohada de su propia cama. No hay huellas ni ningún rastro del asesino. Pero estoy convencido que la mató ése Gjon, su esposo. Ya emitimos un alerta roja y está siendo intensamente buscado. Lo encontraremos pronto.

Mi amigo no se había quedado en absoluto satisfecho con la conjetura del capitán Riestra, y a decir verdad, yo tampoco; y comenzó una investigación en paralelo por cuenta propia, en la que yo tuve escasa participación. En lo único en lo que Sean Dortmund estuvo de acuerdo con el capitán era en la cuestión del intercambio de cerraduras. Pues él también estaba convencido de que el ardid respondió a ganar tiempo por parte del asesino. Pero, lejos de quedarse con la palabra de Riestra, mi amigo supuso que también el asesino pudo recurrir a dicha estratagema para ocultar algo que no quería que fuese descubierto enseguida. Quizás en la requisa hecha por los peritos en las habitaciones, en especial en la 64 que era la que pertenecía al señor Eron Gjon, pasaron por arriba algo relevante.

Dortmund se entrevistó brevemente con personal del hotel y otros huéspedes, y ninguno oyó nada ni vio nada extraño ni la mañana del asesinato ni el día anterior. De hecho, algunos testificaron haber visto poco al matrimonio de albaneses. Pero los pocos que lo cruzaron, dieron cuenta de que el señor Gjon estaba muy nervioso y seriamente preocupado por algo. Y que su esposa, Suada Besnik, intentó aquietarlo más de una vez en vano.

Sean Dortmund, después de esos datos que había recolectado, hurgó más en profundidad en la vida del matrimonio y descubrió que Eron Gjon era en realidad el amante de la víctima y que realmente el marido con quien estaba legítimamente casada era Ardian Payan. El matrimonio fue arreglado por los padres de ambos, una tradición muy vigente en Albania y en otros países de descendencia árabe. Y el Código Civil albanés castiga con la muerte al quien traiciona ésta potestad.

Dortmund, entonces, se formó una mínima idea de lo sucedido. Y era que Eron Gjon y Suada Besnik estaban perdidamente enamorados. El señor Gjon no pudo resistir la idea de que amada se casase por convenio con el señor Payan y la persuadió para huir juntos. Ella aceptó y escaparon rumbo a América y decidieron alojarse en Bariloche. Pero el señor Ardian Payan no iba a permitir algo así jamás. Entonces, los siguió y en cuanto tuvo oportunidad, asesinó a quien debía ser su esposa y raptó a Eron Gjon, a quien seguramente asesinó en otra parte y luego escapó sin dejar el mínimo rastro. La teoría me pareció extraordinaria y perfectamente lógica.

Sean  Dortmund se la planteó sin perder tiempo al capitán Riestra, quien se mostró sumamente optimista a su favor, quien la consideró seriamente, aunque sin descartar la primera que había propuesto.

Lo siguiente que hizo Dortmund  fue contactar a los padres de Suada Besnik, la víctima fatal, sin perder tiempo. Su madre se llamaba Edera Kostandin y su padre, Elio Besnik. Mi amigo les expresó con absoluta sinceridad sus condolencias por lo sucedido con la señorita Besnik y les blanqueó toda la situación del matrimonio arreglado por ellos mismos con Ardian Payan, su aventura y posterior fuga con el señor Gjon y su teoría respecto de la muerte de su hija. En concreto, ambos padres dijeron desconocer el romance secreto que su hija mantenía con el señor Gjon. Pero lo más sórdidamente cruel que adujeron fue que no lamentaban para nada la muerte de su hija porque fue justamente castigada por su traición al matrimonio arreglado. Eso estremeció a mi amigo y lo dejó paralizado.

Acto seguido, inmediatamente después de ésa charla, Dortmund centró su investigación más en la vida de la señorita Besnik y descubrió un detalle contundente: Suada Besnik era una Burnesha. Las burneshas son mujeres de comunidades albanesas que simbólicamente se convierten en hombres, adoptando todos los hábitos masculinos sin excepción, para evitar de ése modo el matrimonio arreglado. Por lo tanto, no podían casarse porque, al convertirse en Burnesha, estaba obligada a renunciar al derecho al casamiento. Eso devastó a Sean Dortmund y también al capitán Riestra porque los nuevos datos recabados por mi amigo anulaban todas las hipótesis hasta ése momento planteadas. Sin dudas, Suada Basnik y Eron Gjon huían de algo. Pero, ¿de qué?

La noche estaba empezando a caer y no se había avanzado ni en el asesinato de la señorita Besnik ni en la misteriosa desaparición del señor Gjon. Frente a ése panorama, el inspector, sofocado por la presión del tiempo sobre sus espaldas, revisó minuciosamente pero a ritmo acelerado, tanto el cuarto de la señorita Besnik como el de Eron Gjon. En el primero, no halló nada relevante, sólo efectos personales de la dama. Y en el segundo encontró en una libreta personal del señor Gjon, ciertos datos que Dortmund consideró de vital importancia. Y sin hacer mención alguna al respecto, salió corriendo hacia afuera alarmado, se sentó en soledad en un banco de madera que había en la puerta de entrada al hotel y se sumió en un ensimismamiento profundo. De golpe, como si una idea lo hubiese atacado precipitadamente, alzó su vista, miró el muñeco de nieve que había armado y en un intento desesperado, alejó a todos los chicos que estaban jugando con él y convocó con profusa urgencia al capitán Riestra. Sin darle demasiadas explicaciones, le pidió ayuda para deshacer el muñeco, aunque el capitán se mostraba tan o incluso más confundido que yo. Y cuando terminaron, lo que había oculto en su interior dejó boquiabierto a todo el mundo: el cuerpo del señor Gjon.

