domingo, 5 de abril de 2020

El misterio del cuarto cerrado (Gabriel Zas)





A simple vista, nadie tenía motivos aparentes para querer asesinar a la señorita Juanita Rugama, que si no fuera porque su fiel sirvienta, la señora Esther Burgos, que arriesgó su vida en pos de salvar la suya, ella estaría muerta. Lamentablemente, Esther Burgos falleció como consecuencia de este acto de valentía que Juanita Rugama nunca olvidaría y por el que se sintió culpable y llena de remordimiento.
La noche fatal, Juanita Rugama se levantó de madrugada para ir a la cocina a beber un poco de agua porque sentía la garganta reseca, cuando fue sorprendida por una voz masculina distorsionada que le advirtió: “Juanita, llegó su hora. Va a morir ahora mismo”. Ella, por supuesto, se asustó y se angustió terriblemente. Miró para todos los rincones de la cocina pero no vio a nadie. Desesperada, corrió a cerrar todas las ventanas con trabas y las puertas con cerrojo y llave, aunque eso ya lo había hecho antes de irse acostar como todas las noches. Gritó desesperada y al no ver nada sospechoso en una segunda revisión apresurada que realizó, subió corriendo a su habitación. Al llegar al primer piso de la casa, la señora Burgos la esperaba con miedo. La señorita Rugama le ordenó hacer silencio y la introdujo con mucha precaución en su habitación. Una vez dentro, cerró la puerta con llave, se guardó la llave en su bolsillo y su sirvienta, la valiente señora Esther Burgos, hizo lo propio con la ventana. Aunque resultaba imposible que alguien se metiese por ahí ya que el primer piso estaba a tres metros de altura de la planta baja y no había ninguna escalera colocada. Y la propia señorita Rugama no disponía de ninguna.
Juanita Rugama encendió una vela tenuemente y ambas mujeres permanecieron inmóviles y acurrucadas atentamente en un costado de la habitación. Todo parecía calmo hasta que una sombra masculina que la luz de la vela deformaba por refracción emergió de la nada y extrajo un revólver. Apuntó directo a Juanita Rugama pero en ese momento, la señora Esther Burgos no dudó en interponerse entre el asesino y su ama, y el resultado fue su muerte. Recibió dos disparos en el pecho. El hombre se asustó y desapareció atravesando la pared de forma aterradora.
_ ¡Es imposible que escapara!_ le dije a Dortmund, nervioso e intrigado a la vez, por la imposibilidad que los hechos ofrecían.
_ No_ me replicó mi amigo quedamente._ Si escapó, es perfectamente posible y es razonable que empleara un método que nosotros ignoramos de momento.
_ Pero, la cerradura de la puerta de entrada no estaba forzada y todas las ventanas estaban trabadas por dentro y todas las cerraduras de todas las puertas, incluidas las de la habitación de la señorita Rugama, estaban a su vez con llave y cerrojo, y el pestillo echado por dentro. Entonces, Dortmund, ¿cómo explica la entrada y la huía del asesino? ¡Yo lo veo imposible!
_ Doctor, de momento me preocupa más la seguridad de la señorita Juanita Rugama. El asesino es posible que ante su fracaso, vuelva a atentar contra su vida. Y es muy probable que lo intente esta misma noche. Nosotros deberemos estar atentos para atrapar al asesino in fraganti y dilucidar el misterio. ¿No le parece?_ y me dirigió una sonrisa misteriosamente impertinente.
_ Qué hombre más audaz e intrépido.
_ ¿Cómo sabe que el asesino es un hombre?
_ Lo dijo la propia señorita Rugama en su testimonio. Antes del atentado, la amenazó.
_ También dijo que nadie tenía motivos para matarla y que todo este asunto la tenía demasiado perturbada. Y por supuesto, sintió mucho pesar por la muerte de su fiel criada de toda la vida, la pobre señora Esther Burgos.
_ ¿Qué insinúa, Dortmund?_ le dije no sin cierta sorpresa.
_ Sólo remarco los hechos.
Y el silencio reemplazó a la palabra. Escrudiñé a mi amigo con intensidad y misterio.  Pero el inspector estaba sumamente tranquilo y ensimismado en sus pensamientos.
Ése mismo día a la tarde fuimos a casa de la señorita Rugama, que amablemente nos permitió examinar la habitación donde había tenido lugar el drama la noche anterior. Dortmund examinó minuciosamente el piso y todos los espacios del ambiente. Y al cabo de unos minutos, le hizo una pregunta un poco curiosa a la dueña de casa.
_ Todos los sirvientes tienen un secreto, algo en sus vidas que sólo lo saben la persona para la que prestan  servicio.  La señora Burgos trabajaba con usted hacía 22 años, si mal no recuerdo su declaración ante el capitán Riestra y el fiscal del caso ayer.
La mujer palideció y escrutó a mi amigo con cierta insolencia y perplejidad.
_ ¿Eso es importante?_ preguntó la señorita Juana Rugama al fin.
_ Curiosidad que despierta mi interés profesional en este asunto, nada más_ respondió Sean Dortmund, galantemente.
_ ¿Y por qué se inmiscuye en él alguien como usted?
_ Presto ayuda a mi amigo, el capitán Riestra. El jefe de Homicidios de la Policía Federal. Siempre que puedo, lo ayudo gustosamente. Nos conocimos en un caso que él investigaba hace muchos años atrás que me hizo venir a mí al país. Acepto que lo ayude y…
_ Sí, sí. No sé qué tiene que ver eso con la muerte de Esther. La prioridad soy yo, no se olvide de eso.
_ No me olvido. El asesino no intentará matarla en tanto el buen capitán Riestra mantenga apostados en su casa a los dos oficiales que delegó por sugerencia personal mía.
_ No me confío.
_ No me respondió lo que le pregunté respecto a su sirvienta, señora Rugama.
_ ¡Señorita! Nunca me casé.
Y desvió la mirada hacia el piso. Ésa actitud le dio a mi amigo una respuesta favorable a su inquietud.
_ Pero sí iba a hacerlo la señora Esther Burgos, ¿correcto? Iba a dejarla después de 22 años de servicio leal.
_ Sí, ¿y? Me enojé con ella, lo admito. Pero era libre de hacerlo. Sólo le pedí que se quedase un tiempo más conmigo hasta que consiguiese un reemplazo.
_ ¿Qué pasó exactamente ayer a la noche?
Juanita Rugama enloqueció sórdidamente.
_ ¡Ese hombre, Dios! ¡Ésa sombra! ¿Cómo hizo para escapar? Era imposible... ¡Voy a enloquecer pensando en eso!
Mi amigo la sosegó con mucha paciencia, pero también con experiencia.
_ ¿Está segura que no había una abertura, por más insignificante que fuese, habilitada por donde el asesino pudi haberse escabullido hábilmente?
_ ¡No! La Policía ya lo comprobó... ¡No! Se movía como un espectro...
A punto de colpasar, Dortmund interpretó que fue un error continuar con las preguntas, y de luego de volver a sosegar a la señorita Rugama, decidimos retirarnos por su propio bien y el de la investigación.
_ Muy bien. Nos retiramos. Cualquier cosa, estamos a su disposición.
Durante el camino de regreso a nuestra residencia, Dortmund me contó que la habitación estaba impecable.  Se refería puntualmente a que no había pisadas de hombre de ninguna naturaleza. A la misma conclusión habían arribado los investigadores cuando peritaron la escena.
_ El asesino debió limpiarlas_ sugerí.
_ Eso no es posible, doctor. Recuerde que según el relato de la señorita Rugama, el desconocido disparó y huyó de la escena inmediatamente, por lo que no tuvo tiempo de limpiar nada.
_ ¿Pero, cómo huyo? ¿Y cómo entró? Porque ninguna cerradura estaba forzada.
_ Use la lógica. Ay, doctor. El caso está casi resuelto_ y mi amigo sonrió satisfecho.
Lo mismo que yo, el capitán Riestra estaba desorientado y cada vez comprendía menos. Y cuando menos, Sean Dortmund tuvo una extraña ocurrencia. Invitar a la señorita Rugama a almorzar a un restaurante.
_ Es un señuelo, señores_ nos dijo Dortmund a Riestra y a mí. El capitán había acudido a nuestro departamento  en respuesta a una llamada telefónica del inspector que requería su presencia urgentemente.
_ No entiendo_ dijo Riestra algo desvariado.
_ Es claro que el asesino quiere terminar lo que empezó. Pero no se va a atrever a actuar con la Policía vigilando a la señorita Juanita Rugama noche y día. Es preciso sacarla de su zona de confort y llevarla a un lugar público, donde todo el trabajo se reduciría a la más mínima simpleza para nuestro desconocido.
_ Al menor movimiento, lo agarramos. Bien pensado, Dortmund_ celebró Riestra.
