viernes, 23 de agosto de 2019

Difícil Decisión (Gabriel Zas)





Tenía que atender a su primer paciente. Era odontólogo y había terminado la Facultad hacía menos de dos meses.  Y había conseguido un empleo de medio tiempo en un consultorio particular cerca del Microcentro  porteño.
Miraba al paciente con incertidumbre. La mano le temblaba terriblemente y no podía controlar sus movimientos ni con toda la voluntad del mundo. Medía la distancia, examinaba el terreno, calculaba la fuerza del instrumento que iba a utilizar, pero no se animaba a arrancar todavía. Los nervios podían más.
El jefe lo miró severamente y le advirtió que si no atendía al paciente de inmediato, lo iba a echar. Él tenía que tomar una difícil decisión. Pero no, no podía. Por más que quisiera, no podía empezar. Su pulso estaba desestabilizado.
Era comprensible. Nunca antes en la vida había tomado una pistola y le había apuntado directo a la frente a alguien.

lunes, 19 de agosto de 2019

No culpable (Gabriel Zas)






Él ingresó a la sucursal del Banco fuertemente armado, tomó rehenes y permaneció adentro por más de tres horas mientras negociaba su entrega con el oficial al mando del operativo. Aceptó un acuerdo casi de modo forzoso, quizás acorralado por los agravantes de las circunstancias, y se rindió apaciguadamente. Salió quedamente con las manos en la nuca a reglamento de protocolo. Pero cuando un oficial le retiró el pasamontañas que le cubría el rostro se decepcionó al reconocer que se trataba de un rehén. Posiblemente, él se haya vestido de policía y haya huido sin que nadie lo notara delante de sus mismas narices.
Las autoridades tenían desconocimiento absoluto del momento del escape, por lo que estimaban que les llevaba un tiempo importante de ventaja.
Requisaron las cajas de seguridad y la bóveda de la entidad financiera, lo que determinó que el ladrón sustrajo más de cincuenta millones de pesos.
Después de unos meses de búsqueda intensa, lo atraparon y lo encarcelaron con prisión preventiva sin derecho alguno a caución. Su abogado defensor apeló la medida en todas las instancias legales habilitadas, pero con resultado nulo, y su cliente esperó el juicio entre rejas.
El tribunal lo condenó a diecisiete años de prisión efectiva a cumplirse desde el minuto uno de dictado el veredicto.
Su abogado defensor apeló en instancias superiores. La Cámara de Apelaciones le dictó la absolución definitiva, la Fiscalía apeló el fallo en Casación y Casación confirmó el dictamen, para indignación y malestar tanto de los responsables del Banco como de las víctimas del asalto.
Él fue estafado por el Estado, hizo un juicio y lo perdió. No pudo solventar las costas y lo embargaron. Para colmo, no tenía trabajo y su hija necesitaba ser operada de urgencia, y tenía un aviso de remate de su propiedad por adeudar la hipoteca desde hacía cinco meses. Empleó el dinero que robó con estos fines. Y lo que le sobró, lo donó a entidades de caridad y bien público.
La Justicia entendió que hizo un mal por un bien mayor que lo ameritaba y justificaba, y de la que en parte él había resultado perjudicado.
Entonces, frente a este ejemplo, ¿cómo funciona realmente la Justicia en nuestro país y en detrimento de los intereses de quién responde verdaderamente? Es algo que nunca podremos entender.




Aniversario (Gabriel Zas)




Fue ella la que lo invitó a salir a él, y no al revés, como habitualmente se estila.
Él se sentía agraciado, complacido, emocionado. Lo que en su imaginación le resultaba una utopía propia de un anhelo romántico, se había materializado en la realidad.
Incluso, fue ella la que eligió el restaurante, el día y la hora de la cita.
Hablaron de todo un poco hasta que el mozo les sirvió la cena.
_ Es un lugar muy lindo y muy elegante. Me sorprendiste gratamente_ elogió él con una sonrisa de felicidad._ Si seré curioso, ¿por qué lo elegiste?.
Probó un bocado de su plato y empezó a marearse hasta que prácticamente quedó inconsciente.
_ Porque hace exactamente un año atrás_ respondió ella con malicia _ asesiné a mi primera víctima de la misma forma que a vos y en esta misma mesa.
Él convulsionó frenéticamente y sus ojos se cerraron para siempre.
Ella se levantó de su asiento, dirigió sus pasos hacia él, se paró a su lado, lo contempló unos segundos y se acercó al cuerpo.
_ Feliz aniversario, mi amor_ le susurró con insolencia y ultraje.
Así recordó el engaño del que ella fue víctima y su consecuente venganza. No había otra forma que pudiera aliviar todo el dolor que aún sentía por dentro.