Después de unos cuantos minutos y mientras el forense y los peritos trabajaban en el descubrimiento del segundo cuerpo, Sean Dortmund fue conciso en su discusión de los hechos con el capitán Riestra.

_ Tenía razón en algo_ admitió mi amigo: _ el cambio de una cerradura por otra respondió a una cuestión por parte del asesino de querer hacer tiempo para retrasar el descubrimiento del cuerpo de la señorita Suada Besnik y así asegurarse una huida segura. Pero, además, porque deseaba que algo no fuese descubierto.

Dortmund extrajo del bolsillo de su saco la libreta personal del señor Gjon y la abrió en la letra Y.

_ Cuando una persona quiere ocultar muy bien del resto cuestiones de carácter estrictamente reservado_ continuó, _ por lo general utiliza en una libreta letras poco frecuentes como la Ñ, LA W o como es este caso, la Y. Lo que usted ve expresado allí, capitán Riestra, son transacciones de drogas y lavado de dinero, vinculadas con la mafia china y andorrana. Albania es un país con muchas conexiones con China y en especial con Andorra en negocio de drogas, lavado de dinero, extorsión y demás delitos similares. El señor Egor Gjon hizo algo indebido o se quedó con algo que no era suyo y huyó temeroso de que lo asesinaran por lo que hizo. Y por eso eligió Bariloche como destino final porque creyó que iba a estar seguro. Pero nunca se imaginó que lo iban a seguir hasta acá y mucho menos que iban a matar también a su amante, la señorita Suada Besnik. Y antes que me pregunte, capitán Riestra, voy a decirle que no sé cómo hicieron para cambiar una cerradura por otra sin que nadie viera ni oyera nada. Y también, que el señor Gjon era el único de su comunidad y su cultura que desconocía que la señorita Basnik era una Burnesha, quien pese a las expresas privaciones que rigen en virtud de tal hábito, se entregó a la devoción de su amado.

_ No iba a preguntarle precisamente ninguna de ésas dos cosas, Dortmund, aunque agradezco que igualmente me las haya usted aclarado. Más bien, estoy intrigado en saber cómo supo que el cadáver del señor Gjon estaba oculto en el interior del muñeco de nieve.

_ Esconder cuerpos en lugares impensados es el sello de la mafia andorrana y china, también. Y el muñeco de nieve era un lugar imprevisto, naturalmente.

_ Y pensar que creímos que el homicidio de la señorita Besnik era el principal y nos abocamos a ello, y estábamos completamente equivocados. Gracias, Dortmund. Le estaré eternamente agradecido por todo lo que hizo hoy.

Y el capitán Riestra se alejó con las manos puestas adentro de los bolsillos de su pantalón y silbando una tonada muy porteña. Creo que estaba contento de que no le iba a dar el gusto a las autoridades albanesas de entrometerse en la investigación del caso. Por el contrario, yo estaba particularmente convencido de que les iba a refregar el éxito en la cara.

 

 

 

 

El misterio del Suite Buenos Aires Plaza (Gabriel Zas)




_ ¿Alguna noticia interesante, doctor?_ me pregunto Dortmund, mientras yo hojeaba lentamente el diario Noticias de Buenos Aires.

_ Nada que pueda captar su interés_ le respondí a mi amigo, sin despegar los ojos de las páginas._ En Coronel Suárez, hay una gran invasión de abejas. Una picó a un pobre hombre y lo mató. Las autoridades municipales ya pusieron manos a la obra para apaciguar la plaga. En Pehuajó, un hombre se enteró que su mujer le era infiel con su mejor amigo y quiso suicidarse metiendo la cabeza adentro de un horno encendido. En Olavarría, una mujer se tropezó al querer bajar del tren y está en grave estado internada en un sanatorio privado. Y el famoso y emblemático hotel Suite Buenos Aires Plaza, ubicado justo enfrente de la plaza San Martín, cierra sus puertas definitivamente después de cuarenta años de actividad ininterrumpida el próximo 12 de diciembre. Los empleados contratados por terceros serán derivados a otros hoteles. Pero los que están contratados directamente por el hotel, perderán sus empleos. Según consigna la nota, el grupo inversor que lo controla no está interesado en renovar el contrato y no saben la razón. Sólo saben que el 12 es su último día de trabajo. Como ve, Dortmund, nada interesante.

Pero mi amigo, lejos de resignarse de hacerse de algún caso por falta de alguno, dejó bruscamente lo que estaba haciendo y se volvió hacia mí repentinamente. Sus ojos tenían una expresión interrogativa y él estaba sumido en profundas reflexiones.

_ Lo del hotel es muy curioso, ¿no le parece?_ me dijo el inspector, entusiasmado y relampagueante._ Cuarenta años de actividad hotelera ininterrumpida y de la nada, los dueños deciden no renovar el contrato sin dar explicaciones, dejando todo el asunto inmerso en un ápice de profunda incertidumbre. ¿Por qué?

_ Bueno, la explicación resulta bastante austera. Los dueños vendieron y los nuevos adquisidores quieren dedicarse a otro rubro. Creo que no hay misterio en eso.