La señorita Rugama era una mujer terca, pero finalmente la convencimos con pretextos para que acepte la invitación. Una vez en el restaurante, ella pidió un café solamente porque alegaba tener el estómago cerrado. Cuando el mozo lo despachó, inmediatamente detrás apareció un hombre que hizo un gran esfuerzo por ocultar su identidad. Simuló un accidente con la señorita Juanita Rugama y desapareció. Ella miró a aquél extraño caballero sin que eso llamara en absoluto su atención y bebió un sorbo de su café. Inmediatamente, empezó a sentirse mal y a retorcerse terriblemente.
_ ¡La envenenaron!_ grité alarmado._ ¡Atrapen a ese hombre, rápido! ¡Por el amor de Dios!
_ No se exaspere, doctor_ me tranquilizó Sean Dortmund, tomándome la mano delicadamente y deteniéndome de toda acción que pudiera ejercer.
Aquél hombre misterioso reapareció nuevamente y se dejó ver sin tapujos: ¡era el capitán Riestra! Y Dortmund, dirigiéndose nuevamente hacia la señorita Rugama que se estaba reponiendo paulatinamente de su malestar, le expresó sucintamente.
_ No se preocupe, no va a pasarle nada. Son apenas unas gotas de ácido fórmico.  Va a estar bien.
_ Señora Juana Rugama_ proclamó el capitán Riestra con autoridad, _ queda detenida por el asesinato de Esther Burgos.
La esposaron y se la llevaron detenida.
A la tarde, instalados en nuestra residencia definitivamente, Dortmund me lo confesó todo.
_ Después de examinar la habitación de la señorita Rugama, cometí la impertinencia de revisar el cuarto de la señora Burgos. Y descubrí que había una maleta ya hecha debajo de su cama y adherido encima, había un documento del registro civil. Ahí mis sospechas empezaron a tomar forma. Y cuando llamé a Juanita Rugama señora intencionalmente y ella me corrigió a señorita y se perturbó y esquivó la mirada hacia el suelo, ¡se confirmaron! Juanita Rugama nunca se casó por decisión personal. Eso de algún modo la tenía mal. Pero, doctor, ¿cómo reaccionar cuando se entera que la mucama que trabajó con ella durante 22 años iba a dejarla de repente porque se iba a casar con un hombre?  Se puso celosa, tremendamente celosa. Porque además, debió sentirse traicionada. E idea un plan. Baja a la cocina con la excusa de tomar agua, toma un grabador que tiene puesto un casete con la cinta dañada y que al reproducirse, la voz va a salir deformada. ¿Qué voz? La suya propia, que decía: “Juanita, llegó su hora. Va a morir ahora mismo”. Necesitaba que la señora Esther Burgos la escuchase para que creyera realmente que su señora estaba en peligro y así hacerla salir de la habitación. Cuando sube y la ve en efecto esperándola aterrada, la introduce en su propio cuarto bajo pretextos de no querer permanecer sola por temor, una vez dentro y en posición saca el revólver y la mata a sangre fría de dos disparos. Limpia el arma y la oculta en una baldosa falsa que había en el suelo y que yo descubrí cuando examiné el cuarto en cuestión. Y la señorita Rugama inventó la historia de que alguien se había introducido en la casa y había huido de forma misteriosa y e incomprensible. La ausencia de huellas de un tercero  fue justamente un detalle importante a la hora de revelar la verdad. También hay que fijarse en lo que no está, lo que inevitablemente debería aparecer pero por alguna razón no está. Y me refiero también al móvil del asesinato. No había ninguno claro para que alguien quisiera muerta a la señorita Rugama. Todo esto sumado a las condiciones de hermetismo en las que el asesinato se cometió y ¡he ahí su solución!
_ Después de todo, no era tan difícil como parecía a primera vista. 

_ Por supuesto, doctor. Y como la señorita Rugama quiso hacernos creer con su farsa que en realidad la querían matar a ella y que su vida estaba en peligro, le seguí el juego. Y le hice creer que su asesino la había seguido hasta el restaurante y había intentado envenenarla para terminar lo que empezó, lo que acabó de confirmar mis sospechas de manera concluyente.
_ Me queda una duda, Dortmund. ¿El capitán Riestra va a ser imputado por el intento de asesinato de la señorita Rugama?_ inquirí con ironía.
_ No lo creo, doctor. Es un hombre que no tiene método, que tiene un sentido de la deducción muy rudimentario… Pero es un buen hombre.
Nos reímos suavemente y seguimos con lo nuestro. 

Reminiscencia de un pasado inconcluso (Gabriel Zas)





La joven mujer rubia que estaba sentada frente a Dortmund en esos momentos era realmente hermosa. Dueña de una belleza cautivadora, sus relucientes ojos azules miraban a mi amigo con súplica. Yo me mantuve al margen de la discusión, esperando detrás de la puerta con discreción.
_ Lo de mi madre no me deja dormir_ decía la joven, desesperada._ Fue hace diecisiete años, pero no paro de pensar qué fue de su cuerpo.
_ Señorita Castel_ le dijo mi amigo, compasivamente._ Su madre murió en un accidente de tránsito sobre la ruta camino a Bolívar. El auto cayó por el barranco y…
La joven dama interrumpió a mi amigo intrépidamente.
_ ¡Y el cuerpo de mi madre nunca apareció!_ gritó la muchacha con desolación.
_ Porque todo indica que cayó al río y la corriente lo arrastró lejos_ terminó Dortmund su frase.
_ Casualmente, mi padre conoció a otra mujer a la semana de su muerte y se enamoró locamente de ella. Se enamoraron y se casaron. ¿Por qué mi padre olvidaría a mi madre de una semana a la otra tan repentinamente y cómo es que conoció a esa mujer de la nada, la señorita Karen Landal, quien casualmente apareció estrangulada ayer por la mañana?
_ Admito que la cadena de eventos que me relata es más que interesante. Pero también es cierto que su padre es el principal imputado por el asesinato de su madrastra.
_ Yo no la quería. Aborrecí a mi padre desde el momento en que contrajo matrimonio con ella, olvidándose por completo de mi madre.
_ ¿No lamenta su muerte entonces?
Laura Castel se puso a la defensiva.
_ ¿Qué insinúa?
_ Es una pregunta de rutina.
_ Claro que no. Odiaba a Karen y mi padre me recriminaba por eso. Peleábamos todo el tiempo por el mismo tema. Hasta llegó a decirme: “Respetala, Laura. Esa mujer bien podría ser tu madre”.  Estúpido. Jamás permitiría que esa mujer fuese mi madrastra y se tomara atribuciones que no le correspondían. Lamento que mi padre pensara así, pero yo tengo dignidad.
_ ¿Oyó a su padre discutir con la señorita Landal en las últimas semanas?
_ Con mayor frecuencia que en ocasiones anteriores. Pero no sé por qué peleaban. Procuraba mantenerme alejada de sus asuntos todo lo que pudiera.
_ Voy a investigar el caso. Pero, déjeme preguntarle algo señorita Castel. ¿Está dispuesta a aceptar la verdad sea cual fuere aunque  duela? Necesito saberlo antes de emprender mi investigación. Sino, sentiré que estoy perdiendo el tiempo con usted.
_ Se lo prometo_ repuso Laura Castel, afligida.
_ Esto puede significar la culpabilidad de su padre respecto al asesinato de la señorita Landal o su inocencia, la que usted proclama fervientemente.
_ Quiero saber, ante todo, qué pasó con mi madre hace diecisiete años atrás.
_ Sabrá toda la verdad. Déjelo en mis manos.
Laura Castel saludó a mi amigo cortésmente y se retiró. Me cruzó al salir, me saludó con un ademán formal y siguió su camino. Dortmund me vio agazapado en el umbral y me invitó a entrar con denotado entusiasmo.
_ El asesinato de Karen Landal, ¿no es así, Dortmund?
_ Hay más que eso, doctor. Su madre pereció hace diecisiete años atrás en un accidente de tránsito cuando su auto desbarrancó por fallas técnicas y la señora Leila Handel perdió por completo el control del vehículo.  Pero su cuerpo jamás fue hallado. Como el coche quedó totalmente destrozado junto a un río, es posible que el cuerpo haya caído a sus aguas y la corriente lo haya arrastrado hasta un lugar remoto. Pero la señorita Laura no lo cree. Y comparto sus sospechas indiscutiblemente. Su madre muere en un accidente vial, su padre conoce a la semana a otra mujer, de la que se enamora perdidamente y se casa. Y ahora ésa mujer aparece misteriosamente estrangulada y el señor Benjamín Castel es el único detenido e imputado por su asesinato. Realmente, su hija tiene motivos fuertes para dudar de la credibilidad de los hechos.
_ Un caso interesante. ¿Qué hará?
_ Sólo puedo hacer dos cosas, doctor. Hablar con el señor Castel y buscar los archivos de la muerte de la señora Handel.
