miércoles, 26 de diciembre de 2018
La hermandad de los cuatro (Gabriel Zas)
_ Hasta ahora tenemos tres víctimas, sin relación aparente entre ellas_ explicaba el capitán Riestra con preocupación acentuada y carente de hipótesis._ Tres hombres de diferentes edades, todos asesinados en distintos puntos de la Capital de igual forma: con una pistola y de cerca. Hablamos entonces de un asesino serial que tiene una motivación personal. Sin embargo, la relación entre las tres víctimas, reitero, es inexistente.
_ Quizás, la relación está en la motivación del asesino y no precisamente en sus víctimas_ intervine con aire profesional._ Le da igual cualquier hombre que cubra las expectativas de su motivación y satisfaga sus necesidades personales.
_ Es un buen punto, doctor_ me alagó Riestra, gentilmente._ ¿Qué piensa al respecto, Dortmund? Está muy callado_ dijo luego dirigiéndose a mi amigo.
El inspector estaba ocupado en probar un nuevo producto para quitar la suciedad de los trajes de etiqueta. El suyo estaba intacto, y aun así, se obsesionó deliberadamente con el hecho. Era raro que un evento irrelevante lo atrajera más que un caso como el que nuestro amigo nos estaba exponiendo. No obstante, Dortmund siguió mostrándose indiferente ante tal circunstancia y Riestra le dio continuidad a su disertación.
_ Estamos investigando a las víctimas y eso con los pocos recursos que disponemos, nos demandará más tiempo del requerido. El Estado nos está limitando y se nos dificulta trabajar debidamente en esas condiciones.
_ Lamento oír eso, capitán Riestra. De todos modos, con nuestra intervención, tiene el éxito asegurado.
_ Por eso vine, doctor. Aprecio su ayuda.
_ ¿Qué hay del arma y de las heridas que tienen los tres occisos hasta el momento?
_ El funcionamiento de las pistolas es semiautomático porque el mecanismo que coloca un nuevo cartucho en la recámara luego de disparar es automático, pero como efectúa un sólo disparo al apretar el gatillo, técnicamente no se la considera arma automática. Y al ser de corto calibre, puede ser sostenida con una sola mano y lograr un disparo limpio y certero. El tirador busca precisión. Y por regla general, el proyectil de una pistola puede ser más dañino que el de un revólver.
_ ¿Y las heridas?
_ Laxas. Es decir, que el asesino ejerció poca presión sobre la piel al momento del disparo, de manera que queda un espacio entre ambas que permite el depósito del humo alrededor del orificio.
_ Interesante, caballeros_ interrumpiò Sean Dortmund, modestamente._ El asesino mata con pistola porque tiene mayor precisión y puede tomar el arma cómodamente con una sola mano, pero la apoya superficialmente sobre su víctima. ¿Remordimiento, quizás?
_ O el tirador es un inexperto_ deslizó Riestra algo dudoso.
_ Excelente observación, capitán Riestra. ¿Las lesiones son exactamente idénticas en los tres casos?
_ A simple vista, sí. El diámetro y la trayectoria son análogas en las tres muertes.
_ Eso es evidente si se usó la misma pistola en los tres homicidios. Si mató la misma persona, las lesiones serán exactamente iguales en los tres casos. Pero si hay más de un asesino, entonces las lesiones presentarán leves modificaciones unas en relación a las otras. Habrá un patrón diferente en las tres víctimas.
Con Riestra, miramos a el inspector con hostilidad. Él nos devolvió una mirada más amigable acompañada de una sonrisa peculiar.
_ Sólo evalúo posibilidades_ agregó luego en tono más serio y discreto._ ¿En cuánto estarán listos los resultados de las autopistas y los análisis de Balística, capitán Riestra?
_ Mínimo, una semana_ adujo nuestro amigo con poco entusiasmo._ Hay un sólo forense y tiene varios casos antes que éste. Y Balística no es la excepción a la regla.
_ Eso es un problema_ dijo Dortmund, preocupadamente._ Centremos la investigación por ahora en averiguar todo lo que podamos, referente a las tres víctimas.
El capitán y yo aprobamos la iniciativa.
_ ¿Quiénes son exactamente?_ quiso saber con cierta urgencia Sean Dortmund.
_ El primero de los tres se llama Elviro Cuenca_ repuso Riestra._ Apareció muerto cerca de la estación de Villa del Parque cerca de las 15 horas hace tres días. Por lo que averiguamos hablando con gente de la zona, trabajaba en una inmobiliaria muy cerca de donde lo hallamos. La única inmobiliaria que hay por ahí es Serrano y asociados. Hablamos con los empleados pero niegan conocer a la víctima.
_ Quizás porque tenía problemas que involucraba a la propia inmobiliaria_ deduje.
_ Tal vez, no lo sabremos hasta que localicemos a algún familiar suyo. Y como dije, estamos con pocos recursos para hacerlo rápido y debidamente. La segunda víctima se trata de Fabián Toledo. Apareció muerto en su casa de Lugano. Lo encontraron los vecinos, que dieron aviso a la Policía porque no lo veían hacía días. Vivía solo y no tenía familia. Trabajaba en una casa de ropa masculina en Parque Patricios. Según sus compañeros de trabajo, se comportaba de forma extraña, aunque él negara siempre que le preguntaban tener algún problema. Trataremos de averiguar más sobre él en la medida que nos sea posible. Y la tercer víctima es Enrique Galvez, docente de Contabilidad en la Facultad de Buenos Aires. Apareció tirado en plena avenida Corrientes ayer a la noche. Hablamos con algunos compañeros suyos de trabajo y nos aseguraron que estaba bien, de buen humor y que no tenía problemas con nadie. Estamos intentado localizar a algún pariente suyo. Pero con los pocos recursos que tenemos a nuestro alcance y encima que los resultados de los estudios forenses no van a estar disponibles hasta dentro de una semana aproximadamente, todo nos va a costar el doble de trabajo.
_ No necesariamente, capitán Riestra_ intervino el inspector, con aire místico y actitud pensativa._ Parece ser, según lo que se deduce de los eventos que usted correctamente expuso, que el señor Cuenca era un blanco potencial. Y un asesino serial, por regla general, no usa pistola sino revólver.
Con el capitán Riestra, miramos a Dortmund con cierto estupor e incredulidad manifestados en una misma expresión.
_ ¿A qué se refiere, Dortmund?_ quiso saber más en detalle nuestro amigo.
_ Que quizás el blanco real de nuestro asesino era el señor Cuenca y mató a los otros dos hombres para generar una pista falsa.
No dijimos nada. Dortmund siempre tenía la idea justa y adecuada para cada planteo formulado y resultaba totalmente inútil pretender refutarlo.
_ Gran observación_ reconoció el capitán Riestra, sin más remedio.
Supimos dos días después que el señor Cuenca era oriundo de la provincia de Neuquén y que había venido a Buenos Aires por negocios que casi nadie sabía con absoluta certeza de qué se trataban. Su mujer había fallecido hacia un mes y constatamos que no le dejó más que la casa en la que residía. No tenía nada a nombre suyo y una vez por mes viajaba a Capital Federal en un avión de una aerolínea de bandera con motivos aún desconocidos. Dortmund podría tener razón cuando propuso que el señor Elviro Cuenca era el objetivo real del asesino y que las otras dos víctimas resultaron simplemente una distracción, una vieja artimaña que jamás pasará de moda.
Con el inspector y el capitán Riestra, nos dirigimos en tropel a la sede porteña de la aerolínea de bandera que trasladaba al señor Cuenca una vez por mes para averiguar más sobre dichos viajes y si eran financiados por la víctima misma o por
terceros. Pero nos explicaron desde la empresa que sin la orden de algún juez, no podían proporcionarnos la información requerida porque vulneraban el derecho a la privacidad de sus clientes. Y aunque nos sentimos impulsivos y enojados por la respuesta que nos brindaron, era cierto. Y ningún fiscal le iba a pedir al juez que entendía en la causa semejante solicitud sin pruebas específicas y concluyentes. Así que, centramos nuestra atención por el momento en la segunda víctima, el señor Fabián Toledo. Al igual que el señor Cuenca, nuestra segunda víctima también provenía del interior del país, más precisamente de Salta.
Según sus compañeros de trabajo, vino a Buenos Aires en 1991, o sea, hace cinco años atrás. Pero no aportaron muchos más datos de los que ya disponíamos.
Dortmund llamó a Salta y descubrió a la madre y a un hermano de la víctima. Se llamaban María Carrasco y Alejandro Toledo, respectivamente. Y sin avisarnos de su decisión, Sean Dortmund viajó a Salta por voluntad propia.
María Carrasco era una mujer entrada ya en años, pero con mucha vitalidad y fortaleza intactas. Le costaba caminar pero se sostenía gracias a la ayuda de un bastón. Era de estatura mediana, ojos claros y lucía una sonrisa que inspiraba confianza y alegría. Al inspector le costó darle la noticia sobre la muerte de su hijo. Y ella, como era de esperarse, se descompensó. Después de un rato, se repuso y Dortmund pudo interrogarla.
_ Mi hijo era una excelente persona_ explicaba la señora Carrasco con mucho pesar y lágrimas en sus ojos._ No entiendo cómo pudo pasarle esto.
_ ¿Por qué el señor Fabián Toledo viajó y se radicó definitivamente en Buenos Aires?_ la indagó mi amigo, delicadamente.
_ Mire cómo vivimos_ respondió la anciana, haciendo con su manos un paneo general por todo el ambiente._ Estamos en la miseria absoluta y nadie nos ayuda, a nadie le importamos. Mi hijo quiso ser alguien y viajó a Buenos Aires porque allá tenía un mejor futuro que acá. Consiguió trabajo enseguida en una casa de ropa y alquiló por recomendación de una inmobiliaria un pequeño departamento en el barrio de Lugano. Ganaba muy bien y todos los meses me hacia un giro de dinero a una cuenta bancaria que él abrió a nombre mío solamente para ayudarme económicamente. Él era así en todo y con todos.
_ Señora Carrasco, ¿cómo se llama la inmobiliaria que le recomendó a su hijo la vivienda en la que residía en Lugano? ¿Lo recuerda de casualidad? ¿Alguna vez se lo mencionó?
La mujer hizo un esfuerzo por recordar.
_ Serrano y asociados_ repuso María Carrasco con vehemencia y firmeza.
Mi amigo la miró con estupor y asombro.
_ ¿Está segura?_ quiso estar convencido el inspector Dortmund.
_ Sí, por supuesto. Mi memoria funciona muy bien pese a mis noventa años. La conoció por recomendación de un compañero de trabajo y alquiló la casa donde vivía a través de su firma. Es más, creo que Fabián me dijo en alguna oportunidad que le hicieron una rebaja importante en el precio final de la renta.
_ ¿Y, recuerda de casualidad, señora Carrasco, el nombre de la aerolínea con la que el señor Fabián viajó a Buenos Aires?
La anciana respondió con contundencia. Era la misma compañía por la que el señor Cuenca se trasladaba una vez por mes de Buenos Aires a Neuquén.
A Dortmund casi se le salió el corazón del pecho por la conmoción que sintió al conocer estos dos datos. Le hizo algunas preguntas más de rigor y se retiró. Y en vista de las cuestiones que explicó la señora María Carrasco, mi amigo no creyó necesario entrevistar al hermano del occiso.
De nuevo en Buenos Aires, y después de reprocharle a Dortmund la decisión de viajar intempestivamente a Salta, nos puso al corriente de dichos eventos. Con el capitán Riestra nos miramos con los ojos enormemente abiertos y con mucha intensidad.
_ He ahí la relación que estaba buscando, capitán Riestra_ expresó Dortmund, con petulancia.
_ Una inmobiliaria, una empresa aérea... ¿Cómo se relacionan las dos cosas con las tres víctimas que tenemos hasta el momento?_ reflexionó nuestro amigo, bastante más confundido que al comienzo de la investigación.
_ Dos víctimas... Aún debemos averiguar sobre la tercera que nos resta_ corregí.
_ Exacto, doctor. Y no se olvide, capitán Riestra, que ambas víctimas, tanto el señor Cuenca como el señor Toledo, eran de otras provincias.