lunes, 22 de julio de 2019

El León de Nemea (Gabriel Zas)




Claudio se levantó a las siete y media de la mañana, y prendió la radio mientras calentaba el agua para tomar unos mates.
"Susana Spak, quien fuera secuestrada anoche cuando regresaba a su domicilio en la localidad bonaerense de San Miguel, fue liberada hoy a la madrugada a la vera de un descampado situado a un costado de la Ruta Provincial N°8, a la altura del barrio Altimpergher de José C. Paz, sana y salva. Fue encontrada por un particular que pasaba de casualidad por la zona. Detuvo su marcha, la asistió, la llevó al hospital municipal y se le dio rápida intervención a la Justicia. Se espera que Susana Spak dé su testimonio frente al fiscal del caso, el dr. Leónidas Roca, en los próximos días para esclarecer lo que le sucedió y dar con el o los responsables de su desaparición.
Sin embargo, la Policía trabaja con la hipótesis de que Susana Spak fue una víctima más del temido León de Nemea.
Así apodaron las autoridades a este sujeto desconocido hasta el momento porque su modus operandi consiste en secuestrar mujeres casadas, previa investigación de inteligencia; obligarlas a contactar a sus maridos por teléfono para darles cita en un punto específico, y una vez consumado el encuentro, las amenaza frente a ellos. Les pide algo a cambio, ellos acceden coaccionados por la situación, se retiran y él las libera horas después en un lugar solitario, como hizo con Susana Spak, su víctima número 15.
Por eso, la Justicia espera dar con su esposo cuanto antes para que brinde su versión de lo sucedido, aunque estiman que no arroje ningún dato de interés para la causa como ocurrió en los casos anteriores.
Seguimos con más información en esta mañana fría...".
Claudio recorrió con el dial otras frecuencias mientras se cebaba unos mates. Luego apagó el aparato, se terminó de vestir y fue a su oficina.
_ Viniste más temprano hoy, ¿qué pasó? ¿Dejaste a tu Jermu con el amante?_ le dijo un compañero de oficina, con sarcasmo.
_ No seas imbécil_ respondió Claudio, en un tono de voz entre indignado y desinteresado._ Viajó ayer a la noche para Formosa. Fue a ver a la madre, que está internada. Los hermanos, bien gracias.
_ ¿Te vas a ir para allá?
_ Voy en coche este fin de semana. Después, voy a llamarla para avisarle y preguntarle cómo está todo.
_ Y mientras tanto..._ dijo el otro, con picardía y cambiando su actitud severamente.
_ Y sí_ repuso Claudio con una sonrisa cómplice._ Le dije a Patricia que se venga a casa. Que le meta una excusa al marido y chau. Se traga todas las excusas el tipo ése. Encima, le conté a mi terapeuta sobre mi relación prohibida con ella. No sé si hice bien o no en decírselo.
_ Está bien. Vas para desahogarte de los problemas que te asfixian y contarle lo que te pasa y te preocupa. Es un profesional. No puede violar la confidencialidad paciente y licenciado. Tranquilo. Todo queda entre las cuatro paredes del consultorio.
Claudio recibió una llamada de su psicólogo, que le había adelantado la sesión de ése día dos horas antes por un inconveniente personal surgido a último minuto. Le pareció bien, inclusive más cómodo, y aceptó gustoso.
Salió antes del trabajo para llegar a horario. Hizo diez cuadras con su coche y se le quedó. Pidió asistencia a la aseguradora y le enviaron un mecánico enseguida. Le dio propina al personal que se trasladó hasta allá para que le cuiden y le guarden el  vehículo, y él se tomó un taxi hasta el consultorio del licenciado Morales. Llegó a horario, pese a los retrasos sufridos. Claudio no toleraba la impuntualidad.
