miércoles, 3 de febrero de 2021

Detective de artificio / La joven heredera

 



Por alguna razón que él mismo desconocía, el nuevo caso que León Betancourt tenía entre manos lo entusiasmaba enormemente. Era un problema muy peculiar que dejaba al descubierto la malicia que tienen algunas personas cuando la ambición las ciega sin escrúpulos.

Se trataba de Verónica Torriani, una joven mucama que trabajaba desde hacía diez meses al servicio de una de las familias más empoderadas del país, aunque el concepto de familia es una manera de formal de decir porque en realidad ellos nunca tuvieron hijos. Más bien era un matrimonio constituido por dos personas egocéntricas, agrias, hoscas y nada agradables, los Reboa. Alicia y Juan Antonio eran dueños de la firma Maquinarias Reboa, que fundaron a pulmón en 1985 y supieron hacerla crecer con denodado esfuerzo y admirable dedicación, a tal punto que para 1991 llegaron a convertirse en una de las diez manufactureras más relevantes y emblemáticas de Argentina.

En el 2000 treparon al segundo lugar y en 2001 quedaron en lo más alto del podio como consecuencia de la crisis que devino en diciembre del mismo año que llevó a la quiebra al frigorífico Seimar, el número 1 hasta ese momento.  A los Reboa la crisis no los afectó en absoluto y se permitieron muchos lujos que pocos podían permitirse, lo que inexorablemente los llevó a ser una de las familias más odiadas del país por entonces.

Ya con sus miles de millones bien hechos y con el prestigio en la cima del pedestal, decidieron vender la empresa, dedicada a la fabricación y comercialización de máquinas para la construcción, jubilarse y entregarse a una vida relajada y apacible, exenta de preocupaciones y obligaciones.

Cuando su cuerpo comenzó a pasarles factura a los dos por igual, decidieron contratar a Verónica Torriani para que se encargara de los quehaceres domésticos de los que ellos ya no podían ocuparse.

Verónica Torriani era joven, de cabello ondulado, sonrisa cautivadora y modales muy refinados, con escasa experiencia en el oficio de mucama. Pero al matrimonio Reboa ese detalle no le importó porque de esa manera resultaba más fácil explotarla y someterla a sus pretensiones de ricachones jubilados y ostentosos.

Pero el verdadero propósito de su contratación fue inherente a un asunto personal de ella. En la entrevista laboral que mantuvo con Alicia y Juan Antonio Reboa, Verónica Torriani confesó que estaba sola en el mundo y que su madre, único familiar vivo, estaba convaleciente y en estado muy delicado por una enfermedad que la estaba consumiendo terriblemente. Parte de su sueldo era para ayudarla a ella. Pero lo que Verónica confesó posteriormente la condenó y fue el motivo por el que requirió la intervención de León Betancourt, al que conoció casualmente por recomendación de un viejo cliente suyo.

La madre de Verónica era millonaria y a su deceso, ella heredaría el total de su fortuna. Y los Reboa vieron una clara oportunidad de apoderarse de la herencia mediante la ejecución de un plan maliciosamente descabellado.

_ Tengo 17 años, por lo que legalmente soy menor de edad_ le explicaba Verónica Torriani a León Betancourt, sentada frente a él en su despacho._ Creen que no tengo la capacidad moral para manejar mis propias finanzas a tan corta edad. Pero están muy equivocados y más aún si creen que pueden pasarme por encima.

_ ¿De qué manera supone que van a pasarla por encima?_ preguntó Betancourt con mucho interés en el asunto.

Verónica Torriani miró fijamente a León Betancourt por unos segundos con indignación y recelo, y tan pronto como se convenció, extrajo de su cartera un documento que depositó amablemente en manos del detective. Aquél lo recibió con gentileza, lo leyó y le devolvió a la joven una mirada de estupor e impotencia al mismo tiempo.

_ ¿Esto es real?_ inquirió Betancourt, absolutamente azorado y desencajado.

_ Sí_ repuso la joven mucama._ Inmediatamente después de que les contara sobre la herencia de mi madre, se pusieron en campaña para adoptarme. De ese modo, siendo yo hija legal de los Reboa y con 17 años, ellos asumirían completamente el control de mi fortuna. Por supuesto, ese documento que tiene usted en mano es una copia del original.

_ Usted quiere entonces que impida que los Reboa la adopten a los efectos de evitar perder toda la herencia.