Fuimos a la sede de la Facultad en la que se desempeñaba el señor Galvez, la tercera víctima. Después de explicarle el propósito de nuestra visita al sereno de la institución, nos sugirió hablar directamente con la directora, la señora Inés Bertaglia. Era una mujer de modales correctos, buen porte y amplia predisposición. Tenía los ojos verdes y cabellos negros. Y estaba muy conmocionada por lo que sucedió con Enrique Galvez.
_ Estaba preocupado últimamente por algo_ dijo la mujer en cuestión, compungida._ Pero, era puntual, amable y cumplía con su trabajo rigurosamente. Todos acá lo adorábamos. Alumnos y compañeros suyos.
_ ¿Tenía idea de cuál era el motivo de su preocupación?_ preguntó Dortmund con vehemencia.
_ No. Los problemas personales los mantenía al margen del trabajo.
_ ¿Nunca dio indicios de que algo grave lo estuviese afectando?
_ Para serle sincera, inspector, no.
_ ¿Tenía familia?
_ Afuera, en su provincia natal. Él era oriundo de San Juan Capital. Vivía en una casa que alquilaba cerca del Obelisco, una pensión bastante deplorable. Pero fue lo único que consiguió por el momento. Tenía intenciones de mudarse el año que viene a un lugar mejor.
_ ¿Sabe el nombre de su esposa, señora Bertaglia?
_ Bianca Molina. Ayer la llamé para darle el pésame. Me dijo que el fiscal la llamó para darle la noticia. Pobre mujer, está devastada.
_ Me imagino... ¿Hijos?
_ No. Nunca tuvieron. Desconozco la razón de dicha decisión.
_ ¿Alguna vez tuvo algún conflicto de trabajo con alguien?_ intervino severamente el capitán Riestra.
_ No, jamás. Como dije antes, todos acá lo adorábamos.
Lo siguiente que la señora Inés Bertaglia nos dijo fue el nombre de la inmobiliaria por el que, según su testimonio, el señor Enrique Galvez pensaba alquilar más adelante. Y era la misma que tenían en común las dos víctimas anteriores, a parte de que el señor Galvez también era del interior y había viajado a Buenos Aires por la misma empresa aérea que los otros dos.
Dortmund decidió entonces, sin permitir que el capitán Riestra lo acompañara para no involucrarlo innecesariamente, visitar la inmobiliaria Serrano y asociados para averiguar más al respecto, bajo pretextos profesionales, ya que se haría pasar por un cliente interesado en adquirir una propiedad.
Y sin dudas, su idea dio grandes resultados, porque volvió emocionado y agitado, como si hubiese descubierto algo que no esperaba.
Con Riestra le insistimos en que nos diga algo, pero su silencio fue dilapidario. Sólo nos dijo que lo único que podíamos hacer era esperar, por lo que el capitán y yo nos quedamos modestamente más desorientados y alertados que al comienzo.
Sucedió entonces lo inesperado para nosotros. Apareció en Barracas una cuarta víctima. Se trataba de Alberto Kerr, un estibador del Puerto de Buenos Aires, también asesinado como los otros tres anteriores.
Entre ellos quedó establecido que no se conocían y para colmo, no teníamos ningún sospechoso en la mira. Y aun así, mi amigo sabía algo que se rehusaba a compartirnos. Y eso, ciertamente, me molestaba en demasía. Pero confiaba en el criterio profesional de Dortmund, quien seguramente esperaba alguna confirmación que respaldase su teoría.
En resumen, la cuarta víctima recibió un disparo en el pecho, inconsistente con las tres víctimas anteriores, pero proveniente de la misma pistola.
_ La herida se produjo por contacto firme_ dijo el capitán Riestra, mientras revisaba el cuerpo levemente inclinado sobre el mismo._ Los bordes del orificio están chamuscados a raíz de los gases calientes del proceso y ennegrecidos por el humo, lo que implica que el arma fue comprimida fuertemente sobre el pecho. Diría que fue suicidio, si no fuese por el hecho de que los peritos no encontraron la pistola.
_ ¿Por qué matar al señor Kerr de forma distinta a como lo hizo en los tres homicidios anteriores?_ deslicé con inquietud.
_ Esto le da luz y claridad a mi teoría_ agregó Sean Dortmund, con una sonrisa impertinente que dibujaban sus labios en esos momentos. Y dirigiendo su atención hacia el capitán Riestra, preguntó.
_ ¿Cuándo estarán listos los resultados preliminares de las autopsias?
_ Ya están listos. Me acaban de notificar al respecto_ repuso nuestro amigo con indiferencia y desconfianza.
_ ¿Qué esperamos para ir a hablar con el patólogo, entonces?
El inspector apresuró los pasos impulsivamente, alejándose de la escena a ritmo acelerado. Y con Riestra tuvimos que seguirlo antes de perderlo definitivamente y sin que nos haya dicho todavía nada acerca de su misteriosa conjetura de los hechos.
Llegamos al laboratorio antes de lo estipulado. El doctor Emilio Angulo nos recibió cordialmente y el inspector lo abordó ansiosamente sin dejar que ni el capitán Riestra ni yo respondiéramos a los saludos de rigor.
_ Si bien los tres disparos fueron efectuados con la misma pistola y bajo la misma mecánica de disparo en cuanto a trayectoria, distancia y presión ejercida concernientes, todas las heridas presentan entre sí diferencias muy mínimas pero claras y específicas_ explicaba con voz enérgica y tono de médico experto, el doctor Angulo._ Son como huellas dactilares porque no existen dos iguales. Y esta particularidad está extremamente ligada a la habilidad y al estilo propio de cada tirador.
_ ¿Tres asesinos?_ inquirió Riestra, absolutamente descolocado.
_ Pero los tres, o cuatro mejor dicho si contamos al señor Kerr, están vinculados por algo mucho más fuerte_ amplió Dortmund con pesar. Y le cedió la palabra al doctor Emilio Angulo.
_ Los cuarto, si se quiere decir aunque todavía no le practiqué la necropsia a la víctima reciente, estaban en la etapa terminal de una enfermedad fulminante. No les quedaba más de tres o cuatro meses de vida a cada uno de ellos. Estaban sufriendo una agonía que los estaba consumiendo terriblemente y ya no soportaban lidiar con tanto dolor y sufrimiento innecesarios.
_ ¿Un pacto suicida?_ indagué obnubilado.
_ Así es, doctor_ me respondió Dortmund, afligido._ Pienso que ninguno de los cuatro quería que sus familiares y allegados sufrieran por ellos. En todas las entrevistas que mantuve, nadie hizo mención a ninguna enfermedad. Por ende, no lo sabían. La solución para los cuatro amigos es clara: un pacto suicida. Ellos se liberan del dolor y no preocupan, digámoslo así, a los suyos. Y se les ocurre una idea ingeniosa para llevar a cabo su plan. Se les ocurre, ni más ni menos, que simular a un asesino serial. Después de planificar todos los detalles, Toledo asesina a Cuenca; Galvez a Toledo; Kerr a Galvez. Y finalmente, el señor Alberto Kerr se suicida con la ayuda de un tercero que esconde el arma para sostener la idea del asesino en serie.
Riestra y yo nos estremecimos hasta el borde del llanto.
_ ¿De dónde se conocían?_ preguntó alicaído el capitán Riestra.
_ Los cuatro eran pacientes del mismo centro médico. Los cuatro hacían su tratamiento en el mismo sanatorio. Y lo abonaban por intermedio del señor Juan Iriarte, médico especialista de la institución y empleado de la inmobiliaria Serrano y asociados. La mensualidad que abonaban por el tratamiento incluía gastos de traslados por intermedio de la compañía aérea con la que el centro médico tenía un contrato firmado. Y estoy seguro que fue él quien se llevó el arma de la escena en el caso de la muerte del señor Kerr.
Preferimos abandonar el caso en esta instancia. Nos afectó profundamente y nos hizo comprender los secretos que esconde una alma dañada y sensible. La esencia humana que guía tomar esta clase de decisiones sigue siendo un gran misterio de la vida.
martes, 28 de agosto de 2018
El crimen de la modelo (Gabriel Zas)
La multitud de mujeres que había en ése momento en la
filial argentina del instituto de modelos francés Belle, rebosaba la capacidad máxima permitida del lugar. Muchas de
ellas se estaban inscribiendo por primera vez para rendir el examen de ingreso
obligatorio para poder cumplir su sueño de desfilar en las pasarelas más
importantes y prestigiosas tanto del país como del mundo. Otro grupo, en
cambio, estaba probando vestuario. Otras tantas ensayaban para el próximo
desfile que iba a desarrollarse en Mar del Plata a principios del mes siguiente
y una ínfima proporción de ése amplio porcentaje de damas que invadía
irresistiblemente todos los huecos del establecimiento estaba reunida de a dos
o de a tres, bebiendo algo y poniendo sobre la mesa temas de su intimidad
cotidiana.
Ernestina Bonasera era una joven de aspecto juvenil
aunque su edad era próxima a los cuarenta años, que inspiraba súbita simpatía
con solo observarla. Y cuya elocuente sonrisa invitaba a toda persona a
acercarse a ella sin miedo ya que de su espíritu irradiaba un vestigio de
confianza estremecedor. Pero poseía un carácter cuidadosamente reservado y eso
la restringió a ganarse solamente la amistad de dos muchachas más jóvenes que
ella.
Había ingresado al instituto hacía menos de dos meses y
según anticiparon sus mentores, era dueña de un talento inconmensurable. Su
versatilidad para desfilar y modelar era una virtud concebida como un regalo de
Dios, según el punto de vista profesional de todos sus maestros.
Estuvo hablando por más de diez minutos con su mayor
confidente, Sofia Vilanova, con quien entabló una fiel amistad desde el primer
día que ingresó a la academia y con quien estaba reunida en ese momento en una mesa
para tres, pero con el tercer asiento desocupado.
_ Tengo la garganta re seca_ le confesó Sofia con voz
sufrida y una expresión de agobio infernal._ Voy a buscar algo para tomar al
buffet. ¿Querés algo vos también?
_ ¿Qué te vas pedir?_ replicó Ernestina, con un tinte de
voz semejante al de un jugador cuando redobla su apuesta.
_ Un exprimido de naranja. ¿Te pido uno para vos además?
_ A mí traeme un té helado, mejor.
Su amiga la miró con un espanto irracional, se levantó y
fue a buscar las bebidas. Volvió a los diez minutos con ambos tragos en mano.
Ernestina quiso pagarle el suyo pero Sofia le rechazó la gentileza.
_ Dejá. Yo invito_ le dijo con amabilidad.
Ernestina Bonasera le sonrió afectuosamente en señal de
gratitud.
_ La próxima te invito yo_ añadió después.
_ Te tomo la palabra.
Sofia Vilanova estaba tan sedienta que bebió el juego de
naranja exprimido de un sólo trago, como si de tequila se tratase. Ernestina,
por el contrario, bebía el té helado lenta y pausadamente, disfrutando con fino
glamour cada sorbo, mechando en medio temas variados de conversación.
Y de repente, algo inesperado ocurrió. Ernestina comenzó
a sentirse mal. Tenía fiebre, la respiración agitada, sudaba y se sentía
extremadamente mareada. Sofia se asustó e intentó asistirla de inmediato. Pidió
ayuda desesperada y entre varias personas intentaron ayudarla. Pero nada
pudieron hacer. Ernestina Bonasera falleció inexplicablemente en pocos minutos.
La alegría que impregnaba el ambiente se vio opacada por
un clima de nervios, confusión y desconsuelo irremediables. Lo que sucedió
modificó decisivamente todos los ánimos del lugar.
Un hombre elegantemente vestido, pero de aspecto
presuntuoso y presencia imponente entraba al salón a paso firme y decisivo.
Estaba perfectamente erguido, con los brazos apenas unos centímetros separados
del cuerpo y la mirada fija en el frente, como buscando visualmente un punto de
contacto específico. Caminó a ritmo moderadamente acelerado hasta que sus ojos
definitivamente hallaron lo que buscaban: el cuerpo de Ernestina Bonasera.