La sesión duró un poco más de una hora, y el psicólogo se ofreció alcanzarlo con su coche.
_ Gracias, licenciado_ agradeció gentilmente Claudio._ Voy a casa a cambiarme y me voy a la aseguradora a ver qué pasó con mi auto. Es un misterio. Andaba perfecto y de repente, se paró y no arrancó más.
_ La mecánica es así. Igual, despreocúpese que lo dejó en buenas manos. ¿Vamos?
Durante el trayecto, hablaron de temas variados, de manera más abierta y sociable. Luego, se callaron abruptamente y Morales encendió la AM. Seguían hablando del León de Nemea.
_ Qué cosa el tipo ése_ comentó Claudio._ Secuestra mujeres, engaña a los maridos, les roba, las libera y no lo agarran. Así estamos.
_ ¿Quién sabe? La mentalidad de estos tipos es muy compleja. Es muy interesante estudiar la mente de los criminales. Cómo piensan, cómo sienten, cómo viven... La mente humana ya de por sí es un enigma encerrado en sí mismo.
_ Usted absorbió un poco de todas las doctrinas.
_ Leí Freud, Lacan, Keynes, tomé un poco de cada uno y entiendo la psicología desde un punto de vista propio.
_ ¿Cuál es su diagnóstico, entonces, sobre este tipo?
_ Busca venganza, eso es claro. Lo curioso es que no lastima físicamente a sus víctimas, y es porque experimenta y distrae la atención a su vez. Digo, él busca llegar a alguien en particular. Alguien muy cercano que lo traicionó.
Miró a Claudio con frivolidad y no dijo más nada. Cuando aquél se dio cuenta que se había desviado del camino y había enfilado para un destino completamente diferente y distante del principal, ya era demasiado tarde para hacer algo.
Pensó en intentar reaccionar, pero un impulso espontáneo lo detuvo y le hizo entender que cualquier clase de resistencia sería inútil. Lo mejor era esperar. Y francamente, ésa idea lo asustó demasiado. ¿Pero, acaso podía hacer otra cosa? Lo único evidente era que el licenciado Morales lo había raptado aún sin saber porqué. Y comprendió con la misma rapidez que lo que sucedió con su coche no fue ningún accidente. Mantener la calma era lo mejor que podía hacer.
El vehículo frenó frente a un enorme galpón abandonado, situado en medio de la nada. Claudio no sabía con exactitud dónde estaba y tampoco se arriesgó a preguntar. Sólo iba a limitarse a seguir las directrices del licenciado Morales.
Entraron al galpón. Era un ambiente sucio, hacinado y desvencijado, y sin ventanas que diesen al exterior. Estaba además completamente en penumbras.
Morales extrajo una linterna para alumbrar el espacio. Lo invitó a Claudio a interponerse delante suyo para liderar la marcha y a punta de pistola lo guió hasta una pequeña habitación cerrada con candado.
Al ingresar, un bulto macizo atado a una silla de madera captó la atención inmediata de Claudio. Se desesperó considerablemente al reconocer en ésa imagen a Patricia. Estaba muy asustada. Sus ojos eran un testimonio locuaz de sus más profundas emociones.
Claudio lo miró al licenciado Morales con ingenuidad. No podía entender que quien lo trató por más de dos años fuera en verdad un criminal.
_ ¿Usted? ¿Usted es el León...?_ balbuceó Claudio tartamudeando. Y contuvo sus palabras de golpe.
_ ¿Quién iba a sospecharlo, no?_ respondió el terapeuta con arrogancia._ Esto le pasa por hablar de más. No le tiene que contar absolutamente todo lo que le pasa a su psicoanalista. Siempre necesita guardarse algo para usted. Pero ya es tarde para que acepte mi recomendación, ¿no? Demasiado tarde.
Señaló a la prisionera.
_ Perdón, no los presenté_ ironizó Morales con soberbia._ Ella es Patricia, su amante... Y también mi esposa.

