sábado, 5 de octubre de 2019

Detective de artificio/ La mujer que no se sentía amada (Gabriel Zas)

"Un humilde tributo a la gran serie Los Simuladores y a la filosofía de Parker Pyne, gran personaje creado por Agatha Christie en 1934. Ambos fuentes de inspiración para este cuento".





CASO 1: LA MUJER QUE NO SE SENTÍA AMADA

La única razón por la que Marina Dolzer no lloraba era porque la impotencia había ocupado el lugar del dolor. La impotencia de a poco se convirtió en disgusto y este a su vez en desolación. Su rostro lánguido y sus labios desalineados estéticamente eran un retrato hablado de sus sentimientos.  Se levantó de la mesa de la cocina, fue hasta su dormitorio y se contempló frente al espejo por un largo rato. No paraba de preguntarse qué había hecho mal, en qué se había equivocado.  Dudaba de los errores que hubiera cometido para forjar el terrible momento personal que atravesaba, pero no respecto de que Bernardo Bertoldi, su marido de hacía quince años, había dejado de amarla y de importarle.  No la llamaba en todo el día, no le preguntaba cómo estaba, qué necesitaba, cómo estuvo su día, se iba por días enteros y la dejaba sola, no le dedicaba palabras de afecto y no la miraba como antes. Ya nada era cómo antes.Marina pensó en consultar a un psicólogo, pero especuló que no le daría la solución que ella estaba necesitando. Sólo la escucharía, la aconsejaría y nada más. Y eso no le servía, no era lo que buscaba. Su objetivo era que el señor Bertoldi volviera a quererla y mirarla como antes. ¿Y cómo iba a lograrlo? Entonces, tuvo la brillante ocurrencia de consultar con un detective privado. “Si ellos se encargan de parejas infieles y todo ese tipo de cosas, ¿cómo no van a poder hacerse cargo de un caso como el mío?”, se preguntó para sí misma. Y confiada en la implacabilidad de su método, tomó el diario, abrió en la página de los clasificados y recorrió con el dedo todos los rubros hasta que sus ojos leyeron lo que estaba buscando. Sonrió con satisfacción, se arregló un poco y fue al domicilio que figuraba en la publicación.
El hombre que la atendió era alto, de facciones duras, cabello negro cortado al ras y de trato muy respetuoso y cordial. Le estrechó la mano a Marina Dolzer al tiempo que se presentó como León Betancourt.  La invitó a pasar a su despacho y le acercó caballerosamente una silla para que se sentara. Quería que sus clientes se sintieran como en su casa. Después de un rato de aflojar tensiones, la señora Dolzer fue al hueso del asunto.  El detective se paralizó de asombro cuando Marina Dolzer finalizó.
_ Yo, sinceramente, no me esperaba tal cosa_ repuso Betancourt con una sinceridad exultante._ Yo me dedico a otro tipo de cosas más comunes. Una infidelidad, recuperar algún objeto de valor perdido, a encontrar a un ser querido extraviado o a ayudar a una persona a encontrarse con otra después de muchos años… Cosas así. No a lograr que su marido vuelva a amarla. Lograr eso es un desafío. La magia no es lo mío. Perdone que se lo diga así.
_ Está bien_ repuso Marina Dolzer, resignada._ Tenía una mínima esperanza de que pudiera usted ayudarme. Pero claramente lo mío no tiene solución. Perdóneme por hacerle perder  su tiempo.
Amagó con levantarse pero la voz de León Betancourt se lo impidió.
_ Yo nunca dije que no tuviera solución lo suyo_ dijo el detective con soberbia._ Mencioné que su caso era un desafío, pero nada más.
_ ¿Entonces, puede ayudarme?
_ Hace siete años atrás, un gran amigo mío había heredado una casa en Coronel Suárez. Era linda, un ambiente, cómoda, para que viviera una sola persona. La heredó de su padre que falleció de neumonía. Pero apareció de la nada  una mujer que alegaba ser hija extramatrimonial del padre de mi amigo reclamando el 50% del valor de la propiedad. Su abogado, mediante una serie de artilugios legales, reivindicó que a su clienta le correspondía el valor total de la propiedad y a mi amigo nada. Un delirio. La mujer presentó todos los papeles convenientes, toda documentación trucha. No podíamos comprobar fehacientemente la falsedad de los escritos. Podía, sí. Pero eso iba a llevar mucho tiempo. Y tiempo era precisamente lo que no teníamos.
<Imagínese, mi amigo estaba desesperado. La mina claramente era una estafadora profesional. Pero no disponíamos de las herramientas legales pertinentes para frenarla. Entonces, pensamos una solución rápida aunque muy poco ortodoxa.  Le hicimos creer que en ésa casa se había cometido un misterioso asesinato múltiple en 1887, que nunca se resolvió. Usamos ésa historia para justificar el hecho de que el padre de mi amigo decidiera no vender nunca la casa. En realidad, no sabíamos el verdadero porqué de ésa decisión. Pero lo usamos a nuestro favor>.
<Mediante una serie de engaños muy sencillos, les hicimos creer a ella y a su abogado que la casa estaba embrujada, que los espíritus de las víctimas fatales de 1887 aún permanecían en la morada. Hacer aparecer un falso cuerpo colgado de una viga fue el toque de gracia para que la mujer desapareciera definitivamente y mi amigo se quedara con lo que era suyo>.
_ Muy audaz de su parte recurrir a ésa estrategia para disuadir a la mujer. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con mi marido y todo lo que le conté.
_ Que podemos ponerlo a prueba de una manera muy similar para corroborar si realmente usted le importa a él o no. Si el plan da resultados positivos, usted y él volverán a ser una pareja feliz nuevamente. Caso contrario, le servirá para pedirle la separación y empezar una nueva vida lejos suyo. ¿Le parece? De un modo u otro, el plan va a dar resultado, ¿me explico?
_ ¿No le parece un poco extremo?_ preguntó Marina Dolzer con desconfianza.
_ No se preocupe que no voy a inventar una historia tan delirante como la que le conté.
_ ¿Entonces?
_ Ya va a ver. Una única cosa y que es fundamental. De eso depende que todo salga bien.
_ Dígame.
_ Necesito que usted desempeñe un rol crucial en este drama. ¿Puedo contar con su ayuda?
_ Sí._ La respuesta de ella sonó lábil e insegura.
_ ¿Su marido tiene plata ahorrada en el banco? ¿Cómo se maneja con eso?
_ Sí. Tiene un plazo fijo y una caja de ahorro en dólares. Pero es avaro. No paga ni una cena. Hay que rogarle para que suelte un peso. Es el único defecto que tiene.
_ Justo lo que necesito. ¿Está lista? No se preocupe, no va a ser muy extenso esto.
_ Sí.
_ Muy bien. Comencemos.


