lunes, 25 de febrero de 2019

El misterio del segundo disparo (Gabriel Zas)




_ ¿Vio el doble homicidio del hotel Sheraton?_ le pregunté a Dortmund desde la comodidad de mi silla y la hermosa vista hacia la calle._ Creo que Riestra lleva el caso.
_ Vendrá a vernos si necesita de nuestra ayuda, doctor_ me replicó mi amigo con voz armoniosa y relajada.
_ Siempre la necesita. Por lo que al caso refiere, resulta muy interesante. La víctima se llama Alfredo Querol, esposo de la afamada actriz de teatro María Inés Cúneo Arjona. Recibió un disparo de una pistola Glock 17 en la frente, lo que le produjo la muerte al instante, mientras estaba en una calle deshabitada a unas dos cuadras del hotel, donde su mujer estaba al mismo tiempo en una fiesta junto a otros actores. Pero no fue la única víctima. A unos metros de distancia, encontraron el cuerpo de un vagabundo que la Policía aún no identificó. Recibió un disparo por la espalda de la misma arma que diera muerte al señor Querol. El problema es que hicieron dos disparos, pero los vecinos sólo oyeron uno. El vagabundo pudo ser un testigo ocasional del asesinato de Alfredo Querol y lo mataron para silenciarlo mientras huía. Es la teoría más sensata. ¿Pero, por qué nadie escuchó el segundo disparo?
_ ¿Y por qué la víctima estaba en una calle deshabitada a esas horas de la noche mientras su esposa estaba en una fiesta en el hotel Sheraton? ¿A qué hora aduce el diario que ocurrió el crimen, doctor?
_ Alrededor de las nueve y media de la noche. Lo único posible es que el asesino le haya puesto silenciador a la pistola y por eso sólo se oyó un solo tiro.
_ ¿Por qué iba el tirador a poner el silenciador en un asesinato y no en el otro?
_ Es cierto, Dortmund. No tiene sentido.
_ Sin embargo, resulta interesante el hecho de que el señor Querol estuviese en ésa calle solitaria.
_ ¿Usted sugiere que alguien lo citó ahí con algún propósito en particular?
El inspector me miró con los ojos brillosos.
_ Es justamente lo que pienso_ me replicó con una de sus tan características sonrisas locuaces que eran un testimonio vivo de sus pensamientos ocurrentes.
_ ¿Dice algo sobre la Glock 17 usada para el crimen?_ me preguntó casi inmediatamente, después de unos segundos de reflexión.
_ Fue hallada en la escena_ contesté._ El asesino la abandonó después de que cometiera ambos homicidios. Los peritos van a revisar si tiene huellas.
_ Pierden el tiempo. No van a encontrar nada.
Lo miré con recelo.
_ ¿Por qué está tan seguro al respecto?
_ Porque el arma fue abandonada en la escena del crimen. Contrariamente, el asesino se la hubiese llevado consigo.
_ Bien. ¿Qué cree que ocurrió? ¿Un ajuste de cuentas? ¿Una venganza? ¿Una discusión que terminó mal?
_ Vamos a la escena_ dijo mi amigo, poniéndose de pie y agarrando su sobretodo._ El capitán Riestra estará encantado de vernos.
Y así fue, en efecto. Sonrió amablemente cuando nos vio llegar.
_ Esperaba que viniera, Dortmund_ exclamó Riestra, después de los saludos de rigor._ Las Noticias vuelan. Más, cuando este tipo de sucesos involucran indirectamente a alguna celebridad.
_ Aguardaba su llamado de un momento a otro_ le dijo Dortmund honestamente y algo decepcionado a la vez.
_ No quería molestarlo, para retribuirle su franqueza.
_ ¿Encontraron huellas en el arma?_ inquirió Sean Dortmund con indiferencia.
_ No_ contestó Riestra._ El arma estaba limpia. Balística confirmó que la Glock 17 incautada acá en la escena disparó dos proyectiles. Pero todos los testigos insisten en que solamente escucharon un sólo disparo. ¿Por qué no el otro?
Pero Sean Dortmund no acotó nada. Estaba meticulosamente concentrado revisando la escena y evaluando diferentes soluciones posibles. Con Riestra lo observamos en silencio.
El inspector se puso en cuclillas y miraba atentamente en dirección al hotel.
_ Desde ésta perspectiva, se contempla el Sheraton perfectamente. Esto es muy interesante_ observó muy detenidamente.
Luego, giró la cabeza hacia atrás sin abandonar su posición e hizo una serie de mediciones. Sonrió cuando las concluyó y se puso de pie.
_ ¿Dice, capitán Riestra, que al mismo tiempo que el señor Querol era asesinado, la señorita Cúneo Arjona estaba en una fiesta en el hotel Sheraton?_ le preguntó Dortmund a nuestro amigo con énfasis en el asunto.
_ Sí_ replicó Riestra medianamente confundido._ Todos los invitados lo confirmaron.
_ Pero con tanta gente que hay siempre en una fiesta, uno difícilmente nota la ausencia de alguien en particular, a excepción de que observe a ése alguien en particular toda la noche. Lo pierden de vista unos instantes; charla va, charla viene con otros invitados, se arman pequeños debates y cuando ésa persona reaparece, asumen erróneamente que estaba reunida con alguien más, haciendo sociales con otras personas.
_ Dortmund, insisto...
_ ¡Pero desconocen su paradero real, capitán Riestra! Este es el caso resuelto en tiempo récord. Preguntémosle a la señora María Inés Cúneo Arjona porqué asesinó a su marido.
_ Es un disparate. Ella tiene coartada.
_ Y por regla general, los únicos que necesitan disponer de una coartada sólida son los propios culpables. Los inocentes no la necesitan porque no hicieron nada.
_ Estoy confundido, Dortmund. ¿Qué le ocurre?
_ Vamos al hotel, capitán Riestra. Hablaré con la señorita Cúneo Arjona y haré que confiese el homicidio del señor Alfredo Querol. Podrá arrestarla en veinte minutos. Es todo el tiempo que necesito para persuadirla y detenerla.
Dortmund se alejaba mientras nosotros lo mirábamos absolutamente azorados. Más enseguida, nos incorporamos a su marcha.
_ La señorita Cúneo Arjona_ comentó el inspector de camino al hotel_ sufre seriamente de las cervicales. Está en tratamiento para mejorar su postura porque es esencial que se cuide por su arte.
_ No hay información que confirme su teoría, Dortmund_ alegó Riestra, irascible._ ¿Qué cuernos le pasa hoy, eh?
_ ¿Ya revisaron la habitación de la viuda?
_ No, porque hasta que llegó usted, no era sospechosa.
_ No es sospechosa, capitán Riestra, es culpable. Son dos conceptos distintos. En la ventana de su suite encontrará en cada extremo un clavo dispuesto allí con mucha precisión y cálculo. Sí, fue un crimen muy ingenioso.