Mediante el capitán Riestra, Dortmund accedió al expediente de la muerte de la señora Leila Handel y lo examinó rigurosamente. Después de releerlo cientos de veces, simplemente se lo devolvió al capitán Riestra y le agradeció el gesto. Pero a su vez, le pidió otro favor: hablar con el señor Benjamín Castel. Riestra habló con el fiscal del caso, este con el juez y el juez accedió a la petición de mi amigo. Le fue noticiado a Dortmund que el señor Castel lo recibiría y a la mañana siguiente salió temprano para la alcaidía de Tribunales, donde Castel se hallaba provisoriamente detenido hasta que resolviese su situación procesal y se ordenase su traslado a una prisión del Estado.  Lo recibió secamente.
_ Usted dirá_ dijo Benjamín Castel, omitiendo los saludos de rigor y con una actitud hostil y petulante.
_ Su hija Laura cree que usted es inocente y me contrató para que lo averigüe._ se presentó el inspector Dortmund, modestamente.  
_ ¿Quién es usted exactamente?
_  Sean Dortmund. Investigador privado, asesor de la Policía Federal y amante de la verdad. ¿Y usted? ¿Es un asesino o alguien más mató a la señora Landal?
_ ¿Qué le dice su instinto detectivesco?
_ Me importa más lo que dice su instinto paternal. Estoy aquí por Laura, su hija. No lo olvide, señor Castel.
_ Quiero mucho a Laura, es mi hija después de todo. Y voy a quererla a pesar de cuál sea mi destino en esta causa.
_ No dudo de eso, como tampoco dudo de que Laura piense igual. Pero sé que usted y ella no se llevaban bien.
_ Laura nunca me perdonó que me casara con Karen al poco tiempo de la muerte de Leila. Pero ella debía entender que yo debía continuar con mi vida, pese a todo.
_ Quizás continuó con su vida demasiado pronto. ¿No le parece señor Castel? Aunque hubiese una razón para eso.
_ La única razón es no perder el tiempo. Nos conocimos, nos enamoramos y nos casamos. Pero Laura nunca aceptó eso y por ende, la relación entre ella y Karen estaba muy erosionada y afectada por esta circunstancia. Karen quería mucho a Laura. Pero Laura la detestaba y eso perjudicó mi relación con ella.
_ ¿Cómo conoció a la señorita Landal?
_ Fui a ver una obra de teatro para olvidarme un poco lo sucedido. Karen por esos tiempos era unas de sus protagonistas. Me acerqué a saludarla después de la función, hubo empatía entre nosotros y bueno, así de a poco nos fuimos conociendo y fuimos empezando. Dos años después, en 1970, nos casamos. Y ahora 15 años después, la perdí a ella también. Primero, Leila y ahora Karen. Laura es lo único que me queda.
_ Cuénteme qué ocurrió el día del asesinato.
_ Salí a la mañana a hacer un trámite al banco. Cuando regresé y vi todo revuelto, me desesperé. Y entonces, sin anticiparlo, vi a Karen tirada en el piso con el cuello todo magullado. No sé qué ocurrió. Sólo sé que yo no la maté.
_ Voy a hacerle una pregunta que quizás le resulte incómoda. Pero, ¿es posible que Laura haya asesinado a su madrastra para recuperar la relación con usted?
_ ¡Es una injuria que insinúe semejante atrocidad, señor! ¡No se lo voy a permitir! Laura es incapaz de hacer una cosa así. Y además, la Policía la investigó y tenía una coartada sólida al momento del homicidio.
_ Pero usted, no. Fue al banco, pero nadie pudo verificarlo.
_ Ya le dije. Había mucha gente. Me cansé de esperar y me volví. El trámite no era urgente. Podía esperar al día siguiente para hacerlo.
_ Convengamos, señor Castel, que su historia es muy débil.
_ Pero es la verdad. Allá ustedes si no quieren creerme. Terminamos. ¡Guardia!
Mi amigo entendió la indirecta, se levantó, saludó vagamente al señor Benjamín Castel y se retiró. Regresó a nuestra residencia con los ojos brillosos y de inmediato llamó por teléfono a la señorita Laura Castel.
_ Señorita Castel. Le habla el inspector Dortmund. Quiero hacerle una pregunta que quizás le suene un poco extraña. ¿Cuál era la afición de su madre? ¿Eso que siempre quiso hacer y nunca pudo por cuestiones de la vida?_ le preguntó cuando la interlocutora atendió la llamada.
Hasta yo me quedé patitieso al oír semejante pregunta.
_ Quiso ser actriz_ respondió la señorita Laura un tanto desorientada._ Pero, ¿qué tiene que ver eso con su muerte?
_ Nada y todo a la vez. La espero dentro de dos horas en mi despacho. Hasta entonces, señorita Castel.
Y antes de que ella pudiese refutar la contestación de mi amigo, él cortó la comunicación abruptamente.
_ Créame que ahora sí no lo comprendo, Dortmund_ le dije a mi amigo azorado.
_ Observe el siguiente detalle, doctor_ replicó el inspector con perspicacia._ El apellido de la madre de la señorita Castel es Handel y el apellido de la nueva mujer de su padre es Landal. Observe qué tan extraordinariamente parecidos que suenan.
_ Una coincidencia, solamente.
_ Las coincidencias no existen en casos como este. El señor Castel me dijo que conoció a la señora Landal cuando fue a ver una obra de teatro. Ella era la protagonista de ésa obra. Y la señora Leila Handel quería ser precisamente actriz. ¿No son demasiadas coincidencias?
_ Me está usted inquietando, Dortmund.
_ Leila Handel es árabe y los matrimonios mixtos no son permitidos en la cultura aramea. Su cultura promueve los matrimonios arreglados. ¿Cómo la señorita Leila Handel iba a hacerle entender a su familia que se enamoró de un hombre que profesaba otra religión  y que pertenecía a otra cultura? ¿Cómo? Para ellos eso es traición. Y una traición así implica la muerte.
Me quedé helado. Dortmund esperó a que llegara la señorita Laura Castel para contar la segunda parte de la historia. Ella llegó puntual y mi amigo la invitó a tomar asiento caballerosamente.
_ ¿Averiguó algo, Dortmund?_ preguntó Laura Castel, angustiada.
_ Lo sé todo_ repuso mi amigo, afligido._ No creo que esté preparada para lo que va a oír. Es algo que ni yo me esperaba.
_ No importa. Prosiga.
Sean Dortmund le refirió las deducciones de las que hizo gala anteriormente y continuó su relato desde ése punto.
_ Así que, su padre y su madre tuvieron que diseñar un plan rápidamente. Era necesario, que para poder casarse y empezar de cero, y evitar que su madre fuese perseguida por los suyos, fingir en primer lugar su muerte. Durante la madrugada, cuando la ruta estaba deshabitada, fueron hasta un punto estratégico que eligieron previamente y arrojaron el auto por el barranco, desde una altura aproximada de diez metros. Con algunos subterfugios ingeniosos, dieron la apariencia que había alguien adentro del vehículo cuando ocurrió el accidente y que ése alguien era indefectiblemente la señorita Leila Handel. La artimaña resultó implacable. Su madre conducía de madrugada, el auto sufre un desperfecto mecánico de forma intempestiva y se precipita al vacío. Quien manejaba apenas pudo salir de adentro del coche pero se desvaneció y cayó al agua y ya nunca más volvió a saberse de ella. Esta idea convenció a todos y el caso se cerró. Leila Handel huye a un escondite que tenía preparado de antemano y cambia por completo su apariencia. Y Karen Landal aparece en escena. No se esforzó demasiado en pensar un apellido nuevo para su nueva identidad. Así que, se apropió del suyo, reemplazó la H inicial por una L, cambió la última E por otra A y listo. Así nació Landal. Handel, Landal… Suenan extraordinariamente similares.  
<Con esta nueva identidad, su madre puede cumplir su sueño de ser actriz y consigue empleo en una obra próxima a estrenarse. Se lo comunica al señor Castel y la va a ver el día del estreno. Todo lo que pasó ése día fue otro ardid excelentemente pensado y perpetrado. Fingieron conocerse ahí mismo y concretaron lo que tanto habían soñado: casarse. Por eso el apuro y el corto tiempo entre el supuesto accidente de su madre y este suceso. Usted tenía 10 años en ésa época, señorita Laura, si mal no calculo. Era una niña. Y sus padres convinieron en que era mejor no decirle nada. Su madre, muy a pesar suyo, tuvo que simular que era su madrastra. Y ambos tuvieron que sostener con mucho dolor la historia por el bien suyo y el de ellos>.
<Pero tantos años de llevarse mal con usted y de ser merecedora de maltratos e insultos de los que no era digna por parte suya, devastaron a su madre y decidió que era hora de revelarle toda la verdad. La señora Karen, o mejor dicho Leila, no soportó la indiferencia de su hija, a la que amaba con el alma. Pero había un problema: el señor Benjamín Castel no iba a concebirlo. Su relación con usted Laura iba a caerse a un abismo. Pero era natural que a su madre eso no le importase con tal de recuperarla. Por eso discutieron durante las últimas semanas. Y cuando el señor Castel agotó todos los recursos para disuadir a la señora Leila de no revelarle a usted la verdad, acudió a la única solución posible: al asesinato. Lamento profundamente, señorita Laura, decirle que su padre estranguló a su madre. Esta es la verdad. Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera, pero fueron así>.
