lunes, 19 de agosto de 2019

No culpable (Gabriel Zas)






Él ingresó a la sucursal del Banco fuertemente armado, tomó rehenes y permaneció adentro por más de tres horas mientras negociaba su entrega con el oficial al mando del operativo. Aceptó un acuerdo casi de modo forzoso, quizás acorralado por los agravantes de las circunstancias, y se rindió apaciguadamente. Salió quedamente con las manos en la nuca a reglamento de protocolo. Pero cuando un oficial le retiró el pasamontañas que le cubría el rostro se decepcionó al reconocer que se trataba de un rehén. Posiblemente, él se haya vestido de policía y haya huido sin que nadie lo notara delante de sus mismas narices.
Las autoridades tenían desconocimiento absoluto del momento del escape, por lo que estimaban que les llevaba un tiempo importante de ventaja.
Requisaron las cajas de seguridad y la bóveda de la entidad financiera, lo que determinó que el ladrón sustrajo más de cincuenta millones de pesos.
Después de unos meses de búsqueda intensa, lo atraparon y lo encarcelaron con prisión preventiva sin derecho alguno a caución. Su abogado defensor apeló la medida en todas las instancias legales habilitadas, pero con resultado nulo, y su cliente esperó el juicio entre rejas.
El tribunal lo condenó a diecisiete años de prisión efectiva a cumplirse desde el minuto uno de dictado el veredicto.
Su abogado defensor apeló en instancias superiores. La Cámara de Apelaciones le dictó la absolución definitiva, la Fiscalía apeló el fallo en Casación y Casación confirmó el dictamen, para indignación y malestar tanto de los responsables del Banco como de las víctimas del asalto.
Él fue estafado por el Estado, hizo un juicio y lo perdió. No pudo solventar las costas y lo embargaron. Para colmo, no tenía trabajo y su hija necesitaba ser operada de urgencia, y tenía un aviso de remate de su propiedad por adeudar la hipoteca desde hacía cinco meses. Empleó el dinero que robó con estos fines. Y lo que le sobró, lo donó a entidades de caridad y bien público.
La Justicia entendió que hizo un mal por un bien mayor que lo ameritaba y justificaba, y de la que en parte él había resultado perjudicado.
Entonces, frente a este ejemplo, ¿cómo funciona realmente la Justicia en nuestro país y en detrimento de los intereses de quién responde verdaderamente? Es algo que nunca podremos entender.




Aniversario (Gabriel Zas)




Fue ella la que lo invitó a salir a él, y no al revés, como habitualmente se estila.
Él se sentía agraciado, complacido, emocionado. Lo que en su imaginación le resultaba una utopía propia de un anhelo romántico, se había materializado en la realidad.
Incluso, fue ella la que eligió el restaurante, el día y la hora de la cita.
Hablaron de todo un poco hasta que el mozo les sirvió la cena.
_ Es un lugar muy lindo y muy elegante. Me sorprendiste gratamente_ elogió él con una sonrisa de felicidad._ Si seré curioso, ¿por qué lo elegiste?.
Probó un bocado de su plato y empezó a marearse hasta que prácticamente quedó inconsciente.
_ Porque hace exactamente un año atrás_ respondió ella con malicia _ asesiné a mi primera víctima de la misma forma que a vos y en esta misma mesa.
Él convulsionó frenéticamente y sus ojos se cerraron para siempre.
Ella se levantó de su asiento, dirigió sus pasos hacia él, se paró a su lado, lo contempló unos segundos y se acercó al cuerpo.
_ Feliz aniversario, mi amor_ le susurró con insolencia y ultraje.
Así recordó el engaño del que ella fue víctima y su consecuente venganza. No había otra forma que pudiera aliviar todo el dolor que aún sentía por dentro.

lunes, 22 de julio de 2019

El León de Nemea (Gabriel Zas)




Claudio se levantó a las siete y media de la mañana, y prendió la radio mientras calentaba el agua para tomar unos mates.
"Susana Spak, quien fuera secuestrada anoche cuando regresaba a su domicilio en la localidad bonaerense de San Miguel, fue liberada hoy a la madrugada a la vera de un descampado situado a un costado de la Ruta Provincial N°8, a la altura del barrio Altimpergher de José C. Paz, sana y salva. Fue encontrada por un particular que pasaba de casualidad por la zona. Detuvo su marcha, la asistió, la llevó al hospital municipal y se le dio rápida intervención a la Justicia. Se espera que Susana Spak dé su testimonio frente al fiscal del caso, el dr. Leónidas Roca, en los próximos días para esclarecer lo que le sucedió y dar con el o los responsables de su desaparición.
Sin embargo, la Policía trabaja con la hipótesis de que Susana Spak fue una víctima más del temido León de Nemea.
Así apodaron las autoridades a este sujeto desconocido hasta el momento porque su modus operandi consiste en secuestrar mujeres casadas, previa investigación de inteligencia; obligarlas a contactar a sus maridos por teléfono para darles cita en un punto específico, y una vez consumado el encuentro, las amenaza frente a ellos. Les pide algo a cambio, ellos acceden coaccionados por la situación, se retiran y él las libera horas después en un lugar solitario, como hizo con Susana Spak, su víctima número 15.
Por eso, la Justicia espera dar con su esposo cuanto antes para que brinde su versión de lo sucedido, aunque estiman que no arroje ningún dato de interés para la causa como ocurrió en los casos anteriores.
Seguimos con más información en esta mañana fría...".
Claudio recorrió con el dial otras frecuencias mientras se cebaba unos mates. Luego apagó el aparato, se terminó de vestir y fue a su oficina.
_ Viniste más temprano hoy, ¿qué pasó? ¿Dejaste a tu Jermu con el amante?_ le dijo un compañero de oficina, con sarcasmo.
_ No seas imbécil_ respondió Claudio, en un tono de voz entre indignado y desinteresado._ Viajó ayer a la noche para Formosa. Fue a ver a la madre, que está internada. Los hermanos, bien gracias.
_ ¿Te vas a ir para allá?
_ Voy en coche este fin de semana. Después, voy a llamarla para avisarle y preguntarle cómo está todo.
_ Y mientras tanto..._ dijo el otro, con picardía y cambiando su actitud severamente.
_ Y sí_ repuso Claudio con una sonrisa cómplice._ Le dije a Patricia que se venga a casa. Que le meta una excusa al marido y chau. Se traga todas las excusas el tipo ése. Encima, le conté a mi terapeuta sobre mi relación prohibida con ella. No sé si hice bien o no en decírselo.
_ Está bien. Vas para desahogarte de los problemas que te asfixian y contarle lo que te pasa y te preocupa. Es un profesional. No puede violar la confidencialidad paciente y licenciado. Tranquilo. Todo queda entre las cuatro paredes del consultorio.
Claudio recibió una llamada de su psicólogo, que le había adelantado la sesión de ése día dos horas antes por un inconveniente personal surgido a último minuto. Le pareció bien, inclusive más cómodo, y aceptó gustoso.
Salió antes del trabajo para llegar a horario. Hizo diez cuadras con su coche y se le quedó. Pidió asistencia a la aseguradora y le enviaron un mecánico enseguida. Le dio propina al personal que se trasladó hasta allá para que le cuiden y le guarden el  vehículo, y él se tomó un taxi hasta el consultorio del licenciado Morales. Llegó a horario, pese a los retrasos sufridos. Claudio no toleraba la impuntualidad.
La sesión duró un poco más de una hora, y el psicólogo se ofreció alcanzarlo con su coche.
_ Gracias, licenciado_ agradeció gentilmente Claudio._ Voy a casa a cambiarme y me voy a la aseguradora a ver qué pasó con mi auto. Es un misterio. Andaba perfecto y de repente, se paró y no arrancó más.
_ La mecánica es así. Igual, despreocúpese que lo dejó en buenas manos. ¿Vamos?
Durante el trayecto, hablaron de temas variados, de manera más abierta y sociable. Luego, se callaron abruptamente y Morales encendió la AM. Seguían hablando del León de Nemea.
_ Qué cosa el tipo ése_ comentó Claudio._ Secuestra mujeres, engaña a los maridos, les roba, las libera y no lo agarran. Así estamos.
_ ¿Quién sabe? La mentalidad de estos tipos es muy compleja. Es muy interesante estudiar la mente de los criminales. Cómo piensan, cómo sienten, cómo viven... La mente humana ya de por sí es un enigma encerrado en sí mismo.
_ Usted absorbió un poco de todas las doctrinas.
_ Leí Freud, Lacan, Keynes, tomé un poco de cada uno y entiendo la psicología desde un punto de vista propio.
_ ¿Cuál es su diagnóstico, entonces, sobre este tipo?
_ Busca venganza, eso es claro. Lo curioso es que no lastima físicamente a sus víctimas, y es porque experimenta y distrae la atención a su vez. Digo, él busca llegar a alguien en particular. Alguien muy cercano que lo traicionó.
Miró a Claudio con frivolidad y no dijo más nada. Cuando aquél se dio cuenta que se había desviado del camino y había enfilado para un destino completamente diferente y distante del principal, ya era demasiado tarde para hacer algo.
Pensó en intentar reaccionar, pero un impulso espontáneo lo detuvo y le hizo entender que cualquier clase de resistencia sería inútil. Lo mejor era esperar. Y francamente, ésa idea lo asustó demasiado. ¿Pero, acaso podía hacer otra cosa? Lo único evidente era que el licenciado Morales lo había raptado aún sin saber porqué. Y comprendió con la misma rapidez que lo que sucedió con su coche no fue ningún accidente. Mantener la calma era lo mejor que podía hacer.
El vehículo frenó frente a un enorme galpón abandonado, situado en medio de la nada. Claudio no sabía con exactitud dónde estaba y tampoco se arriesgó a preguntar. Sólo iba a limitarse a seguir las directrices del licenciado Morales.
Entraron al galpón. Era un ambiente sucio, hacinado y desvencijado, y sin ventanas que diesen al exterior. Estaba además completamente en penumbras.
Morales extrajo una linterna para alumbrar el espacio. Lo invitó a Claudio a interponerse delante suyo para liderar la marcha y a punta de pistola lo guió hasta una pequeña habitación cerrada con candado.
Al ingresar, un bulto macizo atado a una silla de madera captó la atención inmediata de Claudio. Se desesperó considerablemente al reconocer en ésa imagen a Patricia. Estaba muy asustada. Sus ojos eran un testimonio locuaz de sus más profundas emociones.
Claudio lo miró al licenciado Morales con ingenuidad. No podía entender que quien lo trató por más de dos años fuera en verdad un criminal.
_ ¿Usted? ¿Usted es el León...?_ balbuceó Claudio tartamudeando. Y contuvo sus palabras de golpe.
_ ¿Quién iba a sospecharlo, no?_ respondió el terapeuta con arrogancia._ Esto le pasa por hablar de más. No le tiene que contar absolutamente todo lo que le pasa a su psicoanalista. Siempre necesita guardarse algo para usted. Pero ya es tarde para que acepte mi recomendación, ¿no? Demasiado tarde.
Señaló a la prisionera.
_ Perdón, no los presenté_ ironizó Morales con soberbia._ Ella es Patricia, su amante... Y también mi esposa.