martes, 16 de julio de 2019

El trabajo (Gabriel Zas)





 


Los dos hombres se dieron cita en un bar de Boedo a las nueve en punto de la mañana.
Se sentaron frente a frente y se estudiaron fríamente mientras se miraban con indisimulable desconfianza. Después de unos pocos minutos de repetirse la escena, decidieron abrirse al diálogo.
Uno de ellos, el más joven, sacó de su portafolio un sobre madera, lo apoyó con suavidad sobre la mesa, y con la misma delicadeza, lo deslizó hacia el otro hombre. Aquél lo recogió sin despegar la vista del otro.
_ El pago por adelantado y la foto del trabajo_ dijo por lo bajo, en tono confidencial._ La pistola la recibirá esta misma tarde por correo. Estará camuflada en una caja de un electrodoméstico que tendrá sello oficial de la empresa que lo vende. Nadie va a sospechar nada fuera de lo ordinario, despreocúpese por eso.
_ ¿Qué hago después?_ preguntó el sicario con abrumadora frialdad.
_  Dele dos disparos certeros al pecho y oculte la pistola en el ladrillo falso de la parrilla. Tres lugares izquierda a derecha desde el extremo y después dos lugares hacia abajo. Yo me encargo de ocultarla. Ahí mismo recoja la otra mitad del pago y desaparezca. Y no vuelva a contactarme nunca más.
_ Si sale algo mal, usted cae conmigo. Y me voy a encargar que lo pague caro. ¿Le queda claro?
_ Usted use guantes y deje limpio todo, Quinteros. Está todo calculado. Sino llamo a otro y listo. Usted decide.
_ Nunca me hecho atrás cuando acepto un encargo. ¿Por qué quiere hacer esto? Quiero conocer todos los detalles del blanco. Es rutina, ¿sabe?
_ Samanta me fue infiel. Y descubrí hace poco además que va a irse definitivamente a Brasil con el imbécil ése que tiene de amante dentro de exactamente dos días. Es necesario que sea hoy. ¿Comprende la urgencia del asunto, Quinteros?
El mercenario hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
_ Yo le voy a facilitar la entrada. Hace lo suyo, sale, se mete en mi auto y huye lejos. Yo arreglo las cosas ahí y me voy. Está todo pensado. Un plan sencillo pero inflable.
_ Eso es lo que más me preocupa de todo: la sencillez.
_ ¿Para qué vamos a complicarnos? Lo sencillo es igualmente efectivo que una estrategia cuidadosamente diseñada. A distinto método, igual resultado, ¿no?
_ Eso espero.
_ No sea pretensioso. ¿Quiere, Quinteros? Me rompe mucho la gente pretensiosa. Yo lo contrato y usted hace lo que le pido. ¿Le queda claro eso?
El hombre asintió casi forzosamente y en total disidencia.
Pidieron dos cafés para no llamar la atención, hablaron normalmente, pagaron la cuenta y se retiraron.
A las 16:30, Quinteros recibió en un domicilio falso la pistola por encomienda oficial. El cartero que la llevó realmente pensó que había entregado una cafetera nueva. Quinteros firmó el acta de entrega y cerró la puerta sin ni siquiera saludar al empleado del correo. Tomó las cosas y se fue a cumplir con el trabajo sin perder tiempo.
Él lo llevó en auto hasta la casa en cuestión, Quinteros cumplió con el trabajo y volvió al coche, tal cual lo planeado. Él le cedió las llaves del coche, se bajó y lo vio alejarse a toda marcha. Toda la escena duró apenas siete minutos clavados.
Él entró a la casa y fue directo adonde se había producido el hecho. Hizo una mueca de satisfacción cuando contempló el cuerpo de su esposa tendido sobre la alfombra boca arriba, inerte, con los brazos extendidos hacia los costados y los ojos terriblemente abiertos que miraban al unísono.
Dio media vuelta, hizo unos pasos y dos balazos que dieron directo en la parte media de su espalda lo fulminaron in situ.
Samanta, su esposa, se levantó repentinamente sosteniendo una pistola entre sus dedos y miró el cuerpo de su marido por unos instantes. Seguidamente, se abrió la camisa y se quitó el chaleco antibalas. Sintió unas punzadas que le oprimían el pecho pesadamente, pero al menos estaba viva.
_ ¿Así que quisiste matarme para quedarte con toda mi fortuna, desgraciado? ¿Iba a ser otra víctima tuya? ¿La número cuánto?_ dijo Samanta, fragosa._ ¿Te creés que no te investigué? Te hacías el galán, conquistabas mujeres ricas y solteras, y después contratabas siempre a alguien distinto para hacer el trabajo sucio. Así, nunca te agarraban. Les pagabas dos mangos y vos te quedabas con todo el resto. Pero yo me adelanté a vos y bueno... La fortuna compra todo, ¿no? Hasta asesinos a sueldo, como Quinteros. Les pagás el triple y se venden sin pensarlo dos veces.
Fue hasta el teléfono, levantó el tubo y marcó nerviosa y ansiosa a la vez.
_ Soy yo_ dijo Samanta cuando atendieron._ Ya está. Volvé para acá rápido. ¿Preparaste el auto de él como te pedí?... Perfecto. Estacionalo en la puerta mal a propósito para dar una falsa apariencia y entrá. Yo le planto la pistola y acomodo el cuerpo. Que parezca que fue en legítima defensa. Vos encargate de esconder el chaleco antibalas que me puse... Sí, tranquilo. Van a creer que él vino a matarme, que en parte es cierto, y yo me defendí. El plan salió perfecto. Lo único que no encaja es que en el apuro le pegué los tiros en la espalda... Sí, buena idea. Hagamos eso, Quinteros.