Alrededor de la occisa, estaba reunida toda clase de
gente, que aquél caballero se encargó de persuadir de manera contundente, a
través de unos refinados modales cautelosamente cubiertos por un manto de rigor
profesional.
_ Inspector Laureano Borrell, Homicidios_ se presentó
inmediatamente, exhibiendo su insignia reglamentaria en mano.
La muchedumbre que contemplaba el cuerpo de Ernestina
Bonasera se dispersó en apenas pocos segundos. Y Borrell fue recibido por el
sargento Luis Montero, que lo estaba esperando desde hacía un rato en la
escena.
_ La puntualidad nunca fue una de sus más ponderadas
virtudes, Borrell_ le reprochó Luis Montero, en tono de sarcasmo y señalando
con su otra mano el reloj de su muñeca izquierda.
_ Puntualidad y eficacia no van de la mano, Montero. ¿Lo
sabía usted?_ respondió el inspector Borrell, afable y sin despegar los ojos
del cuerpo.
_ Sé muchas cosas suyas, Borrell, aunque no lo crea.
_ No tantas como las que yo sé sobre usted, Montero. ¿Qué
pasó?
_ Se quedó dormida y nos llamaron para que la
despertemos.
Borrell miró a Montero con hostilidad y con una sombra de
indiferencia reflejada en su rostro pulcro.
_ Sea franco conmigo, Montero. ¿Usted es estúpido e
irrespetuoso las veinticuatro horas del día o hace horas extras? Siempre se lo
quise preguntar. Pero no había tenido ocasión de hacerlo antes.
Un destello de soberbia iluminó temporalmente las
facciones ásperas pero cautivadoras de Laureano Borrell, que acompañó con una
discreta sonrisa persuasiva. Y su mirada, de una manera prudente, proyectaba el
mismo sentimiento.
Luis Montero se irritó modestamente. Pero para no entrar
en una disyuntiva innecesaria, se abocó de lleno a los detalles del caso.
_ Según la reconstrucción fáctica que hicimos_ explicaba
el sargento Montero, con idoneidad_ la víctima estaba acompañada por ésa mujer
de allá.
Y señaló a Sofia
Vilanova, que estaba sentada en una silla apartada, desconsolada y conmovida
hasta las lágrimas, y rodeada por dos agentes femeninos, que en apariencia le estaban
tomando declaración. El inspector se giró levemente para mirarla.
_ ¿Quién es?_ quiso saber primero, Borrell.
_ Se llama Sofia Vilanova, modelo profesional de larga
data y vasta trayectoria en el universo del modelaje. ¿La conoce?_ repuso
Montero.
_ Algo. Continúe.
_ Parece que ella era muy amiga de la occisa. Según el
testimonio que me proporcionó antes de que usted llegara, Ernestina Bonasera
entró a la academia hace alrededor de dos meses atrás. Por lo que me comentó
antes, la víctima era una mina de carácter débil y susceptible, una flaca con
una personalidad muy vulnerable y disociativa. Supongo que por algo que le pasó
de chica o de adolescente. Algún evento que la traumó y la cambió
completamente.
_ No saque conclusiones todavía, Montero. Es muy
prematuro para eso. Sígame contando los hechos.
_ Bueno. Cuestión, que nadie se le acercaba. Todo el
mundo la miraba como si fuese un bicho y la trataban como a una oveja negra.
Pero Sofia Vilanova fue una de las dos que se apiadó de ella y se le acercó sin
prejuicios a hablarle. Se hicieron muy buenas amigas de una.
_ Nombró a dos, si mal no escuché. ¿Quién era la segunda
amiga?
_ Constanza Medina. No vino porque oportunamente está de
gira por Salta y Entre Ríos. En teoría, vuelve mañana.
_ Perfecto. Entonces, Ernestina Bonasera compartía una
mesa con la señorita Vilanova. Estuvieron curioseando un rato, como hacen todas
las mujeres cuando se juntan a tomar algo, ¿y después qué pasó?
_ Vilanova fue al buffet a comprar algo para tomar. Ella
se compró un jugo de naranja exprimido y a la occisa le trajo un té helado por
expreso pedido suyo. Bebieron cada una lo suyo, toda la mar en coche...
Cuestión que a los cinco minutos, Bonasera empezó a sentirse terriblemente mal.
Quisieron ayudarla entre varios pero no pudieron y falleció.
_ ¿Se sentía mal, cómo? ¿Qué síntomas presentaba?
_ Mareos, sudor, fiebre...
_ La envenenaron, según deduzco de su relato.
_ Eso parece.
_ ¿Pudo ser accidental?
Se notaba cierta vacilación en las palabras del inspector
Borrell.
_ ¿Se refiere a que pudo haber sufrido algún tipo de
intoxicación?
Borrell asentó dubitativamente.
_ Lo mismo pensé al comienzo. Pero las condiciones de la
cocina son óptimas y las frutas y todo lo que utilizan en general para preparar
las bebidas es fresco. Y, como moño del paquete, tienen todos los papeles en
regla y al día. El lugar está legalmente habilitado.
_ ¿Qué dijeron los peritos al respecto, Montero?
_ Estaba esperando que me lo preguntara. Hallaron restos de
Antimonio, escuche bien esto: en los dos
vasos.
El rostro de Borrell adoptó una expresión de incredulidad
extrema.
_ ¿Antimonio en los dos vasos? ¿También quisieron
asesinar a Sofia Vilanova?
Laureano Borrell se frotó los ojos frenéticamente.
_ A ver_ dijo, otra vez repuesto._ ¿De dónde salió
semejante veneno?
_ Se usa en aleaciones con plomo para generar luz
tungsteno_ respondió el sargento Montero, sobre actuando un asiduo conocimiento
sobre el tema._ Y sabemos que ésa clase de luz se usa para iluminar en muchas
ocasiones las pasarelas para realzar las facciones de la modelo.
_ Está bien, Montero. No se haga el experto. Investiguen
a los iluminadores y a todo personal con acceso a las luces. A la gente del
buffet, principalmente. Nadie se va hasta que esto esté resuelto. ¿Quedó claro?
_ Clarísimo, Borrell.
_ Sáqueme de una encrucijada mental que tengo desde hace
dos minutos, nada más.
_ ¿Qué lo preocupa?
_ Me dijo claramente que las dos bebidas, tanto la que
ingirió nuestra víctima fatal como la que bebió Vilanova, estaban envenenadas.
_ Afirmativo.
_ ¿Cómo es entonces que a Sofia Vilanova no le pasó nada?
_ Es lo que estamos investigando. Y apelo a su buen
criterio profesional y a su tan privilegiada cabeza para que encuentre una
repuesta sensata a tan inexplicable evento.
_ ¿Presentó algún tipo de síntomas la señorita Vilanova?
_ Una leve intoxicación que fue debidamente tratada y
erradicada. Ya se encuentra fuera de peligro, dijeron los médicos que la
atendieron. Extraño, ¿no le parece, Borrell?
Laureano Borrell se puso autoritario.
_ ¿Cuál es su hipótesis, a ver, Montero?_ preguntó con
sublevada preponderancia.
_ Que la asesinó su propia amiga, Sofia Vilanova. Ella
tenía que envenenarse para desviar la investigación. Pero procuró ingerir
previamente una dosis de algún antídoto contra el antimonio para no sufrir sus
efectos letales. Fue a buscar los tragos al buffet, en el trayecto en que los
traía de vuelta, echó disimuladamente el antimonio en los dos vasos, bajo el
recaudo de agregarle más cantidad al de Ernestina Bonasera que al suyo propio
pero añadiendo una dosis relativamente justa para que la afectara apenas un
poco, le dio el té helado a Bonasera y fin de la historia.
_ Nunca creí que dijera esto de usted, Montero. Pero su
idea es coherentemente aceptable. Reconozco que posee un alto valor de
credibilidad. Lo felicito.
_ Me halaga, Borrell. Aprecio mucho su opinión.
Luis Montero parecía incluso más sorprendido que el
propio inspector Borrell.
_ Y si lo analizamos desde el punto de vista del móvil_
siguió haciendo gala de su intelecto, el sargento Montero, _ también encuadra
perfectamente. Si Bonasera no se daba con nadie más y Vilanova era junto a
Constanza Medina su mayor confidente, ¿quién más podría tener motivos concretos
para quererla muerta?
_ Algún enemigo, Montero_ lo refutó Borrell con
indolencia._ Si la occisa tenía sólo dos amigas. Y se lo remarco con todas las
letras: SÓLO DOS AMIGAS. Entonces, todo el resto era su enemigo. Y alguien de
ése resto, por equis razón, la quería muerta. Sofia Vilanova fue sólo un
instrumento. El vector del delito, digamos.
_ ¿Usted pretende hacer de su profesión una constante
tortura para mí, Borrell? ¿Es así o me equivoco?
Había indignación en el tono de voz de Luis Montero.
_ ¿Por qué me dice eso? No lo entiendo_ replicó Laureano
Borrell con petulancia.
_ Porque siempre me humilla.
_ Deme un poco de crédito, no sea amarrete, Montero.
Siempre lo hago con diplomacia.
_ Si mi hipótesis resulta tan inverosímil, como pretende
inútilmente hacerme creer, dígame entonces porqué también envenenaron el vaso
de Sofia Vilanova, si sólo querían muerta a Ernestina Bonasera.
_ Quizá, porque el asesino desconocía cuál de los dos
brebajes era el de su objetivo.
La explicación sonó coherentemente lógica. Y ante la
carencia de argumentos para refutarla, Luis Montero se resignó ofuscado y
continuó su exhaustiva labor lejos de la presencia del inspector Borrell.
Lo que habían averiguado ambos por separado y en estrecha
colaboración con el equipo de investigadores asignados al caso, era que ningún
personal que cumplía tareas en la cocina del buffet al momento del incidente
vio nada extraño. Todos y cada uno de ellos coincidió en que Sofia Vilanova
pidió los tragos, se los prepararon en pocos minutos, se los entregaron, ella
abonó y se retiró de vuelta a su mesa. Solamente eran cinco personas en la
cocina cuando pasó todo y ninguna de ellas se descuidó ni un sólo segundo de lo
que estaba haciendo. E hicieron especial hincapié en que nadie ajeno ingresó a
la cocina, porque por las medidas de seguridad adoptadas y la disposición, lo
hubieran advertido inmediatamente. Resultaba completamente imposible que
alguien entrara o saliera sin que el resto no lo percibiera. Para Borrell, si
ésa teoría resultaba cierta, entonces uno de ellos cinco era el asesino. ¿Pero,
qué motivos podrían tener para querer muerta a Ernestina Bonasera? En
apariencia, ninguno, porque los cinco empleados del buffet atestiguaron que
apenas la conocían y que casi no tenían trato con ella. Pero coincidieron en que la víctima era una mujer algo
excéntrica porque no se relacionaba con nadie y en que además era dueña de un
carácter un poco retraído.
Laureano Borrell se preguntó entonces si la hipótesis que
deslizó el sargento Luis Montero respecto de que a Ernestina Bonasera la
asesinó su propia amiga, Sofia Vilanova, podía resultar legítima. Y empezó a
considerar ésa alternativa seriamente. ¿Había algo que no estaba viendo, algún
detalle que se le habría escapado quizás involuntariamente? Resultaba endeble,
viniendo de alguien tan meticulosamente esmerado como era él. Pero podía darse
el caso, aunque en su mente revoloteaba la idea de que la solución provisoria
que vaticinó Montero estaba desprovista de creatividad e intelecto. Pero
igualmente no la descartó. Antes quería estar totalmente seguro.
Por otra parte, entre los dos hablaron con cada una del
resto de las modelos y las opiniones respecto de Ernestina Bonasera eran
surtidas y por demás interesantes. Una ínfima parte del instituto la estimaba,
en tanto que el resto le guardaba sentimientos de indiferencia, rechazo,
envidia, rencor, ignorancia, entre otro sinnúmero de conmiseraciones adversas.
Por el contrario, todos sus maestros y demás personal la tenían en un pedestal.
Hablaron maravillas de ella e inmacularon su talento, al que calificaron de
sobresaliente. Se les formuló algunas preguntas de rigor, como por ejemplo,
hace cuánto tiempo que pertenecía al instituto Belle, y todas fueron respondidas sin ningún inconveniente.