martes, 16 de julio de 2019

El trabajo (Gabriel Zas)





 


Los dos hombres se dieron cita en un bar de Boedo a las nueve en punto de la mañana.
Se sentaron frente a frente y se estudiaron fríamente mientras se miraban con indisimulable desconfianza. Después de unos pocos minutos de repetirse la escena, decidieron abrirse al diálogo.
Uno de ellos, el más joven, sacó de su portafolio un sobre madera, lo apoyó con suavidad sobre la mesa, y con la misma delicadeza, lo deslizó hacia el otro hombre. Aquél lo recogió sin despegar la vista del otro.
_ El pago por adelantado y la foto del trabajo_ dijo por lo bajo, en tono confidencial._ La pistola la recibirá esta misma tarde por correo. Estará camuflada en una caja de un electrodoméstico que tendrá sello oficial de la empresa que lo vende. Nadie va a sospechar nada fuera de lo ordinario, despreocúpese por eso.
_ ¿Qué hago después?_ preguntó el sicario con abrumadora frialdad.
_  Dele dos disparos certeros al pecho y oculte la pistola en el ladrillo falso de la parrilla. Tres lugares izquierda a derecha desde el extremo y después dos lugares hacia abajo. Yo me encargo de ocultarla. Ahí mismo recoja la otra mitad del pago y desaparezca. Y no vuelva a contactarme nunca más.
_ Si sale algo mal, usted cae conmigo. Y me voy a encargar que lo pague caro. ¿Le queda claro?
_ Usted use guantes y deje limpio todo, Quinteros. Está todo calculado. Sino llamo a otro y listo. Usted decide.
_ Nunca me hecho atrás cuando acepto un encargo. ¿Por qué quiere hacer esto? Quiero conocer todos los detalles del blanco. Es rutina, ¿sabe?
_ Samanta me fue infiel. Y descubrí hace poco además que va a irse definitivamente a Brasil con el imbécil ése que tiene de amante dentro de exactamente dos días. Es necesario que sea hoy. ¿Comprende la urgencia del asunto, Quinteros?
El mercenario hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
_ Yo le voy a facilitar la entrada. Hace lo suyo, sale, se mete en mi auto y huye lejos. Yo arreglo las cosas ahí y me voy. Está todo pensado. Un plan sencillo pero inflable.
_ Eso es lo que más me preocupa de todo: la sencillez.
_ ¿Para qué vamos a complicarnos? Lo sencillo es igualmente efectivo que una estrategia cuidadosamente diseñada. A distinto método, igual resultado, ¿no?
_ Eso espero.
_ No sea pretensioso. ¿Quiere, Quinteros? Me rompe mucho la gente pretensiosa. Yo lo contrato y usted hace lo que le pido. ¿Le queda claro eso?
El hombre asintió casi forzosamente y en total disidencia.
Pidieron dos cafés para no llamar la atención, hablaron normalmente, pagaron la cuenta y se retiraron.
A las 16:30, Quinteros recibió en un domicilio falso la pistola por encomienda oficial. El cartero que la llevó realmente pensó que había entregado una cafetera nueva. Quinteros firmó el acta de entrega y cerró la puerta sin ni siquiera saludar al empleado del correo. Tomó las cosas y se fue a cumplir con el trabajo sin perder tiempo.
Él lo llevó en auto hasta la casa en cuestión, Quinteros cumplió con el trabajo y volvió al coche, tal cual lo planeado. Él le cedió las llaves del coche, se bajó y lo vio alejarse a toda marcha. Toda la escena duró apenas siete minutos clavados.
Él entró a la casa y fue directo adonde se había producido el hecho. Hizo una mueca de satisfacción cuando contempló el cuerpo de su esposa tendido sobre la alfombra boca arriba, inerte, con los brazos extendidos hacia los costados y los ojos terriblemente abiertos que miraban al unísono.
Dio media vuelta, hizo unos pasos y dos balazos que dieron directo en la parte media de su espalda lo fulminaron in situ.
Samanta, su esposa, se levantó repentinamente sosteniendo una pistola entre sus dedos y miró el cuerpo de su marido por unos instantes. Seguidamente, se abrió la camisa y se quitó el chaleco antibalas. Sintió unas punzadas que le oprimían el pecho pesadamente, pero al menos estaba viva.
_ ¿Así que quisiste matarme para quedarte con toda mi fortuna, desgraciado? ¿Iba a ser otra víctima tuya? ¿La número cuánto?_ dijo Samanta, fragosa._ ¿Te creés que no te investigué? Te hacías el galán, conquistabas mujeres ricas y solteras, y después contratabas siempre a alguien distinto para hacer el trabajo sucio. Así, nunca te agarraban. Les pagabas dos mangos y vos te quedabas con todo el resto. Pero yo me adelanté a vos y bueno... La fortuna compra todo, ¿no? Hasta asesinos a sueldo, como Quinteros. Les pagás el triple y se venden sin pensarlo dos veces.
Fue hasta el teléfono, levantó el tubo y marcó nerviosa y ansiosa a la vez.
_ Soy yo_ dijo Samanta cuando atendieron._ Ya está. Volvé para acá rápido. ¿Preparaste el auto de él como te pedí?... Perfecto. Estacionalo en la puerta mal a propósito para dar una falsa apariencia y entrá. Yo le planto la pistola y acomodo el cuerpo. Que parezca que fue en legítima defensa. Vos encargate de esconder el chaleco antibalas que me puse... Sí, tranquilo. Van a creer que él vino a matarme, que en parte es cierto, y yo me defendí. El plan salió perfecto. Lo único que no encaja es que en el apuro le pegué los tiros en la espalda... Sí, buena idea. Hagamos eso, Quinteros.