_ No me quieren, no sienten afecto por mí. Mi madre puede fallecer en cualquier momento y ellos tienen influencia en los juzgados porque son personas importantes y pueden pagar favores a jueces y a quien sea necesario para acelerar el trámite. ¡Estoy desesperada!

_ No se preocupe. Los Reboa no la van a adoptar y no le van a robar la herencia. Se lo prometo. Pero hay que actuar enseguida. Debemos apurarnos y poner manos a la obra lo antes posible.

_ ¡No sabe el alivio que siento con esto último que me dijo, señor Betancourt!

Verónica Torriani estaba realmente muy emocionada.

_ Es muy probable que usted deba ayudarme_ dijo León Betancourt.

_ Cuente con eso.

_ Y, por último, le pediré el 30% del total de lo que usted cobre como pago de mis honorarios por el servicio prestado.

_ Tenemos un trato.

La joven hereda desplegó una sonrisa muy elocuente y significativa.

_ Mañana preséntese a trabajar como todos los días. Y tendrá que forzarlos a que le revelen su idea.

_ ¿Tan rápido?

_ No podemos retrasarnos, Verónica. Entienda que es urgente actuar con la mayor rapidez posible.

_ ¿Y cómo pretende que los obligue a confesarme que tienen la idea de adoptarme para robarme toda la herencia?

_ Dígaselos de frente. Lisa y llanamente.

Verónica Torriani escrudiñó vorazmente a León Betancourt.

_ Usted es joven y se siente incapaz de manejar todo ese caudal de dinero. Los Reboa no podrán resistir la tentación de ofrecerles su ayuda. A partir de ese momento, muéstrese vulnerable a tal punto que ellos se sientan completamente atraídos por esa vulnerabilidad, finjan sentir pena por usted y le propongan espontáneamente adoptarla. Usted simule sentirse emocionada y acceda sin preguntar demasiado. Una vez alcanzado ese objetivo, el resto corre por cuenta mía.

_ ¿Eso es todo lo que tengo que hacer?

_ Eso es todo. En 48 horas máximo, los Reboa van a revertir su decisión de manera irrevocable.

_ Me pide usted que haga lo más difícil, Betancourt.

_ Lo va a hacer usted muy bien. Vaya tranquila.

Aunque bastante nerviosa y algo asustada, Verónica Torriani abandonó el despacho de Betancourt absolutamente confiada en la inefabilidad de su estrategia.

 

                                                                               ***

 

Verónica Torriani se presentó a trabajar normalmente al otro día en casa del matrimonio Reboa. Se mostró frágil, preocupada y desmotivada, lo cual llamó inmediatamente la atención de Alicia Reboa. Se le acercó con discreción y la interpeló con dulzura.

_ ¿Estás bien, querida? ¿Tenés algún problema?_ indagó la mujer con fingida preocupación.

La joven no podía creer lo fácil que resultó todo. Se contuvo de realizar algún gesto que revelara sus intenciones y sus verdaderas emociones, miró a Alicia Reboa con los ojos tristes y le confesó que su madre ya estaba en las últimas, debido a que su estado había empeorado considerablemente en las últimas 24 horas.  La mujer abrió los ojos enormemente y la consoló con un afectuoso y cálido abrazo acompañado de un sermón que se notaba era improvisado.

Verónica Torriani se dejó contener por Alicia Reboa, tras lo cual se sumó su esposo Juan Antonio Reboa, y ella aprovechó el momento de máxima fragilidad emocional para manifestar su imprudencia para manejar dinero como consecuencia de su corta edad.

Los Reboa sonrieron para sus adentros. Aunque quisieron disimularlo lo más que pudieron, la satisfacción que tenían encima podía leerse fácilmente en sus rostros. La cautela no era una de sus más ponderadas virtudes.  Las cosas estaban saliendo acorde a lo planificado y eso era algo muy positivo para la joven Verónica Torriani que, aunque quería sonreír abiertamente, tuvo que sortear sus impulsos y mantener el eje en su comportamiento de chica pobre, que tan convincentemente estaba desempeñando.

Alicia Reboa le cedió un vaso de agua a su joven mucama, que cada vez se mostraba más deprimida y devastada por la situación. Cuando Verónica recuperó la calma (o fingió hacerlo), los Reboa intercambiaron una mirada frívola, impertinente y tenaz.

_ Creo que es mejor que se lo digamos ahora_ opinó Juan Antonio Reboa.

Su esposa lo miró con recelo.

_ ¿Estás seguro?_ preguntó insegura.

_ Dadas las circunstancias, no podemos seguir postergándolo. Acordate que tenemos que acelerar el asunto lo antes posible_ contestó él con firmeza y convicción._ Ya hablé con quien tenía que hablar. Está todo arreglado.