Entonces, fue que Borrell decidió centrar toda su
atención en Sofia Vilanova y también en Constanza Medina. Aunque ella estuviese
ausente al momento del crimen, era igualmente sospechosa.
_ Hablé con todo el personal de iluminación_ le dijo
profesionalmente, el sargento Montero a Laureano Borrell, cuando se encontraron
en un punto específico para intercambiar opiniones.
_ ¿Cuántas personas en total integran ése todo suyo, Montero?_ inquirió Borrell
con contundencia y actitud.
_ Solamente tres: el director y dos empleados que tiene a
su cargo_ respondió el sargento con arrogancia e indolencia.
_ Muy bien. ¿Qué declararon?
_ El director de iluminación se llama Santiago Pedernera.
Hasta hoy a la mañana inclusive, dijo que todo el equipo que utilizan a menudo
estaba en perfectas condiciones. Nada roto, todo en su lugar, bien acomodado...
_ Hasta hoy a la mañana inclusive... ¿Pero, después qué
pasó?
_ No sea impaciente, Borrell. A eso mismo iba ahora.
Estuvo toda la mañana afuera por temas de familia. Dejó a cargo a uno de los empleados
suyos, al de máxima confianza. O el que hasta ése momento era su empleado de
máxima confianza.
_ ¿Quién es?
_ Lorenzo Araujo. Sin antecedentes. Ya lo investigué.
Dijo que estuvo organizando unas cosas que le encomendó Pedernera y adelantando
trabajo, revisando algunas cuestiones técnicas. Se ausentó del salón unos diez
minutos mientras fue a atender un asunto personal y cuando volvió, encontró una
de las luces rotas. Sin dudas, de ahí extrajeron el antimonio. Nadie escuchó
nada, nadie vio nada. Historia repetida.
_ Nadie puede corroborar la versión de los hechos que le
dio Araujo.
_ Exacto. Y por eso consideré pertinente arrestarlo en
carácter de demorado hasta que se aclaren algunas cosas.
_ Está bien, Montero. Procedió correctamente. ¿Ya pidió
asesoramiento legal?
_ Todavía no. Pero seguramente lo solicite de un momento
a otro.
_ ¿Y qué hay del otro tipo?
_ Nicanor Esteves. No se presentó a trabajar porque le
correspondía franco. Estuvo toda la mañana en la casa. Su familia lo confirmó.
Igualmente, lo investigué. Está limpio.
_ Investigue a la víctima, entonces. Hágame el favor de
averiguar todo lo que pueda sobre ella. Manténgame informado en lo posible.
_ Ok, usted manda. ¿Puedo preguntarle qué va a hacer
entre tanto, Borrell?
_ Mi trabajo, Montero. Usted haga el suyo, que hasta
ahora lo está haciendo bien, y yo hago el mío, que sé hacerlo perfectamente.
¿Entendió o se lo vuelvo a explicar con subtítulos?
_ Que los subtítulos estén en español, por favor, que en
el Secundario me llevé Inglés setenta veces y todavía la tengo pendiente_
ironizó Luis Montero, con impudor.
Borrell lo miró inexpresivamente y se alejó con
determinación e impasibilidad. No había un motivo aparente que justificara
tanta frialdad y descortesía en el trato entre ambos. Pero, sin dudas, debía
existir uno que sólo ellos conocían y que quizás decidieron no hacerlo público
para mantener las formas y la profesionalidad.
Laureano Borrell estaba sentado frente a frente con Sofia
Vilanova, en su despacho. Él tenía una actitud firme y autoritaria, en tanto
que la joven estaba nerviosa, aunque sabía controlar los nervios
apropiadamente. Sabía que demostrarle temor a un inspector de la Policía
Federal que investigaba un homicidio y donde ella era la principal sospechosa,
no era una idea acertada. Así que, se relajó hasta donde su ansiedad se lo
permitió y se puso enteramente a disposición de Borrell.
_ Voy a serle directo_ dijo Borrell, terminante y con una
mirada fría y hostil._ Su situación en el asesinato de Ernestina Bonasera es
muy comprometida. Es la única con oportunidad para el crimen.
_ Ernestina era una persona estupenda, un ser lleno de
luz_ respondió Sofia Vilanova con ímpetu._ Nos llevábamos muy bien. No tenía
motivos para matarla. Jamás tendría el valor de hacer semejante atrocidad.
_ Todos somos asesinos potenciales, Sofia. Pero pocos son
lo que en realidad lo saben. Frente a una situación límite, uno colapsa y
aflora un costado oscuro suyo que hasta ése momento no sabía que existía. Y
terminan pasando estas cosas después. Usted pudo robar el antimonio de una de
las luces de tungsteno y verterlo discretamente en el vaso de Ernestina
Bonasera mientras se lo llevaba. Por supuesto, colocó una ínfima dosis del
veneno en su jugo para producirse una leve y moderada intoxicación para que no
sospecharan de usted. Ingenioso, hay que admitirlo.
Borrell le había dado crédito a la teoría del sargento
Montero, aunque éste no lo sabía. Sofia Vilanova miró a Laureano Borrell con
una mirada despectiva y carente de toda emoción cálida.
_ No importa lo que diga_ repuso ella, restándole
importancia a tal hipótesis._ Yo sé que no maté a mi amiga. No tenía razones
para hacerlo.
_ Eso no es completamente cierto. Varios testigos la
vieron discutir fuertemente con la víctima dos días antes de su muerte. Y eso
no es ninguna casualidad.
Sonó muy convincente, aunque era un dato absolutamente
falso. Borrell quería sacarle mentira a verdad. Pero Sofia Vilanova era una
mujer demasiado inteligente como para morder el anzuelo y caer en ésa burda
treta psicológica.
_ Sus testigos tienen una manera muy curiosa de ver los
hechos. Dígame quiénes son y gustosa admitiré lo que pretende escuchar.
El tono de su voz fue sublime pero soberbio.
_ Esto no es un juego. Se lo advierto. Modere sus modales
o la haré arrestar por desacato a la autoridad_ le advirtió Borrell,
frenéticamente.
_ Ernestina me dijo algo particular hace unos días atrás.
Pero no creo que a usted le interese saberlo, inspector.
Laureano Borrell abrió los ojos enormemente y observó a la
señorita Vilanova con genuina perplejidad.
_ ¿Qué fue exactamente lo que le dijo?_ quiso saber
Borrell con un interés muy sublevado en el asunto.
_ Mire, voy a serle totalmente sincera_ se previno
Vilanova con mucha cautela._ No sé a qué se refería concretamente. Pero me dijo
que no era quien decía ser. Que por mi seguridad, no podía decirme nada más.
Laureano Borrell quedó pensativo varios minutos, mientras
no salía de su asombro.
_ ¿Por qué le confesaría algo semejante sin ahondar en
demasiadas explicaciones?_ preguntó finalmente, entre cavilaciones.
_ No sé. Pero eso podría explicar en parte su actitud tan
retraída y antisocial, ¿no le parece, inspector?
Borrell la miró con rencor y la liberó. No podía
mantenerla aprehendida basada en una sospecha sin fundamento jurídico. Y por
idéntico motivo, supo que Montero tuvo que liberar al iluminador, siguiendo el
consejo legal de su letrado.
Borrell interrogó tres días más tarde a Constanza Medina,
la otra modelo que era íntima de la occisa. No aportó demasiado a la causa.
Pero coincidió en parte con lo que dijeron el resto de los testigos sobre
Ernestina Bonasera. Pero sobre todo, con Sofia Vilanova. Y a diferencia de esta
última, Ernestina jamás le mencionó que no era quien aparentaba. El resto de
información que aportó resultó irrelevante para la investigación.
Sin más, Borrell la dejó ir.
Luis Montero llegó en ése instante con información
jugosa.
_ Bonasera parece que ocultaba algo_ le comentó el
inspector Borrell al pasar.
_ Y ya sé lo que es_ afirmó el sargento Montero con una
suspicaz sonrisa en sus labios.
Borrell lo miró admirado. Toda diferencia entre ellos
había quedado momentáneamente relegada de las prioridades de los dos.
_ ¿Qué descubrió, Montero?_ inquirió Borrell con
predisposición e inquietud.
_ Ernestina Bonasera no era modelo y estaba ciertamente
muy lejos de serlo_ respondió Luis Montero._ Era en realidad oficial de la
División Trata de Personas de la Policía. Era de las nuestras. La infiltraron
para desbaratar a una banda que trabajaba de encubierta en el instituto Belle, que lo usaban como pantalla con
clara complicidad de gente de la institución misma, para reclutar mujeres,
explotarlas y venderlas en el mercado negro. Tenían la información precisa de
que eran vendidas con la excusa de un trabajo como modelo en el extranjero, en
parte. Bonasera debió acercarse demasiado a la verdad y se aseguraron de que no
llegara tan lejos.
_ Eso era lo que no podía decirle a Vilanova_ reaccionó
súbitamente Laureano Borrell._ E intentaron matar también a Sofia porque
creyeron que Ernestina le había dicho algo al respecto. Vilanova es víctima,
como la gran mayoría de las mujeres que asisten a ése instituto.
_ No creo mucho en la inocencia de Sofia Vilanova, perdóneme,
Borrell.
_ A ver, ¿por qué no?
_ Porque viendo que fallaron en el primer intento y
estando absolutamente convencidos de que Sofia Vilanova sabía demasiado, no
iban a dudar en volver a intentarlo. Y no lo hicieron.
_ Porque era muy arriesgado y además porque estábamos
nosotros de por medio. Tenemos que hablar con ella de forma urgente.
Cuando la contactaron y le dijeron que sabían lo que
realmente estaba ocurriendo, ella se asustó demasiado y se mostró reacia a
colaborar. Sin embargo, Borrell supo disuadirla de que todo estaba bien y bajo
control, y Sofia Vilanova confesó todo. Confirmó la venta de mujeres, la
esclavitud y la trata con datos fehacientes y fidedignos. Y cuando parecía
sentirse más aliviada, se quebró y se largó a llorar compulsivamente.
Gracias a este puntapié inicial, otras mujeres se
animaron a hablar bajo condiciones de protección y resguardo de identidad para
evitar que tomaran represalias contra ellas, y confirmaron toda la información
y datos disponibles. E incluso, dijeron que las mantenían amenazadas y
brindaron detalles escalofriantes sobre la trata y el negocio que se manejaba
ahí adentro. Fue más que suficiente para que el juez de Instrucción expidiera
una orden de allanamiento en el instituto Belle
y ordenara detenciones. Gracias a este proceder y a la valentía de muchas de
ellas, todas pudieron recuperar su vida otra vez, aunque pudieran quedarles
algunas secuelas psicológicas por el trauma sufrido, nada redimible con el paso
del tiempo.
_ Hicimos un trabajo muy digno y leal, Montero_ dijo
Laureano Borrell, de nuevo en la Seccional._ La Justicia se hará cargo de todo
de ahora en más. Es triste admitir que si a la oficial Bonasera no la hubiesen
asesinado, esto quizás jamás hubiera salido a la luz.
_ No sé hasta qué punto, Borrell_ replicó el sargento
Montero._ Ernestina Bonasera estaba muy cerca de reunir toda la evidencia
necesaria para detener la operación. Desempeñó una gran labor como Policía. Es
una baja importante.
_ Tal vez esté en lo cierto, Montero. Estoy tan conmovido
con el caso, que ni pienso en lo que digo. Hay mujeres de todas las edades que
van a un instituto a buscar cumplir su sueño de desfilar en las grandes
pasarelas del mundo, y terminan estafadas, esclavizadas y vendidas por estas
basuras.
_ Más triste aún es que hay millones de lugares así en el
país, que ni siquiera sabemos que existen. Y están ahí, escondidos frente a
nuestros propios ojos.
_ Vamos a encontrarlos y desarticularlos a todos uno por
uno, cueste el trabajo que cueste. Eso se lo garantizo, Montero.