martes, 4 de junio de 2019

Está hecho (Gabriel Zas)





Él siempre buscaba la perfección de los detalles. Era muy importante que ella se sintiera cómoda cada vez que se veían.  Las velas encendidas tenuemente, la sala en penumbras y la música funcional de fondo eran parte del ritual romántico que él implementaba noche tras noche.
Ella lloraba, se le erizaba la piel y no podía contener su emoción ante tanta demostración de afecto.
Un día, no había nada para cenar y él salió a comprar los ingredientes necesarios para cocinarle a ella su plato predilecto.  Cuando regresó, ella no estaba. Se notaba su ausencia en el aire de la morada que compartían juntos hacía poco más de seis meses.
Él se angustió. La bolsa del supermercado se le resbaló de la mano involuntariamente, estrellándose de manera estrepitosa contra el suelo.  Empezó a sudar, a entrar en pánico. Estaba siendo víctima de una crisis que por mucho que quisiera, le iba a resultar imposible controlar con absoluta facilidad. La buscó desesperadamente por cada rincón de la casa. Revisó hasta en los lugares más recónditos. Nada. No había rastros de ella.
Él se dejó caer bruscamente sobre una silla. Sollozaba a borbotones, tapándose la cara con ambas manos. ¿Qué había pasado? Todo era un completo enigma a resolver.
Repentinamente, la sombra de una mano que sostenía una pistola emergió de la nada misma y disparó impiedosamente contra él.  Recibió dos disparos arteros en el pecho. Cayó muerto.
La sombra dejó verse: era ella. Soltó la pistola nerviosa y se acercó a paso lento hacia el cadáver de él. Lo miró con los ojos enajenados y el rostro rubicundo, y le regentó una sonrisa lacónica y lasciva.  
_ Se terminó_ dijo ella, completamente satisfecha._ Ya no más calvarios, ya no más maltratos, ya no más insultos ni golpes ni destrato.  Ahora soy una mujer libre, verdaderamente libre. Terminaste como te merecías, basura. Y nunca vas a saber cómo me desaté de tus cadenas.
Fue al baño, se paró frente al espejo y se quitó la blusa. Miró su torso desnudo lleno de marcas, magulladuras y golpes de todo tipo. No pudo evitar llorar compulsivamente al verse así.
_ ¡Se terminó!_ fue lo único que pudo decir en esos momentos._ ¡Por fin, se terminó! Se terminó para siempre.

jueves, 2 de mayo de 2019

Tercero en discordia (Gabriel Zas)