_ Puede ser, doctor. Siga leyendo a ver qué más dice.

Obedecí. Las siguientes líneas que leí no aportaban demasiada información relevante. Pero el párrafo inmediato comenzaba con un dato que me estremeció súbitamente y que Dortmund con sólo verme lo supo.

_ Otros grupos inversores se interesaron en comprar el hotel y los dueños actuales no cedieron a sus intereses, ¿correcto?

_ Sí, sí... ¿Por qué?_ balbuceé medio tartamudeando. Pues estaba atónito y no salía de mi asombro.

_  Sumémosle el hecho de que no dan información alguna a sus empleados y tenemos el misterio completo. Justo lo que necesitamos.

_ ¿Va a investigar?

_ Por supuesto. No creo que la solución sea tan compleja, después de todo. Tenemos tres puntos centrales en esta historia: la no renovación del contrato y el cierre definitivo del hotel, la negativa de las autoridades a proporcionarle alguna clase de explicación a sus empleados y el rechazo de venderlo a otras firmas interesadas en la locación. ¿No me va a decir, doctor, que el caso no le resulta extraordinariamente curioso y digno de involucrarnos en él para dilucidar el enigma que lo envuelve?

_ Creo que tiene usted razón, Dortmund_ le respondí poco convencido.

_ ¿Dice algo referente a los nuevos dueños?

Repasé las líneas del artículo ligeramente.

_ No. No menciona nada relativo a eso_ le confirmé a Dortmund, aún sin salir de mi asombro. 

_ ¿Qué hay de la historia del edificio en sí?

_ Fue construido en 1936 por un arquitecto español, Leopoldo Arrancias. Fue el atractivo turístico del país por su reluciente y magnífica arquitectura hasta que Arrancias murió en 1949 y el edificio pasó a manos del Estado. Llamaron a licitación y ganó los pliegos la empresa Marconi, que abrió el hotel ése mismo año y funciona desde ése momento hasta ahora que cierra, digamos. El primer Marconi que lo concesionó fue el padre, Juan Carlos Marconi, quien falleció en 1959. Automáticamente, por sucesión pasó al dominio de su hijo mayor, Leonardo Marconi. Falleció en 1979. Y desde entonces hasta la actualidad, lo explota el hijo menor de aquél, Eugenio Marconi.

_ El hotel lo explota Eugenio Marconi, dueño del grupo Marconi. ¿Qué se sabe de él?

_ Por lo que dice la nota, permanece desaparecido y no da la cara por lo que hizo. Sólo dio órdenes estrictas de que los empleados no hablen con la prensa, nada más.

_ Averigüemos cómo murieron los señores Juan Carlos Marconi y Leonardo Marconi, respectivamente.

Sean Dortmund no tardó en averiguarlo. Juan Carlos Marconi falleció cuando cayó accidentalmente por la ventana del hotel en el que se hospedaba temporalmente en Pinamar. Y su hijo, Leonardo Marconi, murió en un trágico accidente que tuvo con su coche en la Ruta Nacional 8 por la que se trasladaba desde San Luis hasta Córdoba por negocios. Le habían fallado los frenos.

_ Dos accidentes dudosos y ahora aparece la cuestión de la misteriosa venta del hotel. Indudablemente, el señor Eugenio Marconi está involucrado en algo bastante turbio_ expresó Dortmund seriamente preocupado._ ¿Cuándo es 12? ¿Pasado mañana?

_ Sí_ ratifiqué.

_ Tenemos que movernos enseguida para evitar un mal mayor. El tiempo apremia. Vamos, doctor.

Por primera vez, estaba de acuerdo con mi amigo.

_ ¿Cuál es el plan?_ me atreví a indagarlo con un tono de voz que oscilaba entre la emoción y el drama.

_ La única manera de descubrir la verdad es mediante engaños_ repuso el inspector, plácidamente desde la confianza que su idea le inspiraba.

Me pidió que le buscara en el directorio telefónico el número del hotel. Cuando se lo proporcioné, llamó haciéndose pasar por un cliente interesado en adquirir una suite. En concreto, Sean Dortmund pidió alojamiento para el 16 de diciembre, pero el empleado que lo atendió le dijo que no era posible rentarle una habitación para la fecha estipulada ya que el hotel cerraba definitivamente sus puertas el 12 de diciembre. Y las insistencias de mi amigo por conseguir que le alquilaran un cuarto resultaron todas en vano.

_ ¿Qué pretexto le dieron?_ le pregunté.

_ Ninguno en particular_ me respondió._ El empleado sólo me dijo lo que ya sabemos: que el 12 de diciembre cierran y que las reservas hechas con anticipación que superan ésa fecha fueron reprogramadas y derivadas a otros hoteles. Nada nuevo, excepto por esto último. Iremos al hotel en persona a ver al gerente y seremos inversores muy interesados en comprar la locación.

A mí particularmente la idea no me satisfacía demasiado, pero Dortmund se mostraba tan entusiasmado como un chico. El gerente del Suite Buenos Aires Plaza, Mario Echagüe, nos recibió gustosos en su despacho, creo que solamente por mera cortesía. Dortmund le explicó con una convicción total, adoptando un papel formidable, que estaba persiguiendo un proyecto ambicioso y que ése edificio era ideal para concretarlo. Tenía que ser ése y no otro. Le dio miles de argumentos y excusas brillantemente pensadas que no vienen al caso detallar. Pero el señor Echagüe negó cada proposición que Dortmund le hacía con mucha amabilidad y cautela hasta que indirectamente nos echó.