martes, 4 de junio de 2019

Está hecho (Gabriel Zas)





Él siempre buscaba la perfección de los detalles. Era muy importante que ella se sintiera cómoda cada vez que se veían.  Las velas encendidas tenuemente, la sala en penumbras y la música funcional de fondo eran parte del ritual romántico que él implementaba noche tras noche.
Ella lloraba, se le erizaba la piel y no podía contener su emoción ante tanta demostración de afecto.
Un día, no había nada para cenar y él salió a comprar los ingredientes necesarios para cocinarle a ella su plato predilecto.  Cuando regresó, ella no estaba. Se notaba su ausencia en el aire de la morada que compartían juntos hacía poco más de seis meses.
Él se angustió. La bolsa del supermercado se le resbaló de la mano involuntariamente, estrellándose de manera estrepitosa contra el suelo.  Empezó a sudar, a entrar en pánico. Estaba siendo víctima de una crisis que por mucho que quisiera, le iba a resultar imposible controlar con absoluta facilidad. La buscó desesperadamente por cada rincón de la casa. Revisó hasta en los lugares más recónditos. Nada. No había rastros de ella.
Él se dejó caer bruscamente sobre una silla. Sollozaba a borbotones, tapándose la cara con ambas manos. ¿Qué había pasado? Todo era un completo enigma a resolver.
Repentinamente, la sombra de una mano que sostenía una pistola emergió de la nada misma y disparó impiedosamente contra él.  Recibió dos disparos arteros en el pecho. Cayó muerto.
La sombra dejó verse: era ella. Soltó la pistola nerviosa y se acercó a paso lento hacia el cadáver de él. Lo miró con los ojos enajenados y el rostro rubicundo, y le regentó una sonrisa lacónica y lasciva.  
_ Se terminó_ dijo ella, completamente satisfecha._ Ya no más calvarios, ya no más maltratos, ya no más insultos ni golpes ni destrato.  Ahora soy una mujer libre, verdaderamente libre. Terminaste como te merecías, basura. Y nunca vas a saber cómo me desaté de tus cadenas.
Fue al baño, se paró frente al espejo y se quitó la blusa. Miró su torso desnudo lleno de marcas, magulladuras y golpes de todo tipo. No pudo evitar llorar compulsivamente al verse así.
_ ¡Se terminó!_ fue lo único que pudo decir en esos momentos._ ¡Por fin, se terminó! Se terminó para siempre.

jueves, 2 de mayo de 2019

Tercero en discordia (Gabriel Zas)