Entró a mi casa totalmente devastado, estresado y nervioso. Presentaba un estado de excitación, que progresaba paulatinamente en proporción con su actitud dura y veleidosa.
Sergio estaba tan hecho pelota, que entró a mi casa indiferente y violando toda regla de cordialidad que dictan las buenas costumbres.
Después de unos minutos de silencio y de dejarlo acomodarse, lo miré con gravedad y sordidez.
_ Hola, Florencio, ¿cómo estás? Perdoná que te caiga así de imprevisto, pero estoy enquilombado con un asunto que me tiene loco_ le retruqué con deliberado reproche.
Su actitud cambió a dócil y complaciente. Sus nervios se dilataron, su rostro adoptó un cambio positivo de expresividad y lo único que atinó a hacer fue abalanzarse sobre mí y abrazarme desaforadamente hasta estrolar su cuerpo contra el mío de forma compelida pero suave.
_ Perdoname, Máquina _ me dijo en un tono de sinceras disculpas._ Pero necesito dónde quedarme ésta noche. Las cosas con Bárbara se fueron al carajo. Ya está. No aguanto más. Lo de hoy fue el límite de toda tolerancia que mi moral puede permitir.
Lo miré condescendiente y afable.
_ ¿Ya fue, definitivamente?_ le pregunté en tono sugerentemente dubitativo.
_ La agarré in fraganti hablando con el amante por teléfono. Discutimos, qué sé yo, la cosa se desmadró terriblemente. Y bueno, antes de que terminara peor, hice las valijas y me las tomé.
Hubo un instante de silencio algo incómodo.
_ ¿No te jode bancarme por hoy solamente, no?_ me preguntó Sergio, en tono de súplica.
_ Te banco todo lo que haga falta_ le respondí con una sonrisa sutil. Y desvié mi atención hacia su valija. Se notaba a simple vista que estaba ligeramente rellena.
_ ¿Y el resto de tus cosas?_ le dije, señalándosela.
_ Cuando se calmen un poco las aguas, la llamo a Bárbara y le digo que paso a buscarlas cualquier día. Igualmente, mañana quiero ir sí o sí a ver a un abogado por el tema del divorcio y la repartición de bienes. No vaya a ser cosa que me quiera jorobar, ¿viste, che, Florencio?
_ Por empezar, es tu casa.
_ Está a nombre de los dos, en realidad.
_ Pero la garpaste vos, de tu bolsillo, peso por peso. Después, te casaste con ella y tuviste que acceder por ley a ponerla a nombre de ella también. Pero, vos la compraste. Ella es la que se tiene que ir, no vos.
_ Ella se rehusó a irse y no quería pelear. No tenía ganas de discutir con ella y que la cosa terminase fea. Además, yo puse la casa a su nombre porque quise. Porque yo la quería, y ella venía de una familia humilde y no tenía nada.
_ Te debe lo que sos, para ponerlo así.
_ Supongo, Florencio.
_ ¡Sos un boludo! Ella te puede cagar y quedarse con TU casa. Y llevarlo a vivir al amante con ella.
La actitud de Sergio empezó a mutar raudamente.
_ ¿Ése era su plan, no?_ dijo con intencionado resguardo, surcando en sus labios una risa malévola.
_ Tenés que ir a ver a un abogado mañana a primera hora e ir a la Policía después, si es necesario _ le aconsejé amigablemente._ Pero, ahora, te tomás un whiscacho bien fuerte y te olvidás de todo por hoy, ¿está claro?
Sergio se sosegó. Empezó a sacudir su cuerpo estrepitosamente como sacándose toda tensión de encima y seducido por la idea de tomar algo que le calmase las penas. El whisky, hablando con absoluta franqueza, era su debilidad.
Mientras tomábamos, relajados y sentados cómodamente en mi sillón, Sergio me contó toda su historia con Bárbara y cómo se enteró de la existencia de un tercero en discordia, cuestión que no hace al presente relato para no desviar al lector de su eje y de su verdadero propósito.
_ ¿Y así te enteraste?_ le dije con naturalidad, cuando concluyó._ Qué bajón, che.