Antes de que nuestro amigo pudiera responderle a Dortmund, ya habíamos ingresado al hotel y el inspector estaba preguntando en la recepción por la señorita María Inés Cúneo Arjona. Nos guiaron al salón central de eventos, al fondo del pasillo, siguiendo derecho el camino firme delimitado por una elegante alfombra roja.
Al ingresar al gran salón, la mujer en cuestión estaba hablando con otro hombre de forma confidencial. Era una dama de estatura baja, portadora de unos enormes ojos verdes, cabello pelirrojo y de unas facciones irresistiblemente atractivas y seductoras. Parecía estar en crisis por lo sucedido con su marido. Si estaba fingiendo, era una actriz extraordinaria.
Se puso en estado de alerta cuando nos vio llegar, y al identificarnos, despidió al otro hombre cortésmente. Su actitud compungida pareció enaltecerse con nuestra sola presencia. Su rostro era un retrato hablado de sus emociones en esos momentos y su mirada un reflejo taxativo de sus más íntimos sentimientos e inquietudes.
Sean Dortmund la observó atentamente por unos segundos e inició la entrevista con una serie de preguntas de rutina, orientadas a explorar el terreno.
María Inés Cúneo Arjona respondió correctamente de acuerdo a los criterios estándar en estos casos. Y no fue hasta que ella se tomó la espalda, justo por encima de la cintura y gimió de dolor, que el inspector la confrontó deslealmente.
_ Tiene un problema en las cervicales y le duele porque recientemente hizo un sobreesfuerzo innecesario. ¿Estoy en lo correcto?
_ No, nada de eso_ respondió la actriz, confusa._ Sí, tengo un problema en la parte baja de la espalda y uso una faja médica para corregirlo. Pero me duele porque es habitual en mí este tipo de padecimientos.
Con Riestra nos miramos totalmente estupefactos. ¡Dortmund había acertado! ¿Pero, cómo?
_ ¡Miente!_ enfatizó mi amigo, enérgicamente._ La dolencia es porque asesinó a su marido.
_ Yo no lo asesiné. ¿Qué clase de ridiculeces está diciendo? Estaba en la fiesta de gala del hotel, muchos me vieron ahí. Creí que eso ya había quedado desestimado.
_ Su coartada es muy conveniente, señorita Cúneo Arjona, y por eso el crimen es tan brillante y audaz. Usted citó al señor Querol en el callejón en cuestión unos minutos antes de que la fiesta iniciara y los invitados ingresaran por la entrada principal. Él se presenta, usted lo aborda y lo mata de un disparo, el que nadie escuchó porque le puso un silenciador al arma. Luego, toma un atajo hasta el hotel, ingresa secretamente por la puerta de emergencia y sube hasta su cuarto con mucha cautela de que no la descubran. Una vez en su habitación, se cambia y se maquilla, se quita la faja, encastra los dos soportes de las puntas a dos clavos que colocó previamente en los costados de la ventana, apoya la pistola en el centro de la faja, hace fuerza y la arroja lejos, en dirección hacia la calle donde minutos antes mató a su esposo, algo que logra con mucha precisión y eficacia porque realizó todas las pruebas pertinentes durante los días previos al de hoy. El arma cae, pega contra el pavimento y se dispara por accidente, el disparo que todos oyeron y que mató involuntariamente al pobre vagabundo que allí se refugiaba. No fue consciente de lo que sucedió entonces porque estaba empeñada en bajar rápido, salir por la puerta de atrás del hotel nuevamente, meterse en su auto, pegar la vuelta e ingresar por el frente al igual que el resto de los invitados. Una coartada casi perfecta, aunque no del todo, porque se hizo ver después que el crimen fue consumado. ¿Pero, alguien iba a notarlo y a hacer alguna clase de conexión? Por supuesto que no. Y por eso su plan y su coartada funcionaron tan impecablemente. Y de ahí su dolor en la cintura: de haber hecho fuerza con la pistola para arrojarla al callejón.
_ Lo que usted plantea es extraordinario, inspector_ dijo la señorita Cúneo Arjona con soberbia y arrogancia._ ¿Pero, cómo hice para cambiarme tan rápido, suponiendo que su teoría sea cierta?
_ Ya estaba cambiada. Debajo de la ropa que usó para dar muerte a su marido, traía puesto el traje de gala. Se despojó de las primeras prendas y ya estaba preparada para ir a la fiesta. Por el maquillaje, siempre lo tuvo puesto. Es mujer y además muy coqueta.
Con el capitán Riestra, no podíamos creer lo que habíamos oído. Subimos a la suite de la señorita María Inés Cúneo Arjona, el capitán revisó la ventana y en efecto, descubrió los dos clavos que Dortmund adujo en su disertación de los hechos. Tomó una réplica de pistola, hizo la experiencia de lanzarla lejos con un elemento elástico de acuerdo a la hipótesis de Dortmund y cayó en el mismo callejón, a escasos metros de donde cayó la pistola real, aventada por la actriz.
El capitán Riestra volvió a reunirse con Sean Dortmund y sin mediar palabra alguna, esposó a la señorita Cúneo Arjona bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo, la premeditación y la alevosía, y homicidio culposo agravado. Y mientras se la llevaba detenida, el capitán miró a mi amigo con hostilidad y rencor.
Al día siguiente, nos enteramos por el propio capitán Riestra que María Inés Cúneo Arjona confesó el crimen ante el fiscal de la causa. Y declaró que mató a su esposo por ser pobre y humilde. Según ella, el señor Alfredo Querol le prometió varias veces cambiar pero eso no pasó. Y ella ya estaba harta de que fuera un pordiosero y un don nadie. Una mujer de su rango no podía verse de ninguna manera involucrada con alguien así. Su imagen era su tarjeta de presentación. Y por eso lo asesinó. El callejón, declaró, hacía juego con el estilo de vida de su exesposo.
_ ¿Cómo lo descubrió? Quiero saber ahora mismo_ inquirió Riestra con resentimiento.
_ Por el sólo hecho de que el hotel Sheraton daba directo al callejón en cuestión. Una eso al hecho de que el pobre vagabundo recibió un tiro por la espalda y que se oyó sólo un disparo nada más y el asunto está zanjado a sus pies.
_ Sí, está bien. ¿Y lo del problema en la espalda de ella, cómo lo dedujo?
_ Si el arma fue arrojada con un objeto elástico, desde la lógica pensaría inmediatamente en una faja, que resulta lo más común. Y si se usó una faja, es porque inevitablemente la señorita Cúneo Arjona tiene un problema de salud en la espalda. ¿Lo ve? Muy sencillo todo.
_ Sí. Lo es para una mujer con su mismo nivel de inteligencia.
_ Fue inteligente. Sí, capitán Riestra. ¡Pero no tanto como yo!