                                                                              ***

Bernardo Bertoldi estaba tomando una cerveza en un bar de Palermo Viejo, cuando un número desconocido llamó a su celular. Ignoró la llamada, pero se repitió una segunda vez, que también rechazó. A la tercera, algo ofuscado, atendió.
_ Si quiere ver a su mujer de nuevo con vida, lleve dentro de seis horas un palo verde al lado de las vías del tren por calle Honduras. De lo contrario, la mato_ dijo una voz ronca al otro lado de la línea.
_ ¡Espere! ¿Quién es usted?_ preguntó Bertoldi con temor y desconfianza.
_ ¿No me oyó? No voy a repetirle lo que le dije. Dentro de tres horas lo vuelvo a llamar. Y si no tiene la plata, olvídese de su esposa para siempre, ¿entendió?
_ ¡No tengo ésa cantidad exorbitante que me pide! ¿Cómo quiere que la consiga?
_ Ése es su problema.
_ Otra cosa. ¿Cómo sé que me está diciendo la verdad?
Se percibió un breve silencio hasta que una voz femenina, asustada y solloza, irrumpió en la línea de forma intempestiva y abrupta. El señor Bertoldi se puso pálido al reconocer en ella la propia voz de su esposa. El captor cortó antes de que Bernardo Bertoldi pudiera responderle.