Laura Castel se puso de pie lentamente y empezó a caminar pensativamente por todo el perímetro de la oficina, hasta que no pudo contenerse y se acurrucó contra un hueco llorando compulsamente y devastada por completo.
_ Yo odiando todo este tiempo a mi madrastra y resultó ser mi madre… ¡Mi madre! ¡La lloré todos estos años y estaba viva! Y lo peor es que estaba conmigo y yo la odiaba! ¡Nunca voy a perdonármelo!
_ No es su culpa, señorita Castel. Usted no tiene la culpa de nada. La engañaron. No podía preverlo.
Laura Castel se puso de pie aplicando toda su fuerza de voluntad, y una vez su llanto se iba desvaneciendo, se paró firmemente y devoró a Dortmund con la mirada.
_ No siento lo mismo por mi padre_ deslizó severamente._ Lo odio aún más que antes. Lo aborrezco por todo lo que me hizo pasar y sufrir.
_ Puede decírselo de frente si lo va a ver a la cárcel. Le hará bien desahogarse.
_ No tengo ganas de verle la cara ahora a ése miserable. Ahora entiendo por qué me dijo: “Respetala, Laura. Esa mujer bien podría ser tu madre”. ¡Porque era mi madre! ¡Porque tuve a mi madre conmigo todo este tiempo y no lo sabía! ¡Y yo la odié!
Golpeó la pared con los puños con mucho ímpetu, enceguecida por un  arrebato repentino.  Pero con la misma rapidez controló admirablemente sus impulsos.
_ ¿Cuánto le debo por sus servicios?_ le preguntó Laura a mi amigo, solemnemente.
_ Eso no importa hora, señorita Castel_ respondió Dortmund con un esbozo que detentaba cierta ternura y compasión al mismo tiempo.
_ Gracias. Es usted un buen hombre y un gran investigador. Nunca olvidaré lo que hizo por mí.
_ Quiero darle algo antes de irse.
Sean Dortmund extrajo del primer cajón de su escritorio un sobre madera y se lo entregó a Laura Castel. Ella lo abrió, chequeó su contenido y lo dejó nuevamente en manos del inspector.
_ Puede quedársela. Lo contactaré en breve para retribuirle sus servicios. Hasta luego.
Y abandonó el despacho dignamente.
_ ¿Qué le mostró?_ le pregunté a mi amigo, intrigado.
_ La foto de la señorita Handel.
Y procedió a retirarla del sobre para mostrármela. Me quedé obnubilado cuando la contemplé. El parecido con Karen Landal era increíble.
_ El poder de observación lo es todo, doctor_ repuso Dortmund animadamente.

lunes, 3 de febrero de 2020

¿Qué pasó en el octavo piso? (Gabriel Zas)




El departamento de mi amigo moderaba su impaciencia  entre el descanso intelectual al que fue sometido forzosamente y la insolente desesperación que lo exultaba  inapropiadamente en su afán de pretender hacerse de algún caso por más insignificante que el mismo resultase.  Yo contemplaba su intranquilidad expectante.
_ ¿Es que los delincuentes se hartaron de cometer actos criminales o acaso tienen miedo de mí, de Sean Dortmund?_ dijo el inspector en un tono de voz que intentó camuflar su desazón con un aire de calma fingida.
Sonreí agradablemente. Miraba a mi amigo con cautela pero con cierta admiración y simpatía. Se ponía trágicamente risible cuando adoptaba esta clase de actitudes.
_ ¿Por qué no tengo noticias del capitán Riestra? ¿Por qué nadie viene a consultarme?_ volvió a preguntarse sin deponer su actitud.
_ No ocurren delitos todos los días y no necesariamente todos los casos son designados al capitán Riestra, Dortmund_ le respondí, intentando apaciguarlo.
_ ¿Es jefe de Homicidios de toda la Policía, no?_ me retrucó disciplente.
_ Sí. Y por eso está en su potestad delegar casos a sus subordinados o a otros oficiales.
_ Quizás esté usted acertado, doctor_ repuso Dortmund bastante más calmo. Había logrado controlar su agitación, voluntariamente.
Sin embargo, unos toquecitos en la puerta lo devolvieron al estado de fogosidad reciente. Corrió a abrir y sus ojos brillaron exaltadamente cuando se chocaron con la figura algo confundida y desvariada del capitán Riestra.  Era claro que estaba investigando un caso sobre el que no lograba avanzar eficazmente y recurrió a Sean Dortmund para solicitar su ayuda al respecto. Lo invitó a pasar desbordado de cordialidad y cortesía.
_ ¿Qué le sucede?_ me preguntó Riestra por lo bajo.
_ Está ansioso por resolver un caso_ le respondí con gracia.
Sonreímos con prudencia y nos abocamos de lleno a su relato.
_ Muy bien, capitán_ dijo Dortmund sosegado pero ávido de entusiasmo._ Soy todo oídos.
_ Hubo una muerte dudosa en el hotel Horizonte de Villa del Parque_ respondió Riestra con pesar y consternación.
_ ¿Muerte dudosa?_ indagó el inspector Dortmund con precaución._ Empleó usted el término muerte dudosa, no asesinato, capitán Riestra.
_ Sí, exacto. Déjeme explicarle cómo fueron los hechos que tienen como principal sospechosa a la señorita Evangelina Sarniola, empleada del hotel en cuestión.
_ ¿Mucama?_ pregunté por instinto.
_ Así es, doctor. La víctima es Eduardo Orona, un destacado médico de la Capital y asiduo cliente del hotel Horizonte. Alrededor de las 10 de la mañana de hoy, la señorita Sarniola fue, como todas las mañanas, a su habitación para el recambio de sábanas y toallas. Se acercó a su puerta para golpear pero lo escuchó discutir fuertemente con alguien por teléfono y desistió de hacerlo. Mientras tanto, dejó su carro de trabajo en la puerta del cuarto del señor Orona, se acercó hasta otra habitación porque creía que la llamaban, y cuando regresó al cuarto del señor Eduardo Orona, vio la puerta entreabierta y la habitación vacía. Ingresó, lo llamó pero no respondió. Supuso que había salido en el intervalo en el que ella se ausentó y le restó importancia a la situación. Simplemente, quitó las sábanas de la cama, dejó un juego nuevo apoyado encima y se retiró. Hizo lo propio en el resto de las habitaciones y una vez que terminó, descendió con el carro de ropa sucia por el montacargas. Cuando vació el contenido en el lavadero del hotel, se llevó una desagradable sorpresa: envuelto entre la ropa, se hallaba el cuerpo del señor Orona. Uno pensaría que la señorita Sarniola lo mató y escondió el cuerpo en el canasto para deshacerse de toda evidencia incriminatoria. Pero…
_ Pero, esconderlo allí sería un riesgo y un lugar demasiado evidente_ interpuso Dortmund, reflexivamente.
_ Exacto_ reafirmó el capitán Riestra._ ¿Por qué ocultar el cadáver en un lugar donde la convierte en principal sospechosa del homicidio a ella misma?
_ ¿Cuánto tiempo pasó estimativamente entre el momento en que la señorita Sarniola abandona la habitación de nuestra víctima y retoma instantes después?
_ Según ella, no más de dos o tres minutos. El otro cuarto estaba en el mismo piso y a una distancia acotada. No pudo tardar demasiado en ir y volver.
_ ¿Reconstruyeron ése momento y lo cronometraron rigurosamente, capitán Riestra?
_ Sí. En ese sentido, Evangelina Sarniola atestigua la verdad.
_ Y sin embargo, tres minutos es un tiempo muy escaso para que alguien entrara a la habitación del doctor Eduardo Orona, lo asesinara y saliera sin ser descubierto.  
_ Los otros huéspedes no vieron ni escucharon nada.
_ ¿Pudo haber sido envenenado?_ sugerí.
_ Es probable_ aprobó Riestra,_ ya que el forense, cuando examinó el cuerpo en la escena, no encontró heridas defensivas ni heridas de arma de fuego ni heridas de arma blanca. Y mucho menos, rastros de sofocación, asfixia o estrangulamiento.
_ El señor Orona discute por teléfono con alguien _ reflexionó a viva voz Sean Dortmund._ Corta la llamada, comienza a sentirse mal, sale a la puerta a pedir ayuda pero el veneno actúa rápido y cae muerto adentro del canasto de ropa sucia de la señorita Sarniola, que no lo descubre hasta que lo vacía en el lavadero del hotel.
_ Hay que averiguar las personas que lo visitaron en la última hora antes del deceso_ sugirió el capitán Riestra.