Entró a mi casa totalmente devastado, estresado y nervioso. Presentaba un estado de excitación, que progresaba paulatinamente en proporción con su actitud dura y veleidosa.
Sergio estaba tan hecho pelota, que entró a mi casa indiferente y violando toda regla de cordialidad que dictan las buenas costumbres.
Después de unos minutos de silencio y de dejarlo acomodarse, lo miré con gravedad y sordidez.
_ Hola, Florencio, ¿cómo estás? Perdoná que te caiga así de imprevisto, pero estoy enquilombado con un asunto que me tiene loco_ le retruqué con deliberado reproche.
Su actitud cambió a dócil y complaciente. Sus nervios se dilataron, su rostro adoptó un cambio positivo de expresividad y lo único que atinó a hacer fue abalanzarse sobre mí y abrazarme desaforadamente hasta estrolar su cuerpo contra el mío de forma compelida pero suave.
_ Perdoname, Máquina _ me dijo en un tono de sinceras disculpas._ Pero necesito dónde quedarme ésta noche. Las cosas con Bárbara se fueron al carajo. Ya está. No aguanto más. Lo de hoy fue el límite de toda tolerancia que mi moral puede permitir.
Lo miré condescendiente y afable.
_ ¿Ya fue, definitivamente?_ le pregunté en tono sugerentemente dubitativo.
_ La agarré in fraganti hablando con el amante por teléfono. Discutimos, qué sé yo, la cosa se desmadró terriblemente. Y bueno, antes de que terminara peor, hice las valijas y me las tomé.
Hubo un instante de silencio algo incómodo.
_ ¿No te jode bancarme por hoy solamente, no?_ me preguntó Sergio, en tono de súplica.
_ Te banco todo lo que haga falta_ le respondí con una sonrisa sutil. Y desvié mi atención hacia su valija. Se notaba a simple vista que estaba ligeramente rellena.
_ ¿Y el resto de tus cosas?_ le dije, señalándosela.
_ Cuando se calmen un poco las aguas, la llamo a Bárbara y le digo que paso a buscarlas cualquier día. Igualmente, mañana quiero ir sí o sí a ver a un abogado por el tema del divorcio y la repartición de bienes. No vaya a ser cosa que me quiera jorobar, ¿viste, che, Florencio?
_ Por empezar, es tu casa.
_ Está a nombre de los dos, en realidad.
_ Pero la garpaste vos, de tu bolsillo, peso por peso. Después, te casaste con ella y tuviste que acceder por ley a ponerla a nombre de ella también. Pero, vos la compraste. Ella es la que se tiene que ir, no vos.
_ Ella se rehusó a irse y no quería pelear. No tenía ganas de discutir con ella y que la cosa terminase fea. Además, yo puse la casa a su nombre porque quise. Porque yo la quería, y ella venía de una familia humilde y no tenía nada.
_ Te debe lo que sos, para ponerlo así.
_ Supongo, Florencio.
_ ¡Sos un boludo! Ella te puede cagar y quedarse con TU casa. Y llevarlo a vivir al amante con ella.
La actitud de Sergio empezó a mutar raudamente.
_ ¿Ése era su plan, no?_ dijo con intencionado resguardo, surcando en sus labios una risa malévola.
_ Tenés que ir a ver a un abogado mañana a primera hora e ir a la Policía después, si es necesario _ le aconsejé amigablemente._ Pero, ahora, te tomás un whiscacho bien fuerte y te olvidás de todo por hoy, ¿está claro?
Sergio se sosegó. Empezó a sacudir su cuerpo estrepitosamente como sacándose toda tensión de encima y seducido por la idea de tomar algo que le calmase las penas. El whisky, hablando con absoluta franqueza, era su debilidad.
Mientras tomábamos, relajados y sentados cómodamente en mi sillón, Sergio me contó toda su historia con Bárbara y cómo se enteró de la existencia de un tercero en discordia, cuestión que no hace al presente relato para no desviar al lector de su eje y de su verdadero propósito.
_ ¿Y así te enteraste?_ le dije con naturalidad, cuando concluyó._ Qué bajón, che.
_ Son las vueltas de la vida, Florencio querido _ me replicó con aire más distendido y despreocupado._ ¿Quién iba a decirlo, no? Y vos no me creías todas las veces que te lo conté.
_ Me parecía raro. Más, viniendo de una mina como Bárbara. Qué sé yo, no me cerraba por un montón de cuestiones. Pero, me retracto. La Barbi resultó ser flor de atorranta y manipuladora. Imagino que ahora se debe estar revolcando con el bicho ése en tu lecho nupcial. Bah, en tu nidito de amor _ y me detuve bruscamente.
_ La verdad, no me importa un carajo de nada_ agregó con un atisbo de indiferencia y deliberado desinterés en el asunto.
Seguimos la conversación un rato más hasta que se hicieron las tres de la mañana.
_ Vamos a apolillar_ le dije._ Te traigo una almohada, unas cobijas y te tirás en el sillón. Necesitás descansar y estar lúcido para mañana.
_ Gracias, hermano. Sos un amigazo, Florencio_ me contestó Sergio.
_ ¿Tenés abogado?
_ Sí. Ni bien me levanto, le pego un tubazo. Es un fenómeno.
_ ¿Vos sabés que esto te va a llevar tiempo, no? Estas cuestiones no se resuelven de un día para el otro.
_ Sí. Soy consciente de eso. ¿Pero, qué otra me queda?
_ Siempre hay una alternativa para todo. Una salida rápida que te resuelve los problemas en un santiamén. Así._ Y chasqueé los dedos con vehemencia.
Sergio me miró sin comprender demasiado. Yo le regenté una sonrisa alevosamente intencionada y desaparecí unos minutos para ir a buscar algo a mi cuarto.
Volví empuñando en mi mano izquierda un objeto reluciente, traslúcido, brilloso y de una hermosura inconmensurable. Mango de madera, caño de plata, perfectamente cuidada. La levanté triunfante ante la mirada perpleja de Sergio.
_ ¿Qué es eso, Florencio?_ me preguntó temeroso.
_ Un precioso Colt 38. Era de mi viejo. Fanático del tiro.
Abrí el tambor, corroboré que tuviera municiones y lo volví a dejar en posición. Estaba listo para disparar. La bajé ligeramente, tornando mi rostro una expresión de tristeza profunda y anhelante.
_ Con esta arma, el viejo se mató_ le expliqué a Sergio a secas._ No aguantó más, se encerró en su pieza y se gatilló en la cabeza. ¡Qué viejo pelotudo! ¿Por qué no habló conmigo antes? Yo hubiera evitado que hiciera lo que hizo. Y creo que ésa fue la razón por la que no me contó nada, ahora que lo pienso. Porque él quería acabar definitivamente con su sufrimiento. Y si yo se lo hubiera evitado... con lo cascarrabias que era él, me hubiese puteado en cincuenta idiomas. No tengo que lamentar su muerte, tengo que celebrarla. Porque fue la mejor decisión que pudo tomar.
_ ¿Cómo podés decir una cosa así, Florencio? ¡Era tu viejo!
Desoyendo su planteo, continué.
_ Y uno tiene que alegrarse por las buenas decisiones que toman nuestros familiares, ¿no? ¿Y sabés por qué se mató? Por una mina. Le pasó lo mismo que a vos. Pero vos no sos el viejo y estás a tiempo de remediar las cosas.
Sergio me miró más asustado que al comienzo. Yo, en cambio, adoptando una actitud soberbia y arrogante, le extendí el revólver para que lo agarrase. Al principio, se rehusó rotundamente a obedecerme. Pero lo disuadí con elegancia y lo agarró, aunque con cierto pánico y renuencia.
_ No muerde, ¿eh?_ le dije indiferentemente irónico._ Si lo agarrás con miedo, se te puede escapar un tiro y sonaste._ Y solté una carcajada.
Sergio, por un impulso del momento, arrojó el revólver intempestivamente lejos de sí, al suelo, nervioso y tembloroso.
_ ¿¡Qué hacés, boludazo!?_ le recriminé severamente._ No se escapó un tiro de pedo.
_ ¡Estás loco, Florencio! Mejor me voy.
Sergio amagó con irse, pero le cerré el paso y lo invité a sentarse de nuevo.
_ ¿Adónde vas a ir a las tres y media de la mañana? No seas boludo y quedate. El arma tiene puesto el seguro, no va a pasar nada.
Agarré el arma del piso y la volví a depositar en manos de Sergio.
_ ¿Para qué me la das otra vez?_ me preguntó, intranquilo.
_ Para que practiques, y mañana vayas y mates a Bárbara y al amante. Y vas a ser feliz otra vez. Y no tenés que preocuparte ni por el divorcio ni por los bienes ni por absolutamente nada. Todo se soluciona apretando el gatillo.
_ No voy a hacer eso _ me dijo firmemente decidido.
_ Yo te acompaño. Está todo pensado ya. Un disparo limpio a cada uno, dejamos sus huellas impregnadas en el revólver, el arma queda en manos de él y listo. Para la Justicia, asesinato seguido de suicidio. Un problema de pareja que terminó mal. Caso cerrado. Y a vos no te rompen las pelotas para nada.
Pero Sergio seguía oponiéndose tajantemente a la idea.
_ ¿Te querés quedar sin nada y que Bárbara te arruine y se cague de risa de vos, mientras está en la cama con el otro?_ le dije en tono persuasivo._ Dale, es lo mejor que podés hacer. Vení, practiquemos un poco de puntería.
Insensiblemente, Sergio fue cambiando de opinión y al final, aceptó. Estaba determinado a hacerlo a cualquier costo y haciendo oídos sordos a cualquier consecuencia.
Le di el revólver, liberé el seguro y deje que efectuara dos disparos contra una de las paredes laterales que daba a mi cuarto. Vi la expresión en sus ojos. Lo disfrutó, lo gozó. Tenía una mirada frívola y feroz. Ángel y demonio vivían en un mismo cuerpo y bajo una misma apariencia.
Me acerqué a la pared y vi los orificios de los impactos. Uno muy cercano del otro, a una altura media de la pared. Estaba muy bien. Sergio tenía capacidad para disparar. Y cumplía con dos condiciones indispensables en la actividad del tiro: coraje y frialdad.
_ Nada mal, eh... Nada mal_ lo elogié después de analizar el resultado de su práctica.
_ ¿Habrán oído algo los vecinos, Florencio?_ me preguntó, Sergio, preocupado.
_ Tranqui, que en los pasillos no vive nadie y las dos casas de al lado están en alquiler.
Le retiré el arma sutilmente y lo apunté. Sergio palideció terriblemente de los pies a la cabeza. Nos miramos unos segundos y le disparé dos tiros al pecho. Cayó desfallecido en el centro de la escena.
Disfracé un poco la situación y llamé a la Policía.
_ Es para denunciar una muerte _ le dije a la operadora, cuando me atendió._ La víctima se llama Sergio Malla. Vino a mi casa pidiéndome asilo porque se había peleado con la esposa en teoría. Lo dejé entrar, fui un momento a la cocina para llevarle algo de beber y cuando volví, me estaba apuntando con mi revólver. Lo tenía guardado a la vista en uno de los cajones de mi cuarto. Debió agarrarlo en el ínterin que fui a la cocina y regresé. No habrán sido más de tres o cinco minutos que tardé en ir y venir.
<Me apuntó y sin mediar palabra, disparó dos veces seguidas. Por suerte falló y los tiros impactaron en una de las paredes del living, uno muy cerca del otro, eso sí. Se asustó un poco y dejó caer el arma al piso, involuntariamente>.
<Intenté hablarle para que depusiera su actitud pero no resultó. Quiso recuperar el arma, pero le gané en velocidad y la tomé yo primero. Se quiso tirar encima mío violentamente y lo único que atiné a hacer en esos momentos fue a apretar el gatillo para defenderme. Y bueno, le di en el pecho dos veces. Juro solemnemente que jamás tuve intención de matarlo o lastimarlo. Pero se dio así. Fue en legítimo defensa todo>.
La operadora me dijo que no me moviera del lugar, que ya mandaba efectivos a mi casa. Y mientras esperaba, llamé a Bárbara.
_ Hola, Bárbara, mi amor. Por fin vamos a estar juntos. Está hecho.