                                                                                    ***

Bernardo Bertoldi sintió que no podía hacer mucho. ¿O no quería hacer mucho en realidad? Los ojos de a poco se le cerraron y se desvaneció. Cuando recobró el conocimiento, estaba encerrado en un cuarto de paredes blancas en las que se proyectaban imágenes de él junto a Marina Dolzer. Las imágenes reflejaban diversos momentos felices de ellos como pareja, como así también marcaban una reconstrucción de su historia de amor.
Bertoldi las contemplaba conmovido al mismo tiempo que no paraba de preguntarse dónde estaba y qué estaba pasando.  Repentinamente, un hombre vestido con una túnica blanca apareció de la nada y se paró frente a él. Cuando Bertoldi lo observó, se sobresaltó… ¡Era él mismo!
_ Tranquilo_ dijo su otro yo._ Soy vos. Mejor dicho, soy tu conciencia.
_ ¿Estoy en un sueño?
_ Estamos en la parte de tu cerebro que controla los recuerdos y las emociones. 
_ Son todos recuerdos con Marina.
_ El cerebro guarda aquéllos recuerdos felices y borra los que cree innecesarios. No es casual que todos los recuerdos que tu cerebro conservó sean los de vos y Marina, precisamente.
_ No entiendo…
_ Yo, como tu conciencia, sé que a Marina la querés más de lo que le demostrás a ella. Hace tiempo que la desatendés y no está bueno eso.
_ Sí, pero me asfixia y…
_ Pero, eso no justifica que la dejes sola por semanas enteras…
_ Qué sé yo.  Me cuesta manejarlo.
_ Vos no querés que la maten. Yo lo percibo. Soy tu conciencia. No se me escapa nada de todo lo que te pasa y te afecta a vos.  Pagá el rescate y listo. Y todos felices y contentos.
Bernardo Bertoldi volvió a mirar los recuerdos de su esposa pero esta vez con mayor afecto y devoción.
_ Dale. La plata la tenés_ le insistió su conciencia.
_ Lo que tengo en el banco son los ahorros de toda mi vida_ adujo Bertoldi angustiado.
 _ No seas amarrete. Usalos con un fin noble, que es salvar a la mujer que amás de las manos del loco que la tiene secuestrada.
_ Yo quiero salvarla. ¿Cómo voy a querer que la lastimen? Pero, si entrego el rescate, ella va a volver a mí… Y yo no sé si quiero seguir con ella. Me pasa que no siento la relación como antes. Algo cambió. Los dos nos damos cuenta de eso.
_ ¿Vas a poner los sentimientos por encima de una vida humana?
_ No me malinterpretes, por favor…
_ No te malinterpreto por el simple hecho de que soy tu conciencia y conozco a la perfección tu manera de pensar. ¡Me hiciste pasar cada vergüenza! Pero obviemos eso. Pagá el rescate y dejate de hinchar.
_ ¿Y si va otra persona en mi lugar?
_ ¿A quién querés mandar?
_ No sé. Paro a alguien en la calle, le explico la situación, lo que tiene que hacer, le doy la plata y listo. Si el secuestrador no me vio nunca la cara. Y Marina no tiene que enterarse que la guita la puse yo.
_ Es muy arriesgado. A quien pares en la calle le vas a generar una duda razonable. Es raro que un tipo lo frene en la vía pública y le cuente que le secuestraron a la esposa y todo eso. Va a desconfiar y te podés meter en líos. Además, el que tiene a tu mujer no te vio pero te escuchó. Y se va a dar cuenta que la voz del flaco que le entrega el rescate difiere de la que escuchó por teléfono. Y ahí tenés un gran punto en contra. Estos tipos no son idiotas.
_ ¿Y qué querés que haga?
_ ¡Que actúes como un esposo hecho y derecho y pagues!
El tire y afloje entre Bernardo Bertoldi y su conciencia duró unos minutos más, hasta que Bertoldi decidió pagar el rescate por la liberación de Marina Dolzer sana y salva.
Dio un sobresalto excitado y se despertó tirado en la calle. Había gente que lo rodeaba. Un médico intentó asistirlo pero él lo evadió diciéndole que tenía que hacer algo de carácter urgente. Le agradeció la preocupación y fue directo hasta el banco, retiró la plata y esperó la llamada del secuestrador.
Su celular sonó y atendió exasperado pero tratando de no perder la calma en ningún momento. Eso podía significarle poner en riesgo la vida de Marina Dolzer.
_ ¿Ya tenés la guita?_ preguntó el desconocido.
_ Sí. ¿Cómo me reencuentro con mi mujer?_ repuso Bertoldi con firmeza.
_ Tranquilo. Paso a paso. Poné la plata en una bolsa de consorcio, andá por Juan B. Justo derecho hasta Honduras. Doblá por Honduras hasta el paso a nivel. Ahí vas a ver un tacho de basura grande. Poné la bolsa adentro y volvé por donde fuiste. Cuando me cerciore que los billetes no están marcados, los números de serie no son consecutivos y no hay implantado ningún rastreador, te voy a volver a llamar y a decirte dónde encontrarte con tu esposa.
Y cortó la comunicación sin más. Bernardo Bertoldi estaba afligido y sumido en una preocupación recóndita. Pero cumplió con las demandas del captor a rajatabla. Pasados veinte minutos de cumplidas las órdenes, el señor Bertoldi se metió en un bar sobre avenida Santa Fe y tomó un café irlandés para tranquilizarse, aunque no podía. Estaba pendiente de su celular. Cada segundo que pasaba y no sonaba, su consternación iba en aumento constante.
Finalmente, recibió la llamada que tanto esperaba. Bernardo Bertoldi pagó la cuenta con apuro y salió corriendo.  Se reencontró con Marina Dolzer en un pasaje desierto. Ni bien se vieron, corrieron el uno hacia el otro a fundirse en un abrazo sentido y cargado de mucha emoción.
_ Perdoname_ le dijo Bertoldi a Marina Dolzer con mucha sinceridad y afecto._ Perdoname, casi lo arruino todo. Te descuidé por gil, nada más. No sé qué me pasó. Me dejé llevar por una idea absurda y ridícula. Juro que de ahora en más voy a cuidarte como nunca.
_ Ya está_ le respondió ella con dulzura y una sonrisa.
Se miraron por unos instantes y se besaron con intensidad.