_ Sí_ dijo el inspector poco convencido._ Y analizar pertinentemente todos los recipientes que pudieron haber sido utilizados para verter el veneno en cuestión.  ¿Sabe con quién discutía la víctima por teléfono antes de morir?
_ Con otro médico, el doctor Esnaola. Discutían por un medicamento mal recetado a una paciente. Pero no tenemos registro de que lo haya visitado en las últimas 24 horas.  Hizo turno completo en el hospital.
_ En el hospital hay farmacias y laboratorios. Por ende, hay venenos.
_ ¿Propone que lo mató un colega suyo?
_ Podría ser. Pero nada es concluyente hasta que revisemos debidamente todos los datos y hablemos con los principales involucrados en el caso.
_ El veneno es más típico de mujer que de hombre_ insinué.
_ Casi siempre, doctor_ me avaló Dortmund._ Pero a veces un hombre puede emplear veneno en un homicidio para inculpar a una mujer. ¿Sabe de los problemas profesionales, económicos o sentimentales que el señor Orona pudiera tener con otros médicos del hospital en el que trabajaba?_ inquirió dirigiéndose al capitán Riestra.
_ Mi gente trabaja en ello. Pero, por lo que sabemos hasta ahora, era alguien muy respetado dentro del ámbito de la medicina.
_ ¿Por qué se hospedaba en ése hotel?
_ Porque siempre lo invitaban de diversos congresos a disertar y hablar de curas y avances importantes en enfermedades infecciosas, en lo que él era especialista. Y quería estar tranquilo para preparar apropiadamente su discurso y los conceptos a desarrollar en el mismo.
_ ¿Dónde ocurrió el asesinato exactamente?
_ Piso 8, habitación 804. Es el último piso del hotel.
_ ¿Desde hacía cuánto estaba hospedado allí el señor Orona?
_ Ingresó anoche a las 21:30. Pidió la cena y que no lo molestasen para nada.
_ ¿Era casado?
_ Sí. Su esposa, la señora Eleonor Cofino, fue notificada de inmediato. Entró en crisis, como es habitual en estos casos. Fue a reconocer el cuerpo a la morgue judicial y de ahí iba al despacho del juez a prestar testimonio. Crucé unas palabras con ella hoy hace unas horas. Estaba devastada. Creo que no es del todo consciente de lo que le ocurrió a su marido.
_ Hay tres personas de interés en este caso: el señor Esnaola, con quien discutía por teléfono antes de su muerte. La mucama del hotel, la más comprometida judicialmente por las circunstancias del caso. Y su esposa. Me gustaría hablar con los tres de ser posible. Sólo cinco minutos. Dos o tres preguntas concisas. No necesito más.
_ No tengo problema en concedérselo, Dortmund. Y dudo que el juez también tenga algún inconveniente sobre ese punto. Además,  usted conoce a la gran mayoría de los jueces y fiscales ordinarios y federales tanto de la Capital como de la Provincia, Dortmund. Muchos oficiales quisiéramos disponer de tan distinguido privilegio. A veces estamos hasta un año para que nos confieran un favor.
_ No era necesaria tanta gentileza, capitán Riestra. Yo me gané la confianza de todos ellos haciendo simplemente mi trabajo. Usted también puede conseguirlo del mismo modo.
_ ¿Quién sabe? En fin. Más tarde coordinamos las entrevistas de mañana y una visita al hotel si le interesa, Dortmund.
_ Sería muy provechoso inspeccionar la escena. Muy atento de su parte.
Riestra nos saludó con un ademán y se retiró de la morada desprovisto de alguna explicación lógica que revelara la muerte del señor Eduardo Orona.  Por muy inverosímil que resultase, Dortmund hallábase también en condiciones idénticas. Qué pasó en el octavo piso del hotel Horizonte, era lo que todos nos preguntábamos en esos momentos.

                                                                            ***

El doctor Guillermo Esnaola era un hombre de aspecto elegante, estatura media pero de personalidad temeraria y eufórica.  Nos recibió en su consultorio de mala gana y apurado además porque estaba abarrotado de trabajo.
_ Comprenderán señores que tengo otros pacientes que atender. Si pierdo el tiempo hablando con ustedes, me retraso y eso no es conveniente para nadie. ¿Me explico?_ lanzó en tono amenazante pero autoritario a la vez el médico.
_ Se explica usted con elocuente claridad, doctor Esnaola_ repuso Dortmund, amablemente._ Usted hablaba por teléfono ayer con el señor Orona antes de que muriera. ¿Notó algo raro en el tono de su voz? ¿Dijo algo que llamara su atención?
_ Discutíamos porque me acusaba de haberle prescripto a una paciente una dosis errónea de un medicamento que debía tomar por un tratamiento que estaba haciendo. Se puso como loco.
_ ¿Eran normales ese tipo de reacciones en él?
_ Sí. Cualquier mínimo error en cualquier aspecto, lo sacaba de sus casillas. Muchas veces consideraba que exageraba sin ningún motivo.
_ Convengamos, doctor Esnaola, que una dosis incorrecta de un medicamento determinado puede producir trastornos irreversibles en la salud del paciente que lo ingiere.
_ No en este caso. Puede suceder en medicamentos más potentes para tratar enfermedades más complejas. Pero no con el diclofenac potásico. Le aconsejé a la paciente que tomase una dosis diaria de 100 mg, pero Eduardo me dijo que para un metabolismo como el suyo le tendría que haber indicado 75 mg. Le dije que no estaba de acuerdo con argumentos sólidos, él hizo lo propio y discutimos.
_ ¿Usted lo llamó a él para consultarle?
_ Sí. Se molestó además que lo llamara al hotel por una cosa así.
_ ¿Discutían con frecuencia?_ intervine.
_ Bastante porque era un hombre terco y cerrado. Pero una gran persona y un gran profesional. No por nada lo vivían llamando de todas partes para discurrir en congresos y conferencias.
_ ¿Qué cargo tenía el doctor Orona en el hospital?_ volvió a indagar Dortmund.
_ Médico en jefe del sector Enfermedades Infecciosas.
_ ¿Tenía problemas con algún colega o paciente suyo?
_ No. Definitivamente, no. Y si me permiten…
_ Una última cosa antes de irnos. Creemos que al doctor Orona lo envenenaron unas horas antes de su deceso. ¿Se detectaron faltantes de drogas en la farmacia o en el laboratorio del hospital?
Guillermo Esnaola se conmocionó, y nos observó con asombro y los ojos frágiles.
_ No, no… Bueno, no estoy seguro. Hablen con el personal del sector para tener una respuesta más certera._ respondió con la voz frágil y fatigada.
_ Lo haremos. Gracias por su tiempo.
Le estrechamos la mano y salimos. Seguidamente, hablamos con los respectivos responsables de las áreas de Farmacia y Laboratorio, pero negaron que se registraran faltantes de cualquier tipo de medicamento o droga. Nos mostraron los inventarios correspondientes y parecían estar en perfecto orden. Les agradecimos a ambos sus tiempos y nos retiramos definitivamente de la institución. Evitamos blanquearles el motivo de nuestra duda para preservar el cuidado de la investigación. Pero en el fondo entreveíamos que vislumbraban la razón de nuestro interés.
_ ¿El veneno provino de afuera entonces?_ le comenté a Dortmund en el trayecto a casa de la viuda.
_ Suena a una posibilidad viable_ me respondió Sean Dortmund reflexivo._ Pero sería arriesgado. El empleado podría identificar al médico que realizó la compra. Los venenos o los medicamentos complejos se adquieren por receta triplicada. Y su uso debe ser rigurosamente justificado. Podría decirse que es una compra que le encomendó el hospital en sí, pero todo saldría a la luz inmediatamente. Y si el supuesto asesino quisiera robar el veneno mismo de adentro del nosocomio, sabiendo que las personas que tienen acceso a los depósitos de la farmacia y el laboratorio respectivamente son un número ínfimo y selectivo, también resultaría una jugada demasiado comprometida. Ahora, partamos del supuesto de que la señorita Evangelina Sarniola, la doméstica del hotel y principal sospechosa de la muerte de Eduardo Orona, lo hubiese envenenado ni bien ingresó al hotel. ¿Qué motivos tendría para haberlo matado? Recién se hospedaba.
_ Pero, no era la primera vez. Recuerde lo que dijo el capitán Riestra según lo que declararon los empleados del hotel. Pudo tener un problema antes y haber planificado el crimen con anticipación.
_ Volvemos a lo mismo, doctor. Matar en el lugar y bajo circunstancias que la convierten a ella misma en la principal sospechosa del asesinato es endeble y absurdo. En ese sentido, nuestro amigo tiene un punto a favor. Su razonamiento al respecto es correcto.
_ ¿Entonces? Estoy confundido.
_ Tengo una teoría. Pero vayamos paso a paso. Vamos a hablar con la viuda de la víctima antes de proceder.
Me dirigió una sonrisa enigmática que me descolocó radicalmente, que duró apenas unos segundos,  y siguió caminando a paso un poco más acelerado.  Igualé su ritmo y me puse a caminar a la par suya.