lunes, 18 de febrero de 2019

El número 13 (Gabriel Zas)








Ya son 12 los magos que murieron a lo largo de la historia, intentando realizar ésta hazaña. Se trata de la famosa ilusión llamada desafiando a la muerte, en la cual el artista simula valerse de sus cualidades mentales para atrapar una bala disparada de un rifle con la boca.
Pese a los constantes consejos y precauciones que proporcionan tanto los instructores como los entrenadores de tiro para evitar una desgracia, los magos hacen oídos sordos a toda clase de advertencia y se las rebuscan ingeniosamente para hacer el juego y que resulte todo un éxito.
No son conscientes del peligro ni de las consecuencias fatales que puede acarrear tal experiencia. Se creen que el rifle es tan inofensivo como una baraja, pero el sólo hecho de suponerlo exige un grado de ignorancia muy elevado.
Los ilusionistas que incluyen este juego en su repertorio creen que son inmunes a la muerte y que nada puede pasarles. Otro terrible error. Esto pone de manifiesto los límites que un artista es capaz de ignorar con tal de cautivar a su audiencia.
Sucedió hace poco. Rey de Picas, seudónimo de Facundo Valenzuela, se sumó a la lista de los 12 magos que murieron realizando el efecto. Él es el número 13. Pero había una diferencia muy marcada: los 12 casos anteriores fueron todos desafortunados accidentes, este no.
La bala la colocó en el rifle un espectador del público elegido aparentemente al azar. Y digo aparentemente porque nunca se sabe. Corroboró que todo estuviera en óptimas condiciones y se retiró de nuevo a su asiento. Se creó un clima; Celia Ruíz, esposa y asistente de Rey de Picas, tomó el rifle, apuntó y apretó el gatillo. La bala salió ferozmente y terminó con la vida y la carrera de Facundo Valenzuela.
La señora Ruíz, desesperada, comenzó a gritar que aquella terrible escena era muy real y que algo había sucedido. <El arma era falsa. La bala no debía salir. No, ¡no estaba puesta!...>. Y lo siguiente que hizo fue aferrarse desconsoladamente al cuerpo de su esposo.
El secreto de la ilusión consistía en que el espectador, la persona del público elegida al azar, verdaderamente cargaba el rifle con una bala genuina. Seguidamente, cuando se creaba el clima previo al momento del disparo, se atenuaban las luces de la sala, momento que era aprovechado por la señora Ruíz para cambiar el rifle verdadero por uno semejante de utilería y esconder el real; el mago se llevaba una bala que tenía previamente guardada en su bolsillo a la boca, las luces volvían a subir, Rey de Picas se mostraba nervioso pero dispuesto, y asunto concluido. La parte final del juego era pura teatralización. El rifle de utilería disponía de una carga de cebita que aparentaba la detonación.
Pero ésa noche, alguien alevosamente, cambió el rifle real por otro real y escondió el de utilería. Por lo tanto, la sustitución tuvo que consumarse unos diez minutos antes de iniciar el número, lo que dejaba a cuatro potenciales sospechosos de haber realizado el cambio: las dos asistentes, el responsable de utilería y la propia esposa de la víctima.
Celia Ruíz efectuó el disparo mortal, como era habitual en ella simular en todas las funciones disparar el rifle. ¿Era en realidad una asesina fría y ávida o fue sencillamente usada como instrumento del delito aquélla fatídica noche por el verdadero asesino? La Policía no podía descartar ninguna posibilidad.
Celia Ruíz tenía un fuerte motivo para querer muerto a Facundo Valenzuela: un triángulo amoroso. Ella tenía un amante secreto desde hacía menos de un año, que la Justicia identificó como Rómulo Carvazza, un italiano que vivía desde hacía quince años en Argentina. Era corredor inmobiliario y se conocieron de casualidad.
Facundo Valenzuela descubrió el engaño, y lejos de divorciarse de su mujer, decidió pagarle con la misma moneda y se involucró románticamente con Daniela Rúa, una de sus dos asistentes. Los dos estaban en pareja con alguien más y ya no habría diferencias entre ellos.
Una manera muy extraña de resolver el conflicto. Pero Celia Ruíz consideró que era una medida legalmente justa. Creo en lo personal que ninguna otra mujer en el mundo hubiese tolerado algo similar. Celia Ruíz era una mujer muy curiosa y se convirtió en objeto de interés para la Justicia.
El fiscal de la causa, el doctor Luis Altolaguirre, suponía que la señora Ruíz no soportó más la situación, y en virtud de que Facundo Valenzuela se enamoró perdidamente de la señorita Rúa, la carcomieron los celos y asesinó a su esposo. Lo peor del caso, si ése era el motivo del crimen, era que tanto Valenzuela como su joven asistente y amante, disfrutaban ver sufrir a Celia Ruíz. La presión la habría sofocado si ése era el caso.
El doctor Altolaguirre entrevistó por más de seis horas a la señora Ruíz y no logró que se quebrara. Ya más agresivo y con menos paciencia, el fiscal comenzó a acorralar sin misericordia a Celia Ruíz con preguntas directas y mordaces. Ella se angustió profundamente y se negó a seguir declarando sin la presencia de un abogado defensor que la representara. Era su derecho constitucional y el doctor Altolaguirre tuvo que aceptarlo aunque no estuviera completamente de acuerdo.
Esto ponía en una situación similar a la asistente del señor Valenzuela, la señorita Rúa, que también fue indagada e imputada de homicidio premeditado por el fiscal de la causa. Contestó algunas preguntas genéricas al principio del interrogatorio e inmediatamente solicitó un abogado.
Investigó por su parte a Raúl Origoza, el encargado de utilería. No tenía motivos para el homicidio y estaba muy afligido por lo ocurrido.
Respecto a su proceder, alegó que el rifle verdadero nunca lo manipulaba. Tanto Facundo Valenzuela como su esposa, Celia Ruíz, se lo tenían terminantemente prohibido. Su única labor era tomar el rifle de utilería, administrarle la carga pertinente de cebita, cerciorarse de que el mecanismo funcionase adecuadamente y dejarlo listo para su uso. Eso mismo hizo la noche del asesinato. Lo perturbaba terriblemente no comprender qué sucedió. El fiscal lo liberó aunque no lo descartó de la lista de sospechosos. Para el fiscal Luis Altolaguirre, uno de esos los cuatro era el asesino.
Ruth De Carlo, la otra asistente de Rey de Picas, no tenía motivo para el crimen pero sí oportunidad. Dijo que su relación con el artista era buena, que lo estimaba mucho y que no se imaginaba quién podía quererlo muerto. Sus respuestas no revelaron nada extraño y el fiscal la dejó ir. Ocupaba el último lugar en la lista de sospechosos.
A todo esto, Balística determinó que las únicas huellas que estaban en el rifle disparado eran las de la señora Ruíz y las de la víctima, como era de esperarse. El fiscal esperaba encontrar alguna más, pero debió conformarse con el resultado más lógico. Respecto al proyectil y al arma en sí, los peritos no encontraron nada fuera de la media.
A la semana siguiente, el doctor Altolaguirre volvió a la escena del crimen junto a los cuatro sospechosos (vale aclarar las dos asistentes de la víctima, el utilero y la propia esposa) para hacer una reconstrucción completa de los hechos, desde que se toma el arma por primera vez hasta el momento del disparo durante el acto. No hubo sorpresas tampoco en el resultado final del experimento. Sirvió para confirmar las declaraciones de los sospechosos, principalmente la del utilero, el señor Origoza; y para verificar también que por fuera de ellos cuatro, nadie más pudo cometer el asesinato.
La siguiente diligencia del funcionario del Ministerio Público Fiscal fue dirigirse a la armería más cercana a la escena del crimen para constatar si ahí se había efectivamente vendido el rifle que diera muerte al trascendental Rey de Picas. El dueño del comercio no recordaba haberle vendido un rifle de las características del usado para matar al señor Valenzuela a alguno de los sospechosos o a alguien que dijera ir de parte de algunos de ellos.
Por eso, el doctor Altolaguirre le solicitó la lista de clientes de la última semana y el hombre se la extendió gentilmente. Solamente tres personas, según la lista, habían adquirido un rifle durante ése período de tiempo. Y un nombre en especial llamó su atención poderosamente. Luis Altolaguirre sonrió triunfante, la exigió al dueño de la armería una copia de la lista, le dio las gracias por su invaluable colaboración en el caso y volvió urgido a su despacho.
Ni bien llegó, levantó el tubo del teléfono e hizo una llamada.
_ Sí. Habla Luis Altolaguirre, de la Fiscalía de Instrucción penal número 8_ se presentó cuando atendieron la comunicación._ Lo contacto por el caso Valenzuela, cuya investigación tengo a mi cargo. Mande una patrulla con gente de la División a cargo. Vamos a hacer un arresto. Ya sé quién es el asesino.
Y cortó abruptamente sin mediar palabra alguna. Llenó la orden de arresto, se la alcanzó al juez de turno, le explicó los motivos de su solicitud con evidencia en mano y el magistrado la firmó con celeridad y contundencia. ¿Qué descubrió el doctor Altolaguirre en ésa lista?