                                                                                   ***

_ Le estoy inmensamente agradecida, señor Betancourt_ le dijo Marina Dolzer al detective._ Mi marido me dijo algo acerca de unas paredes blancas, que imaginó que su conciencia le hablaba, y que vio recuerdos de nosotros dos en estos quince años de casados… Fue brillante.
_ Son todas las fotos que usted me facilitó_ repuso León Betancourt._ Verdaderamente el plan no hubiese funcionado si el actor que contraté, un viejo amigo mío, no hubiera desempeñado tan bien el rol de conciencia de su marido.
_ ¡Pero Bernardo me dijo que era su calco! ¡Que se vio él mismo!
_ Mérito del maquillador. Conozco una productora actoral desde hace años. Son amigos míos. Los salvé en un juicio de perderlo todo. Hice el trabajo que su abogado no hizo. Por supuesto, porque se vendió al mejor postor. No tenían cómo pagarme y les ofrecí colaborar conmigo cuando fuese necesario.
_ Meterse en su cabeza y fingir ser la parte del cerebro que controla las emociones y los recuerdos… ¡Usted es fabuloso!
_ ¿Eso le dijo Bernardo?
_ Textualmente. Hay dos cosas que me preocupan de momento.
_ ¿Cuáles?
_ Que Bernardo haga la denuncia en la Comisaría por mi supuesto secuestro.
León Betancourt sonrió con arrogancia y tomó del primer cajón de su escritorio un sobre con unos papeles dentro, que se los extendió a la señora Dolzer. Ella los miró con rareza.
_ ¿Qué es esto?_ indagó Dolzer con curiosidad.
_ Son unos permisos extendidos por el Gobierno de la Ciudad que indican que la productora en cuestión estaba filmando una película en todas y cada una de las locaciones utilizadas en el montaje que armamos. Todo el secuestro fue… Una actuación. _ Y dejó escapar una fina risita.
_ Dudo que su esposo pueda legalmente hacer algo._ continuó.
_ Supongo que obró usted correctamente.
_ ¿Cuál es la otra cuestión que la preocupa, señora Dolzer?
_ Sus honorarios.
_ Ya los pagó su esposo con el monto del rescate. Con eso, le pagué a la productora y a toda la gente suya que colaboró.  Y cubrí además el alquiler del proyector con el que pasé las fotos.  Lo que sobra es mi retribución por los servicios prestados. La misma cifra del rescate figura en el presupuesto que pasamos para que el Gobierno nos diera permiso de filmar.
León Betancourt le devolvió todas las fotos a Marina Dolzer y la despidió gentilmente. Se sentó de nuevo en su despacho, tomó una lapicera y una hoja en blanco y redactó unas líneas:


“Sentí mucha complacencia en ayudar a una mujer en resolver un problema que difiere de los que habitualmente la profesión me tiene acostumbrado a satisfacer. Y además, bajo métodos muy poco convencionales. Decididamente, el arte del engaño deja mucha mejor ganancia”.

viernes, 23 de agosto de 2019

Difícil Decisión (Gabriel Zas)





Tenía que atender a su primer paciente. Era odontólogo y había terminado la Facultad hacía menos de dos meses.  Y había conseguido un empleo de medio tiempo en un consultorio particular cerca del Microcentro  porteño.
Miraba al paciente con incertidumbre. La mano le temblaba terriblemente y no podía controlar sus movimientos ni con toda la voluntad del mundo. Medía la distancia, examinaba el terreno, calculaba la fuerza del instrumento que iba a utilizar, pero no se animaba a arrancar todavía. Los nervios podían más.
El jefe lo miró severamente y le advirtió que si no atendía al paciente de inmediato, lo iba a echar. Él tenía que tomar una difícil decisión. Pero no, no podía. Por más que quisiera, no podía empezar. Su pulso estaba desestabilizado.
Era comprensible. Nunca antes en la vida había tomado una pistola y le había apuntado directo a la frente a alguien.

lunes, 19 de agosto de 2019

No culpable (Gabriel Zas)