_ ¿Pudo ser la esposa entonces?_ me arriesgué a preguntar._ El envenenamiento sugeriría que fue alguien del hospital el asesino y así evitaría que la Policía sospechara de ella.
_ Si así fuera, querido doctor, el veneno tuvo que haber sido suministrado unas horas antes de su ingreso al hotel_ me replicó el inspector.
_ Es factible entonces que haya sido ella. Es más, lo pudo haber estado envenenando durante varios días seguidos hasta que falleció…
_ ¿Justo en el hotel? Demasiada casualidad. No digo que no. Pero las casualidades en casos de esta naturaleza no existen.
_ ¿Cuál es su teoría entonces? Nadie fue a verlo al hotel. Por lo tanto, el envenenamiento fue externo.
_ Y sin embargo, el informe preliminar de autopsia determinó que el cuerpo carecía de marcas visibles de cualquier índole, forma y origen. Y por lo general, el envenamiento deja alguna huella en el cuerpo. Esto es, decoloración de la piel, pupilas dilatadas, entre las más habituales.
_ Prefiero no preguntar más, Dortmund.
Mi amigo dejó escapar una sutil carcajada inofensiva y siguió caminando acelerando aún más sus pasos. Con un poco de esfuerzo, lo alcancé y llegamos al domicilio de la viuda, la señora Eleonor Cofino, en menos de diez minutos.  Era una mujer atractiva, de grandes ojos azules y facciones dulces.  Nos invitó a pasar, nos ofreció algo de beber y fuimos directo al grano.
_ No estoy en condiciones de hablar con nadie, señores, y menos en estas circunstancias_ dijo la señora Cofino con absoluta franqueza y la voz algo quebrada._ Les ruego sean los más concisos posible.
_ Así será_ prometió Dortmund, galantemente._ La noto consternada, es natural. Pero detrás de esa consternación hay un atisbo de preocupación que se esfuerza por ocultar. Así que, se lo voy a preguntar de forma directa. ¿Hace cuánto que estaban mal como pareja?
Eleonor Cofino se esforzó por evitar un sobresalto, pero la indignación pudo más y miró al inspector con una mirada furtiva y una actitud alejada de la afabilidad que la definía.
_ Le dije que no estoy en condiciones de hablar y usted me falta el respeto al preguntarme semejante atrocidad.
_ Vi infinidad de mujeres como usted en más de veinte años de carrera. Así que, no intente negarlo. Hablo con conocimiento de causa. ¿Desde hace cuánto y cuál fue el motivo que originó la ruptura?
La señora Cofino tomó aire, lo contuvo unos segundos mientras cerró los ojos y exhaló correctamente.
_ Eduardo y yo nos conocimos en la Secundaria_ confesó con anheló._ Verónica y yo estábamos completamente enamoradas de él.
_ Perdón que la interrumpa, señora Cofino_ intervino Dortmund, cortésmente._ ¿Quién es la señorita Verónica?
_ Mi hermana. Nos peleábamos por Eduardo. Y cuando digo que nos peleábamos, me refiero a discusiones severas que nos mantenían distantes por semanas enteras. En casa, ni nos hablábamos. Una siempre buscaba un pretexto para evitar a la otra en las reuniones y comidas familiares, en el almuerzo y en la cena. Hasta que nuestros padres se hartaron de todo esto y nos obligaron a entrar en razón. Y entonces hicimos lo que creímos mejor: cortar todo vínculo con Eduardo. Él no entendía qué sucedía y con Verónica tampoco quisimos explicarle. Simplemente, le pusimos punto final a la relación y nunca más volvimos a hablar con él. Nos graduamos y cada uno hizo su vida por separado. Hasta que hace tres años atrás volvimos a encontrarnos. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido para nosotros. Nos miramos a los ojos y dejamos de lado las diferencias del pasado. Quedamos en vernos, primero una vez, luego otra… Y cuando nos dimos cuenta, ya no había retorno.
_ Se comprometieron y se casaron_ acoté.
_ Así es. No le dijimos nada a Verónica por compasión, si quiere llamarlo así. Pero Eduardo tampoco me dijo que se reencontró con ella hace seis meses y que empezaron un romance a mis espaldas. 
Eleonor Cofino guardó silencio unos segundos y enseguida retomó el relato.
_ Todas las juntas a las que Eduardo supuestamente iba, esos congresos, esas reuniones… Era todo mentira.
Se tapó la cara con las manos y lloró compulsivamente.
_ Déjeme adivinar: se veían en el hotel Horizonte porque la señorita Verónica Cofino también era una mujer casada_ dedujo Dortmund perspicazmente.
_ Tal cual. Algunos empleados del hotel lo sabían. Pero en las declaraciones que dieron a la Justicia seguramente lo negaron_ replicó la señora Cofino, furibunda.
_ La hermana de la señora Eleonor Cofino se siente culpable y le confiesa todo a ella_ dijo el capitán Riestra, una vez los tres reunidos en casa de Sean Dortmund unas horas más tarde._ Ella no perdona a Verónica y la relación entre ambas se desvanece de manera definitiva. Entonces, Eleonor, atormentada por la traición de la que fuera víctima, devuelve la jugada y hace lo propio con el esposo de su hermana. Disputa de por medio, todo termina mal. Si lo pensamos de esta forma, Eduardo Orona fue el punto de partida de todo este problema sentimental. La lista se sospechosos se amplía.
_ Admito que ha usted formulado un razonamiento increíblemente acertado y verosímil, capitán Riestra_ lo alabó Dortmund con gran satisfacción.
Nuestro amigo le devolvió el gesto con una sonrisa.
_ Hay que volver a hablar con el personal del hotel y con la hermana de la viuda y su esposo, respectivamente_ sugirió el inspector con determinación.
_ ¿Y si fueron los tres?_ referí ocurrentemente.
Riestra y mi amigo me miraron impactados.
_ Arriesgado y endeble_ opinó reflexivo, Dortmund._ Pero la posibilidad existe.
_ No descartemos nada por el momento, señores_ consideró el capitán Riestra._ Frente a este panorama, es posible que el médico haya mentido para cubrir a Orona.
_ Nosotros hablaremos con él, capitán Riestra_ ordenó Sean Dortmund, moderadamente_ mientras, usted vaya  y hable con la señorita Verónica Cofino y su esposo… Suponiendo que aún convivan juntos.
El capitán averiguó que el matrimonio entre Verónica Cofino y su esposo en efecto se había disuelto. Pero lo más interesante del caso era quién resultó ser su marido: Guillermo Esnaola, el mismo médico que tomó protagonismo desde el inicio del presente relato. Afortunadamente, con Dortmund hicimos otras diligencias previas a visitarlo, por lo que pudimos confrontarlo con esta nueva información que nos dejó plasmados a todos.  El doctor se quedó atónito cuando lo contrapusimos con esta verdad.
_ Los congresos y todas las conferencias a las que supuestamente asistía para disertar son una pantalla_ confesó Esnaola, quebrantado.
_ ¿Por qué lo encubrió?_ quiso saber Sean Dortmund._ Era con su esposa con la que el señor Orona mantenía un amorío en secreto, en definitiva.
_ Yo quise sacar todo a la luz y actuar de buena fe. Pero Eduardo me amenazó con contar lo que pasó hace siete años atrás.
_ ¿Qué pasó exactamente?
_ Me equivoqué en la dosis de la anestesia que le tenía que suministrar a una paciente y… Quedó con un cuadro irreversible de parálisis entera ya que su sistema nervioso central entró en crisis con la dosis demás que le di. Eduardo me cubrió denunciando falsamente que la paciente no había declarado en el  pre quirúrgico que era alérgica a la materia prima de la anestesia. Para eso movió contactos, falsificó actas… Qué se yo todo lo que hizo. Eso evitó que me echaran y que la familia de la paciente iniciara un juicio en mi contra por mala praxis.
_ Políticas para mantener limpia la imagen del hospital, no para proteger la suya personal.
_ Sí. Me suspendieron un mes, pero eso fue todo.  
_ Usted lo quiso mandar al frente, pero el señor Eduardo lo chantajeó, porque imagino que debe tener muy bien guardadas evidencias que avalan que usted cometió negligencia aquélla vez. Y si eso se sabe, su carrera se arruina.
_ Mentí sobre los congresos y toda esa madeja de estupideces que dije. Pero sabía que estaba en el hotel porque ahí se veía y pasaba noches enteras con mi mujer… ¡Mi mujer!_ y levantó la voz.  Pero Sean Dortmund lo contuvo.
_ ¿Y la señorita Verónica que posición tenía frente a esta situación?
_ Nunca le importé porque ella siempre estuvo enamorada de Eduardo. Se casó conmigo sólo para estar cerca suyo porque nosotros nos hicimos inseparables después que terminamos la Secundaria.  Y estoy convencido que él hizo lo propio con Eleonor. Ella sabe que su hermana la traicionó. La disputa entre ellas por Eduardo no fue cosa de adolescentes nada más.