_ Hay algo que no
comprendo, Borrell. Si tanto el té helado que mató a Ernestina Bonasera como el
jugo de naranja exprimido que bebió Vilanova estaban igualmente envenenados, ¿por qué Bonasera murió y Vilanova no?
El inspector Borrell tomó una carpeta de su escritorio,
la abrió y la arrojó en el centro de la mesa a modo de poder ser perfectamente
visualizada en simultáneo por ambos. Seguidamente, colocó su dedo Índice sobre
la mitad de la primera hoja.
_ Es el examen preliminar del forense_ aclaró._ Resulta que el antimonio estaba contenido en
el hielo. Como Sofia Vilanova bebió su jugo velozmente de un solo sorbo, el
hielo no tuvo suficiente tiempo para derretirse y mezclarse con el contenido.
Pero los cubitos de hielo del té helado que Ernestina Bonasera bebió a ritmo
pausado, tuvieron tiempo de derretirse y liberar el veneno. Por ende, la leve
intoxicación que los médicos que asistieron a Sofia Vilanova adujeron que
padecía, no fue más que una reacción natural por lo que pasó. Toxicología
respaldó estas conclusiones. El caso está cerrado para nosotros.
_ No completamente cerrado, porque no pudimos determinar
quién fue el autor material del asesinato.
_ La causa cayó en manos del juez Ariel Keilaj, según me
informaron desde la Fiscalía antes de que usted llegara. Es de los mejores
jueces que hay hoy en día en el país, pongo las manos en el fuego lo él. Lo
resolverá eficazmente, no lo dudo. Va a descubrir al desgraciado que lo hizo.
_ Ése no es ningún consuelo para mí.
_ Vamos. Tenemos el funeral de Bonasera. Ésta noche la
despiden con honores en la sede central de la Policía.
Los dos hombres salieron de la oficina después de dejar
todo debidamente ordenado y Laureano Borrell cerró con llave.
lunes, 13 de agosto de 2018
El instructor (Gabriel Zas - nueva versión ampliada)
Ricardo Pietrela era instructor de tiro en el Polígono Federal de la ciudad de
Buenos Aires. Era uno de los mejores que había en el país por aquélla época.
Pero su reputación se desmoronó en un segundo cuando quedó envuelto en el
asesinato de Silvia Larrazábal, ya que la bala que se recuperó del cuerpo
contenía sus huellas y la víctima era alumna suya. Solamente faltaba el motivo.
Pero el señor Pietrela sostenía firmemente que él era inocente, lo que no
convenció a nadie y el juez lo procesó con prisión preventiva, pese a que el
arma utilizada jamás fue encontrada. Pero el Polígono de Tiro daba en su parte
de atrás por una calle lateral al Río de la Plata, y el fiscal del caso arguyó
que el señor Pietrela lanzó el arma a sus aguas, un argumento que convenció
decididamente al magistrado. Pero no a Sean Dortmund, que estaba seguro de la
inocencia del señor Ricardo Pietrela.
_ Según la autopsia_ decía
el capitán Riestra, _ la señora Larrazábal murió alrededor de las ocho y media
de la noche a causa del disparo que recibió en el tórax. En ése horario, ella
estaba tomando clases con el señor Pietrela. No había nadie más en el Polígono,
ya todos se habían ido, y ellos dos quedaron solos. Sin testigos, fue el
momento ideal para el asesinato. Para mí, la culpabilidad del señor Pietrela es
irrefutable.
_ Se olvida usted del
motivo, capitán Riestra_ lo disintió el inspector con temeridad._ El señor
Pietrela carece de motivos suficientes para asesinar a la señora Silvia
Larrazábal.
_ Perdone que discrepe con
usted, Dortmund. Pero las circunstancias no lo favorecen en absoluto. Y
recuerde además que la bala recuperada del cuerpo de la víctima contiene sus
propias huellas.
_ Eso es porque él es
instructor de tiro y es el único que tiene autorización para tocar las balas y
cargar las armas. Y por su profesión, sus huellas están cargadas en el sistema.
_ No es suficiente para
demostrar que es inocente.
_ Tampoco lo es para
demostrar su culpabilidad. Por eso, estoy interesado en entrevistarme con
él cara a cara. Quiero ver personalmente su actitud al momento de responder a
mis preguntas, su postura, sus formas, su manera de hablar... Quiero
comprobarlo yo mismo.
_ Me parece perfectamente
razonable su petición, Dortmund. Pero, como el señor Pietrela está detenido en
una prisión federal, tendré que mover algunos contactos para que el juez a
cargo me extienda una orden para que autorice su visita a la Unidad.
_ Le estoy muy agradecido,
capitán Riestra. No esperaba menos de usted. Le solicito que en paralelo a mi
visita al señor Pietrela, averigüe todo lo que pueda referente a la occisa.
Cuanto más sepamos sobre ella, mejor para nuestra investigación.
_ Es un hecho, Dortmund.
El capitán consiguió dicha
orden a expensas de un fiscal que le debía un favor y Sean Dortmund pudo
visitar a Ricardo Pietrela dos días más tarde. Al principio, el acusado se
había negado a recibir la visita de un extraño, que difícilmente desde su
propio criterio personal, creyese que era inocente, ya que toda la información
recabada hasta el momento no lo favorecía en absoluto y lo señalaba
indiscutiblemente como el asesino de Silvia Larrazábal y todos los involucrados
en el caso confiaban ciegamente en las evidencias. Entonces, Pietrela no podía
dejar de preguntarse para sí: "¿Por qué este tipo cree que soy inocente?
¿La Justicia no me estará tendiendo una trampa para hacerme confesar, no?
". Y está idea, después de descartar de su mente otras alternativas que le
parecieron inadecuadas, pareció dejarlo completamente satisfecho. Y aceptó
recibir la visita de Sean Dortmund para saciar su curiosidad. Si era realmente
una trampa, Ricardo Pietrela estaba listo para hacerla funcionar.
El inspector llegó a la
Penitenciaria Federal de Marcos Paz puntual a las 13:30 y fue acompañado por el
guardia cárcel encargado de turno directamente hacia la celda del señor
Pietrela sin demasiadas demoras. Cuando los dos hombres se encontraron cara a
cara, Pietrela miró a Dortmund con desconfianza, dirigiéndole una mirada
distante y abrumadora. Era un hombre de actitud preponderante y decisión
resuelta. Y la seguridad que transmitía en sus palabras, lo hacían ver como una
persona de sentimientos impenetrables y serenidad inquebrantable. ¿Era un
asesino entonces o desconfiaba de la celeridad con la que se desempeñaba la
Justicia en casos similares al suyo?
Sean Dortmund lo miró más
solemnemente. En sus ojos refulgían destellos febriles y cargados de toda clase
de emociones esperanzadoras. Mi amigo estaba absolutamente convencido de que
iba a salvar a un hombre inocente de la cárcel. Le estrechó la mano
cordialmente para saludarlo, pero Pietrela le negó el saludo y no le sacaba los
ojos de encima al inspector.
_ ¿Por qué vino?_ le
preguntó Ricardo Pietrela con hostilidad, después de unos segundos de silencio
sórdido.
_ Vine a sacarlo de la
cárcel_ respondió Dortmund con parsimonia y una leve sonrisa en sus labios.
_ La Policía y la Justicia
no creen en mi inocencia, no creen en mi versión de lo que pasó ésa noche
porque todas las evidencias me incriminan. ¿Por qué tengo que suponer que usted
sí va a creerme, entonces?
_ Por dos sencillas
razones: la primera es que yo no represento ni a la Policía ni a la Justicia,
represento a la ley desde otra perspectiva totalmente diferente. Y la segunda
es que no creo en las evidencias, sí en los hechos y en lo que me cuenta la
historia.
El señor Pietrela lo
escuchó con atención, pero no dijo nada. Seguía mirando a Sean Dortmund
fijamente a los ojos con incredulidad y renuencia. El inspector se cansó de
esperar, le deseó los buenos días y se dispuso a retirarse. Pero una pregunta
intempestiva de Ricardo Pietrela cuando se estaba alejando lo hizo cambiar de
opinión y retrocedió de nuevo a su encuentro.
_ Perdòneme. ¿Sería tan
amable de plantearme su duda de nuevo? No la escuché con claridad_ dijo
Dortmund, haciéndose el desentendido.
_ Le pregunté por què cree
que soy inocente_ replicó el señor Pietrela.
_ ¿Acaso no lo es? Avíseme
para estar seguro que no pierdo el tiempo con usted.
_ Yo no maté a nadie. Y
quiero saber en qué basa sus sospechas para respaldar mi proclama de inocencia.
_ Hay una situación muy
clara, un contexto y una serie de circunstancias que, por su responsabilidad y
labor, llevan a los investigadores a abordar una conclusión absolutamente
errónea. En casos como el suyo, señor Pietrela, acusar a la presa más
vulnerable es siempre la salida más austera y directa. Se abaratan costos,
tiempo, recursos... Y ése no es el verdadero concepto de justicia, para mí.
La actitud del acusado
cedió ante la firmeza y la disposición del hombre que tenía frente a él.
Ricardo Pietrela ya no era aquél caballero serio, arrogante y tozudo del principio,
sino que se mostró más dócil y se permitió recibir la ayuda que Dortmund
proponía extenderle sin objeciones de ninguna clase.
_ Lo escucho_ lo incentivó
el inspector.
_ Silvia se inscribió en
el Polígono hará cosa de siete u ocho meses atrás. Los días de práctica son de
lunes a viernes desde las diez de la mañana hasta las dieciocho horas_ comenzó
explicando Pietrela relajadamente_ y los sábados desde las nueve de la mañana
hasta dos de la tarde. La señora Larrazábal pidió que le hiciéramos la excepción
de recibirla fuera del horario habitual de práctica porque antes de las seis no
podía asistir por su trabajo.
_ ¿Por qué no los días
sábados?
_ Porque argumentó que
vivía lejos, en Quilmes más precisamente. Pero, como de lunes a viernes
trabajaba en una oficina en Microcentro, le quedaba mucho más cómodo para
venir. Lo hablamos con los superiores y estuvieron de acuerdo, con la condición
no excluyente de que debía abonar un adicional por clase por evidentes razones,
¿correcto? Se lo planteamos a la señora Larrazábal y aceptó sin problemas.
_ ¿Le pareció raro que no
reprochara ésa decisión?
_ No había motivos para
eso. Le estábamos haciendo un favor, estaba más que satisfecha. No hubo ningún
inconveniente en ése sentido.
_ ¿Le dijo de qué
trabajaba o para qué quería aprender a usar un arma?
_ Alegó que era por una
cuestión de seguridad personal. Nos dijo que le habían entrado en la casa en
varias oportunidades y que hasta llegaron a amenazarla de forma agresiva. Nos
pareció perfectamente lógico.
_ ¿La señora Larrazábal
tenía todos los trámites y estudios obligatorios en regla?
_ Absolutamente todo en
regla. Incluso, en el examen psicofísico le fue mucho mejor de lo habitual en
relación al resto de las personas.
_ ¿Practicaba con su arma?
_ No, con las nuestras.
Utilizar armas propias lo prohíbe el reglamento interno.
_ ¿Era buena tiradora?
_ Aprendió a disparar
increíblemente en muy poco tiempo. Eso me sorprendió gratamente.
_ A juzgar por su
puntería, ¿podía sospecharse que la señora Larrazábal ya tenía conocimientos
previos sobre la práctica?
_ No. Decididamente, no.
Aprendió conmigo en el Polígono. Su enorme voluntad por aprender a disparar la
hizo muy buena tiradora en apenas tres meses. Comúnmente, esta clase de logros
se alcanzan en no menos de seis meses, como mínimo.
_ Interesante.
Dortmund resaltó este dato
especialmente en su diminuta libreta de anotaciones. Continuó con la charla.
_ Concretamente, el día
del asesinato, ¿què sucedió?
_ Ella practicaba de ocho
a nueve de la noche. Yo era su instructor porque el resto de mis colegas tenían
comprometido ése horario. Y debido a que yo era el que se quedaba hasta más
tarde, me encargaba de hacer el inventario de armas en la armería, de cerrar
con llave y dejar todo listo para el día siguiente.