Verónica Torriani presenciaba la conversación aparentando desentender la trama del asunto.

Después de hablar en privado unos minutos con su marido, Alicia Reboa tomó a Verónica por el hombro cariñosamente y le dijo que tenía algo muy importante que anunciarle. Juan Antonio Reboa estaba parado firme y decidido enfrente de las dos mujeres.  

_ ¿Vos sabés que mi esposo y yo te queremos mucho, no? Sos como la hija que nunca tuvimos_ le dijo casi de modo confidencial Alicia Reboa.

Verónica sonrió cálidamente.  Y prosiguió.

_ Es terrible pasar por lo que estás pasando. No tener ninguna certeza sobre lo que te depara a corto plazo. Por eso pensamos una solución para vos que es lo más humilde y honesto que podemos hacer para ayudarte a sopesar este drama familiar que te toca atravesar.

_ ¿De qué está hablando, señora Reboa?

_ Vamos a adoptarte. Ya no vas a tener que preocuparte de qué hacer con la herencia y de quedarte sola en el mundo. Nosotros nos encargamos.

_ Me agarran de sorpresa. No sé qué decir. ¿Pero, una adopción no lleva años? Mi madre aún vive y…

_ No por mucho tiempo más_ acotó Juan Antonio Reboa con frialdad e indiferencia._ Yo ya hablé con jueces y gente amiga. Si das el ok, hoy mismo sale la adopción. Como mucho, mañana.

Alicia Reboa observó a Verónica Torriani con una sonrisa dulce y tierna, mientras la joven estaba paralizada por la noticia, pese a que ya la sabía de antemano, y no encontraba la manera adecuada de expresarse y comportarse.

_ ¿Y? ¿Qué decís, chiquita?_ le preguntó Alicia con mucho apego.

La joven muchacha fingió digerir la noticia y reflexionar al respecto, y emitió una respuesta inmediata ante la inquietante y expectante mirada de los Reboa.

_ Está bien. Creo que es mejor que estar sola.

_ ¡Gran decisión!_ y la mujer la abrazó desaforadamente. Verónica se sintió incómoda en esos momentos, pero lo disimuló a la perfección.

_ Ahora vas a tener un hogar, una familia…

_ Tenés que firmar este documento dando tu consentimiento al respecto. Hoy mismo se lo mando al juez por fax para que apure las cosas para mañana_ dijo entusiasmado Juan Antonio Reboa, mientras le extendía un papel a la joven, el mismo al que ella le hizo copia y se la entregó a León Betancourt. 

Con los dedos temblorosos y afligida por la emoción que la embargaba, Verónica Torriani tomó una lapicera, leyó por encima pero con atención el documento de la adopción y estampó su firma sin vacilar al final de la hoja. Releyó y depositó el escrito nuevamente en manos del señor Reboa, que corrió inmediatamente a entregarlo.

Ambos no podían ocultar la felicidad que sentían encima. Temían que Verónica sospechara algo inusual, pero no la creían lo suficientemente inteligente para darse cuenta de algo así.

Enseguida el ambiente adoptó un silencio que se tornó incómodo en cuestión de segundos.  Ninguno de los tres sabía cómo reaccionar ni qué decir. No existía un manual que lo explicara. Pero algo inesperado sucedió. Verónica fue notificada del fallecimiento de su madre.

La pobre joven quedó devastada por la noticia, recibiendo el falso consuelo de los Reboa, que por dentro, rebosaban de felicidad y satisfacción.  

Al día siguiente, los Reboa movieron aceleradamente sus influencias dentro de los juzgados para apresurar el cobro de la herencia y la legitimidad de la adopción de Verónica Torriani lo antes posible. Dos días después, ambos trámites se aprobaron en simultáneo y el matrimonio se hizo de la herencia enseguida. La muchacha no vio ni un solo centavo de todo ese inmenso caudal de dinero.

Lo primero que hicieron Alicia y Juan Antonio Reboa fue pagarles a los jueces el porcentaje acordado de ese dinero por haberlos ayudado con la aceleración del proceso.  El resto, lo guardaron todo en un banco.

Verónica Torriani fue a ver esa misma tarde a León Betancourt totalmente decepcionada y frustrada. Él la recibió gentilmente, pero percibió en ella una actitud hostil y distante de inmediato, lo que lo dejó meramente descolocado.

_ ¿Hubo algún problema?_ preguntó Betancourt, intrigado.