                                                                        ***

Mediante un oficio enviado por intermedio de un cadete, el doctor Altolaguirre las requirió a los cuatro sospechosos que estuvieran presentes en el teatro a las 18 horas en punto de ése día sin dejar entrever el motivo de dicha petición.
Aunque un poco renuentes y desconfiados; Daniela Rúa, Ruth De Carlo, Celia Ruíz y Raúl Origoza cumplieron con lo ordenado por el fiscal de la causa.
_ Gracias a los cuatro por venir_ dijo Luis Altolaguirre, cuando ingresó a la sala del teatro y vio a los sospechosos esperándolo impacientes y nerviosos._ Les prometo que esto no va a durar más de diez o quince minutos como mucho.
_ ¿Por qué estamos acá, exactamente?_ preguntó Daniela Rúa, ofuscada mientras golpeaba nerviosamente la punta de su zapato contra el piso.
_ No se apure, señorita Rúa. Permítanme mostrarles primero algo que conseguí de muy buena fuente.
De una carpeta que traía en el portafolio, el fiscal tomó la lista de compradores que le cedió el dueño de la armería y se la exhibió a los cuatro sospechosos, agitando el papel provocativamente y analizando las reacciones de todos, detenidamente uno por uno. Nada extraño. Ninguno se delató. Ninguno se inmutó. Ninguno sabía qué había escrito en ésa hoja.
_ ¿Qué es eso?_ inquirió desinteresadamente, Ruth De Carlo.
_ Esperaba que alguien preguntara al respecto_ repuso el doctor Altolaguirre._ ¿Conocen la armería que está acá a cinco cuadras? Supuse que si el asesino cambió el rifle verdadero que siempre el occiso usaba en cada función antes de reemplazarlo por el trucado, digámoslo así, por otro verdadero con un cartucho en su interior listo para ser disparado, el asesino tuvo que comprar el segundo rifle en algún lado_ y enfatizó esta última frase con mucha vehemencia.
_ Y ésta armería es lo más cerca que hay_ continuó el fiscal._ Así que, indefectiblemente, el culpable tuvo que adquirirlo ahí. ¿Para qué iba a irse más lejos quizás si tiene lo que busca a la vuelta de la esquina?
Y desvió la atención hacia la hoja que sostenía en su mano. Todos la miraron de un modo muy particular. La miraron con miedo, dudas, estupor e incredulidad.
_ ¿Usted me preguntó hace un rato qué es este papel que traigo conmigo, correcto señorita Rúa?_ siguió el doctor Altolaguirre._ Son las personas que compraron un rifle durante toda la semana previa al homicidio del señor Valenzuela. Estoy casi seguro de lo que pasó. Así que, para confirmarlo, necesito que los cuatros me regalen su firma para compararla con la tipografía de esta lista. Si no tienen nada que ocultar, no van a tener problemas en acceder, imagino.
_ ¡Lo que usted pretende está en disconformidad con la ley!_ protestó ferviente, Raúl Origoza.
_ Muéstrenos la orden de un juez y accederemos gustosos_ dijo con soberbia, Celia Ruíz.
Pero el doctor Altolaguirre apeló al silencio y a intentar interpretar las miradas de los cuatro sospechosos.
_ Como imaginé_ remarcó el señor Origoza._ Si me disculpa, tengo que cosas que hacer.
Tomó su saco y se retiró descortésmente, sin que el doctor Altolaguirre se lo imposibilitara.
Pasaron unos segundos, hasta que Luis Altolaguirre rompió el silencio.
_ ¿Soy el único que piensa que está huyendo?
Las tres mujeres se miraron entre sí ingenuas y exaltadas.
Igualmente, Raúl Origoza no llegó muy lejos. La Policía lo detuvo por orden del fiscal. Pasó la noche en el calabozo de la Comisaría y el doctor Luis Altolaguirre lo entrevistó en su oficina a la mañana siguiente temprano.
_ Ya que usted se niega a hablar_ dijo Altolaguirre después de un buen rato de silencio,_ voy a hacerlo yo. Fue a la armería y compró un rifle exacto al usado por Rey de Picas, Valenzuela, como quiera llamarlo, en el show. Es evidente que no puede acusar su nombre real en el registro de compradores que por ley lo obliga a llenar el empleado de la armería. Y escribe uno falso, inventado ahí en el momento. No pensó en un nombre más elaborado porque ése era un detalle menor, sin importancia. Y lo que desconocen los asesinos inexpertos como usted, señor Origoza, es que son justamente esos detalles los que nos guían siempre hacia la verdad.
Luis Altolaguirre colocó la hoja frente al utilero y con el dedo Índice, le señaló el nombre en cuestión.
_ Juan Pérez_ repitió el fiscal en voz alta y pronunciada._ El famoso Juan Pérez que los argentinos usamos para todo. Lo usamos más que el fulano y el mengano, mire lo que le digo.
Juan Pérez compró la misma arma que la usada en el asesinato. Pero no sabía quién era Juan Pérez. Sabía que era uno de ustedes cuatro, pero nunca tuve ninguna certeza al respecto porque, para serle honesto, mis sospechas nunca recayeron sobre alguien en particular. Y por eso los cité en el teatro y les dije que precisaba la firma de todos para hacer la comparación pertinente con la letra de Juan Pérez. Era claro que el responsable no se iba a arriesgar a descubrirse e iba a buscar algún pretexto para abandonarnos. ¿Y mire cómo son las cosas, que usted resultó ser el ganador? Lo escucho, Origoza.
_ No tiene nada_ replicó el utilero con preponderancia y altivez.
_ Deme una muestra de su letra y su firma, y vemos. ¿Qué le parece la idea? A mí me fascina.
_ Hace unos meses caí en bancarrota_ se quebró finalmente Raúl Origoza._ Deudas por todos lados, la hipoteca de la casa... Y lo que me pagaba Valenzuela no me alcanzaba para nada, ¿entiende? ¡Para nada! Le imploré que me aumentase el sueldo, pero me respondió que mi trabajo no era gran cosa y que lo me pagaba por mes estaba acorde a mis tareas. Me faltó el respeto, se rió en mi propia cara. No lo soporté. Iba a asesinarlo ahí, inmediatamente. Pero Rey de Picas, un mago tan reconocido y aclamado por todo el mundo, tenía muchas posesiones que son un tesoro para sus seguidores. Elementos personales, recuerdos invaluables, reliquias, por la que muchos pagarían una fortuna por poseerlas. Así que, las hurté de a poco y las vendí en el mercado negro. Él nunca sospechó de mí. Pobre infeliz. Creyó que era su otra secretaria, Ruth De Carlo, aunque nunca hizo públicas sus sospechas porque no estaba seguro. Lo sé de buena fuente.
<Fui ganando la plata suficiente que me iba permitiendo paulatinamente ir cancelando mis deudas. Pero me enteré de mera casualidad por un contacto mío que los coleccionistas pagan muchísimo más por posesiones de personas que ya no están y que fueron una inminencia en su arte. Así que, pensé que si lo asesinaba, ganaría muchísimo más y así me fue. No me puedo quejar. Compré el rifle, lo cambié por el falso y la querida señora Ruíz hizo el resto por mí. Saldría lo del triángulo amoroso a la luz y asunto resuelto. Fue perfecto. Bueno, casi perfecto. Pero no me arrepiento en absoluto de lo que hice>.
_ ¿Dónde escondió el rifle de utilería que reemplazó por el suyo?
_ Lo oculté en el doble fondo de uno de esos aparatos gigantes que tienen los magos. Es el mamotreto que está justo atrás del escenario.
El doctor Altolaguirre le hizo firmar la declaración y ordenó su inmediato traslado al penal de Ezeiza.
<_ Si este tipo tuviese las habilidades del legendario Harry Houdini, lo encerraría en una prisión de máxima seguridad en medio de una isla>_ se dijo el fiscal para sí. Y sonrió satisfactoriamente por su repentina ocurrencia.