Ése día hice el inventario
a las siete y media de la tarde y estaba todo perfectamente en su sitio, no se
registraron faltantes ni de armas ni de municiones. Y las planillas de retiro
estaban todas en orden y debidamente firmadas.
Silvia llegó puntual, como
siempre, y retiré un arma y municiones para practicar con ella.
_ ¿Lo dejó correctamente
asentado en la hoja de control?_ lo interrumpió Dortmund, amablemente.
_ Sí, como debía ser.
Alrededor de las ocho y veinte de la noche, más o menos, me ausenté unos
instantes para ir a buscar más municiones porque solamente quedaban tres.
_ ¿Notó algo fuera de lo
ordinario en la armería?
_ No. Todo estaba tal como
lo había acomodado yo.
_ ¿Se cruzó con alguien en
algún momento, señor Pietrela?
_ No. No quedaba nadie a
ésa hora. Ya todos se habían ido.
_ Continúe, por favor.
_ Mientras estaba
recogiendo las balas, escuché tres detonaciones seguidas, con mínima diferencia
de segundos entre los tres disparos. Y
como Silvia tenía sólo tres tiros disponibles, el hecho no me pareció en
absoluto extraño.
_ ¿Era frecuente que la
señora Larrazábal disparase el arma aún durante su ausencia, señor Pietrela?
_ Sí. Era muy recurrente.
_ ¿Me dice que escuchó el
asesinato y pasó absolutamente inadvertido para usted?
_ Suena tremenda la manera
en la que lo expone usted, pero así sucedió realmente.
_ ¿Y está seguro que no
vio nada inusual ni se cruzó con alguien en el tiempo que demanda ir hasta la
armería, tomar las balas y regresar a la pedana?
_ ¡Le doy mi palabra de
honor que no! ¿Cómo se lo tengo que explicar para que lo entienda usted?
_ Está bien, le creo, no
se exaspere. ¿Qué sucedió cuando regresó y vio a la señora Larrazábal tendida
en el suelo?
_ Intentè reanimarla, pero
no pude. Falleció en el acto. Me Asusté, estaba desesperado, no sabía cómo
actuar ni a quién recurrir. Pero después de un rato de pensarlo más
calmadamente, entendí que lo mejor era hacer las cosas bien. Y por obrar
correctamente, me refiero a dar aviso a la Policía y ponerme a su entera
disposición. Pero ya ve cómo me fue. Quedé como el malo de la película.
_ ¿Nunca vio el arma junto
al cuerpo, señor Pietrela?
_ No. No estaba por ningún
lado. La Policía requisó la armería y sólo detectó el faltante de una sola
arma, casualmente con la que Silvia estaba entrenando antes de que la
asesinaran. De ahí que infieren que la tiré en el Río de la Plata y que
intenten justificar con dicha acción que yo haya tardado varios minutos en
llamar a la Policía.
_ Por lo que me explica,
la Policía interpreta que usted le pidió a la señora Larrazábal el arma bajo
pretextos profesionales, la asesinó, se deshizo de la misma, regresó y
posteriormente dio aviso a las autoridades.
_ Exactamente. Ni más ni
menos. Ya ve cuál es mi situación. Entonces, le pregunto: ¿cómo piensa usted
ayudarme?
_ Contestándome una última
pregunta con la mayor exactitud posible.
Ricardo Pietrela asintió
con un ligero movimiento de cabeza.
_ ¿Cuánto tiempo tarda en
promedio en ir del campo de tiro a la armería, buscar las balas y regresar a la
pedana?_ preguntó el inspector, cuidadosamente.
El señor Pietrela vaciló
unos segundos antes de dar a conocer su respuesta.
_ Unos diez minutos, no
más que eso_ respondió al fin, resueltamente.
_ Lo suficiente para que
alguien más haya entrado, haya matado a la señora Larrazábal, se deshiciera del
arma y huyera.
_ Le repito que no vi a
nadie más.
_ Lo que no significa que
no estuviese. El Polígono es enorme. Y a simple vista, el asesino pudo
esconderse sin correr ningún tipo de riesgos.
_ ¿Por dónde entró, en el
último de los casos de que su teoría resulte cierta?
_ Ése es el menor de los
problemas, ahora. Despreocúpese. En dos días, será usted un hombre libre, señor
Pietrela.
Y sin agragar nada más, el
inspector se retiró de la prisión federal triunfante.
Volvió a reunirse con el
capitán Riestra, que lo esperaba en un coqueto bar de avenida Del Libertador, a
unas pocas cuadras de la escena del crimen.
_ ¿Cómo le fue con el
señor Pietrela, Dortmund?_ preguntó Riestra, con mucha expectativa.
_ Confirmado: es inocente.
Alguien más lo hizo. Pero necesito hacer algo antes para estar seguro de que no
me equivoco al respecto_ replicó el inspector, totalmente satisfecho con el
resultado de sus averiguaciones. Y como haciendo caso omiso de esto último que
dijo, prosiguió_ ¿Qué pudo averiguar sobre la señora Larrazábal, capitán
Riestra?
El capitán miró a su amigo
con sopor y resignación durante unos prolongados segundos, y luego respondió
gentilmente a su interrogante.
_ Silvia Larrazábal no era
ninguna Santa. Trabajaba en las oficinas de la Secretaría de Protección
Infantil. Básicamente, ahí se tramitan pedidos de adopción, causas que inician
los jueces por demanda de alimentos, por la tenencia de los menores en caso de
una separación conflictiva de los padres... En fin. En un allanamiento en
virtud de su muerte autorizado por el juez que instruye la causa, se
encontraron a tres chicos que vivían con ella, sobre los que la Justicia e
incluso quienes trabajaban con ella tenían absoluto desconocimiento. El juez
ordenó ir más a fondo y descubrió que la señora Larrazábal adoptó a estas tres
criaturas de forma irregular. Esto es falsificando actas, certificados, declaraciones
juradas, cosa que no se podía haber concretado sin la anuencia de algún juez
corrupto. Ella los elegía en base a los expedientes de todos los casos que se
tramitaban en su oficina. Por supuesto, que el juez abrió una investigación de
oficio por este tema, que la delegó en el fiscal federal Mauro Otamendi. Hay
más de un juez metido en esto, eso es muy claro. Cuestión, que nuestra víctima
comenzó a recibir amenazas anónimas de toda índole, tanto por correo ordinario
como por teléfono. Por razones obvias, nunca radicó la denuncia formal. Pero ya
está investigando este hecho también. Como ve, Silvia Larrazábal era una
persona ejemplar.
Resaltó ésta última frase
con un halo de paradoja en sus términos.
_ Por eso, temía por su
vida y quería aprender a usar el arma. Todo empieza a aclararse de a poco.
¿Llegó la señora Larrazábal a sufrir algún tipo de ataque directo contra su
persona, ya sea en la vía pública o en otro ámbito?
_ No hay registro de
incidentes de ésa naturaleza. Pero, no descarto nada.
_ Si recibía amenazas a
diario, había alguien que sabía lo que ella hacía y que estaba disconforme con
dicho accionar. ¿Quién, exactamente?
_ Si los únicos que sabían
sobre esto en teoría eran los jueces involucrados en las adopciones ilegales,
busquemos entre ellos y sus círculos a los responsables. Quizás entre ellos
esté el asesino.
_ ¿Qué motivos tendrían
para amenazar a la señora Larrazábal y luego cumplir con sus amenazas?
_ Quizás, ella se
arrepintió y quiso echarse para atrás. Y ante el temor infundado de que Silvia
Larrazábal los delatara, la mataron.
_ Excepto por un detalle,
capitán Riestra. La forma y las circunstancias en la que nuestra occisa fue
asesinada, se contrapone con los mecanismos que emplea esta gente en casos
parecidos. Las amenazas y las adopciones ilegales son temas que no nos atañen.
Dejemos que la Justicia los resuelva a su modo.
_ ¿Cuál es su idea,
Dortmund?
_ Ir al Polígono primero.
Necesito ver la escena del crimen. No me demandará más de cinco minutos llevar
a cabo mi pequeño experimento.
Riestra se mostró
discretamente impaciente e irracional ante la idea de su amigo. Pero la aceptó
porque era acreedor de una mente sobresaliente y por ende confiaba ciegamente
en él. Habló con el juez de la causa para acceder a la escena del crimen y este
le habilitó el ingreso, imponiéndole un tiempo máximo para permanecer adentro
de no más de diez minutos para así evitar contaminarla accidentalmente, ya que
aún no había sido oficialmente liberada. Sean Dortmund agradeció el gesto y los
dos hombres llegaron a Tiro Federal en menos de lo que imaginaban. El inspector
ingresó primero y sin demoras, corrió hacia el andarivel número 4, donde se
había producido el homicidio.
Pasó por debajo de la
franja blanca y roja, realizó algunas observaciones visuales muy ligeramente, y
se enfocó taxativamente en la silueta.
Tenía perforaciones por
toda la parte media alta, lo que confirmaba que la señora Larrazábal era una excelente tiradora,
de acuerdo a como la había descrito Ricardo Pietrela.
Sin embargo, Dortmund
percibió dos agujeros estampados en la
pared, a unos cuantos metros de distancia del blanco.
_ Una tiradora experta,
como lo era nuestra víctima, jamás hubiera fallado estos dos disparos tan
absurdamente_ agregó señalando con su dedo ambos orificios.
_ ¿Le consta realmente que
Silvia Larrazábal era una tiradora eficaz?_ preguntó el capitán Riestra con
cierta ingenuidad y cierta lentitud deliberadamente acentuada en sus palabras.
_ Las perforaciones que
presenta su silueta no mienten, capitán Riestra.
Hubo un rato de silencio y
el inspector, después de haber realizado otro examen visual espontáneo y
prácticamente desprovisto de cualquier calidad profesional, agregó.
_ Podemos retirarnos
cuando guste. Vi e hice todo lo que necesitaba ver y hacer. Agradèzcale a Su
Señoría el gesto que ha tenido para con nosotros, capitán Riestra.
Y sin darle tiempo a
reaccionar al capitán, Dortmund apuró con súbita urgencia sus pasos hacia la
salida. En menos de cinco minutos, los dos hombres estaban de nuevo en la
calle.
_ Estoy seguro que los
padres biológicos de los tres menores que la señora Larrazábal adoptó de manera
infrecuente, tenían suficientes motivos para matarla_ se desvió del asunto Sean
Dortmund.
_ ¿Qué fue exactamente lo
que hizo y a qué conclusión llegó, Dortmund? ¿Tiene la amabilidad de
explicármelo?_ preguntó Riestra con una actitud impaciente y un ápice de
intolerancia que calaba sus huesos con insistencia.
Pero el inspector no
respondió nada y el capitán se rindió enseguida al hermetismo de su amigo, al que
habitualmente era tortuosamente sometido y al que estaba quejosamente
acostumbrado.
_ ¿Creen que pudieron
haberse enterado?_ replicó tranquilamente el capitán Riestra, retomando sin
mucha más alternativa la última pregunta que le hiciera Sean Dortmund, aunque
transitoriamente indignado.
_ No sabemos las causas
por las que dieron a sus hijos en adopción. Supongo que son personas de bajos
recursos que no pueden darle una vida digna. Esto significa que sus hijos les
importan. Y tienen la facilidad de, una vez certificada la adopción, coordinar
un régimen de visitas con los padres adoptivos con el aval de un juez de
Familia. Además, mediante un abogado que les proporciona seguramente el Estado,
pueden saber cómo están sus hijos, si hay alguna familia interesada... Acceder
al expediente de adopción y resguardo, para ser más preciso.
_ Dicho de un modo más
simple, los padres genuinos se enteraron, revisando los expedientes
correspondientes, que sus hijos fueron adoptados de forma irregular por el pago
de sobornos de por medio por la señora Larrazábal y quisieron hacer justicia
por mano propia.
_ Interpretó mi idea
correctamente, capitán Riestra. Le hago una pregunta. ¿Le consta que haya de
por medio pago de sobornos?
_ ¡Ay, Dortmund! Los
jueces no se venden por que una persona les caiga bien, simplemente. Ella los
debía extorsionar, de eso no me quepan dudas.