La muchacha, sin decir ni una palabra pero ofuscada, le tendió de mala gana unos papeles a León Betancourt, que aquél tomó temeroso y los leyó con el mismo temor. Cuando concluyó con la lectura, levantó la vista y miró a su joven clienta con aire derrotista.

_ Soy hija legítima de los Reboa_ comentó Verónica Torriani, frustrada y enojada a la vez.

_ No la comprendo.

_ Mi madre murió inesperadamente y ellos aceleraron todos los trámites para cobrar la herencia y adoptarme enseguida. Y lo lograron.

_ No sé qué decirle. Me siento…

_ ¡Usted prometió que me ayudaría! ¡Me lo prometió y me falló!_ y se abalanzó sobre Betancourt violentamente. Él la contuvo más como un padre que como un desconocido.

Cuando la muchacha se aplacó, León Betancourt le dio de beber un vaso de agua, le pidió que respire hondo y la invitó a que lo escuche con atención.

_ Su herencia y su madre están a salvo_ manifestó con una sutil sonrisa que surcaba sus labios sutilmente.

Verónica Torriani no pudo evitar sentirse confundida.

_ No entiendo…_ murmuró ella con desconcierto.

_ Si yo le decía cuáles eran mis planes, temía que no reaccionara adecuadamente o que tropezara en algún momento. Y por su bien, no podía permitírmelo. Su reacción tenía que verse tal como era: absolutamente natural y espontánea.

Verónica Torriani escrudiñó con fuego en su mirada a Betancourt mientras se levantaba de su asiento casi en cámara lenta y con movimientos que denotaban una furia que iba a estallar de un momento a otro. Advertido por esto, León Betancourt le hizo gestos suaves para que mantuviera la calma. Ella se controló mecánicamente y volvió a sentarse.

_ Una vieja conocida mía_ le explicaba León Betancourt_ fue la que la llamó por teléfono a usted a casa de los Reboa, haciéndose pasar por personal de la clínica donde su madre permanece internada, y en donde está bien cuidada y atendida . El dinero que recibieron los Reboa en concepto de herencia es todo falso. Y ya deben estar detenidos por extorsionar a jueces con plata falsa.

La expresión de la joven cambió radicalmente, a lo cual se le escapó una sutil sonrisa de alivio de manera involuntaria.

_ Su madre está bien y quiere verla_ continuó Betancourt con su alocución._ Cuando sea el momento oportuno, hablaremos del tema de mis honorarios. Ahora, la prioridad es su madre. Con los Reboa fuera de juego, no tiene de qué preocuparse.

Verónica Torriani abrazó a León Betancourt afectuosamente.

_ ¿No tendrá problemas con la justicia a causa de su treta?_ indagó espontáneamente la muchacha.

_ No porque el dinero fue entregado en persona por los Reboa. Y con su madre viva, nadie creerá en su historia. El engaño por lo que quisieron hacer con usted quedará al descubierto_ respondió León Betancourt, vanidoso por el implacable éxito de su plan.

_ ¡Es usted brillante!

_ Sé de muy buena fuente, además, que esos mismos jueces que aceptaron los sobornos de los Reboa aceptaron también sobornos de otras personas para impulsar causas falsas y encerrar a gente inocente en la cárcel. Digamos que con este pequeño ardid maté dos pájaros de un tiro.

No existía tal fuente en realidad. Él estuvo en la cárcel muchos años por estafar gente por sumas millonarias con artimañas similares. El propio León Betancourt vio estando en la cárcel todo este tipo de cosas y más también. Afortunadamente, reflexionó y recuperó sus viejas técnicas de estafador para emplearlas en beneficio del que más lo necesitara. Hay que dar gracias por ello.  No cualquiera le hace un bien a la sociedad de semejante forma.

 

    

sábado, 23 de enero de 2021

La muerte de la actriz en escena

 

                                          

 Si hay un tipo de crimen que realmente conmueve a la opinión pública, es aquél que involucra a una celebridad muy querida por la mayoría de la audiencia. Para algunos, Lucía Restrepo era una actriz sobrevalorada, engreída y soberbia; que actuaba sus personajes horriblemente y que además tenía la virtud de ser excesivamente caprichosa y de que encima los productores para colmo le satisficieran esos caprichos que eran impropios de una mujer de su estilo. Para otros, en cambio, era poseedora de todas las probidades opuestas a las mencionadas. Para decirlo en términos más simples, tenía seguidores que la querían y otros que la odiaban. ¿Y qué mejor para una actriz como Lucía Restrepo que ser odiada públicamente? Para ella o cualquier actor de su talla, esa es la mejor publicidad que puede tener porque la eleva hasta lo más alto del pedestal.