_ Son las vueltas de la vida, Florencio querido _ me replicó con aire más distendido y despreocupado._ ¿Quién iba a decirlo, no? Y vos no me creías todas las veces que te lo conté.
_ Me parecía raro. Más, viniendo de una mina como Bárbara. Qué sé yo, no me cerraba por un montón de cuestiones. Pero, me retracto. La Barbi resultó ser flor de atorranta y manipuladora. Imagino que ahora se debe estar revolcando con el bicho ése en tu lecho nupcial. Bah, en tu nidito de amor _ y me detuve bruscamente.
_ La verdad, no me importa un carajo de nada_ agregó con un atisbo de indiferencia y deliberado desinterés en el asunto.
Seguimos la conversación un rato más hasta que se hicieron las tres de la mañana.
_ Vamos a apolillar_ le dije._ Te traigo una almohada, unas cobijas y te tirás en el sillón. Necesitás descansar y estar lúcido para mañana.
_ Gracias, hermano. Sos un amigazo, Florencio_ me contestó Sergio.
_ ¿Tenés abogado?
_ Sí. Ni bien me levanto, le pego un tubazo. Es un fenómeno.
_ ¿Vos sabés que esto te va a llevar tiempo, no? Estas cuestiones no se resuelven de un día para el otro.
_ Sí. Soy consciente de eso. ¿Pero, qué otra me queda?
_ Siempre hay una alternativa para todo. Una salida rápida que te resuelve los problemas en un santiamén. Así._ Y chasqueé los dedos con vehemencia.
Sergio me miró sin comprender demasiado. Yo le regenté una sonrisa alevosamente intencionada y desaparecí unos minutos para ir a buscar algo a mi cuarto.
Volví empuñando en mi mano izquierda un objeto reluciente, traslúcido, brilloso y de una hermosura inconmensurable. Mango de madera, caño de plata, perfectamente cuidada. La levanté triunfante ante la mirada perpleja de Sergio.
_ ¿Qué es eso, Florencio?_ me preguntó temeroso.
_ Un precioso Colt 38. Era de mi viejo. Fanático del tiro.
Abrí el tambor, corroboré que tuviera municiones y lo volví a dejar en posición. Estaba listo para disparar. La bajé ligeramente, tornando mi rostro una expresión de tristeza profunda y anhelante.
_ Con esta arma, el viejo se mató_ le expliqué a Sergio a secas._ No aguantó más, se encerró en su pieza y se gatilló en la cabeza. ¡Qué viejo pelotudo! ¿Por qué no habló conmigo antes? Yo hubiera evitado que hiciera lo que hizo. Y creo que ésa fue la razón por la que no me contó nada, ahora que lo pienso. Porque él quería acabar definitivamente con su sufrimiento. Y si yo se lo hubiera evitado... con lo cascarrabias que era él, me hubiese puteado en cincuenta idiomas. No tengo que lamentar su muerte, tengo que celebrarla. Porque fue la mejor decisión que pudo tomar.
_ ¿Cómo podés decir una cosa así, Florencio? ¡Era tu viejo!
Desoyendo su planteo, continué.
_ Y uno tiene que alegrarse por las buenas decisiones que toman nuestros familiares, ¿no? ¿Y sabés por qué se mató? Por una mina. Le pasó lo mismo que a vos. Pero vos no sos el viejo y estás a tiempo de remediar las cosas.
Sergio me miró más asustado que al comienzo. Yo, en cambio, adoptando una actitud soberbia y arrogante, le extendí el revólver para que lo agarrase. Al principio, se rehusó rotundamente a obedecerme. Pero lo disuadí con elegancia y lo agarró, aunque con cierto pánico y renuencia.
_ No muerde, ¿eh?_ le dije indiferentemente irónico._ Si lo agarrás con miedo, se te puede escapar un tiro y sonaste._ Y solté una carcajada.
Sergio, por un impulso del momento, arrojó el revólver intempestivamente lejos de sí, al suelo, nervioso y tembloroso.
_ ¿¡Qué hacés, boludazo!?_ le recriminé severamente._ No se escapó un tiro de pedo.
_ ¡Estás loco, Florencio! Mejor me voy.
Sergio amagó con irse, pero le cerré el paso y lo invité a sentarse de nuevo.