Él ingresó a la sucursal del Banco fuertemente armado, tomó rehenes y permaneció adentro por más de tres horas mientras negociaba su entrega con el oficial al mando del operativo. Aceptó un acuerdo casi de modo forzoso, quizás acorralado por los agravantes de las circunstancias, y se rindió apaciguadamente. Salió quedamente con las manos en la nuca a reglamento de protocolo. Pero cuando un oficial le retiró el pasamontañas que le cubría el rostro se decepcionó al reconocer que se trataba de un rehén. Posiblemente, él se haya vestido de policía y haya huido sin que nadie lo notara delante de sus mismas narices.
Las autoridades tenían desconocimiento absoluto del momento del escape, por lo que estimaban que les llevaba un tiempo importante de ventaja.
Requisaron las cajas de seguridad y la bóveda de la entidad financiera, lo que determinó que el ladrón sustrajo más de cincuenta millones de pesos.
Después de unos meses de búsqueda intensa, lo atraparon y lo encarcelaron con prisión preventiva sin derecho alguno a caución. Su abogado defensor apeló la medida en todas las instancias legales habilitadas, pero con resultado nulo, y su cliente esperó el juicio entre rejas.
El tribunal lo condenó a diecisiete años de prisión efectiva a cumplirse desde el minuto uno de dictado el veredicto.
Su abogado defensor apeló en instancias superiores. La Cámara de Apelaciones le dictó la absolución definitiva, la Fiscalía apeló el fallo en Casación y Casación confirmó el dictamen, para indignación y malestar tanto de los responsables del Banco como de las víctimas del asalto.
Él fue estafado por el Estado, hizo un juicio y lo perdió. No pudo solventar las costas y lo embargaron. Para colmo, no tenía trabajo y su hija necesitaba ser operada de urgencia, y tenía un aviso de remate de su propiedad por adeudar la hipoteca desde hacía cinco meses. Empleó el dinero que robó con estos fines. Y lo que le sobró, lo donó a entidades de caridad y bien público.
La Justicia entendió que hizo un mal por un bien mayor que lo ameritaba y justificaba, y de la que en parte él había resultado perjudicado.
Entonces, frente a este ejemplo, ¿cómo funciona realmente la Justicia en nuestro país y en detrimento de los intereses de quién responde verdaderamente? Es algo que nunca podremos entender.




Aniversario (Gabriel Zas)




Fue ella la que lo invitó a salir a él, y no al revés, como habitualmente se estila.
Él se sentía agraciado, complacido, emocionado. Lo que en su imaginación le resultaba una utopía propia de un anhelo romántico, se había materializado en la realidad.
Incluso, fue ella la que eligió el restaurante, el día y la hora de la cita.
Hablaron de todo un poco hasta que el mozo les sirvió la cena.
_ Es un lugar muy lindo y muy elegante. Me sorprendiste gratamente_ elogió él con una sonrisa de felicidad._ Si seré curioso, ¿por qué lo elegiste?.
Probó un bocado de su plato y empezó a marearse hasta que prácticamente quedó inconsciente.
_ Porque hace exactamente un año atrás_ respondió ella con malicia _ asesiné a mi primera víctima de la misma forma que a vos y en esta misma mesa.
Él convulsionó frenéticamente y sus ojos se cerraron para siempre.
Ella se levantó de su asiento, dirigió sus pasos hacia él, se paró a su lado, lo contempló unos segundos y se acercó al cuerpo.
_ Feliz aniversario, mi amor_ le susurró con insolencia y ultraje.
Así recordó el engaño del que ella fue víctima y su consecuente venganza. No había otra forma que pudiera aliviar todo el dolor que aún sentía por dentro.

lunes, 22 de julio de 2019

El León de Nemea (Gabriel Zas)