Tenía conflictos con mucha gente, incluso hasta con sus propios compañeros de elenco de la última obra de teatro que estaba protagonizando. Y algo de todo ese amplio abanico debió indudablemente matarla. Su muerte, o mejor dicho su asesinato, no fue al azar y mucho menos improvisado. El asesino lo planificó cuidadosamente con varios días de anticipación. La gran pregunta que surgía era: ¿por qué decidió matarla justo el día de su asesinato-vale la redundancia- y no otro día cualquiera?

Murió en pleno ensayo. Durante toda la obra, ella bebía de un vaso de agua apenas un trago en tres momentos distintos de la función. El vaso estaba apoyado sobre una mesa de luz que era parte de la decoración del escenario, visible para el público. Murió al ingerir el último sorbo, en la escena 5 del segundo acto. Alguien vertió cianuro con mucha discreción, la dosis justa para que el asesinato se camuflara como una aparente muerte natural producto de una falla cardíaca.

_ El envenamiento se produjo de 5 a 10 minutos antes de confirmado el deceso_ sentenció el médico forense, después de hacerle un análisis preliminar al cuerpo de Lucía Restrepo en la escena del crimen.

Sabíamos que había sido envenenada con cianuro porque hallamos restos del tóxico en el vaso de agua en cuestión.

Esto reducía los sospechosos a los cinco compañeros de elenco en cuestión de la interfecta: Valentín Saavedra, Eugenia Funes, Eleonor Ayala, Carlos Altolaguirre y Armando Solorzano. Todos estaban consternados, conmovidos por lo ocurrido… Lo mismo de siempre. Como si esa actitud fuese un guión en común en todos los casos de asesinato. Por ley, sabemos que uno o más fingen. En circunstancias habituales, los reconoceríamos en lo inmediato. Pero entre cinco actores, el asunto se relegaba a la más obtusa de las dificultades yacentes.

Lo primero que solicité hacer es recrear la escena completa en la que se produjo la muerte para tener una idea lo más aproximada y certera posible sobre quién tuvo la ocasión de verter el cianuro en el vaso con agua de forma prudente e inadvertida. Aunque los actores se ofuscaron demasiado, acataron las directivas aunque habiéndolo hecho muy a desgano y en contra de su propia voluntad. El resultado de la experiencia me desconcertó terriblemente. Ninguno de los cinco actores se acercó al vaso en ningún momento de la escena, por lo que ninguno tuvo la ocasión de echar el cianuro en el vaso con agua. Esto me molestó bastante y para ser sincero, me desconcertó profundamente. Pero más me irritó la actitud petulante e insolente de los cinco sospechosos y sus entredichos. Pero ese es tema aparte.

_ ¿Nadie más entra durante la escena, entonces?_ volví a preguntar para estar del todo convencido.

_ Ya le dijimos que no, capitán_ protestó con inmodestia la actriz Eleonor Ayala.

_ ¿Y las luces no bajan en ningún momento, el telón no se cierra para cambiar la escenografía…?

Carlos Altolaguirre caminó hacia mí con impertinencia y se paró enfrente de mí con soberbia e indignación.

_ La escena la recreamos tal cual sucede, tal como usted lo solicitó_ me dijo con descaro._ La escenografía no cambia sino hasta el final de la obra, las luces nunca bajan y el telón no se cierra jamás. De lo contrario, el público no podría ver nada. Y eso sería una gran pena porque no hacemos reembolso de la entrada.

El asesino había elegido el momento perfecto para cometer el asesinato y no dejar rastros. Volví a hablar con el forense para cerciorarme de que no hubo ningún error de interpretación en su análisis preliminar y así fue. Toda la información acerca del momento del fallecimiento de Lucía Restrepo era irremisiblemente correcta.

_ ¿Y el foco principal que ilumina el escenario y aumenta su intensidad levemente para destacar las acciones de la protagonista en escena, en este caso la víctima, es unidireccional?_ preguntó una sombra que venía caminando hacia nosotros por la zona de butacas y que a medida que avanzaba, su figura dejaba de ser un misterio, porque se dejaba entrever gradualmente con ayuda de las luces del escenario. Era nada más y nada menos que el inspector Sean Dortmund. Mi corazón dio un vuelco de alegría al verlo y una sensación de alivio se apoderó de mi alma por completo.