martes, 12 de febrero de 2019

Muerte en la playa (Gabriel Zas)





El presente caso dejó de manifiesto lo mal que muchas veces se desenvuelve la Justicia argentina en ciertas investigaciones criminales. El hecho concreto ocurrió en la playa Punta Mogotes, en Mar del Plata. Fiorella Arribalzaga, campeona olímpica de natación en los Juegos de 1972, murió ahogada en las profundidades del océano Atlántico mientras se preparaba arduamente para una competición local que tendría lugar dentro de exactamente tres meses. La encontró el conductor de una lancha que pasó casualmente por el lugar, Ignacio Olaya. Según su testimonio, vio desde lejos que alguien pedía desesperadamente ayuda, así que no dudó en arrimarse y asistirla. Declaró que la señorita Arribalzaga estaba flotando en una zona comprometida, por lo que tuvo que extenderle una soga, enlazarla, rodearla y traerla hacia su lancha. Pero que cuando por fin pudo subirla a bordo, ya era tarde: estaba muerta. Llamó a la Policía, que por orden del juez de turno se le practicó al cuerpo la autopsia y la misma reveló que la señorita Arribalzaga tenía agua en sus pulmones y los labios azules, por lo que decretó la muerte accidental por inmersión y archivó el caso.

Al mes, el caso llegó a oídos del inspector Dortmund cuando el capitán Riestra se lo comentó y captó su interés de forma inmediata cuando aquél le expuso en detalle todos los pormenores del incidente.

_ Eso no fue ningún accidente, capitán Riestra_ dijo alarmante y preocupado, Dortmund.

_ ¿Cree que la asesinaron?_ replicó Riestra.

_ No hay dudas al respecto.

_ Coincidimos. Sólo que no me imagino cómo pudieron asesinar a la señorita Fiorella Arribalzaga en medio del océano.

_ El caso presenta varios puntos interesantes. Primero está el hecho de que la víctima era una nadadora olímpica de renombre y muy profesional. Pero estamos de acuerdo en que no se metería en una zona tan comprometida del agua sin un salvavidas a mano.

_ Sí, no se encontró ninguno.

_ Sin embargo, ella debió tenerlo. ¿Y, cómo resulta eso posible tratándose de una nadadora experta?

_ ¿A qué se refiere exactamente, Dortmund?

_ Una nadadora de la talla de la señorita Arribalzaga tendría que estar lo bastante preparada y capacitada como para enfrentar aguas difíciles y toda serie de obstáculos que pudieran presentársele.

_ Concuerdo en todo. Es más, los labios azulados no necesariamente son signos de ahogamiento.

_ Explíquese, capitán Riestra_ le dijo mi amigo con un fulgor destellante que emanaba de su mirada.

_ Generalmente_ repuso Riestra, dándose importancia, _ los labios suelen tomar ése color también en una muerte por estrangulación. Pero, si la mataron, el agua borró toda clase de evidencia y rastro.

_ ¡Bravo, capitán Riestra! Depositó usted en mi mente una idea extraordinaria.

  Durante dos meses consecutivos, mi amigo y el capitán Riestra siguieron exhaustivamente día y noche todos los movimientos del señor Olaya. Nada comprometedor ni sospechoso ni por fuera de una rutina ordinaria. Trabajaba, se reunía con amigos, con la familia, iba a reuniones de trabajo, asistía a eventos, llegaba temprano a su hogar para estar con su esposa y sus hijos, se levantaba temprano para ir a trabajar y los fines de semana casi no salía.

Entonces, a Sean Dortmund se le ocurrió una idea arriesgada pero efectiva para atrapar al señor Ignacio Olaya, quien fuera el único que tuvo ocasión de cometer el crimen aunque quedó establecido en las declaraciones ante el juez que ni él ni la señorita Arribalzaga se conocían de antes. Mi amigo lo contactó y pidió tener una reunión en privado con él porque dijo que quería encomendarle un pequeño trabajito y que habían llegado a sus oídos excelentes referencias suyas.

Sean Dortmund e Ignacio Olaya se vieron a solas en unas grutas alejadas de la playa. El inspector le dijo al señor Olaya, adoptando una actitud totalmente acorde a las circunstancias, que se había enterado de la existencia de unas joyas con un valor incalculable. Que estaba seguro que el señor Olaya se iba a interesar en ellas porque eran únicas en su especie y en el mundo, y él era una inminencia en el contrabando internacional de joyas. Que sabía en poder de quién estaban y que si lo mataba, podía quedarse con ellas y meterlas de contrabando a Europa con la ayuda de un contacto suyo que le debía un favor, y que particularmente mi amigo se encargaría de cubrirlo todo. El señor Olaya puso su ego por encima de todo y confesó haber matado hacía poco a una mujer en medio del mar porque se había metido en su camino y que sabía muy bien cómo borrar las evidencias. Dortmund le preguntó si ésa mujer era en efecto la señorita Arribalzaga y él contestó afirmativamente. Después de varias horas de negociaciones, Ignacio Olaya aceptó. Y tanto mi amigo como el capitán Riestra estaban listos para atrapar al señor Olaya en la ingeniosa trampa que ambos le tendieron.

Cuando el señor Olaya se presentó supuestamente a cumplir con lo acordado, fue arrestado sin demoras.

_ Fue un asesinato muy ingenioso_ le explicaba Dortmund a Riestra de visita en nuestro departamento al día siguiente._ El señor Olaya, desde su lancha, anudó la soga a medida y la lanzó directo al cuello de la señorita Arribalzaga. Con un poco de fuerza, tiró fuertemente hasta que ella quedó moribunda. Ya sin fuerzas para intentar sobrevivir ni mantenerse a flote, la señorita Fiorella Arribalzaga se hunde en el agua y muere ahogada a los pocos segundos. Entonces, el señor Olaya esperó un poco y luego se acercó hacia ella, la sacó del agua, la subió a su nave y contó la historia que ya conocemos.

_ Increíble_ dijo el capitán Riestra._ ¿Por qué la mató?