Claudio se levantó a las siete y media de la mañana, y prendió la radio mientras calentaba el agua para tomar unos mates.
"Susana Spak, quien fuera secuestrada anoche cuando regresaba a su domicilio en la localidad bonaerense de San Miguel, fue liberada hoy a la madrugada a la vera de un descampado situado a un costado de la Ruta Provincial N°8, a la altura del barrio Altimpergher de José C. Paz, sana y salva. Fue encontrada por un particular que pasaba de casualidad por la zona. Detuvo su marcha, la asistió, la llevó al hospital municipal y se le dio rápida intervención a la Justicia. Se espera que Susana Spak dé su testimonio frente al fiscal del caso, el dr. Leónidas Roca, en los próximos días para esclarecer lo que le sucedió y dar con el o los responsables de su desaparición.
Sin embargo, la Policía trabaja con la hipótesis de que Susana Spak fue una víctima más del temido León de Nemea.
Así apodaron las autoridades a este sujeto desconocido hasta el momento porque su modus operandi consiste en secuestrar mujeres casadas, previa investigación de inteligencia; obligarlas a contactar a sus maridos por teléfono para darles cita en un punto específico, y una vez consumado el encuentro, las amenaza frente a ellos. Les pide algo a cambio, ellos acceden coaccionados por la situación, se retiran y él las libera horas después en un lugar solitario, como hizo con Susana Spak, su víctima número 15.
Por eso, la Justicia espera dar con su esposo cuanto antes para que brinde su versión de lo sucedido, aunque estiman que no arroje ningún dato de interés para la causa como ocurrió en los casos anteriores.
Seguimos con más información en esta mañana fría...".
Claudio recorrió con el dial otras frecuencias mientras se cebaba unos mates. Luego apagó el aparato, se terminó de vestir y fue a su oficina.
_ Viniste más temprano hoy, ¿qué pasó? ¿Dejaste a tu Jermu con el amante?_ le dijo un compañero de oficina, con sarcasmo.
_ No seas imbécil_ respondió Claudio, en un tono de voz entre indignado y desinteresado._ Viajó ayer a la noche para Formosa. Fue a ver a la madre, que está internada. Los hermanos, bien gracias.
_ ¿Te vas a ir para allá?
_ Voy en coche este fin de semana. Después, voy a llamarla para avisarle y preguntarle cómo está todo.
_ Y mientras tanto..._ dijo el otro, con picardía y cambiando su actitud severamente.
_ Y sí_ repuso Claudio con una sonrisa cómplice._ Le dije a Patricia que se venga a casa. Que le meta una excusa al marido y chau. Se traga todas las excusas el tipo ése. Encima, le conté a mi terapeuta sobre mi relación prohibida con ella. No sé si hice bien o no en decírselo.
_ Está bien. Vas para desahogarte de los problemas que te asfixian y contarle lo que te pasa y te preocupa. Es un profesional. No puede violar la confidencialidad paciente y licenciado. Tranquilo. Todo queda entre las cuatro paredes del consultorio.
Claudio recibió una llamada de su psicólogo, que le había adelantado la sesión de ése día dos horas antes por un inconveniente personal surgido a último minuto. Le pareció bien, inclusive más cómodo, y aceptó gustoso.
Salió antes del trabajo para llegar a horario. Hizo diez cuadras con su coche y se le quedó. Pidió asistencia a la aseguradora y le enviaron un mecánico enseguida. Le dio propina al personal que se trasladó hasta allá para que le cuiden y le guarden el  vehículo, y él se tomó un taxi hasta el consultorio del licenciado Morales. Llegó a horario, pese a los retrasos sufridos. Claudio no toleraba la impuntualidad.
La sesión duró un poco más de una hora, y el psicólogo se ofreció alcanzarlo con su coche.
_ Gracias, licenciado_ agradeció gentilmente Claudio._ Voy a casa a cambiarme y me voy a la aseguradora a ver qué pasó con mi auto. Es un misterio. Andaba perfecto y de repente, se paró y no arrancó más.
_ La mecánica es así. Igual, despreocúpese que lo dejó en buenas manos. ¿Vamos?
Durante el trayecto, hablaron de temas variados, de manera más abierta y sociable. Luego, se callaron abruptamente y Morales encendió la AM. Seguían hablando del León de Nemea.
_ Qué cosa el tipo ése_ comentó Claudio._ Secuestra mujeres, engaña a los maridos, les roba, las libera y no lo agarran. Así estamos.
_ ¿Quién sabe? La mentalidad de estos tipos es muy compleja. Es muy interesante estudiar la mente de los criminales. Cómo piensan, cómo sienten, cómo viven... La mente humana ya de por sí es un enigma encerrado en sí mismo.
_ Usted absorbió un poco de todas las doctrinas.
_ Leí Freud, Lacan, Keynes, tomé un poco de cada uno y entiendo la psicología desde un punto de vista propio.
_ ¿Cuál es su diagnóstico, entonces, sobre este tipo?
_ Busca venganza, eso es claro. Lo curioso es que no lastima físicamente a sus víctimas, y es porque experimenta y distrae la atención a su vez. Digo, él busca llegar a alguien en particular. Alguien muy cercano que lo traicionó.
Miró a Claudio con frivolidad y no dijo más nada. Cuando aquél se dio cuenta que se había desviado del camino y había enfilado para un destino completamente diferente y distante del principal, ya era demasiado tarde para hacer algo.
Pensó en intentar reaccionar, pero un impulso espontáneo lo detuvo y le hizo entender que cualquier clase de resistencia sería inútil. Lo mejor era esperar. Y francamente, ésa idea lo asustó demasiado. ¿Pero, acaso podía hacer otra cosa? Lo único evidente era que el licenciado Morales lo había raptado aún sin saber porqué. Y comprendió con la misma rapidez que lo que sucedió con su coche no fue ningún accidente. Mantener la calma era lo mejor que podía hacer.
El vehículo frenó frente a un enorme galpón abandonado, situado en medio de la nada. Claudio no sabía con exactitud dónde estaba y tampoco se arriesgó a preguntar. Sólo iba a limitarse a seguir las directrices del licenciado Morales.
Entraron al galpón. Era un ambiente sucio, hacinado y desvencijado, y sin ventanas que diesen al exterior. Estaba además completamente en penumbras.
Morales extrajo una linterna para alumbrar el espacio. Lo invitó a Claudio a interponerse delante suyo para liderar la marcha y a punta de pistola lo guió hasta una pequeña habitación cerrada con candado.
Al ingresar, un bulto macizo atado a una silla de madera captó la atención inmediata de Claudio. Se desesperó considerablemente al reconocer en ésa imagen a Patricia. Estaba muy asustada. Sus ojos eran un testimonio locuaz de sus más profundas emociones.
Claudio lo miró al licenciado Morales con ingenuidad. No podía entender que quien lo trató por más de dos años fuera en verdad un criminal.
_ ¿Usted? ¿Usted es el León...?_ balbuceó Claudio tartamudeando. Y contuvo sus palabras de golpe.
_ ¿Quién iba a sospecharlo, no?_ respondió el terapeuta con arrogancia._ Esto le pasa por hablar de más. No le tiene que contar absolutamente todo lo que le pasa a su psicoanalista. Siempre necesita guardarse algo para usted. Pero ya es tarde para que acepte mi recomendación, ¿no? Demasiado tarde.
Señaló a la prisionera.
_ Perdón, no los presenté_ ironizó Morales con soberbia._ Ella es Patricia, su amante... Y también mi esposa.