_ ¿Con quién debería hablar, entonces?_ le preguntó Sean Dortmund al gerente del hotel con una insistencia desesperada y sin perder ni su estilo ni la diplomacia que lo caracterizaban.

_ Puede hablar con el señor Marconi que es el dueño y el presidente de la firma_ contestó el señor Echagüe afablemente._ Pero no creo que consiga mucho. Como le repetí varias veces recién durante la charla, ya lo vendió y va a resultar imposible que ceda a sus ruegos.

_ ¿Quién es el comprador? Hablaré con él y le doy mi palabra de que lo convenceré. Cuando le ponga sobre la mesa la cifra que pretendo pagarle para comprar este edificio, le aseguro que no podrá resistirse.

El señor Mario Echagüe dejó escapar una risa con zozobra y regocijo.

_ No creo que logre hacer mucho_ dijo._ Pero con gusto le daré la información que me pide. El nuevo comprador es la empresa Baires Sur, cuyo director ejecutivo es el doctor Dante Fernández. Tome su tarjeta. Le deseo toda la suerte del mundo_ y tras esto último, dejó escapar una risa burlona, que en el fondo escondía cierto aire de ansiedad. Sean Dortmund tomó la tarjeta de mano del señor Echagüe y nos fuimos inmediatamente.

_ Con diplomacia y engaños, uno siempre consigue lo que se propone_ exclamó Dortmund una vez afuera del hotel, con satisfacción.

Pero yo no respondí a eso. Ni bien llegamos a nuestro departamento, mi amigo escribió dos misivas y me hizo enviarlas urgentemente por fax. Una iba dirigida al capitán Riestra, solicitándole información sobre la firma Baires Sur y en especial sobre su director, el señor Dante Fernández, en cuyo remitente aclaró que necesitaba conocer la respuesta dentro de exactamente una hora a más tardar. Y la otra, sorprendentemente, iba dirigida al señor Eugenio Marconi, citándolo en nuestra residencia a las ocho de la noche en punto por una cuestión que había surgido con la herencia a último momento.

_ ¿Herencia?_ le pregunté yo, atónito y algo contrariado a Dortmund.

_ ¡Pero, si todo estuvo claro para mí desde un principio!_ me respondió en un estado de emoción muy típico en él.

_ ¿Quiere hacerme el favor de decirme de qué se trata todo? Estoy parado en medio de una niebla mental.

_ Lo sabrá de la propia boca del señor Marconi. Y si es lo que pienso o no, lo sabré de lo que me conteste el buen capitán Riestra.

_ ¿Cree que Marconi vendrá a verlo esta noche, a la hora indicada?

_ Lo hará, doctor. Tenga fe en ello.

En esos momentos, llegó la tan ansiada respuesta del capitán Riestra. decía: <Dante Fernández, buscado por Interpol. Estafa, asociación ilícita, lavado de dinero y juego ilegal>. Me quedé sin palabras, en tanto que Dortmund me miraba triunfante.

_ ¿Lo entiende ahora?_ me preguntó con vehemencia.

_ No del todo.

No obtuve ninguna respuesta sobre el particular hasta que a las ocho de la noche en punto el señor Marconi tocó a nuestra puerta. Cuando abrí y lo contemplé, se me aflojó la mandíbula. Eugenio Marconi era Mario Echagüe, el gerente del hotel que visitáramos ésa misma tarde. Y por la expresión de lividez que adoptó en cuanto me vio, supe enseguida que me había reconocido. Pero para cuando pudo reaccionar, ya era tarde y Dortmund lo había sentado en una silla frente a él.

_ ¿Qué es lo que sabe?_ inquirió el señor Marconi, visiblemente ofuscado y abatido.

_ Lo sé absolutamente todo, de principio a fin_ repuso Sean Dortmund con petulancia._ Un poco antes de que su padre, el señor Juan Carlos Marconi, falleciera, alguien forzó la cerradura de su caja fuerte y le robó millones de pesos que él tenía ahorrados, que en parte era dinero destinado al pago del salario de los empleados del hotel por entonces. Y su padre lo acusó a usted de apropiarse de todo ése dinero. Por ende, lo dejó a usted en bancarrota compensando así la falta de dinero que usted supuestamente le sustrajo, ya que según denunció su padre, era el único que tuvo oportunidad de hacerlo y el único que desconocía la combinación de la caja fuerte. Usted le robó y su padre lo arruinó financieramente para recuperar la plata. Y eso no lo soportó. Más aún, porque estaba en medio el hecho de que su padre lo desheredó y le dejó la empresa a su hermano Leandro, de la que además no lo hizo socio.

Usted se irritó y mató primero a su padre, arrojándolo por la ventana de la habitación del hotel que ocupaba en Pinamar y unos años más tarde, saboteó los frenos del coche de su hermano Leandro e hizo que se accidentara. Muy astuto. Mató dos pájaros de un solo tiro. El hotel Suite Buenos Aires Plaza que heredó por fallecimiento de sus antecesores, pasó a su dominio. Pero en el medio, usted se metió en serios problemas, señor Eugenio, que no pudo reparar. Se asoció al señor Dante Fernández, un criminal de renombre, que se apropia ilegítimamente de edificios para usarlos de fachada para lavar dinero y cometer otros actos ilícitos.