_ Como le dije al comienzo, nadie se mete en aguas profundas sin llevar un salvavidas como soporte, sea quien sea. Por lo tanto, eso me hizo pensar que el salvavidas que ella tenía puesto escondía en su interior diamantes y gemas que el señor Olaya junto a una red de cómplices se encargaban de traficar y vender a otros países. Y que después de consumado el asesinato, él robó. Los salvavidas se alquilan en varios puntos de la playa, sólo que a la señorita Arribalzaga fue al lugar incorrecto y le cedieron el equivocado, y no lo permitieron. El señor Olaya solo o en compañía de alguien más, la siguieron y cuando se alejaron lo bastante de la playa, la mataron. Ella debió notar el sobrepeso que tenía el salvavidas, por lo que deduzco que debió descubrirlo.  

El señor Olaya confesó ante el juez el asesinato y Riestra estaba orgulloso de que Dortmund hubiera llevado una vez más a un criminal a la cárcel y haberle llevado paz y justicia a la familia de la víctima.



RECOMENDACIÓN: El aura negra

lunes, 11 de febrero de 2019

En un vuelo (Gabriel Zas)








Se subió al avión que partía del aeropuerto Jorge Newbery con destino a Jujuy con el tiempo justo. Realizó el cheking apresuradamente y con el último suspiro, logró abordar la aeronave dos minutos antes de su despegue. Por alguna razón desconocía, se había demorado. Pero eso ya no interesaba.
Se sentó en el asiento 31, a mitad del pasillo, del lado de la ventanilla. A su lado no había nadie. Viajaba solo. Viajaba tranquilo y cómodo.
El avión partió a las 11 en punto. Una vez en el aire, se relajó y cerró los ojos. Pero su descanso fue interrumpido por un caballero que se sentó a su lado haciendo todo el ruido del mundo. Él entreabrió los ojos, lo miró de soslayo con indiferencia, su acompañante lo saludó con un ademán y él simplemente volvió a cerrar los ojos y a dormirse.
Después de unos diez minutos, su compañero de viaje le habló por lo bajo con un tono de voz sugerente.
_ Sé quién es usted_ le dijo complacido. Y esperó una respuesta de parte de aquél. Pero sólo abrió los ojos, lo miró con desconcierto y se relajó de nuevo.
_ Esteban Trobani, ¿no es así?_ insistió aquél modesto y misterioso acompañante suyo de asiento.
Él reaccionó súbitamente. Lo miró con hostilidad, lo estudió cuan un león estudia a su presa antes de cazarla y le respondió cautelosamente como protegiéndose de la situación pero con denotada determinación.
_ ¿Usted quién es? ¿Y cómo me conoce?
_ Mi nombre no importa_ contestó._ La organización para la que trabajo y que me envió a reclutarlo me prohíbe dar mi nombre real. Pero para establecer un vínculo amigable y de confianza, llámeme Víctor.
_ ¿Qué organización mandó a buscarme?_ indagó Trobani con recelo.
_ Los Leales, la más grande organización criminal del país. Seguramente, habrá oído hablar mucho de nosotros.
_ Sí, claro. Están con jueces y policías que los encubren y los ayudan con la logística. Lo sabe todo el mundo eso.
_ Si fuese verdad, ya nos habrían agarrado a todos. Pero es cierto que estamos protegidos por gente de mucho poder de las esferas más altas de la política. Ellos nos aseguran una gran inmunidad de la que ninguna otra banda dispone.
_ ¿Por qué tengo que creerle?
_ No tiene que hacerlo. Pero no tiene otra opción. ¿O sí?
_ ¿Qué quieren?
_ Sabemos lo que hizo, señor Trobani. Sabemos que asesinó a su suegro por codicia y que utilizó a su mujer bajo coacción para salvarse y crearse una coartada que resultase irrebatible para la Justicia.
_ Yo no maté a nadie. Fue mi mujer. Asesinó a su propio padre y luego de matarlo, colocó una bala nueva en la pistola para simular que el disparo nunca salió de ahí.
_ Qué raro que lo planteara.
_ Me lo dijo mi abogado, que accedió al expediente de la causa. Es lo que suponen el juez y el fiscal. A ella la encuentran con el arma cargada al lado del cuerpo. Dice que estaba adentro de la casa haciendo sus cosas, que escuchó una fuerte pelea entre su padre y alguien más, y que tomó la pistola por cualquier cosa. Que salió a la vereda a ver qué pasaba y en el transcurso, oyó el disparo fatal.
_ Una gran historia. Muy bien elaborada. Pero, dicen que ustedes tenían dos pistolas y las autoridades sólo hallaron la que sostenía su esposa al momento del hecho.
_ La otra me la robaron. Hice la denuncia. Pero no prosperó.
_ Qué curioso.
_ No tienen pruebas contra mí. Y francamente, no sé en qué se basa la Justicia para achacarme el crimen que cometió mi esposa.
_ Eso es secreto de sumario, supongo, señor Trobani. Por eso no le proporcionan mayor información al respecto. Pero lo cierto es que las evidencias contra su esposa también son insuficientes y se le dictó la falta de mérito. Fue noticia en todos los diarios.
_ Ése no es mi problema. Además, ¿qué le incumbe a usted el homicidio de mi suegro?
_ Me involucra, y mucho. La organización tiene una vacante disponible y están interesados en que usted la cubra. Queremos que se nos una. Estamos necesitando gente con su inteligencia y audacia para hacer los trabajos que nos encargan. Usted sabe, matamos a policías corruptos, que infringen la ley y traicionan a los suyos. Hacemos actos de bien, si quiere ponerlo así. Policías, jueces y fiscales, todos en un mismo paquete. Hacemos lo que la Justicia no hace por una suculenta paga. Nunca nos descubren.
Trobani observó a Víctor con cierta reticencia, mientras que Víctor empezaba a sentirse amo y señor de la situación. Estaba empezando a tener a Esteban Trobani bajo su absoluto dominio.
_ ¿Cómo sé que usted es quien dice ser?_ arremetió Trobani con descaro.
_ Si me pregunta eso, es porque está interesado en trabajar con nosotros. Ésa es una buena señal_ replicó Víctor con suspicacia.
_ Todavía no dije que sí.
_ ¿La suena los jueces Moldes, Morales, Rosanti, Imbert, Echagüe, Estrada? Fueron todos trabajos nuestros. Limpiamos la más alta cúpula de la Justicia de los que la dañan y la perjudican en detrimento de su propia causa. Es un trabajo honesto el que realizamos.
_ ¿Y los fiscales Pedroza, Coacci, Bertolini y Ferrosa también fueron ajusticiados por su organización?
_ Exactamente. Al igual que los oficiales Delgado, Moreira, Fontana y Gonzaga. Le hacemos un bien a la sociedad. Tenemos gente infiltrada, por supuesto, en todos los juzgados, fiscalías y comisarías que nos pasan la data necesaria para que actuemos. Y nadie sospecha de ellos.
_ Interesante. Pero le reitero que no soy un asesino. Estaba en una reunión de trabajo cuando mi suegro fue asesinado.