martes, 16 de julio de 2019

El trabajo (Gabriel Zas)





 


Los dos hombres se dieron cita en un bar de Boedo a las nueve en punto de la mañana.
Se sentaron frente a frente y se estudiaron fríamente mientras se miraban con indisimulable desconfianza. Después de unos pocos minutos de repetirse la escena, decidieron abrirse al diálogo.
Uno de ellos, el más joven, sacó de su portafolio un sobre madera, lo apoyó con suavidad sobre la mesa, y con la misma delicadeza, lo deslizó hacia el otro hombre. Aquél lo recogió sin despegar la vista del otro.
_ El pago por adelantado y la foto del trabajo_ dijo por lo bajo, en tono confidencial._ La pistola la recibirá esta misma tarde por correo. Estará camuflada en una caja de un electrodoméstico que tendrá sello oficial de la empresa que lo vende. Nadie va a sospechar nada fuera de lo ordinario, despreocúpese por eso.
_ ¿Qué hago después?_ preguntó el sicario con abrumadora frialdad.
_  Dele dos disparos certeros al pecho y oculte la pistola en el ladrillo falso de la parrilla. Tres lugares izquierda a derecha desde el extremo y después dos lugares hacia abajo. Yo me encargo de ocultarla. Ahí mismo recoja la otra mitad del pago y desaparezca. Y no vuelva a contactarme nunca más.
_ Si sale algo mal, usted cae conmigo. Y me voy a encargar que lo pague caro. ¿Le queda claro?
_ Usted use guantes y deje limpio todo, Quinteros. Está todo calculado. Sino llamo a otro y listo. Usted decide.
_ Nunca me hecho atrás cuando acepto un encargo. ¿Por qué quiere hacer esto? Quiero conocer todos los detalles del blanco. Es rutina, ¿sabe?
_ Samanta me fue infiel. Y descubrí hace poco además que va a irse definitivamente a Brasil con el imbécil ése que tiene de amante dentro de exactamente dos días. Es necesario que sea hoy. ¿Comprende la urgencia del asunto, Quinteros?
El mercenario hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
_ Yo le voy a facilitar la entrada. Hace lo suyo, sale, se mete en mi auto y huye lejos. Yo arreglo las cosas ahí y me voy. Está todo pensado. Un plan sencillo pero inflable.
_ Eso es lo que más me preocupa de todo: la sencillez.
_ ¿Para qué vamos a complicarnos? Lo sencillo es igualmente efectivo que una estrategia cuidadosamente diseñada. A distinto método, igual resultado, ¿no?
_ Eso espero.
_ No sea pretensioso. ¿Quiere, Quinteros? Me rompe mucho la gente pretensiosa. Yo lo contrato y usted hace lo que le pido. ¿Le queda claro eso?
El hombre asintió casi forzosamente y en total disidencia.
Pidieron dos cafés para no llamar la atención, hablaron normalmente, pagaron la cuenta y se retiraron.
A las 16:30, Quinteros recibió en un domicilio falso la pistola por encomienda oficial. El cartero que la llevó realmente pensó que había entregado una cafetera nueva. Quinteros firmó el acta de entrega y cerró la puerta sin ni siquiera saludar al empleado del correo. Tomó las cosas y se fue a cumplir con el trabajo sin perder tiempo.
Él lo llevó en auto hasta la casa en cuestión, Quinteros cumplió con el trabajo y volvió al coche, tal cual lo planeado. Él le cedió las llaves del coche, se bajó y lo vio alejarse a toda marcha. Toda la escena duró apenas siete minutos clavados.
Él entró a la casa y fue directo adonde se había producido el hecho. Hizo una mueca de satisfacción cuando contempló el cuerpo de su esposa tendido sobre la alfombra boca arriba, inerte, con los brazos extendidos hacia los costados y los ojos terriblemente abiertos que miraban al unísono.
Dio media vuelta, hizo unos pasos y dos balazos que dieron directo en la parte media de su espalda lo fulminaron in situ.
Samanta, su esposa, se levantó repentinamente sosteniendo una pistola entre sus dedos y miró el cuerpo de su marido por unos instantes. Seguidamente, se abrió la camisa y se quitó el chaleco antibalas. Sintió unas punzadas que le oprimían el pecho pesadamente, pero al menos estaba viva.
_ ¿Así que quisiste matarme para quedarte con toda mi fortuna, desgraciado? ¿Iba a ser otra víctima tuya? ¿La número cuánto?_ dijo Samanta, fragosa._ ¿Te creés que no te investigué? Te hacías el galán, conquistabas mujeres ricas y solteras, y después contratabas siempre a alguien distinto para hacer el trabajo sucio. Así, nunca te agarraban. Les pagabas dos mangos y vos te quedabas con todo el resto. Pero yo me adelanté a vos y bueno... La fortuna compra todo, ¿no? Hasta asesinos a sueldo, como Quinteros. Les pagás el triple y se venden sin pensarlo dos veces.
Fue hasta el teléfono, levantó el tubo y marcó nerviosa y ansiosa a la vez.
_ Soy yo_ dijo Samanta cuando atendieron._ Ya está. Volvé para acá rápido. ¿Preparaste el auto de él como te pedí?... Perfecto. Estacionalo en la puerta mal a propósito para dar una falsa apariencia y entrá. Yo le planto la pistola y acomodo el cuerpo. Que parezca que fue en legítima defensa. Vos encargate de esconder el chaleco antibalas que me puse... Sí, tranquilo. Van a creer que él vino a matarme, que en parte es cierto, y yo me defendí. El plan salió perfecto. Lo único que no encaja es que en el apuro le pegué los tiros en la espalda... Sí, buena idea. Hagamos eso, Quinteros.