lunes, 22 de abril de 2019

Las detectives (Gabriel Zas)


                                               



                                           Caso 11: Extraños en el teléfono


Sentada en su oficina, Ailen Ezcurra meditaba. Tenía la vista clavada en un punto fijo de la mesa totalmente inerte. Muchas cosas le pasaban por la cabeza en esos momentos, sin que ninguna en particular lograse conmoverla en absoluto. Y sin embargo, unos toquecitos repetitivos en la puerta la sacaron de su estado de concentración rápidamente.
_ Pase, está abierto _ gruñó.
Su amiga Ivonne Fraga hizo gala de su presencia. La miró tiernamente por unos segundos y sin sacarle los ojos de encima, cerró la puerta y se sentó delicadamente frente a ella.
_ ¿Te sentís bien?_ le preguntó someramente preocupada.
_ Sí, estoy bien. Pensaba, nada más _ replicó la detective Ezcurra, reponiéndose de su reciente estado con movimientos lentos y pausados.
_ ¿Te sigue preocupando lo de Nievas, no?
_ ¿Hicimos bien en haber actuado como lo hicimos en ese caso?.
Hizo un sonido de protesta con la boca y se tomó la frente en una actitud de dudas y miedo conjuntos.
_ Hicimos lo que sentimos y lo que debimos_ dijo Ivonne Fraga, relajada y desafectada del problema._ Somos policías, no adivinas. Ninguna de las dos advirtió de antemano que ese tipo se las traía.
_ Pero vos sos consciente que percibimos algo raro desde el momento que lo conocimos y nos contó su caso.
_ No hicimos nada por fuera de la ley... Excepto, desobedecer a Laberna, claro está. Pero no es una falta grave eso.
_ Precisamente, por eso mismo el tipo se escapó y nos dejó como unas boludas a las dos, mal paradas frente a todos. Y por eso nos investigan... ¿Apareció Nievas?
Pronunció la última pregunta con un dejo de ironía.
_ Interpol y los nuestros lo siguen buscando. No te hagas problema, va a caer de un momento a otro.
_ ¡Hace seis meses que lo andan buscando, querida! ¡Avivate! ¿No sos consciente del quilombo en el que estamos metidas?
La actitud de Fraga tornó una severa transición en su conducta y se puso ostensiblemente más autoritaria.
_ Soy consciente de que en el medio resolvimos varios casos importantes y complejos. ¿Te los recuerdo? Agarramos a Zarasola, que era de los nuestros, gracias a que seguimos la lógica de pistas falsas que nos dejó. Recuperamos a un bebé secuestrado, atrapamos a un ladrón internacional de joyas... ¿Sigo?
Ailen Ezcurra se sosegó al escuchar esto último.
_ Imagino que eso nos suma _ declaró más apaciguada y con prudencia.
_ Y no te das una idea de cuánto nos suma eso. Por eso vine, aparte. Laberna nos quiere en un caso. Hay que salir ya para Pigüé.
_ ¿De qué se trata el asunto?
Una mueca de satisfacción se dibujó en su rostro.
_ Durante el trayecto, te cuento. Dale, vamos. Hay que llegar allá en menos de tres horas.
Durante el viaje, Ivonne Fraga puso a su amiga al corriente de los eventos que requerían su intervención en ellos. Tres residentes de Pigüé, muy queridos en el pueblo, fueron heridos gravemente con un objeto contundente que la Policía no había podido identificar hasta el momento. Los peritos estaban trabajando duramente para establecerlo cuanto antes.
Las tres víctimas tenían en común una misma cuestión: el apellido. Fueron identificados como Horacio Fernández, Salvador Fernández y Victoria Fernández. Los tres estaban internados en el mismo hospital, en el del pueblo, y los tres atestiguaron lo mismo frente a las autoridades. Unas cinco horas antes del ataque, recibieron una llamada telefónica a su teléfono de línea donde una voz desconocida les advertía estrepitosamente que algo les iba a ocurrir muy pronto. Lo más curioso del caso era que los tres recibieron llamados de tres sospechosos diferentes. A Horacio Fernández lo llamó un hombre joven, de alrededor de unos treinta años, según pudo deducir del tono mismo de voz. A Victoria Fernández, un hombre algo mayor, de unos cincuenta y tantos años. Y a Salvador Fernández, una mujer relativamente grande, sin haber sido capaz de precisar una edad estimada.
Por lo tanto, había más de una persona involucrada en los ataques. ¿Pero, por qué solamente a los Fernández atacaban? ¿Y por qué no los mataban? Afortunadamente.
Sobre el agresor en sí, los tres declararon exactamente lo mismo. No lo vieron venir y no pudieron verle nunca el rostro porque lo traía completamente cubierto. Ni siquiera lograron percibir nada distintivo en él o ella porque llevaba puesto un traje que lo preservaba íntegramente y además porque estaba oscuro, ya que los tres ataques ocurrieron de noche. La Policía local dedujo que se trataba del mismo atacante, aunque no podían confirmarlo hasta disponer de pruebas más sólidas. ¿Un mercenario, quizás? Podía ser. Dejaba inconsciente a sus víctimas y huía sin robar nada. El caso era por demás extraño.
Ailen Ezcurra se quedó ávidamente azorada.
_ Y creí que lo había visto todo en estos seis o siete meses que llevamos en la Fuerza_ adujo con un tono de voz impaciente.
_ Seguramente, ésta banda busca a sus víctimas en la guía telefónica local_ dedujo Fraga en voz alta.
_ Eso es indiscutible. Ahí figura el teléfono, la dirección, todo. ¿Pero, por qué ataca especialmente a los Fernández?
_ Ese es el gran misterio a resolver, amiga.
_ Lo que es claro para mí es que busca a un Fernández en particular...
_ Eso es cantado. Pero volvemos al núcleo del asunto. ¿Por qué?
_ ¿El resto de los Fernández del pueblo están a salvo? ¿Les asignaron custodia ya?
_ Los que pudieron irse, se fueron enseguida. El resto permanece en Pigüé, asustados y en estado de alerta. Creo que hay seis o siete Fernández más, sumado a familiares y demás, la cantidad se triplica.
_ Hay que encontrar al tipo este antes que él encuentre primero al Fernández que busca y la cosa pase a mayores.
_ ¿Y cómo pensás hacerlo?
_ Razonando. Si el tipo busca a un Fernández en particular, es porque está vinculado a un hecho, a una tragedia que ocurrió hace relativamente poco y que dejó un sabor amargo en el desconocido. Y me refiero puntualmente a uno solo porque los otros dos o tres que están con él son cómplices. ¿Me explico con claridad hasta ahora?
_ Creo que sé adónde querés llegar. E imagino que tu idea es hablar con el comisario del pueblo para repasar todos los casos ocurridos, digamos en los últimos diez meses, que involucren a algún Fernández.
_ ¡Tal cual! Y la otra, y por otra me refiero a vos, tiene que ir a hablar con las tres víctimas al hospital a ver qué más nos pueden decir. Cualquier cosa que recuerden, por más irrelevante que parezca, va a servirnos de mucho.
_ Si el médico me deja...
_ Te tiene que dejar. Hay un loco suelto y no pienso dejar que se nos escape. Si te impide verlos, trabajale la cabeza. Metele motivos aunque sean falsos y bien justificados en la cabeza para que te deje hablar con los tres sí o sí. Si total, los médicos no saben nada de medicina, menos van a saber de leyes. Así que, las excusas que le digas las va a validar inmediatamente, como un mecanismo automático en su mente.
_ No sé si va a resultar, pero bueno... ¿Vos te encargás de los peritos?
_ Sí. Mato dos pájaros de un tiro ya que voy a ver al comisario.
_ Los peritajes telefónicos podrían resultar clave para...
Ivonne Fraga interrumpió a Ailen Ezcurra precipitadamente.
_ Olvidate. No dejaron rastros, eso con seguridad te lo digo. Parece un grupo muy organizado. ¿Tanto esmero en hacer un trabajo limpio para descuidar el punto de origen de las llamadas?
_ Sí, tenés razón. Flor de pavada dije.
_ Vamos, que si hablo con el comisario y vos le sacás algo de información a alguna de las tres víctimas, esto lo resolvemos en menos de lo que canta un gallo.
Ambas mujeres estaban muy seguras de sí mismas, muy confiadas y dispuestas a hacer su mejor actuación al frente de un caso.
Hipólito Laberna no había viajado con ellas por cuestiones administrativas y eso era una gran ventaja. No se sentían presionadas en absoluto y eso las dejaba trabajar y pensar con mucha más claridad y entusiasmo. Más aún, trabajando separadamente del resto de las fuerzas que también investigaban el caso.