Creo estar seguro, señor Marconi, que lo conoció en una sala de juego clandestina. Después de asociarse a él, al poco tiempo lo enfrentó en un juego de azar y perdió todas las partidas, lo arruinó por completo. Pero usted es una persona ambiciosa y apostó, para saldar sus deudas y su honor con el señor Fernández, lo único que le quedaba y por lo que había matado: el hotel Suite Buenos Aires Plaza, a lo que el señor Fernández anhelaba llegar. Apostó y perdió. El señor Fernández entonces lo obligó a firmar las escrituras y a cederle el edificio en un cien por ciento. Ahora él dispone de un nuevo condominio para seguir promoviendo sus fechorías criminales. Aunque, como ya lo sé todo, no creo que consiga demasiado. Lo arrestarán dentro de muy poco. Sáqueme de una duda, nada más, señor Eugenio. ¿Por qué esperó tanto tiempo para cerrar el hotel y cedérselo al señor Dante Fernández?

_ Porque el contrato que mantengo con la empresa prestamista que lo financia vence precisamente ahora el 12 de diciembre_ dijo resignado Eugenio Marconi.

_ A la que usted le alegó quiebra, ¿no es así?_ prosiguió Dortmund, audazmente con su relato._ No iban a renovarle el contrato porque los números de los últimos balances, falsos desde luego, no eran muy alentadores y significarían muchas pérdidas económicas más serias que las declaradas hasta entonces. Me faltaba sólo eso. Gracias.

Mi amigo retuvo al señor Eugenio Marconi unos cuantos minutos hasta que llegó una delegación de la Policía Federal enviada por el capitán Riestra y se lo llevó detenido. Dante Fernández ya había sido capturado un rato antes, y una orden judicial emitida por la Justicia Federal permitió que el hotel continuara operando con normalidad.

_ ¿Vio cómo el asunto resultó de una sencillez extrema?_ me dijo Sean Dortmund al día siguiente, cuando ya estábamos más relajados.

_ ¿Cómo lo supo?_ le pregunté intrigado.

_ Me resultó particularmente llamativo que cuando el señor Juan Carlos Marconi murió, el hotel pasara directamente a la potestad de su hijo mayor, Leandro, cuando la sucesión de un mueble se efectúa en partes iguales a los deudos directos. Y después, estaba el hecho de que el hotel no se le vendió en medio a nadie más y todo el hermetismo que giraba en torno a su cierre definitivo. Y cuando supe por medio del capitán Riestra quién era en verdad el futuro dueño, el resto se deducía por sí solo.

_ Igualmente, no comprendo cómo averiguó usted que Mario Echagüe y Eugenio Marconi eran la misma persona.

_ Como le acabo de decir, doctor. El resto de los eventos se dedujeron solos.

El misterio de Sauce Viejo




<Sauce Viejo, provincia de Santa Fe, Argentina>

 

Antes de ser transferido a la División Homicidios de la Policía Federal en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Laureano Borrell era inspector de la misma División pero en la Policía de la provincia de Santa Fe, en la pequeña localidad de Sauce Viejo. Los pocos casos de asesinato que allá había eran relativamente sencillos, ya que giraban en torno a las mismas cuestiones: un campesino que se peleaba con otro por su ganado, por la clientela de los negocios o por una mujer adorada por más de un hombre en el pueblo. Y se daba muy de vez en cuando alguna muerte por accidente, ya sea accidente doméstico o accidente vial en la ruta, o por suicidio. En los últimos diez años, las muertes como consecuencia de los factores expuestos en su conjunto, no llegaban a treinta. Había que admitir que Sauce Viejo era una localidad muy tranquila. Pero en todo pueblo, la tranquilidad reinante que lo caracteriza siempre se ve seriamente abrumada por un caso que conmueve por sus detalles excepcionales y poco claros.

Estela Lleral vivía en el ingreso a la localidad de Sauce Viejo, al costado de la ruta, en una casa aislada del pueblo, en medio de una zona de confort, campo y calma absoluta. Pero no vivía sola, sino que estaba casada desde hacía años con Arturo Compdecalvo, un médico rural muy conocido en todo Sauce Viejo y alrededores, con quien compartía la vivienda. Y según la apreciación de algunos residentes del pueblo y allegados, la pareja estaba atravesando por muchos problemas últimamente.

Y como consecuencia o no de dichas dificultades, Arturo Compdecalvo apareció asesinado en el interior de su propia casa de un fuerte golpe en la cabeza, propinado con un atizador de chimeneas. El cuerpo fue descubierto por su esposa, Estela Lleral, después de que volviera de hacer unos trámites en la ciudad. El cuerpo yacía boca arriba sobre el piso del living de la casa, por lo que se lo podía contemplar mirando desde afuera por la ventana. La ventana en sí estaba abierta parcialmente, y justo debajo de ella y hasta donde terminaba el sendero a la vera del camino que bordeaba la ruta, había una serie de pisadas de tierra, que sin embargo estaban ausentes en el interior de la morada. Había además sobre la mesa del comedor, dos tazas de café prolijamente dispuestas. La primera estaba por la mitad y la segunda vacía. No habían revuelto nada en general, las sillas que hacían juego con la mesa estaban perfectamente colocadas y la cerradura de la puerta de calle no había sido forzada, según las primeras apreciaciones forenses. El inspector Borrell fue el encargado de dirigir la investigación del caso. Examinó cada detalle de la escena minuciosamente. Estudió las tazas de café, las tomó, las miró y las volvió a dejar apoyadas en la mesa en su posición original. Luego caminó circularmente alrededor de la mesa analizándola en profundidad, miró el piso en todos los aspectos, revisó la ventana, las huellas que había afuera y por último abrió y cerró la puerta de calle repetidas veces. Cuando concluyó con la pesquisa, le expuso su opinión a su oficial asistente, sargento Mauricio Ávila.