_ Buena observación,
capitán Riestra. ¿Podrá conseguirme los datos de los padres biológicos de los
tres menores adoptados por la señora Silvia Larrazábal?
_ Por supuesto. ¿Qué otra
cosa quiere que haga?
_ Por el momento, sólo
eso. Quiero hablar de forma personal con cada uno de ellos.
_ Muy bien, Dortmund.
El capitán consintió
amablemente a la petición del inspector. Conseguir lo que le solicitó fue mucho
más sencillo de lo que hubiera esperado.
Los expedientes en
cuestión revelaban que las tres familias implicadas eran los Esquivel, los
Ocho y los Molina.
Laura y Mauricio Esquivel
dieron en adopción a su pequeña hija de dos años, María de los Ángeles, porque
el trabajo de ambos (eran abogados laboralistas) les reclamaba tiempo completo
y no disponían del tiempo suficiente y necesario para atender a una hija aunque
las ganas de hacerlo les sobraran. De todos modos, se comprometieron a ayudar
económicamente a la familia que decidiera hacerse cargo de ella. Por su parte,
además de verificar dicha información, Dortmund corroboró que ninguno de los
dos accedió al expediente de adopción de María de los Ángeles mientras la
pequeña se mantuvo en ése estatus. Pero que la habían visitado un par de veces
desde que Silvia Larrazábal la tuvo a su cargo y que la vieron feliz y
rozagante, y sobre todo, perfectamente cuidada y atendida, motivo por el que
tanto Laura y Mauricio estaban más que contentos y satisfechos.
Atestiguaron también que
la señora Larrazábal no aceptó de parte de ellos ningún tipo de ayuda
económica. Sin embargo, como buenos padres y responsables que eran, le
compraban ropa y juguetes a su pequeña hija. La malcriaban más que la propia
señora Larrazábal. Sin embargo, ambos padres dejaron traslucir un destello de
furia cuando se enteraron por voz de Sean Dortmund sobre las condiciones de
adopción de su hija. El clima ameno que habitaba en casa del matrimonio
Esquivel, se convirtió en un instante en un ambiente cargado de tensión y
nerviosismo inescrutables. Y el inspector tuvo que elegir meticulosamente las
palabras adecuadas para hablar de ahí en más para evitar un mal mayor. Ése, de
todos modos, no representaba ningún problema para él ya que era un mártir en el
sutil arte de la diplomacia.
_ ¿Por qué adoptó a
nuestra hija una mujer soltera, cuando nuestras leyes lo prohíben?_ preguntó
Mauricio Esquivel, emocionalmente quebrado, haciendo un sobreesfuerzo por
ocultar su enojo.
_ La Justicia aduce pago
de sobornos y falsificación de actas_ respondió Dortmund, con inocencia.
_ Sea sincero con
nosotros_ confrontó Laura Esquivel a Sean Dortmund con decisión._ ¿Por qué
vino?
El inspector respondió con
frialdad profesional.
_ Recibía amenazas de
muerte anónimas. Alguien sabía perfectamente a lo que la señora Larrazábal se
dedicaba.
_ ¿Y creen que nosotros
tuvimos algo que ver con eso? ¿Es eso? ¡Es una ofensa que piense así!
_ Una ofensa sensatamente
admisible.
La actitud de Dortmund se
tornó más petulante y soberbia. Su comportamiento se moldeaba afanosamente a
las circunstancias a las que era sometido. Tenía la habilidad de pasar del
afecto personal a la rigidez profesional en un segundo de manera asombrosamente
sorprendente.
_ Nosotros no sabíamos
nada de todo esto_ intervino Mauricio Esquivel, bastante más calmo que hacía
tan sólo unos instantes previos.
_ Pero alguien sí. Y ése
alguien es el asesino. Y por ende, no voy a permitir que un hombre inocente
cumpla la condena de quien realmente mató a la señora Silvia Larrazábal.
_ ¿Sospecha de nosotros,
no es cierto?_ insistió ofuscada, Laura Esquivel.
_ Es un requisito de la
profesión. No se exalte, señora Esquivel. No se lo tome personal.
_ Le voy a pedir ya mismo
que se retire de nuestra casa.
_ Los sospechosos del
crimen son las tres familias cuyos hijos fueron ilegalmente adoptados por
Silvia Larrazábal.
_ Ya escuchó a mi esposa_ dijo Mauricio
Esquivel en tono amenazante. Sean Dortmund insistió en sonsacarle algo más de
información al matrimonio Esquivel, pero la actitud altanera de ambos lo obligó
al inspector a abandonar la labor forzosamente. Pensaba que ambos eran
inocentes, pero su comportamiento no le permitió excluirlos aún del todo de la
lista de sospechosos. Aún así, dejó la morada invadido por un ápice de
satisfacción genuina.
Su siguiente diligencia fue visitar a la
familia Molina. Andrea y Lucio Molina eran un matrimonio lleno de problemas de
deudas. Sin embargo, ésa era la menor de sus preocupaciones. Seis meses atrás
el Estado les sacó a su hijo menor, Benicio, de tres años, por negligencia e
irresponsabilidad. Mismo el Estado les proporcionó un abogado, quien se encargó
de apelar el fallo y obtener la restitución del pequeño Benicio al cuidado de
sus padres biológicos. Pero no tuvo éxito y fue puesto a disposición en el
programa Nacional de Adopción. Si esto devastó
tanto a Andrea como a Lucio, enterarse de las condiciones de adopción de su
hijo los destruyó. Lo positivo de todo eso era que ahora disponían de
argumentos mucho más sólidos para pelear su restitución y ganarla tajantemente.
Sean Dortmund los interrogó por el caso de asesinato de Silvia Larrazábal y el
resultado de tales directrices fueron idénticas a las del matrimonio Esquivel,
incluso en la reacción frenética y desaforada de ambos padres. Ni Andrea ni
Lucio sabían de la adopción irregular de su hijo Benicio por parte de la señora
Larrazábal ni de las amenazas que recibía, y ambos negaron determinantemente
tener relación alguna con su muerte. Pese a todo, el inspector no los descartó
como sospechosos a ninguno de los dos. Cuando el inspector centró su atención
en el matrimonio restante, la familia Ochoa, sintió que su corazón dio un
vuelco estrepitoso. El padre de Jeremías Ochoa, el niño de cinco años adoptado
ilegalmente por la señora Larrazábal, Enrique Ochoa; practicó tiró al blanco
rigurosamente todos los días desde hacía siete meses atrás coincidentemente en
el polígono de Tiro Federal. Y por si fuera poco, tenía un arma registrada a su
nombre, del mismo calibre que la empleada para el asesinato. Haber comenzado a
practicar tiro al blanco al poco tiempo de que la señora Larrazábal comenzara
con sus respectivas prácticas y además en el mismo centro de entrenamiento,
constituía una causalidad demasiada extraordinaria. Y según la doctrina que
Sean Dortmund empleaba en todos sus
casos, las casualidades no existían. Sí las causalidades. Y en consecuencia, le
solicitó intervención a su amigo. El capitán Riestra, aunque parcialmente un
poco renuente a aceptar la teoría del inspector ya que siendo así el caso
resultaba demasiado fácil para un crimen cometido con determinados resguardos,
accedió a entrevistar al señor Ochoa que confesó que compró un arma pero
aduciendo motivos de protección personal. El capitán Riestra le pidió que le
mostrara el arma en cuestión y era casualmente calibre 22, el mismo con el que
mataron a la señora Silvia Larrazábal. Por lo tanto, el capitán lo demoró en la
casa con custodia policial y le pidió autorización al juez para peritar el
arma. Los resultados estuvieron listos enseguida: no era el arma buscada,
y el señor Enrique Ochoa fue liberado de inmediato.
Respecto del porqué él y
su esposa, la señora Irene Ochoa Pedraza, tomaron la decisión de dar a su
pequeño hijo en adopción, alegaron carecer de los recursos básicos
indispensables para darle al menor una vida digna como la que merecía tener.Y
consideraron que entregarlo en adopción para que pudiera ser cuidado por
alguien más apropiado y en una mejor situación que la de ellos, era lo mejor
que podían hacer por su hijo muy a pesar de los dos.
En cuanto al resto de las
cuestiones vinculantes al caso en sí, respondieron lo mismo que los otros dos
matrimonios entrevistados anteriormente. Desconocían que la adopción había
resultado ilegítima y negaron tener conocimiento de las amenazas proferidas en
contra de la señora Larrazábal. Bajo tales circunstancias, Sean Dortmund estaba
completamente convencido de que alguien mentía en relación a dichos eventos. La
conversación entre él y el capitán Riestra volvió a girar en relación al tema
del arma. El capitán le mencionó al inspector las inconsistencias que arrojaron
los resultados de los análisis dispuestos sobre el arma del señor Ochoa, sobre
los que el inspector se mostró cautelosamente divergente.
_ Es claro, capitán Riestra, que el señor
Ochoa no usó su propia arma para el crimen_ refunfuñó Dortmund._ ¡Me extraña
que no se valga de su inteligencia para hacer cierta clase de deducciones!
Usted mismo planteó al comienzo del caso que el arma utilizada para el
asesinato era la misma con la que la señora Larrazábal practicaba momentos
antes de ser asesinada. Y es la razón por la que el señor Pietrela se encuentra
injustamente privado de su libertad. El asesinó cometió el crimen y se deshizo
del arma inmediatamente. ¿Aún no fue localizada, correcto? Riestra asentó con
pesadez.
_ ¿Cuáles su teoría,
Dortmund? Dígamela de una vez_ cuestionó con reproche.
_ El único propósito_
repuso el inspector_ por el que tenía intenciones de ver la escena del crimen
era para comprobar que efectivamente se utilizó una segunda arma para el
homicidio. Un arma que el asesino llevó consigo y que después de que diera
muerte a la señora Larrazábal, tuvo que ocultar muy bien para que no fuese
encontrada jamás.
_ ¿Por qué querría el
asesino hacer una cosa así? Del modo en que cometió el asesinato, centraría sus
sospechas inevitablemente en el señor Pietrela. Y así sucedió, en efecto.
_ Porque es
meticulosamente organizado y no quiere dejar cabos sueltos que lleven a la
Justicia directamente hacia él. Por la reconstrucción que pude plantear a
partir del testimonio del señor Ricardo Pietrela, el homicidio se ejecutó de la
siguiente forma: la señora Larrazábal tenía solamente tres balas en el tambor
del revólver que estaba utilizando en ese momento para practicar, lo que obligó
al señor Pietrela a ir a la armería a buscar más provisiones. El ir y venir
desde la pedana hasta el depósito demora estimativamente diez minutos, más que
suficiente para que el asesino pueda actuar con plena libertad. Mata a la
señora Larrazábal con el arma propia, recoge el revólver de la señora
Larrazábal y efectúa apuntando a la silueta dos tiros, ya que previamente
corroboró que el arma de su víctima solamente tenía tres balas y no podía
vaciar el cargador, porque entonces se hubiesen escuchado cuatro impactos y eso
hubiese despertado la atención del señor Pietrela. Como el asesino desconoce el
tiempo que puede tardar en regresar de la armería el señor Ricardo Pietrela,
esos dos tiros los realiza apurado y nervioso, y terminan impactando al costado
del blanco, justo en la pared. Una vez efectuados ambos disparos, arroja el
arma al Río de la Plata y huye impávido antes de que pueda ser descubierto.
_ ¿Y cómo es que pudo
entrar y salir de manera desapercibida, sin que nadie pudiera detectarlo? ¿Cómo
es posible que entre y salga nada más y nada menos que de Tiro Federal de forma
implacable?
_ Todo los interrogantes tendrán respuesta a
su debido momento. No me puse a pensar en ello. Y francamente, es un detalle
que me tiene sin cuidado.
_ Debería preocuparlo si tiene serias
intenciones de exonerar a un hombre inocente de la cárcel. Todas las piezas del
rompecabezas deben encajar perfectamente entre sí y ninguna puede quedar
suelta.
_ Le repito que no me
enfocaré en eso, temporalmente. Haré que el propio asesino me lo revele cuando
sea detenido.
_ ¿Ya sabe de quién se trata, entonces?
_ Tengo una vaga pero firme idea.