                                                                  ***

El hospital del pueblo era pequeño. No disponía de mucho personal ni de demasiados recursos. Su estructura era bastante ruin y andrajosa, pero los médicos que allí trabajaban lo cuidaban con mucho afecto.
Ailen Ezcurra ingresó por la entrada principal,  se identificó al personal administrativo del ingreso y la guiaron correctamente al segundo piso, habitaciones 31 y 32. Al llegar, fue amablemente recibida por el médico a cargo, el doctor Rafael Raposo, a quien le explicó la situación y el motivo de su visita.
_ Entiendo su posición, detective... ¿Ezcurra, me dijo?
La mujer asintió con la cabeza.
_ Pero es mi deber  preservar y garantizar el bienestar de los pacientes _ prosiguió el médico._ Y por el momento, ninguno de los tres está en condiciones de hablar con nadie. Están en estado crítico. Fuera de peligro, pero delicados.
Ailen le explicó muy pacientemente cuál era el punto de interés en el asunto, pero el médico mantuvo firmemente su postura. Y aunque la investigadora intentó disuadirlo de diferentes maneras, no logró su cometido. La tozudez del especialista resultaba difícil de torcer.
Ya cansada de la negativa del doctor Raposo, Ailen Ezcurra se resignó y salió enardecida del piso. Bajó hasta la planta baja ofuscada y afligida hasta que una idea fugaz le dio la solución adecuada a su embrollo.
Se deslizó precavidamente hasta la sala de médicos y permaneció oculta hasta que no hubiese peligro de ser descubierta. Entonces, tomó un ambo de enfermera, lo vistió, cambió levemente su apariencia y salió como si nada.
Volvió a subir hasta el segundo piso y entró sin dificultades en la habitación 31. Allí descansaba sola Victoria Fernández. Tenía magulladuras y hematomas distribuidos a lo largo de todo el cuerpo. El ojo derecho lo tenía parcialmente cerrado con un corte justo debajo. Y algunos cortes en los antebrazos y las piernas. La detective Ezcurra enjugó una lágrima, conmovida de ver semejante saña en el cuerpo de una mujer inocente. Sentía bronca e impotencia en simultáneo.
Victoria Fernández permanecía dormida, conectada a un respirador artificial. Ailen colocó sus dedos delicadamente en el cuello de la mujer para tomarle el pulso. Era débil e irregular, pero su respiración parecía normal y controlada.
Analizó ligeramente las heridas, relojeando de vez en cuando que nadie entrara. Al cabo de unos cuantos minutos, llegó a una conclusión, que hizo brillar su rostro de tal manera, que parecía que había descubierto la paz mundial o la cura contra el cáncer.
Salió rápidamente del cuarto y se metió urgida en la habitación 32, donde descansaban en camas separadas Horacio Fernández y Salvador Fernández. Ambos estaban en la misma situación que la otra víctima.
Ailen Ezcurra revisó las heridas en los dos hombres y constató que eran idénticas a las de Victoria Fernández. Se cambió, salió rápido del hospital y la llamó inmediatamente a Ivonne Fraga al celular.
_ Ya sé con qué atacaron a las tres víctimas _ dijo con vehemencia, cuando su amiga atendió la llamada._ Sí, estoy segura. Las analicé minuciosamente sin que me vieran... Sí, no pude entrar y me las tuve que ingeniar. Después te cuento, es lo de menos... No, Ivonne, no hablé con ellos porque estaban en coma inducido y dormidos, por lo que hubiese resultado inútil que el médico me concediese el permiso de entrar a verlos. Pero vi las heridas. Las analicé, las cotejé muy bien y puedo asegurarte que fueron golpeados con un rifle.
Hubo un rato de silencio. La novedad había enmudecido a la detective Fraga.
_ ¿Seguís ahí, Ivonne?_ insistió prudentemente Ailen Ezcurra.
_ Sí _ respondió ella, algo afligida._ ¿Un rifle? ¿Estás segura?
_ Absolutamente. El agresor debe tenerlo preparado para disparar. Tortura a la víctima y si no es el Fernández que busca, lo deja malherido y se va...
_ Y si es, dispara_ completó la frase, horrorizada, Ivonne Fraga.
_ Busca a un Fernández en especial. Pero desconoce a cuál.
_ Eso sí que es raro.
_ ¿Vos pudiste averiguar algo?
_ Accedí a las declaraciones de los familiares de las tres víctimas. Dijeron lo que ya sabemos. Que no saben porqué alguien les haría daño, que eran muy queridos en todo Pigüé, que no tenían enemigos, que no estaban en problemas con nadie... Todo guionado, típico.
_ No esperaba otra cosa.
_ No encontré nada hasta ahora. Pero con lo que vos me dijiste, tengo una vaga idea sobre lo que puede estar pasando. Venite ya para la Comisaría local. Tenemos menos de quince horas antes de que llame a su siguiente víctima y la lastime.
La llamada se cortó y Ailen Ezcurra tomó un taxi para llegar rápido a la Comisaría, donde su amiga la esperaba ansiosamente.