_ Buscamos a un sólo asesino que montó la escena para que pareciera que había tres personas_ expresó seguro de sus deducciones, Borrell._ Es decir, la víctima junto a un acompañante y un tercero que perpetró el crimen.

_ ¿Cómo llega a ésa conclusión, inspector?_ le preguntó Ávila.

_ Las dos tazas de café están dispuestas muy prolijamente en la mesa, pero no hay ninguna azucarera puesta. Además, los platos que las contienen no tienen ninguna aureola marcada que indicase que el contenido de la taza fue servido y bebido. Y para colmo, las sillas están estéticamente muy bien colocadas. Todo esto me dice que el asesino tomó él mismo las dos tazas de la cocina después de que asesinara al señor Compdecalvo, una la llenó de café hasta el tope, acto seguido pasó de ésa taza a otra un poco más de la mitad del contenido para dar así la apariencia de que alguien más la había bebido, las llevó hasta la mesa, se quitó el calzado, abrió la ventana y escapó, lo que culmina la idea de la presencia de un tercero que sorprendió a dos personas que estaban armoniosamente compartiendo un desayuno juntas. Si esto hubiese ocurrido realmente así, ¿qué le pasó al acompañante de la víctima? ¿Huyó? ¿Se escondió? Y si era así, ¿por qué no nos llamó ni bien el desconocido corrió de la escena?

Tampoco la teoría explica, de ser cierta, que el asesino haya dejado con vida a un potencial testigo del asesinato de Arturo Compdecalvo. Por otra parte, sólo había rastros de un pie sólo del lado de afuera de la casa. Y si el asesino hubiera entrado verdaderamente por la ventana, tendría que haber restos de tierra y barro también adentro de la morada. Y sin embargo, no hay nada. Ni siquiera indicios de que el piso haya sido limpiado. No, definitivamente todo esto fue acto de una sola y única persona.

Su oficial asistente, Mauricio Ávila, aplaudió simbólicamente con sutileza y majestuosidad a Laureano Borrell.

_ Me cerró la boca, inspector_ le dijo con orgullo.

_ No es para tanto, Ávila, no exagere_ repuso Borrell, modestamente._ Tome moldes de las huellas del sendero, revise si hay huellas en la ventana y mándelas al laboratorio a analizar, que tengan listos los resultados enseguida. Y tome todo tipo de muestras de cada uno de los sospechosos que entrevistemos para cotejarlas con los resultados que obtengan los peritos, ¿entendió?

_ Perfectamente. Ya me encargo.

Mauricio Ávila se estaba alejando, pero la voz de Borrell pronunciando su nombre con autoridad y firmeza lo obligó a retroceder.

_ Dígame_ dijo.

_ Quiero hablar con la esposa de la víctima, Estela Lleral. Búsquela y mándemela de inmediato_ le ordenó Laureano Borrell.

_ Muy bien. Usted es el jefe, usted manda.

El sargento Mauricio Ávila se retiró definitivamente. Unos minutos más tarde, Estela Lleral estaba sentada frente a frente con el inspector Laureano Borrell. Era una mujer de unos sesenta años de edad, facciones atractivas, de grandes ojos azules y cabello negro. Pero su rostro no lucía sano. Tenía el labio superior hinchado, la mandíbula sensiblemente desviada, hematomas alrededor del ojo y en otras partes de la cara, leves cortes superficiales arriba de las cejas y tenía magulladuras dispersas por los brazos y cuello. Miró a Borrell afligida y angutiada, y él le devolvió una mirada compasiva y afectuosa.

_ ¿Su esposo le hacía esto, cierto?_ le preguntó el inspector a la viuda, con algo de pudor y sensibilidad.

_ Era muy agresivo conmigo_ repuso Estela Lleral, avergonzada._ Se enojaba conmigo y me golpeaba por cualquier cosa. Era un infierno vivir al lado de él. Ya no aguantaba más.

Se largó a llorar compulsivamente. Borrell se apiadó de ella y cuando se incorporó de nuevo, el inspector la siguió interrogando.

_ ¿Hace cuánto que empezó a comportarse de ésa forma tan agresiva y violenta para con usted?_ fue lo siguiente que quiso saber Laureano Borrell.

_ Desde unos meses después que nos casamos_ contestó la señoral Lleral, ya aliviada y recuperada por completo._ Una noche salí con unas amigas y llegué más tarde a casa, y cuando entré, me estaba esperando despierto. Me hizo una escena por eso y me acusó de haberme visto con otro hombre. Intenté explicarle que estaba equivocado pero no quiso entrar en razón y me dio una bofetada tan fuerte que me desvió el tabique. Al otro día, me pidió perdón y me dijo que iba a cambiar, que no sabe que le pasó y demás excusas de siempre. Pero eso no pasó nunca y cada vez se ponía más y más violento. Hasta que un día me cansé y radiqué la denuncia en la Comisaría del pueblo. Se enteró y me castigó severamente por eso. Y amenazó con matarme si lo volvía a hacer. Nunca se detuvo. Logré que el juez le impusiera una orden de restricción pero no alcanzó. La violó y no hicieron absolutamente nada. Denuncia tras denuncia y la situación no cambiaba. Incluso, me había mudado hace dos años atrás transitoriamente a casa de una amiga que vivía por ese entonces en la ciudad, pero Arturo lo averiguó. Fue a buscarme hasta allá y armó tal escándalo que los vecinos llamaron a la Policía. Pero no sirvió de nada. Arturo no era ni la sombra del hombre que conocí y del que me enamoré con locura. Ése caballero que era desapareció.