_ Su coartada es perfecta. Por eso nos parece usted un hombre admirable y digno de unirse a nosotros. La reunión se retrasó media hora. Usted va hasta su casa, le dispara a su suegro, carga el arma de nuevo, se la da a su esposa, usted toma la otra pistola, la que se encargó de denunciar falsamente su robo para no levantar sospechas; la dispara en un lugar solitario por si alguien la encuentra y la tira. E inmediatamente vuelve a su trabajo y todos lo vieron ahí. Usó a su esposa para cubrirse usted. Por supuesto que ella no es inocente, pero tampoco es ninguna tonta para darse cuenta de que usted la engañó deliberadamente. Cuando encuentren la otra pistola, creerán que quien la hurtó es el asesino y usted tiene una denuncia previa que respalda su historia. Me saco el sombrero. Sutilmente brillante.
_ Tiene una imaginación muy abierta, señor Víctor. Pero créame que se equivoca.
_ Créame que no. Y estoy seguro que el juez y el fiscal piensan igual, y es inminente que reúnan las pruebas necesarias para detenerlo.
_ ¿Qué pasa si no quiero entrar en su organización?
_ Lo mataremos. Usted ya me conoce y conoce datos de lo que hicimos y lo que hacemos. No puede vivir con eso.
Esteban Trobani tragó saliva nerviosamente. Por primera vez, se vio el pánico reflejado en su rostro.
_ ¿Qué decide?_ preguntó Víctor con arrogancia.
_ Me atraparon. No me dejan opción_ repuso Trobani, molesto porque no tenía escapatoria alguna de la situación.
_ Me alegra oír eso. Tenemos una sede en Tilcara. Cuando aterricemos en Jujuy, alguien pasará a buscarnos con un auto por el aeropuerto y nos llevará a nuestra filial. Usted no puede saber dónde queda por medidas de seguridad, así que le vendaremos los ojos hasta que habremos llegado a destino. Y una vez allá, uno de nuestros jefes lo entrevistará y le hará hacer la iniciación.
_ ¿Qué es eso?
_ Deberá admitir con lujo de detalle el asesinato que cometió y se le encomendará su primer trabajo, que será naturalmente asesinar al juez y fiscal que llevan la causa en su contra como prueba de lealtad hacia Los Leales. Nosotros nos encargaremos de hacer desaparecer el expediente y usted estará limpio. Hay gente que puede retirar los cargos modesta y legalmente, gente que nos debe favores.
_ ¿Y si su jefe no me cree?
_ Lo matará. Y si desafía su autoridad o lo desobedece, también lo matará. Haga lo que se le pida y como se le pida, y no tendrá ningún problema.
_ Matar al juez y fiscal... Como si eso fuera tarea sencilla. ¿Cómo se supone que voy a proceder?
_ Le asignaremos un falso abogado, que será obviamente uno de nosotros. Notificará a la Fiscalía que usted desea confesar y lo citarán. Una vez en el despacho, todo será sencillo y podrá salir con la misma facilidad con la que entró sin que nadie advierta lo que pasó. Por eso no se preocupe. Se le darán las instrucciones correspondientes llegado el momento.
_ Repito. ¿Cómo voy a matarlos?
_ No sea terco. A nuestros líderes no les gustan los hombres testarudos e inquisitivos como usted. Limite su conducta y sus modales.
_ ¿Cuándo voy a hacerlo?
_ ¿Qué le acabo de decir, señor Trobani?
_ Es que quiero estar seguro de las cosas.
_ Su obligación es estar seguro de las cosas, aunque no tenga ninguna certeza todavía sobre nada concreto. Sea paciente. Será informado de todo, debidamente.
Esteban Trobani se resignó.
Durante un largo rato, hubo silencio por parte de los dos hombres, hasta que Trobani intervino con una confesión repentina.
_ Tiene razón_ admitió._ Maté al estúpido de mi suegro tal como usted dijo antes.
Víctor se mostró decididamente interesado en su relato.
_ Es interesante que lo asuma_ dijo algo sorprendido.
_ Lo planeamos con mi esposa. Lo asesinamos por las escrituras de unas locaciones de interés. Había gente que quería tenerlas y nos ofreció muy buena plata por ellas.
_ Su suegro era arquitecto, ¿cierto? Él quería construir viviendas para dárselas a la gente humilde en terrenos donde la competencia quería levantar un proyecto inmobiliario que dejaría muchos millones en ganancias. Su suegro ganó la licitación y quisieron extorsionarlo desde entonces para que los vendiera y desistiera de la idea. Pero él no accedió a ningún precio. Y usted, con la complicidad de su esposa, se ofreció a robar las escrituras y vendérselas a un precio muy conveniente. ¿Me equivoco?
_ En absoluto. Es muy inteligente. Mi esposa le disparó mientras el viejo discutía conmigo porque se enteró lo que iba a hacer. Ella me dio el arma, la volví a cargar para dar la impresión que nunca fue disparada y se la devolví. Le dije que esperara unas horas para llamar a la Policía hasta que la pistola se enfriase. Antes me encargué de limpiarla muy bien, de no dejarle ningún resto de residuo, para que la Policía jamás lo descubra. Camino para el trabajo, disparé la otra pistola en un terreno baldío y cuando llegué a la oficina, la descarté en el drenaje. Cuando mi esposa llamara a la Policía unas horas después y se calculara la hora aproximada del deceso, yo estaría en la reunión y todo coincidiría.
_ Usted denunció el robo de la otra pistola por las dudas, para cubrirse. Si llega a aparecer, nunca sospecharían de usted o de su mujer. La historia de que ella tomó la otra arma por precaución cuando oyó la discusión cierra el círculo.
_ Tal cual. ¿Esto mismo se lo tengo que repetir a quien me interrogue después?
_ Cada palabra exacta... Dígame una cosa. ¿Qué siente por lo que hizo?
_ Nada. Pensé que iba a sentir culpa o remordimiento... No siento nada. Y mi esposa dudo que sienta algo también.
_ Relájese. Hablaremos cuando aterricemos.
Trobani apoyó la cabeza placenteramente contra el respaldo del asiento y cerró los ojos casi al instante. Lo que ignoraba era que Víctor grabó su confesión en secreto con un grabador de bolsillo que tenía muy bien escondido en su saco.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Jujuy, Víctor le vendó los ojos a Esteban Trobani y lo subió a una limusina color gris con los vidrios polarizados que los esperaba en la puerta.
Durante el trayecto reinó el silencio absoluto.
No viajaron más de diez minutos. Cuando bajaron a Esteban Trobani del vehículo y lo entraron al edificio, le sacaron el vendaje. Su sorpresa fue genuina y casi estalló del ataque de ira que lo invadió en ése momento cuando vio que lo habían llevado a una Comisaría.
_ Soy el inspector Víctor Morana, Homicidios. Está arrestado por el asesinato del señor Ruperto Loyola. Ya tenemos su confesión.
El engaño funcionó perfectamente. Víctor Trobani cayó en la trampa como un ratón en la ratonera. Su peor defecto lo condenó: la jactancia.