                                                           ***

_ Las pericias sobre los teléfonos de las tres víctimas arrojaron resultados negativos _ le explicaba Ivonne Fraga a Ailen Ezcurra, una vez en la Comisaría,_ tal como te lo anticipé. Se detectaron los números de origen pero son irrastreables porque básicamente son líneas inexistentes.
La detective Ezcurra miró a su compañera con estupor.
_ ¿Cómo van a contactarse desde líneas inexistentes?_ repuso Ezcurra, sin salir de su asombro pero inexpresivamente.
_ ¡Te digo que sí! Hicieron las llamadas y desconectaron las líneas para que no pudiésemos localizarlas. Era algo obvio eso.
_ Líneas inexistentes, números desconocidos, tres sospechosos distintos_ recitaba Ailen Ezcurra como reflexionando en voz alta.
_ ¿Se te ocurre algo?_ le preguntó Ivonne Fraga con interés.
Ailen Ezcurra la miró repentinamente y le esbozó una sonrisa de triunfo.
_ Hay una aplicación _ dijo_ que permite cambiar la voz de diferentes maneras. Vos te la bajás al celular, la activás y tu voz la transformás en otra muy diferente, como si fuese un modulador digital.
Ivonne Fraga la observó con regocijo y complacencia.
_ Entonces, es un único sospechoso, que a través de dicha aplicación _ dedujo,_ cambia su voz a otras tres diferentes para generar confusión y pánico a la vez, y que pensemos que se trata de una banda. Pero en realidad, es todo un ardid.
_ La tecnología al servicio del delito.
El comisario hizo su aparición repentina y agitada, sosteniendo entre sus manos un expediente, que lo apoyó sobre la mesa ansiosamente.
_ ¡Tengo algo!_ proclamó con un tono de voz expectante._ Vengan a ver esto urgente.
Las dos amigas cruzaron miradas insinuantes y se acercaron sin mediar palabra alguna hasta donde el comisario De Bruno las esperaba con impaciencia.
Patricio De Bruno apoyó sobre su escritorio dos expedientes de manera separada. Primero, tomó el de la izquierda y se los extendió a ambas mujeres en mano.
_ Son los resultados de las pericias que se practicaron sobre los cuerpos de las tres víctimas. Tenían razón, las heridas se corresponden con un tipo de rifle muy particular, y por eso costó efectuar una identificación positiva. Es un rifle tipo Sniper, como los que utilizan los francotiradores, un modelo nada habitual en nuestro país. Existen distintos tipos de rifles que van desde semiautomáticos, pasando por carabinas, exprés, cortos, de doble caño...
_ Sabemos de armas De Bruno_ lo interrumpió con poca paciencia, Ailen Ezcurra._ Somos policías como usted. Vaya al grano, por favor.
_ La cuestión es_ continuó el comisario De Bruno_ que este rifle Sniper en particular, de suma precisión, no se consigue en Argentina. No este modelo. Es un clásico de Estados Unidos y creo que llegó hasta algunos países de Europa, no estoy seguro de esto. Pero, su portador viajó al exterior y lo ingresó al país de forma poco ortodoxa, por no decir ilegal.
Las dos mujeres se miraron entre sí ingenuamente sorprendidas, en tanto que el comisario Patricio De Bruno centró la atención en el otro archivo.
_ Y este descubrimiento me recordó este caso_ añadió._ Acá antes había un sargento muy popular en todo Pigüé. Era el sargento Ernesto Pablo Fernández. Una vez, tuvo un altercado con una vecina, Sofía Medrano, y él la golpeó con un rifle Sniper, que nunca justificó de dónde sacó. Es más, antes de ese episodio lo lucía por las calles con mucho orgullo y eso no le cayó bien a nadie del pueblo, y fue denunciado. Hicieron un arreglo judicial, una probation, listo. Por supuesto que el rifle se lo confiscaron en su momento. Durante el cumplimiento de la condena, se descubrió que la vecina que denunció ser atacada por Fernández mintió y se auto flageló, por lo que inmediatamente se le retiraron los cargos y el juez le restituyó el arma, pese a que estaba cumpliendo condena en simultáneo por exhibición de armas de guerra en la vía pública. Pero, ¿vieron cómo son los plazos legales, no? No hubo apelación, queja ni nada y bueno, lo sobreseyeron conocido esto. Decisiones de los jueces.
<Tardaron una semana en dársela por una cuestión administrativa. Y en el medio, alguien asesinó a esta vecina con el mismo rifle. Se cree que el encargado de devolverlo nuevamente, lo usó para cometer el crimen y después lo entregó al sargento Fernández. Pero no se encontraron en el rifle otras huellas más que las propias del sargento, ya que la Justicia se sabe que maneja las evidencias y todo material incautado con guantes>.
<Ernesto no tenía coartada, en tanto que el oficial de Justicia que devolvió la evidencia, sí. Lo curioso para mí, fue que siempre dudé de lo que pasó realmente, ¿saben? Porque la hora de la muerte se produjo durante un intervalo de media hora en el que cortaron la luz por un problema en el cableado. Y eso pudo, sin dudas, alterar la data de muerte de esa pobre mujer por diversos motivos. Ustedes entienden>.
<Pensé que los cables habían sido intencionalmente saboteados. Pero el juez desestimó hacer una revisión al respecto. Tenía las huellas de Fernández en el arma homicida, no necesitó más para imputarlo con prisión preventiva>.
<Al cuarto día de detención, apareció colgado en su celda. Suicidio. No lo soportó>.
Se conmovió con mucho pesar, que no pudo continuar hablando.
_ ¿Qué pasó con el rifle en medio y después de todo este drama?_ preguntó compungida, Ivonne Fraga.
_ Estuvo en evidencia hasta que el caso se cerró definitivamente con el suicidio del sargento Fernández. El hijo reclamó el rifle y la Justicia se lo otorgó_ repuso De Bruno, más calmo.
_ ¿Cómo se llama el hijo del sargento Fernández?_ indagó con suma importancia, la detective Ezcurra.
_ Elviro Fernández. Aún no procesa lo ocurrido. Recién pasaron tres semanas de la muerte de su padre.
_ Pero tiene razones para hacer lo que hace. Ataca a algunos Fernández de la ciudad para darle un claro mensaje al oficial de Justicia que manejó el rifle durante el procedimiento legal. Al atacar a los Fernández, sabe que Elviro es el responsable y le deja un mensaje claro y abrumador: voy por vos.
_ Ningún Fernández en particular es el objetivo real de Elviro Fernández, sino el oficial de Justicia que arruinó a su padre y lo llevó directo al suicidio_ dijo Ivonne Fraga con contundencia._ ¿Su nombre?
_ Oscar Rioma. Acá tienen todo sobre él.
El comisario Patricio De Bruno anotó unas palabras en un papel y se lo extendió a Ivonne Fraga.
_ Gracias. Fue de mucha ayuda, comisario De Bruno.
Las dos mujeres solicitaron refuerzos y fueron hasta el domicilio de Oscar Rioma. Rodearon la morada y percibieron que Elviro Fernández lo tenía de rehén, amenazándolo con el rifle en cuestión. Estaba nervioso, con una actitud petulante y dispuesto a todo. Por su parte, Oscar Rioma estaba atado, sentado en una silla, completamente aterrado y rezando por su vida entre lágrimas.
Elviro Fernández le gritaba infructuosamente.
La Policía lo distrajo para que tanto Ivonne Fraga como Ailen Ezcurra entraran sigilosamente al domicilio y lo sorprendieran por atrás. Sin embargo, hicieron levemente un poco de ruido y Fernández se avivó de todo. Lo tomó apresuradamente a Rioma por el cuello y le apoyó el arma en la cabeza, manteniendo el dedo expectante sobre el gatillo.
_ ¡Salgan ahora mismo de acá o lo mato!_ amenazó seriamente Elviro Fernández, mientras distribuía la puntería del rifle entre Rioma y las detectives.
Calmada, Ivonne Fraga apoyó su pistola en el piso y levantó suave y lentamente las manos, y Ailen Ezcurra se abrió pasó con mucha cautela hacia un costado, pasando desapercibida hasta para el propio Rioma.
_ Nadie tiene que salir lastimado _ dijo con compasión, Fraga.
_ ¡Dije que se vayan o le reviento la cabeza de un tiro, y va a ser su culpa!
Ivonne Fraga intentó acercarse pero una amenaza de Elviro Fernández la obligó a detenerse.
_ ¡Ni un paso más o lo hago mierda! ¡Hablo enserio, carajo! ¿Quiere eso acaso?
_ ¡No! ¿Cómo voy a querer eso? Baje el arma un instante y charlemos como dos personas adultas.
_ ¡No quiero que me dé una clase de moral! ¡Quiero que se vayan ahora mismo todos!
_ Yo bajé mi pistola como señal de tregua y buena voluntad. No quiero lastimarte. Sabemos lo de tu papá, sabemos por lo que estás pasando. Pero así no se solucionan las cosas. Para eso está la Justicia.
_ ¿¡De qué justicia me hablás!? Fue la propia Justicia la que mató a mi padre y lo inculpó injustamente de un asesinato que cometió este hijo de puta.
Y golpeó desesperado a Oscar Rioma con la culata del rifle. Lo derribó por la fuerza del golpe y lo levantó con la misma brutalidad.
_ Yo soy la Justicia _ insistió Ivonne Fraga sin perder la calma ni bajar la guardia en ningún momento._ Sé que a tu papá lo arruinaron y te entiendo.
_ ¡Usted no entiende nada! ¡Todos dicen que entienden y es mentira!
_ Yo sí te entiendo. Me pasó lo mismo que a vos.
Elviro Fernández bajó la guardia e Ivonne Fraga aprovechó eso para acercarse muy lentamente y con cuidado.
_ A mi hermana la inculparon de un robo que cometió otra persona y estuvo dos años presa injustamente. ¿Te creés que no tuve el impulso de hacer lo que vos estás haciendo ahora? Pero me controlé. Y lo solucionamos como corresponde. Te lo digo por experiencia. Esta no es la forma ni el modo de hacerle justicia a tu padre. ¿Él hubiera deseado que actuaras de esta forma? Estoy segura que no.
Ivonne Fraga no dejaba de avanzar hacia él minuciosamente, en tanto que Elviro Fernández estaba sin reacción y cada vez bajaba más la guardia. Ya un poco más cerca, Ailen Ezcurra lo sorprendió por la espalda, lo desarmó cuidadosamente y lo apresó, en tanto que Ivonne Fraga puso a salvo a Oscar Rioma.
_ ¡Gracias!_ dijo Rioma, todavía asustado y abrazando a la detective Fraga.
Ella lo alejó de sí y lo apresó.
_ Queda arrestado por el homicidio de Sofía Medrano. Sabemos que la mató y que cortó la luz intencionalmente para alterar la hora de la muerte y generarse de esa forma una coartada y dejar al descubierto al Sargento Fernández. La mató mientras iba a devolverle el rifle a Elviro Fernández. Podemos imputarle también el suicidio del sargento Ernesto Pablo Fernández, si queremos. Y el fiscal nos va a avalar.
_ Suerte con eso. No tienen pruebas para respaldar la acusación.
_ ¿Está completamente seguro? ¡Qué iluso! ¿Cómo cree que llegamos hasta usted? Vamos, andando.
Oscar Rioma palideció terriblemente.
_ ¿Qué pasó?_ agregó Ivonne Fraga _ ¿El sargento Fernández logró el ascenso que usted creyó que merecía? Trabajaron juntos antes de que usted fuese oficial de Justicia. Un puesto miserable, ¿no?
_ No voy a decir nada sin mi abogado presente.
Unos días después, los peritos judiciales analizaron el celular de Elviro Fernández y corroboraron fehacientemente que las llamadas a las tres víctimas salieron de ahí.
Victoria Fernández, Salvador Fernández y Horacio Fernández recuperaron el alta médica, siguiendo por fuera un tratamiento específico para cada uno por separado.