_ Entonces, asumo que no le pidió la separación por temor.

_ Así es, inspector.

_ ¿Hace cuánto que estaba casada con el señor Compdecalvo?

_ Diez años. Los peores diez años de mi vida.

_ Se casaron de grandes.

_  Porque nos conocimos de grandes en un crucero de solos y solas.

_ ¿Familiares del señor Compdecalvo?

_ Ninguno.

_ ¿Y suyos, señora Lleral?

_ Patricio Lleral, mi único hermano, tres años mayor que yo. Soltero sin hijos.

_ ¿Ustedes nunca tuvieron hijos con el señor Compdecalvo, Estela?

_ No. Afortunadamente, no. Porque no sé qué hubiera sido de ellos con un padre como él.

_ ¿Por decisión de quién no tuvieron hijos?

_ De Arturo. Dijo varias veces que detestaba los chicos.

_ ¿Su hermano, Patricio me dijo que se llama, estaba al tanto de las bajezas a las que el señor Compdecalvo la sometía, señora Lleral?

_ Sí. Estaba furioso. Lo confrontó varias veces y hasta llegó a decirle que si no paraba de hacerme daño, lo iba a lamentar para siempre. Patricio es un buen hombre. Siempre me defendió y me apoyó en todo.

_ Tengo que preguntarle por rigor dónde estaba hoy a la mañana cuando su esposo fue asesinado.

_ Haciendo unos trámites personales en la ciudad. Estuve en varios lados. Puede confirmarlo.

_ Y cuando volvió, encontró el cuerpo, ¿cierto?

_ Exactamente.

_ ¿La puerta estaba cerrada o abierta?

_ Más bien, entornada.

_ ¿Y no vio a nadie merodear cerca de la casa ni percibió nada inusual ni ninguna clase de movimientos extraños?

_ No, inspector. Estoy segura que no. Perdone.

_ ¿Y lo siguiente que hizo fue llamar al 911?

_ Correcto.

_ Comprendo. Tendré que pedirle que se saque los zapatos para que un perito le tome un molde de su pie y le tomen también las huellas dactilares. Son las marcas descuidadas que dejó el asesino cuando mató a su marido.

_ Lo entiendo. Sólo cumple con su trabajo.

_ ¿Tengo que suponer entonces que la muerte de su esposo, Arturo Compdecalvo, no la afecta en lo más mínimo?

_ Supone usted bien.

Estela Lleral se sacó los zapatos y se sometió inmediatamente a las órdenes dispuestas por Laureano Borrell. En tanto que el inspector de Homicidios contactó y entrevistó en segundo lugar a Patricio Lleral, hermano de la viuda. Era un hombre de espaldas anchas, postura firme, rostro prominente, ojos marrones y cabello canoso con tintes negros, y de espíritu eficazmente servicial. Confirmó que lo dijo su hermana, Estela Lleral, sobre las veces que confrontó a Arturo Compdecalvo y lo amenazó. La última vez había sido cuatro días antes del homicidio. Dijo, además, que estaba en una reunión de trabajo al momento del crimen y que podía confirmar fehacientemente su coartada. Aun así, Laureano Borrell presumía que pudo haber contratado a alguien para que matara a Arturo Compdecalvo. Lo mismo aplicaba para Estela Lleral, ya que eran los dos sospechosos principales del crimen con un potencial motivo en común ambos, por lo que Borrell le encomendó al sargento Mauricio Ávila, su ayudante de campo, revisar las cuentas bancarias de cada uno de ellos para comprobar los últimos movimientos que habían efectuado en las últimas setenta y dos horas.

_ ¿Le tomaron los moldes a Patricio Lleral también?_ le preguntó Borrell a Ávila.

_ Sí. Tenemos todo, inspector_ remarcó el sargento._ Analicé las huellas de la escena y son de un calzado masculino número cuarenta y dos.

_ Bien, Ávila. ¿De qué tipo de calzado estamos hablando?

_ De unas zapatillas tipo alpargatas de lona.

_ Eso lo pone como sospechoso principal del homicidio de Arturo Compdecalvo a Patricio Lleral, el hermano de la viuda.

_ Pero, si mal no me fijé, tiene puestos ahora un par de mocasines.

_ Se los pudo haber cambiado tranquilamente.

_ ¿Hago las comparaciones de los dos moldes? ¿El del asesino y el de Patricio Lleral?

_ Prosiga.

Los resultados arrojaron que el asesino calzaba un número cuarenta.

_ Definitivamente, la huella no pertenece a Patricio Lleral_ remarcó con frustración, Ávila.

_ Nada es definitivo_ convino Borrell._ No todas las hormas de los calzados son iguales ni todos los pies son iguales. Una misma persona puede calzar cuarenta y dos en zapatos y cuarenta en alpargatas, sólo por poner un ejemplo al azar.

_ ¿Al azar? Sí, claro._ dijo eso con altivez.