_ No le pediré que me
revele aún de quién sospecha porque sé que no lo hará. Pero, retomando el tema
del arma. Si el asesino utilizó una segunda arma, ¿De dónde la obtuvo?
_ De cualquier otro lado. Trabajemos
debidamente para resolverlo. Esto me da la certeza absoluta de que el señor
Pietrela es inocente.
_ El arma pertenecía al Polígono de Tiro y
estaba registrada como todas las que perten pertenecen a entidades de servicio
público. Por eso, después del asesinato, el señor Pietrela se deshizo de ella
arrojándola a las aguas del Río de la Plata. Todo nos lleva irremediablemente
al señor Pietrela. Quisiera creer que realmente él no lo hizo, pero las
evidencias son las evidencias, Dortmund.
_ Pues, sigo sin estar
convencido. Las evidencias casi nunca cuentan una verdad absoluta y objetiva.
_ ¿Se le ocurre algo
mejor, Dortmund?
El inspector recordó algo
súbitamente y miró a Riestra con una sonrisa impertinente.
_ Dígame una cosa, capitán
Riestra. ¿Dónde escondería comúnmente una planta en particular para que no sea
descubierta fácilmente?
_ Entre otras plantas de
su misma especie, naturalmente. ¿Por qué?_ repuso Riestra con una celeridad disfrazada.
_ ¿Y dónde escondería un
arma específica utilizada en un asesinato para que no fuese encontrada durante
la investigación en curso?
_ ¿Entre otras armas?
Digamos, una armería... Y no creo que se refiera precisamente a la armería del
polígono.
El capitán vaciló frente a
su propia respuesta, pero el inspector le hizo saber que su deducción fue
acertada.
_ ¡Exacto! ¿Qué se
supo del revólver de colección que robaron hace unos días del Museo de Armas?
_ Lo encontraron
abandonado adentro de un pañuelo, enterrado en un concurrido parque de la
Capital Federal. Lo hallaron siguiendo la evidencia y con un detector de
metales. Hasta ahora, no se supo quién la robó ni porqué. Pero ya fue
restituida al museo hace unos días atrás.
_ Corríjame si me
equivoco, capitán Riestra. ¿Era calibre veintidós?
_ ¿Qué está insinuando?
El capitán parecía
sentirse irritado por las insólitas ocurrencias que afloraban de la mente de
Sean Dortmund.
_ Que es el arma homicida_
alegó el inspector, visiblemente exaltado._ Robaron la bala del Polígono, se
apropiaron audazmente del arma, la adaptaron, cometieron el homicidio ahí mismo
en el Polígono y la ocultaron en donde fue recuperada unos días más tarde. Y
nadie sería capaz de relacionar ambos hechos a simple vista porque parecen dos
eventos absolutamente aislados entre sí. ¡Es muy ingenioso!
El capitán Riestra,
profundamente asombrado por la idea de Dortmund, le solicitó hacer a Balística
pruebas adicionales al arma para comprobar si había sido recientemente
disparada. Después de todos los trámites de rigor para que fuese retirada del
museo al que pertenecía, se autorizó el examen y el resultado fue
positivo: había sido disparada hacía tres semanas atrás, en fecha
coincidente con el asesinato de Silvia Larrazábal. Y las estrías de la bala pertenecían
al propio adminículo.
Dortmund sugirió arrestar
al señor Ochoa y así sucedió. Enrique Ochoa le confesó al capitán Riestra haber
matado a Silvia Larrazábal por haberse apropiado de su hijo de manera ilegal,
después de que lo diera en adopción. Ahora era responsabilidad del Estado
decidir sobre el futuro de la criatura.
Después del arresto del
señor Ochoa, Sean Dortmund envió un telegrama desde una oficina de correos
cercana y le imploró al capitán Riestra que lo acompañase a su departamento de
forma urgente. Sin comprender demasiado el motivo de semejante petición, el
capitán aceptó.
Llegaron a la residencia
de Sean Dortmund a la media hora.
_ Estuvo usted impecable,
Dortmund_ lo alabó Riestra, una vez instalados._ Acertó sobre la inocencia del señor
Pietrela desde el comienzo. Yo estaba equivocado al respecto y me eximo por ése
error.
_ No del todo, capitán
Riestra_ repuso Dortmund con voz apagada._ Sièndole a usted sincero, lo traje
aquí para redimirme yo mismo de mi propio error. Un error que fui incapaz de
subsanar en el momento mismo en que era cometido.
Riestra lo miró con
indiferencia.
_ No lo entiendo_ aclaró
luego vacilante.
_ Tuvo que ser así. No hay
manera de que los hechos se hayan desarrollado de forma diferente. Sí, no puedo
equivocarme. No ésta vez.
Mientras decía esto
último, Sean Dortmund caminaba de un lado a otro, de forma incesante, en tanto
el capitán Riestra lo observaba remotamente confundido.
Tocaron el timbre.
Dortmund corrió hacia la puerta y abrió con impaciencia. Y por alguna curiosa
razón que no podía explicarse aún, Riestra no se sorprendió de ver que la
visitante era nada más y nada menos que la señora Irene Ochoa Pedraza, esposa
de Enrique Ochoa, imputado por el asesinato de Silvia Larrazábal.
_ Vine en cuanto recibí su
telegrama_ explicó la señora Ochoa ante la imponente presencia e intensa y
furtiva mirada de Dortmund.
_ Le agradezco la
gentileza_ respondió el inspector galantemente, y haciendo una seña con la
mano, invitó a Irene Ochoa a sentarse. La dama obedeció cortésmente.
_ ¿Qué eso tan importante
que tiene que decirme?
_ Tiene un esposo
fabuloso, señora Ochoa. La felicito. Envidio tanta lealtad en un matrimonio.
_ No comprendo a qué se
refiere, inspector.
Irene Ochoa se puso tensa
y sus nervios empezaron a ser evidentes.
_ Su esposo confesó el
crimen que usted misma cometió para protegerla. Debe sentirse un poco culpable
por haber enviado a prisión a dos hombres inocentes. Usted conocía a Silvia
Larrazábal de hace años atrás cuando trabajaban juntas en Protección Infantil.
Al igual que ella, estaba involucrada en el negocio de las adopciones ilegales.
Usted era algo así como una facilitadora. Revisaba los expedientes de los niños
que ingresaban al sistema y si se ajustaban a determinado perfil, le pasaba el
dato a la señora Larrazábal. Ella luego recibía los pagos millonarios de las
familias interesadas y todo listo. Se le entregaba la criatura solicitada y el
negocio estaba cerrado. Falsificar todo el papeleo para hacer pasar
posteriormente la adopción por legítima era un mero trámite burocrático, nada
más. Todo funcionó bien hasta que uno de los jueces, cómplice naturalmente de
toda la operación, las puso en alerta en relación a una investigación que
inició la Justicia Federal sobre el caso.
<Ahora bien. ¿De qué manera
la Justicia tomó conocimiento de lo que sucedía? Por información que filtró
alguien desde adentro. Por consiguiente, había un traidor. Eso es
incuestionable. Se deduce solo de los eventos mismos. Usted, señora Ochoa,
entró en pánico y abandonó todo, lo que le dio un claro motivo a la señora
Larrazábal y compañía para sospechar que usted era la Judas de la organización.
Desde ése preciso instante, todo fue caótico tanto para usted como para su
esposo. Empezó a recibir amenazas y agravios de todas las dimensiones.
Inclusive, me atrevo a asegurar que intentaron lastimarla en más de una
ocasión. Pero no podía formalizar la denuncia porque todo sería descubierto y
entonces usted se expondría a un peligro mucho mayor. Y fue justo ahí cuando su
marido, el señor Enrique Ochoa, decidió adquirir un arma y aprender a usarla
por las dudas. La puso en regla y se inscribió en el polígono de Tiro Federal.
Y ahí se llevó una inesperada sorpresa: vio a Silvia Larrazábal hablando con
alguna autoridad del lugar. Ella debió verlo sin que él lo notase, debió
reconocerlo y es la razón por la que solicitó un horario atípico para
practicar. Y su esposo no dudó en correr a contarle a usted a quién había
visto, señora Ochoa: a la mujer que, mediante una aparente adopción legal, secuestró
a su hijo Jeremías y la extorsionaba impiedosamente para liberarlo. Porque para
la señora Larrazábal, la traidora que los delató con la Justicia fue usted.
Para ella y también para todos sus demás socios>.
_ No voy a decir nada_
declaró la señora Ochoa, inexpresivamente y con frialdad.
_ No es necesario que
hable_ continuó Dortmund._ Yo sé que usted no fue quien la delató en su momento
porque quién sí lo hizo la amenazaba permanentemente y fue la razón por la que
la señora Larrazábal tomó la determinación de aprender a usar un arma. Claro
que es indudable que creyera que usted estaba detrás de dichas intimidaciones
como una forma de contraatacar su embestida.
<Ni bien se enteró
dónde estaría ella, fue hasta el polígono y la esperó desde una distancia
prudente para evitar que la descubriera. Se enteró de ése modo de sus
movimientos, sus horarios de entrada y salida, de toda su rutina en general.
Intuyo que usted, señora Ochoa, ingresó al polígono con alguna excusa
convincente, hurtó sigilosamente la llave de acceso, le hizo una copia y la
devolvió con la misma discreción que con la que la tomó. Y también se cercioró
de robar una bala porque ya lo tenía todo detalladamente pensado>.
<Así se garantizó acceso al campo de tiro
la noche del crimen. Cuando el señor Pietrela se ausentó, usted apareció de la
nada y con un arma robada y cargada con la bala también robada, asesinó a la
señora Larrazábal de un disparo certero en el tórax. Enseguida, tomó su arma,
la revisó y disparó los tiros restantes para que creyeran que fue la propia
señora Larrazábal quien los ejecutó. Y se deshizo del arma de ella, arrojándola
al Río de la Plata. Y luego tuvo que irse caminando por la puerta y
posteriormente deshacerse de la llave en cualquier alcantarilla>.
_ ¿Como obtuvo el arma del
museo?_ exigió saber el capitán Riestra con autoridad.
Y dándose cuenta de que
era inútil negar los hechos, la señora Ochoa se mostró subyugada y contestó la
inquietud con profusa premura.
_ Supe que la habían
robado del Museo de Armas por los medios. Contacté al ladrón y se la alquilé,
por decirlo de alguna manera. Él no se opuso a mi oferta porque le pagué muy
bien. Me dio expresas instrucciones de dónde retirarla, de que debía
conseguirle una bala para que pudiese adaptarla, de cómo debía proseguir luego
y de dónde debía dejàrlasela de nuevo después del asesinato.
_ En Parque Chacabuco,
enterrada y envuelta en un pañuelo. Pero nosotros llegamos antes que él pudiera
recuperarla.
_ ¿Eso de qué les sirvió?
Tengo entendido que todavía no lo agarraron. Y en lo que a mí respecta, no
pienso delatarlo. Confieso el homicidio de Silvia Larrazábal pero nada más.
Recibió lo que merecía.
_ Usted también lo
recibirá_ replicó Sean Dortmund con petulancia.
_ ¿Puedo preguntarle cómo
me descubrió?
_ En el acta de adopción,
figuraba que su hijo fue dado en adopción porque ustedes no podían mantenerlo.
Sin embargo, su casa era una propiedad ostentosa. Y además, encontré dos
misivas que usted recibió de parte de la señora Larrazábal semanas atrás, antes
de que la matara. Son estos pequeños pero significativos detalles los que
permiten que el resto de la trama se revele sola.
Irene Pedraza Ochoa fue
arrestada, mientras que la Justicia iba a decidir en los próximos días la
situación procesal de su marido, el señor Enrique Ochoa. E iba a investigar a las otras dos familias en virtud del cariz que tomó el caso en su etapa culmine y resolutoria.
Por otra parte, Ricardo
Pietrela fue sobreseído de la causa y recuperó su trabajo inmediatamente. Llegó
al polígono de tiro emocionado. Tomó los anteojos, las antiparras y el arma
después de una eternidad de no utilizarlas. Se sintió inmensamente feliz y en deuda con el
inspector Dortmund.
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