                                                           Un mes después

Ivonne Fraga y Ailen Ezcurra estaban sentadas cara a cara con el comisario Hipólito Laberna en el despacho de este último. Hubo unos segundos de silencio incómodo y miradas que generaban tensión y dudas.
_ Se lucieron con lo de Pigüé, ¿eh? No esperaba menos de ustedes _ las elogió sinceramente, Laberna._ Resolvieron dos casos juntos. Les aviso igual que me insultaron de arriba a abajo porque trabajaron de manera aislada de la Policía Local, la Bonaerense y Gendarmería. Casi me meten el zapato en el culo. Tenían que ir a asistir, no a trabajar por cuenta propia. ¿Entienden eso, no?
Ailen Ezcurra iba a decir algo, pero un gesto repentino del comisario Laberna se lo impidió.
_ Ya está solucionado _ aclaró Hipólito Laberna._ Arriesgué mi reputación por salvarlas a ustedes. Pero ya está. Olvídense de eso.
_ Gracias, señor_ dijo primero una.
_ Gracias, señor _ coreó arriba la otra.
_ Pero hay un temita que no pude arreglar. Yo con el caso Nievas les di una orden clara y directa y ustedes la desatendieron, sabiendo que podía haber serias consecuencias al respecto. Y las hubo, las hay. Nievas se hizo el vivo, ustedes le creyeron y las embaucó. Así de simple es la cosa. El tipo se rajó por ahí y ni Interpol lo puede encontrar.
_ Señor, nosotras..._ atinó a decir Ivonne Fraga. Pero Laberna la cayó con un ademan abrupto y resignado.
_ Asuntos Internos las tuvo en la mira desde entonces y las investigó noche y día _ prosiguió Hipólito Laberna con el relato._ No les sacó nunca la vista de encima. Resolvieron, incluyendo este último, diez casos de manera excepcional. Pero en el medio hicieron un par de argucias que rindieron sus frutos. Quiero decir, Asuntos Internos las tomó muy en cuenta para llegar a una decisión parcial.
Las dos mujeres se miraron entre sí asustadas y con incertidumbre.
_ Paso a notificarles_ siguió explicando Laberna_ que desde este preciso instante están temporalmente desafectadas del servicio sin goce de sueldo por tiempo indefinido. Los casos que resolvieron van a ser reevaluados, va a haber un balance de su trabajo con valoraciones y criterios muy variados, y ahí se definirá concluyentemente sus futuros. Créanme que esto se dio así porque yo hablé bien de ustedes. Pero, los milagros están fuera de mi alcance.
El comisario Laberna se puso de pie y miró a las detectives con seriedad pero admiración a la vez.
_ Entreguen sus pistolas reglamentarias y sus placas ahora mismo, por favor.
Con mucha desolación y enojo, tanto Ivonne Fraga como Ailen Ezcurra obedecieron y abandonaron la oficina fundidas en un sincero abrazo afectuoso. Laberna las miraba con pesadumbre y decepción, y las vio partir al mismo tiempo con frustración.
Otra historia se empezaba a escribir y nadie conocía el desarrollo ni mucho menos el final.