_ ¿Usted le contó todo a Eleonor?
_ Sí, tuve que hacerlo. No me creía hasta que le convencí que lo comprobara por su propia cuenta. Entonces, lo siguió hasta el hotel y lo vio. La devastó terriblemente.
_ El resto puedo adivinarlo, señor Esnaola. Eduardo Orona descubrió a su esposa que lo espiaba y supo de su traición. Por eso discutieron por teléfono la noche de su muerte.
_ Sí. Pero eso fue tres días antes de que Eduardo muriera.
_ ¿Cómo se sentía el señor Orona con todo este drama cargando sobre sus hombros?
_ Muy presionado. Tal es así, que hará cosa de dos meses  aproximadamente inició un tratamiento con una psiquiatra especializada en esta clase de conflictos. Tomaba un antidepresivo muy poderoso.  Pero no por mi culpa, sino por la suya expresamente. Lamento su muerte, pero no tengo que ver con eso.
_ Convengamos, doctor Esnaola, que tanto usted como las señoritas Verónica y Eleonor Cofino tenían un potencial motivo en común para pretender asesinarlo. No voy a permitir que una inocente empleada del hotel que tuvo la mala suerte de que el cadáver apareciera en su canasta pague por algo de lo que ustedes son responsables. Quizás lo hizo uno solo, fueron dos a espaldas de un tercero… O los tres acordaron en matar a Eduardo Orona. Y dudo honestamente de que lamente su muerte. El principal problema en su matrimonio desaparece para siempre.
_ No voy a permitir que venga a mi consultorio y me ofenda de semejante manera.
_ Igualmente, no hay nada concluyente hasta que estén los resultados definitivos de la autopsia entre pasado y mañana. Buenas tardes, doctor Esnaola.
 _ ¿Por qué ésa actitud?_ le recriminé al inspector una vez afuera.
_ Porque sé que los tres se pusieron de acuerdo para matar a Eduardo Orona y no puedo probarlo_ me aseveró con indignación.
_ Porque quizás resulte que ellos no lo hicieran verdaderamente y la causa de muerte se explique de otra forma muy diferente. Suele ocurrir a menudo.
_ Pero no en este caso, doctor. Lo tuvieron que venir envenenando desde hacía por lo menos un mes antes. Necesito los resultados de la autopsia de inmediato.
_ ¿Qué haremos ahora?
_ Una visita rápida al hotel Horizonte.
_ ¿No va a hablar con la señorita Evangelina Sarniola, la empleada del hotel? Ella es la más perjudicada en todo este asunto.
_ Absolutamente no, doctor. Toda la información que necesitamos de ella ya la tenemos en poder nuestro. Cuando la vea, va a ser para decirle que está absuelta de culpa y cargo por la muerte de Eduardo Orona y que puede volver a su casa. La veré para decirle en persona y como es debido, que es una mujer libre. No antes.
Una vez en el hotel, nos entrevistamos con personal  de allí y todos nos dijeron que desconocían que la señorita Verónica Cofino era la amante de nuestra víctima. Contrariamente, estaban convencidos que se trataba de su esposa legítima. Las actitudes, a mí particularmente, me hubieran dado mucho que pensar. Pero todos sonaron genuinos. Así que, nos retiramos y Sean Dortmund le encomendó averiguar al capitán Riestra si en verdad Eduardo Orona se atendía con una psiquiatra y desde hacía cuánto.
_ Pase a la noche por mi departamento para discutir el resultado de sus averiguaciones, capitán Riestra. Lo espero._ le dijo amigo por teléfono y cortó la llamada.
No hablamos más del asunto hasta que alrededor de las 20:45, el capitán Riestra hizo gala de su presencia. Lo recibimos cordialmente, pusimos una mesa ratona rodeada de tres sillas, tiramos papeles, carpetas y expediente al centro de la misma,  y cada uno de nosotros ocupó su lugar.
_ Eduardo Orona efectivamente estaba en tratamiento con una psiquiatra particular, la doctora Alondra Medina, chilena residente en el país_ comenzó disertando Riestra._ La investigué y está limpia. Prestigiosa profesional en lo que hace. La visité en su consultorio y me recibió amablemente. Crucé unas breves palabras con ella y me dijo que el señor Eduardo Orona se sentía muy presionado por la culpa que sentía por todo lo que estaba viviendo, a tal punto que la doctora Medina temiera que cayera en una profunda depresión de la que no pudiese reponerse jamás.
_ Y le recetó un antidepresivo fuerte_ añadió Dortmund con los ojos brillosos.
_ Así es. Supongo que Orona era alguien que no controlaba sus acciones y alguien a quien no le gustaba acatar órdenes de nadie, y menos de una profesional a la que apenas conocía. Si sentía tanta culpa y estaba tan nervioso por todo esto,  entonces se aumentó abruptamente las dosis del medicamento hasta que su sistema colapsó y derivó en un ataque que terminó con su muerte.  Hay que esperar los resultados decisivos de la autopsia, pero no creo estar lejos de la verdad. A propósito, el forense me citó mañana a primera hora para entregármelos en persona.
_ Un desafortunado accidente, después de todo_ acoté compungido.
_ No, señores_ dijo Dortmund con inteligencia._ Un asesinato… Un vil pero brillante asesinato. El crimen perfecto.
Miramos al inspector azorados.
_ ¿No lo ven acaso?_ nos dijo con disgusto._ Tanto Verónica como Eleonor Cofino y el doctor Guillermo Esnaola saben que Eduardo Orona tiene una debilidad muy potente que ellos aprovechan para usar a su entero beneficio: los nervios por la presión que siente encima por el conflicto en el que se metió, por la traición de las que ellos tres fueran víctimas, sin sentir culpa ni remordimiento en absoluto, porque entre ellos también hubo traiciones e infidelidades internas que despertó un viejo romance del pasado. ¿Pero, iban a estar peleados entre sí por culpa del señor Orona? ¿Iban a arruinar sus vidas por él, por Verónica Cofino que consintió traicionar sus principios, por Guillermo Esnaola que se dejó llevar por sus impulsos y por Eleonor Cofino que sabía toda la verdad al respecto? No. Arman un plan entre los tres, un audaz plan que no desperatría la más mínima sospecha de que en verdad se trató de un asesinato fríamente planificado y ejecutado. Cada uno por separado, le echa en cara las cosas a Eduardo Orona. Le dicen de todo. Le hablan de traiciones, responsabilidades y demás cuestiones para que él se sientiera mal. Tan mal que no soportara la presión y se suicidara. Pero eso no pasó, sino que Eduaro Orona acudió a pedir ayuda profesional con una psiquiatra que, a la vera de los hechos de los que su paciente es víctima y victimario al mismo tiempo, le receta un antidepresivo para atenuarlo. Los tres se enteran e intensifican su plan. Los insultos son más graves, aparecen amenazas de por medio, el miedo crece… Y Eduardo Orona, para aliviar todo eso, se aumenta la dosis del medicamento. Este patrón de reclamos va en aumento constante y ese aumento es directamente proporcional con las dosis diaria que Orona ingiere del antidepresivo recetado por la doctora Medina. El día de su fallecimiento, su esposa, Eleonor Cofino, altera el remedio seguramente para que la dosis aún sea mayor, para acelerar digamos el proceso. Como él ya venía administrándose por cuenta propia dosis demás, el hecho pasaría absolutamente desapercibido en caso de una eventual autopsia. Una vez en el hotel, Guillermo Esnaola simplemente tiene que llamarlo por teléfono y seguir con los ataques morales y psicológicos para que Orona ingiriera la última dosis, la letal, la cual tomó mientras estaba al teléfono. Esnaola es médico, así que sabe cómo funciona esto.
Corta la llamada, Eduardo Orona se siente mal, abre la puerta de su habitación para pedir ayuda pero el colapso es inmediato y cae muerto adentro del canasto de ropa de la mucama del hotel, la señorita Evangelina Sarniola. Ella no se da cuenta de la situación hasta que vacía su contenido en el lavadero del hotel y ve caer el cuerpo de Eduardo Orona.
Con el capitán Riestra nos quedamos enmudecidos y consternados. No entendíamos cómo existía gente capaz de algo así en el mundo.
_ ¿Está seguro de lo que dice, Dortmund?_ preguntó con timidez, Riestra.
_ Así es. Y podrá confirmar lo que digo con los resultados de la autopsia. Es un asesinato y no podemos hacer nada para probarlo. Los tres quedarán impunes.
_ Si usted le cuenta esto a un juez, tal vez le crea y amerite considerar la imputación por homicidio agravado.  Usted tiene credibilidad y mucho peso en el Poder Judicial, Dortmund.
_ No, no van a creerme. Lo máximo que puedo hacer es intentar demostrar con esto que les acabo de confiar instigación a cometer suicidio. Son muchos menos años de cárcel pero al menos los tres pagarían por lo que hicieron.