martes, 4 de junio de 2019

Está hecho (Gabriel Zas)





Él siempre buscaba la perfección de los detalles. Era muy importante que ella se sintiera cómoda cada vez que se veían.  Las velas encendidas tenuemente, la sala en penumbras y la música funcional de fondo eran parte del ritual romántico que él implementaba noche tras noche.
Ella lloraba, se le erizaba la piel y no podía contener su emoción ante tanta demostración de afecto.
Un día, no había nada para cenar y él salió a comprar los ingredientes necesarios para cocinarle a ella su plato predilecto.  Cuando regresó, ella no estaba. Se notaba su ausencia en el aire de la morada que compartían juntos hacía poco más de seis meses.
Él se angustió. La bolsa del supermercado se le resbaló de la mano involuntariamente, estrellándose de manera estrepitosa contra el suelo.  Empezó a sudar, a entrar en pánico. Estaba siendo víctima de una crisis que por mucho que quisiera, le iba a resultar imposible controlar con absoluta facilidad. La buscó desesperadamente por cada rincón de la casa. Revisó hasta en los lugares más recónditos. Nada. No había rastros de ella.
Él se dejó caer bruscamente sobre una silla. Sollozaba a borbotones, tapándose la cara con ambas manos. ¿Qué había pasado? Todo era un completo enigma a resolver.
Repentinamente, la sombra de una mano que sostenía una pistola emergió de la nada misma y disparó impiedosamente contra él.  Recibió dos disparos arteros en el pecho. Cayó muerto.
La sombra dejó verse: era ella. Soltó la pistola nerviosa y se acercó a paso lento hacia el cadáver de él. Lo miró con los ojos enajenados y el rostro rubicundo, y le regentó una sonrisa lacónica y lasciva.  
_ Se terminó_ dijo ella, completamente satisfecha._ Ya no más calvarios, ya no más maltratos, ya no más insultos ni golpes ni destrato.  Ahora soy una mujer libre, verdaderamente libre. Terminaste como te merecías, basura. Y nunca vas a saber cómo me desaté de tus cadenas.
Fue al baño, se paró frente al espejo y se quitó la blusa. Miró su torso desnudo lleno de marcas, magulladuras y golpes de todo tipo. No pudo evitar llorar compulsivamente al verse así.
_ ¡Se terminó!_ fue lo único que pudo decir en esos momentos._ ¡Por fin, se terminó! Se terminó para siempre.