martes, 5 de febrero de 2019

El pequeño gran problema (Gabriel Zas)







"Este microrrelato forma parte de una serie de seis microrrelatos escritos bajo un mismo título. Para que no se pierda, es que decido publicarlo aparte. E iré haciendo lo mismo con los otros cuatro restantes, ya que el quinto (El instructor de tiro) fue publicado en su versión breve y en su versión extendida por separado. Gracias a todos por leer mis obras. A la brevedad subiré nuevos cuentos".


Este caso llegó a conocimiento de mi amigo mediante el diario. Y Dortmund no tuvo que moverse de su sillón para resolverlo, siendo así el primer caso resuelto en tales condiciones de comodidad. La nota en cuestión aludía al asesinato de Orlando Blasco, muerto a manos de su amigo de toda la vida, Marcelo Lago. Al parecer, ambos estaban enamorados de la misma mujer, una tal Ana Peralta, según referenciaba el mismo artículo, y ella sentía una atracción muy particular por ambos hombres por igual, lo que incentivó la rivalidad amorosa entre los dos fieles amigos. La señorita Peralta, para decidirse en lo personal por alguno de ellos, les impuso como una especie de divertimento y como condición necesaria para ganar su corazón, una serie de pruebas que deberían cumplir con un cien por ciento de efectividad. Y el primero que resultara vencedor, se convertiría automáticamente en su amante. Fue así como los señores Blasco y Lago pasaron de amigos a rivales en un sólo segundo.

Según pudo saber mi amigo por boca del propio capitán Riestra que estaba al frente del caso, eran cuatro pruebas arriesgadas cuyo objetivo era resaltar, entre los valores primordiales que ella consideraba indispensables en un hombre,  la valentía.

La primera prueba consistió en robar una joyería mediante la implementación de cualquier estratagema para conseguirlo. Blasco, la víctima, simuló ser un oficial de Aduana que estaba tras la pista de mil millones de pesos de diamantes falsos ingresados al país recientemente en una prestigiosa joyería ubicada en plena calle Libertad. Los empleados creyeron el ardid y el señor Blasco logró hurtar mil dólares en piedras preciosas. Por su cuenta, el señor Lago recurrió a una pantomima similar y logró hurtar de otra joyería de Microcentro mil doscientos dólares en oro y plata. Por el momento, él ganaba, y los celos entre ellos dos afloraron sin retraso de forma esporádica y abrupta. Y la señorita Ana Peralta, parecía disfrutarlo enormemente. Lo hurtado por sus contendientes quedó enteramente para ella, como era de esperarse.

La segunda prueba consistió en hacer una compra millonaria en cualquier comercio abonando con cheques sin fondo. Los productos a comprar, naturalmente fueron todos decididos por la señorita Peralta y todos apuntaban a satisfacer sus propios deseos personales. El vencedor fue, en dicha ocasión, Orlando Blasco, lo que lo puso en justa ventaja con el señor Marcelo Lago. Los dos se exponían a ser detenidos por la Policía de un momento a otro, pero no les importó nada y siguieron hasta el final.

La tercera prueba resultó un robo encubierto a un Banco. Y el triunfador fue el señor Lago.

La cuarta no se conoció, pero fue en medio de su ejecución que Orlando Blasco resultó asesinado por el señor Lago. Y según el capitán Riestra, el móvil respondió a que Marcelo Lago había ganado ésa misteriosa cuarta y última prueba a las que fueron sometidos por la señorita Peralta, quien claramente los estaba usando para fines delictivos bajo pretextos románticos, y el señor Blasco fue neutralizado para quedarse el señor Lago con el premio mayor. O como presumían algunos oficiales, Ana Peralta y Marcelo Lago estaban en complicidad. Pero Dortmund no compartía la primera hipótesis, porque sostenía que de haber sido cierta, el asesinato hubiera sido al revés; es decir, que el señor Blasco hubiese matado al señor Lago. Y la segunda teoría no la compartía simplemente porque carecía de fundamentos, según  su apreciación personal.

Sean Dortmund llamó por teléfono al capitán Riestra para conocer algunos detalles más que los medios omitían publicar.

_ ¿De qué murió exactamente el señor Blasco, capitán Riestra?_ quiso saber mi amigo con sumo interés.

_ Según el forense, de lo que se desprende del análisis preliminar del cuerpo, murió por asfixia manual. El señor Lago le tapó a la víctima la boca y la nariz en simultáneo_ respondió el capitán._ Lo apretó tan fuerte, que le rompió el tabique. El médico encontró fibras y huellas en el cadáver que pertenecen al señor Lago. Además, en la escena recuperamos un botón que pertenecía al saco que él llevaba puesto al momento del crimen y recuperamos las huellas de sus zapatos. Todo coincide. El caso está cerrado.

_ ¿El motivo, capitán Riestra?

_ Ana Peralta y Marcelo Lago eran parte de un mismo complot encubierto en contra del señor Blasco, que aprovechándose de la debilidad que la víctima sentía por ella, lo usaron para que robara e hiciera todo lo ellos anhelaban. Y cuando ya no les servía, simplemente lo mataron. Así que, el señor Marcelo Lago no sólo será acusado de homicidio simple sino también de todos los otros delitos que cometió en asociación con Ana Peralta. Ella confesará, despreocúpese.

_ ¿Es posible que el señor Blasco haya descubierto la verdad y por eso el señor Lago lo asesinó?

_ Absolutamente Plausible. Pero me juego a que eso no lo convence para nada, Dortmund.

_ Admito que su teoría es buena, capitán Riestra. Pero tiene razón: no me convence en absoluto.

_ ¿Se le ocurre algo mejor que eso?

_ Por el momento, no. Pero le haré saber enseguida cuando tenga alguna idea más sólida al respecto. Y usted manténgame informado sobre el resultado definitivo de la autopsia cuando esté a su disposición.

_ Cuente con eso, Dortmund.

Unas tres horas más tarde, Dortmund llamó por teléfono al capitán Riestra con una novedad que lo descolocó por completo.

_ ¿Ya tiene a su disposición los resultados de la autopsia, capitán Riestra?_ quiso saber primero mi amigo.

_ Estarán listos a última hora del día, me dijo el forense_ confirmó Riestra._ ¿Qué se le ocurrió? Porque no me llamó por eso ni mucho menos para saber cómo estoy.

_ Sí_ admitió el inspector con arrogancia._ Puede juzgar al señor Lago por todos los actos ilícitos que cometió en honor a la señorita Peralta, pero no por asesinato, porque el señor Blasco murió de muerte natural.

_ ¿Enserio, Dortmund? Es difícil creerlo.

_ La señorita Ana Peralta dijo algo fundamental y clave cuando planteó el desafío de las pruebas: la mayor cualidad que ponderaba ella en un hombre era la valentía. Y el asesinato por el honor de una dama es un acto muy honroso y provisto de valentía desbordada.

_ No estará usted hablando enserio...

_ El señor Lago encontró muerto al señor Orlando Blasco. Y no tardó en pensarlo. Lo asfixió con la mano de tal manera que le rompió el tabique y dejando evidencia suya adrede, incluyendo el botón del saco que él mismo se arrancó, simuló un asesinato. No quería quedar como un cobarde ante la dama a la que pretendía conquistar. Igualmente, ella no es inocente si se quedó con las posesiones robadas por los dos caballeros que pretendían despojarla. Pero, se presenta la dificultad de que no se encontró nada en poder suyo y por ende, negó todo.

_ Oiga, yo nunca dije nada referente a la señorita Peralta. ¿Cómo lo adivinó?

_ Deduciéndolo. Simplemente, deduciéndolo.

_ Su teoría, de todas formas, me parece demasiado endeble.

_ Llámeme cuando tenga en poder suyo los resultados definitivos de la autopsia.

A la noche, el capitán Riestra habló con Dortmund y le confirmó que el señor Orlando Blasco falleció a causa de un aneurisma.

_ Bien, Dortmund_ proclamó Riestra, rendidamente._ Definitivamente, usted es único. Lo resolvió una vez más. ¿Es mucho pedir que me ayude a reunir evidencia para encarcelar a la señorita Ana Peralta?

_ Ése es su pequeño, pero gran problema. Mi parte ya está hecha_ le replicó el inspector con aire de grandeza y superioridad.