Tomó lápiz y papel, escribió unas líneas y le encomendó al capitán Riestra que la entregara al día siguiente a primera hora al juez competente en la causa.
Los resultados de la autopsia confirmaron por lejos la teoría que postuló Dortmund, pero desgraciadamente el juez rechazó los argumentos y el cargo por instigación a cometer suicidio, pese a los esfuerzos del inspector por intentar convencerlo de lo contrario. El caso fue catalogado como accidente, porque ni siquiera pudo demostrarse un suicidio, ni siquiera pudo demostrarse que el señor Orona tomó grandes dosis del antidepresivo en cuestión para darse muerte; y la causa se cerró.
Evangelina Sarniola quedó libre y Sean Dortmund se encargó personalmente de ir a sacarla de la cárcel y contarle cómo fueron realmente los hechos, tal como lo prometió.  A la noche, en nuestra residencia, mi amigo no podía dejar de mirar las fotos de los tres asesinos.
_ La Justicia es así, lamentablemente_ le dije._ No siempre se gana y lo justo muchas veces termina siendo lo injusto. Y viceversa.
_ Los voy a atrapar, doctor. Voy a encontrar el error y los voy a atrapar. El señor Orona merece justicia y yo prometo dársela sea como sea.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Desaparecido (Gabriel Zas)



Un mes de intensa búsqueda y nada. Los resultados no eran en absoluto favorables, pero pese a todo, los padres de Elías Jercko no perdían las esperanzas de recuperar a su pequeño hijo de 8 años de un momento a otro.
Las circunstancias de su desaparición eran confusas.  Salió de la escuela y nadie más volvió a saber de él. Las versiones de los testigos se entrecruzaban y añadían un plus de incertidumbre al caso. Algunos atestiguaban que lo vieron desorientado, razón por la cual los investigadores y la Fiscalía no descartaron que haya sufrido algún tipo de trastorno mental.  Los padres negaron rotundamente tal hipótesis, aunque la fiscal a cargo de la búsqueda, Ana Cavazos, no la anuló en un principio. Había que considerar y analizar todas las opciones pertinentes. 
Otros, en cambio, adujeron convencidamente que se había ido en un auto azul que lo estaba esperando a la salida de clases, al que aparentemente se subió por su propia voluntad.  La fiscal indagó a los padres de Elías sobre este punto, pero negaron tener conocimiento de alguien cercano con un vehículo de tales características. No había a su vez conflictos intrafamiliares relevantes que pudieran motivar el rapto del menor para generar algún tipo de daño por despecho o venganza, tal vez, dentro del círculo íntimo.  La doctora Cavazos, por supuesto, no daba nada por sentado. El coche lógicamente podía ser alquilado.
Los padres del menor desaparecido fueron los primeros en ser investigados por orden de la fiscal Ana Cavazos. No se halló nada sospechoso. Estaban limpios en todos los aspectos.  Inclusive, las finanzas estaban en orden y debidamente administradas.
Se amplió la búsqueda a todo el círculo familiar del menor, pero los resultados de las pericias tampoco rindieron sus frutos. Era una familia de bien y muy respetada que no se metía en problemas con nadie. De todos modos, todas las hipótesis seguían abiertas y propensas a toda consideración posible.
Se investigaron a las autoridades del colegio al que asistía Elías, a los padres de sus otros compañeros, pero tampoco se encontró un hueco por ese lado.
 La búsqueda continuaba sin ninguna información de interés sobre la que basarse. Se hicieron allanamientos, se rastrillaron miles de kilómetros, se peinó todo tipo de terreno, pero los resultados fueron nulos.  Incluso, los padres del menor le facilitaron a la Justicia una prenda suya para que pudiera ser rastreada por los perros, pero todas las pistas obtenidas en consecuencia devinieron en un callejón sin salida. Quien hizo esto, era un profesional en el arte de raptar menores.
La fiscal entonces decidió dar una recompensa a quien aportara datos de interés para la causa que diese con el paradero de Elías Jercko. Como era sabido, la gente llamaba dando una catarata de datos falsos y erróneos, muchos de los cuales eran malintencionados.  Pero uno en particular motivó el beneficio de la doctora Cavazos en darle especial seguimiento. Sus colegas se mostraron escépticos, pero le obedecieron. Y se llevaron una gran sorpresa cuando encontraron a Elías Jercko sano y salvo en un lugar de concurrencia masiva. El instinto de la fiscal no falló. El menor guardó silencio por largas horas. Estaba con la mirada vahída y el rostro compungido, pero sano al fin. Intentaron sonsacarle alguna información sobre lo sucedido, pero fue inútil. Igualmente, se dejó revisar por los médicos del Cuerpo Médico Forense que corroboraron el buen estado de salud del niño.
La fiscal Ana Cavazos llevó al menor a la Comisaría más cercana a la Fiscalía para que sus padres pasaran por ahí a reencontrarse con él. Estaban emocionados, felices, conmovidos. Arribaron a la Delegación con la velocidad de un relámpago. Pero cuando se reencontraron cara a cara con Elías, el chico los ignoró, se asustó levemente y se acogió en los brazos de la fiscal. Esto llamó poderosamente la atención de la doctora Cavazos, que no salía de su asombro por esta situación. Los padres estaban mayormente confundidos y angustiados.
La fiscal dejó el chico al cuidado de una oficial mientras ella hablaba con los padres en privado para tratar de entender qué había sucedido.  No surgió ningún dato inusual en ésa charla íntima. Una psicóloga se entrevistó a solas con el menor, pero tampoco pudo sacarle información alguna. Resueltamente, sufrió un trauma que lo perturbó emocionalmente.
Los padres estaban desencajados, más aún que no podía acercarse a su hijo por imposición de la fiscal hasta que el asunto quedara conformemente esclarecido.
Pasaron tres horas hasta que un matrimonio joven llegó a la Comisaría reclamando ser los legítimos padres de Elías Jercko.  La conmoción tomó fuerte protagonismo en segundos. Elías los vio y se abalanzó sobre ellos repleto de felicidad y entusiasmo.
Para sorpresa de todos, la fiscal comprendió la situación de inmediato. Todo resultó ser al revés de cómo los hechos se presentaron desde un comienzo.
_ El matrimonio Buelna tiene un hijo, al que cuidan y protegen con todo el cariño y afecto del mundo_ le explicaba la fiscal Cavazos al juez del caso, el doctor Gregorio Funes._  Todo era felicidad para ellos hasta que sus vidas cambiaron para siempre de forma trágica y estrepitosa. En un descuido, su hijo sale a la calle y es atropellado por un coche que venía a una velocidad promedio, pero que por la distancia y el tamaño de la criatura, no pudo anticipar su presencia y por consiguiente, no pudo evitar el desenlace.  El menor fue trasladado aún con vida al hospital más cercano, pero los médicos no pudieron hacer nada por salvarlo y falleció. El conductor prestó declaración, se puso a disposición de la Justicia, estuvo preso unos meses hasta que fue sobreseído por considerar que la muerte de la criatura fue un triste y desafortunado accidente.  Los padres fueron procesados por negligencia y condenados a 3 años de prisión en suspenso.  Tal fue el trauma que sufrieron y el no haberse perdonado nunca lo ocurrido con su hijo, que desarrollaron una patología neurológica compatible con cierta clase de tragedia emocional y que conlleva a adquirir una personalidad nueva y más distorsionada con rasgos de psicopatía. Así vieron a Elías Jercko y decidieron que era su hijo, que no había muerto en realidad, y se lo llevaron y lo cuidaron como propio. Los verdaderos padres hicieron la denuncia en su momento en otra Fiscalía, pero desestimaron la causa. Mucho no se movieron por una cuestión de recortes y baja de presupuesto. Los padres perdieron las esperanzas de volver a verlo hasta que vieron su foto por los medios y el pedido de recompensa. El resto de la historia ya la conoce. Elías debió escaparse en un momento de descuido de sus captores, y como no conoce demasiado la ciudad, debió perderse. Los Buelna ya se descuidaron antes y perdieron a su hijo. No iban a permitírselo de nuevo. Y por eso hicieron la denuncia. Como nosotros nos guiamos por el apellido del menor al momento de la investigación, accedimos a los datos genuinos de los padres genuinos. Sólo que nos equivocamos de personas, muy hábiles por cierto, porque supieron el nombre real del chico, pero en la intimidad seguramente lo llamaban como a su retoño fallecido. 
_ Y si no hubiese sido por esto último y por su instinto, doctora_ aclamó satisfecho el juez Funes, _ jamás hubiésemos tenido conocimiento del caso. Como ve, la verdad, tarde o temprano, sale a la luz de una manera o de otra. Tener fiscales como usted en mi jurisdicción es un privilegio.
Ana Cavazos se sonrojó intimidada por los elogios de un juez de instrucción. Pero el doctor Funes tenía toda la razón del mundo en ese sentido y no ahorraba en alabanzas si era preciso reconocer un trabajo bien hecho.