_ ¿Cómo supo que estaba trabajando en este caso, Dortmund?_ le pregunté curioso después de los saludos de rigor.

_  Vi el caso en las noticias_ replicó Dortmund_ e identifiqué que era su unidad la que estaba procesando la escena. Así que, me tomé el atrevimiento de venir sin avisarle. Espero no se ofenda por eso, capitán Riestra.

_ Para nada_ respondí gustoso._ Su ayuda será vital para esclarecer el caso.

_ Estuve antes de hacer oficial mi aparición unos minutos del lado de afuera oyendo todo lo que hablaban.

_ Entonces, ya está al tanto de la situación.  

Los cinco actores contemplaban mi conversación con Dortmund con desconfianza y hartazgo.

_ Oiga, usted_ lanzó con imprudencia Armando Solorzano, dirigiéndose a Dortmund._ ¿Quién es y por qué preguntó lo de las  luces?

_ Soy asesor de la Policía Federal, amigo del capitán Riestra. Y mi pregunta tiene un propósito muy claro: identificar el momento exacto en que se produjo el envenenamiento_ repuso el inspector con premura y tolerancia.

_ ¿Por una luz? No me haga reír.

_ ¿Dónde está el cuerpo?_ quiso saber el inspector.

Lo guié hacia él en el escenario. Dortmund se puso en cuclillas sobre la silueta dibujada que indicaba la posición exacta en que se halló el cadáver e hizo una serie de mediciones, mirando de tanto en tanto el foco de luz principal.

Al fin se puso de pie después de unos largos y extendidos minutos.

_ La luz cenital da de lleno en la víctima. ¿Cuánto tiempo estima, capitán Riestra, que pasó desde el momento de la muerte de la señorita Restrepo hasta su llegada a la escena?

_ Veinte minutos a media hora, calculo_ dije con cavilaciones.

_ El tiempo suficiente para que el calor que emana de la luz por la temperatura que controla modifique arduamente la data de la muerte del cuerpo de la señorita Lucía Restrepo.

Todos se quedaron enmudecidos, incluido yo.

_ No digo que el asesino lo haya planificado de esta forma_ reflexionó Dortmund con arrogancia._ Simplemente, fue un golpe de suerte que tuvo que le jugó muy a favor.

_ ¿Está sugiriendo que pudo ser envenenada en otro momento de la obra?_ indagó temerosa, Eugenia Funes.

_ Incluso, antes de iniciar, señorita. Y si ese es el caso, la lista de sospechosos se amplía.

_ ¿Cómo podemos verificarlo, Dortmund?_ inquirí. 

_ Teniendo en cuenta la dosis de cianuro suministrada en relación a la diferencia de tiempo que dista desde el comienzo de la obra hasta el momento del deceso.

Los cinco actores miraron a Dortmund burlonamente. Pero yo detecté enseguida que el inspector pasó por alto el hecho. Cuando se develará quién de ellos era el asesino, las miradas burlonas y los entredichos acusadores iban a quedar reducidos a la más mínima insignificancia.

Los estudios revelaron que la dosis de cianuro suministrada era la mínima indispensable para causar la muerte. El deceso de la actriz Lucía Restrepo se produjo exactamente a las 17:18 y el ensayo empezó a las 16:30. Estos datos puestos en relación con la dosis proveída de cianuro más las características fisiológicas de la víctima, les proveyeron a Dortmund que el envenenamiento se había producido estimativamente entre las 16:15 y las 16:30 respectivamente. El forense estuvo de acuerdo con dichas apreciaciones. 

Nos entrevistamos en lo inmediato con el señor Aparicio Celani, el utilero de la obra, para saber con precisión el recorrido del vaso con agua en cuestión. El hombre parecía insensiblemente indiferente a la situación.

_ Yo guardo todos los elementos chicos utilizados en la obra en este armario_ nos explicaba con mesura el señor Celani. Y nos señaló el armario en cuestión.

Dortmund y yo lo observamos con puntillosa meticulosidad.

_ ¿A qué se refiere con objetos chicos?_ pregunté más por curiosidad personal que por criterio profesional.

_ Vasos, manteles, cuadros, teléfonos… Ese tipo de elementos, capitán. No sé si me comprende.

_ Perfectamente, señor Celani.

_ Continúe, por favor_ le indicó el inspector, amablemente.

_ Llego, abro el armario, el señor Crespo, que es el director de la obra, revisa que esté todo en condiciones. Una vez que tengo su aprobación, llevo todo al escenario y lo dejo al alcance de los escenógrafos que se encargan de disponer todo adecuadamente para la función. Regreso para acá, cierro el armario con llave, me guardo la llave y ese es todo mi trabajo inicial.