_ Está bien. ¿Pero, estamos de acuerdo que es algo perfectamente lógico y posible?

_ Absolutamente de acuerdo. Pero también los rastros pueden pertenecer a la persona que contrataron. Convengamos que los dos hermanos pueden estar juntos en esto. ¿Qué piensa usted, inspector?

_ Podría ser, sí. ¿Por qué no?

Laureano Borrell examinó el cuerpo una vez más, que todavía no había sido removido de la escena, y notó un corte hexagonal en la nariz.

_ ¿Cómo se hizo el corte de la nariz?_ preguntó Borrell, con interés.

_ Lo golpearon con algo_ replicó Ávila.

_ La herida es muy sugerente.

Laureano Borrell siguió examinando el cuerpo un poco más y luego realizó una requisa más minuciosa que la primera en cada uno de los rincones de la casa. Lo último que inspeccionó fue la cocina, en donde descubrió escondida adentro de un táper la correspondencia del día. Reflexionó unos instantes y le pidió urgentemente a su ayudante, el sargento Ávila, que averiguase qué cartero era el encargado de llevar las cartas a la casa en cuestión. Se trataba de Sergio Otrera, del Correo zonal y el que llevaba la correspondencia siempre a la casa en cuestión. Laureano Borrell lo contactó y lo entrevistó en privado.

_ ¿Qué número de zapatillas calza, señor Otrera?_ preguntó Borrell con hostilidad.

_ Cuarenta. ¿Por qué?_ contestó el cartero de manera soberbia.

_ ¿Y qué clase de calzado utiliza para el trabajo?

_ Calzado de lona, muy cómodo para caminar horas y horas llevando cartas de acá para allá. Termino exhausto, ¿sabe?

El inspector Borrell puso frente a sus ojos las cartas que encontró ocultas en la cocina.

_ Las entregó hoy, ¿no es así? Correspondencia del día sin abrir en una escena del crimen hubiese resultado altamente sospechoso, por lo que tuvo que esconderla en un lugar seguro.

_ Créame que no lo entiendo, inspector.

_ Me entiende perfectamente, Otrera. Fue a casa de Compdecalvo a dejarle la correspondencia como lo hacía habitualmente. Miró por la ventana y notó que estaba solo. Golpeó, él le abrió y apenas lo hizo, le empujó la puerta encima causándole en la nariz un corte con el borde del marco. Agarró el atizador de la chimenea, lo golpeó en la cabeza y lo mató. Después, valiéndose de dos tazas de café, simuló que Arturo Compdecalvo estaba acompañado por alguien más y luego, para simular la presencia de un tercer intruso en la escena para aparentar otra situación diferente a la realmente ocurrida, abrió la ventana y escapó por el sendero, dejando sus huellas de pie impregnadas en la tierra.

_ Tiene una imaginación extraordinaria, ¿sabe, inspector? Pero nada de lo que dice es cierto.

_ Analizamos las huellas recabadas de la escena y son de una persona que calza cuarenta, casualmente como usted. Y que usaba un calzado tipo de lona al momento del asesinato, como el que confesó que también usa usted para trabajar, señor Otrera. ¿Cuánto quiere apostar a que si tomo muestras de su pie y su calzado coinciden en un cien por ciento con las muestras extraídas de la escena del crimen?

Por primera vez, el rostro del cartero cambió súbitamente, tornándose de una palidez inusitada.

_ Y no podía devolver las cartas al correo porque se delataría solo_ prosiguió Borrell con su explicación._ Entonces, simplemente las escondió adentro de un táper en la cocina.

_ ¡Está bien! ¡Usted gana! Sí, yo maté al desgraciado de Arturo Compdecalvo. ¿Y qué? Le hice un favor a la humanidad. Cada vez que venía a traer la correspondencia del mes, lo veía maltratando e insultando impunemente a la señora Lleral. ¿Sabe las veces que lo vi golpearla sin piedad?

_ ¿Por qué no lo denunció?

_ ¡Porque no hacen nada! La pobre mujer pidió una orden de restricción, este hijo de su madre la violó y nadie hizo nada. Denuncia tras denuncia, una atrás de la otra, y la Justicia no hizo absolutamente nada por ayudar a la pobre señora Lleral. Ella me lo contó todo. Ése malparido pudo haberla matado tranquilamente. Ya no aguantaba más verlo golpearla salvajemente. Intenté detenerlo más de una vez inútilmente. Asesinarlo era la única manera de frenarlo.

_ No coincido con usted en eso.

_ Usted no sabe la impotencia que se siente, inspector, ver que torturan a la mujer que ama en secreto, a la mujer por la que está loco y haría todo por ella. Hasta matar. Ojalá ella supiera lo importante que es para mí.

_ Queda arrestado por el asesinato de Arturo Compdecalvo.

Se escuchó el clic de las esposas.

_ Quiero un abogado_ exigió Sergio Otrera, intranquilo.

_ Va a necesitar uno demasiado bueno, se lo aseguro_ le contestó Laureano Borrell con premura.

Los medios locales reflejaron unos meses después que Sergio Otrera fue condenado a quince años de prisión efectiva por el asesinato de Arturo Compdecalvo, en tanto que la señora Estela Lleral estaba lista y decidida a dejar ése pasado tortuoso atrás y empezar y rehacer su vida de nuevo desde cero. Para entonces, el inspector Laureano Borrell ya era oficialmente inspector de Homicidios de la Policía Federal en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.