_ ¿Adónde vas a ir a las tres y media de la mañana? No seas boludo y quedate. El arma tiene puesto el seguro, no va a pasar nada.
Agarré el arma del piso y la volví a depositar en manos de Sergio.
_ ¿Para qué me la das otra vez?_ me preguntó, intranquilo.
_ Para que practiques, y mañana vayas y mates a Bárbara y al amante. Y vas a ser feliz otra vez. Y no tenés que preocuparte ni por el divorcio ni por los bienes ni por absolutamente nada. Todo se soluciona apretando el gatillo.
_ No voy a hacer eso _ me dijo firmemente decidido.
_ Yo te acompaño. Está todo pensado ya. Un disparo limpio a cada uno, dejamos sus huellas impregnadas en el revólver, el arma queda en manos de él y listo. Para la Justicia, asesinato seguido de suicidio. Un problema de pareja que terminó mal. Caso cerrado. Y a vos no te rompen las pelotas para nada.
Pero Sergio seguía oponiéndose tajantemente a la idea.
_ ¿Te querés quedar sin nada y que Bárbara te arruine y se cague de risa de vos, mientras está en la cama con el otro?_ le dije en tono persuasivo._ Dale, es lo mejor que podés hacer. Vení, practiquemos un poco de puntería.
Insensiblemente, Sergio fue cambiando de opinión y al final, aceptó. Estaba determinado a hacerlo a cualquier costo y haciendo oídos sordos a cualquier consecuencia.
Le di el revólver, liberé el seguro y deje que efectuara dos disparos contra una de las paredes laterales que daba a mi cuarto. Vi la expresión en sus ojos. Lo disfrutó, lo gozó. Tenía una mirada frívola y feroz. Ángel y demonio vivían en un mismo cuerpo y bajo una misma apariencia.
Me acerqué a la pared y vi los orificios de los impactos. Uno muy cercano del otro, a una altura media de la pared. Estaba muy bien. Sergio tenía capacidad para disparar. Y cumplía con dos condiciones indispensables en la actividad del tiro: coraje y frialdad.
_ Nada mal, eh... Nada mal_ lo elogié después de analizar el resultado de su práctica.
_ ¿Habrán oído algo los vecinos, Florencio?_ me preguntó, Sergio, preocupado.
_ Tranqui, que en los pasillos no vive nadie y las dos casas de al lado están en alquiler.
Le retiré el arma sutilmente y lo apunté. Sergio palideció terriblemente de los pies a la cabeza. Nos miramos unos segundos y le disparé dos tiros al pecho. Cayó desfallecido en el centro de la escena.
Disfracé un poco la situación y llamé a la Policía.
_ Es para denunciar una muerte _ le dije a la operadora, cuando me atendió._ La víctima se llama Sergio Malla. Vino a mi casa pidiéndome asilo porque se había peleado con la esposa en teoría. Lo dejé entrar, fui un momento a la cocina para llevarle algo de beber y cuando volví, me estaba apuntando con mi revólver. Lo tenía guardado a la vista en uno de los cajones de mi cuarto. Debió agarrarlo en el ínterin que fui a la cocina y regresé. No habrán sido más de tres o cinco minutos que tardé en ir y venir.
<Me apuntó y sin mediar palabra, disparó dos veces seguidas. Por suerte falló y los tiros impactaron en una de las paredes del living, uno muy cerca del otro, eso sí. Se asustó un poco y dejó caer el arma al piso, involuntariamente>.
<Intenté hablarle para que depusiera su actitud pero no resultó. Quiso recuperar el arma, pero le gané en velocidad y la tomé yo primero. Se quiso tirar encima mío violentamente y lo único que atiné a hacer en esos momentos fue a apretar el gatillo para defenderme. Y bueno, le di en el pecho dos veces. Juro solemnemente que jamás tuve intención de matarlo o lastimarlo. Pero se dio así. Fue en legítimo defensa todo>.
La operadora me dijo que no me moviera del lugar, que ya mandaba efectivos a mi casa. Y mientras esperaba, llamé a Bárbara.
_ Hola, Bárbara, mi amor. Por fin vamos a estar juntos. Está hecho.