_ ¿El vaso con agua lo llena usted?

_ A la vista del señor Crespo y por orden expresamente suya. Lo apoyo donde corresponde, siempre bajo la supervisión estricta del señor Crespo, y me retiro.

_ ¿Alguien más tiene copia de la llave del armario, señor Celani?

_ Solamente yo.

_ ¿Si mandamos a analizar las huellas del vaso por nuestros expertos, qué vamos a encontrar?_ pregunté prácticamente en tono de provocación. Dortmund me miró con desaprobación, pero apeló al silencio.

_ No sé, capitán. Seguramente encuentre mis huellas, porque como le estoy diciendo yo manipulo el vaso, las de la señorita Restrepo por una cuestión de sentido común, y presumiblemente las del señor Crespo, el director de la obra. Y alguna que otra de alguno de los escenógrafos. No más que eso. Se lo puedo asegurar_ me respondió Aparicio Celani con descortesía y hostilidad.

Eso era cierto. Y los datos fueron confirmados desde el laboratorio de medicina forense de la unidad. Pero quería probar si el señor Celani nos estaba diciendo toda la verdad o nos ocultaba algo, porque había algo en su persona que no me cerraba del todo. Pero al parecer tuve una intuición equivocada. Sean Dortmund estaba al tanto de estos resultados y no pareció sorprendido al conocerlos. Esperaba que fueran tales. Como yo, supongo.

_ ¿Vio movimientos extraños, alguien que no era parte del equipo, merodeando por el lugar?_ siguió interrogando el inspector al utilero.

_ No. Definitivamente, no_ respondió Celani, contundente y sin vacilar.

_ ¿Usted devuelve los objetos al armario y se lleva la llave consigo?_ quise saber.

_ Efectivamente.

Dortmund le hizo algunas preguntas más de menor interés y lo dejó ir. Estaba convencido de que el señor Aparicio Celani no estaba en absoluto involucrado en el asesinato de la señorita Lucía Restrepo. Seguidamente, pidió hablar con el señor Emanuel Crespo, el director de la obra. Era un hombre apático, pero dispuesto a colaborar con la causa. Estaba muy consternado por el asesinato de la señorita Lucía Restrepo.

_ Era una mujer increíble. Gran actriz, gran amiga, gran compañera de elenco_ comentó con mucho pesar y consternación, Emanuel Crespo. Parecía realmente honesto.

_ ¿Primera vez que trabajaba con la señorita Restrepo?_ indagó Sean Dortmund, indiferente.

_ No. Ya habíamos trabajado juntos antes en el teatro San Martín y una temporada en el Cervantes hace ocho años atrás.

_ ¿Ahí fue donde se conocieron?

_ Ciertamente, inspector. Me convocaron para dirigir temporalmente Hamlet porque Carlos Bidone, el director original de la obra, se había alejado transitoriamente de sus funciones por cuestiones de familia.  Por respeto a su trabajo, respeté al elenco original. Y ahí estaba Lucía. Era realmente admirable. Todos la adoraban.

_ No todos_ intervine._ Más de medio país hablaba horrores de su persona.

_ Lucía era una figura pública con una forma de ser muy particular. No podía evitar tener gente en contra suya, que no paraba de inventarle cosas todo el tiempo. No tenía paz. Pero a ella no le importaba porque eso también era publicidad a su favor. Y porque además la otra mitad del país la idolatraba. Y eso la hacía sentirse muy segura de sí misma.

_ ¿Cómo era esa forma de ser muy particular a la que usted se refirió?

El señor Emanuel Crespo me escrudiñó con una mirada fulminante.

_ Era actriz y figura pública. Saque sus propias conclusiones, capitán_ me respondió con prepotencia.

No concebí su actitud, pero preferí quedarme en el molde para no generar conflictos innecesarios.

_ ¿Dónde estaba usted al momento del incidente, señor Crespo?_ inquirió Dortmund con interés.

_ Estaba reunido en la oficina arreglando unos asuntos administrativos con el responsable del teatro. Puede preguntarle si quiere.

_ Ya lo hice y lo verificó. Pero la señorita Restrepo fue envenenada. Y eso anula su coartada. ¿Desde qué hora estuvo reunido con el señor Peralta, el responsable del teatro?

_ Desde las 16:10, más o menos.

_ ¿Y dejó a los actores solos en el ensayo?

_ Son profesionales y la obra ya la tenían dominada. Confié y confío plenamente en ellos.  

_ Me interesa el tema del seguro, señor Crespo. Todos los actores de la obra debían estar asegurados por una suma considerable de dinero. Pero no dudo en suponer, y disculpe la impertinencia de mis dichos, que la señorita Restrepo era la que más valía. ¿O me equivoco?

_ No me gusta en absoluto lo que sugiere, inspector.

_ Si la obra estaba en quiebra, un asesinato que pareciera accidental ante la vista de la compañía de seguros y de los propios compañeros de elenco como potenciales testigos de la tragedia, le otorgaría una buena suma en mano que sin duda subsanaría todo problema financiero y económico que la obra padeciese.

_ ¡No me gusta lo que está insinuando!

Traté de contener la situación, pero mis esfuerzos fueron en vano. Emanuel Crespo nos echó como dos perros a la calle. Una vez afuera del teatro, le recriminé con prudencia su conducta a Dortmund.

_ No se exaspere, capitán Riestra_ me dijo con premura y una sonrisa cómplice dibujada en sus labios._ Sé con exactitud que el seguro no fue el motivo de este crimen.

Lo miré estupefacto.

_ ¿Ya sabe lo que pasó?_ le pregunté desconcertado.

_ Tengo una idea aproximada al respecto. Pero la confirmaremos mañana a primera hora después de interrogar a los cinco actores que compartían escenario con la señorita Restrepo.

_ Recreé exhaustivamente los movimientos de ellos cinco a través del ensayo. Pero créame Dortmund que ninguno tuvo una posibilidad clara de verter el cianuro en el vaso sin pasar desapercibido.

_ Sé eso también, capitán. No es eso lo que pretendo corroborar mañana, sino otra idea muy diferente. Los cinco tenían motivos para el crimen, después de todo.

_ Entonces, fueron los cinco a la vez. Uno fue el autor material, uno o más de uno los autores intelectuales y todos en simultáneo copartícipes del hecho.

_ Teoría errónea, amigo mío.

_ ¿Qué idea tiene entonces, Dortmund?

_ Mañana, capitán Riestra. Mañana. No se impaciente.

Y se despidió sin decir nada más. Yo lo contemplé cabalmente confuso y desvarío.

Pensé en el asunto toda la noche, pero no llegué a una conclusión razonable. Sí me resultaba sutilmente endeble que Sean Dortmund limitase los sospechosos a los cinco compañeros de elenco de Lucía Restrepo cuando la data oficial del asesinato proponía contrariamente a esto un extenso abanico de posibles culpables, premisa ungida por el propio inspector Dortmund. Pero si él no lo consideró, era una prueba irrefutable de que sabía en parte lo que había  verdaderamente sucedido. Así que a la mañana siguiente cuando me encontré con él en la puerta del teatro, decidí no mencionar el asunto. Me saludó cortésmente e ingresamos inmediatamente a la sala.

Los cinco actores estaban ofendidos, irascibles e inquietos esperándonos sobre el escenario.

_ Esto es una humillación_ protestó enérgica, la señorita Eugenia Funes._ Mi abogado ya está al tanto de todo.

_ Su consulta a un profesional de las leyes es innecesaria, señorita Funes_ replicó Sean Dortmund con parsimonia.

_ ¿Para qué nos citaron? ¿Qué más quieren de nosotros?_ se acopló Valentín Saavedra a los reclamos.

_ ¡Eso!_ reaccionó con mordacidad Carlos Altolaguirre._ Ya le dijimos a la Policía todo lo que sabemos.

_ Pero no a mí, señores. No a Sean Dortmund. No se precipiten. No los retendré más de cinco minutos a cada uno de ustedes.

_ Los cinco minutos de la Policía se convierten en interminables horas de angustia, sometimiento y humillación_ refrendó tajante Armando Solorzano.

_ Les reitero señores, que yo no soy la Policía. Y yo sí cumplo con mi palabra, señor Solorzano. Siempre. No hagan esto más difícil, por favor. Más predispuestos se muestran a colaborar conmigo, menos tiempo los retendré y más rápido se podrán ir.

Finalmente cedieron.

La primera en declarar fue Eugenia Funes. Estaba algo nerviosa, pero sabía controlar sus nervios a la perfección.

_ ¿Cómo era su relación con la víctima, señorita Funes?_ atacó Dortmund.

_ A decir verdad, inspector, deplorable_ respondió la actriz, con rencor._ Ella, por ser la estrella principal, se llevaba todos los elogios, todos los aplausos, todos los reconocimientos. Y al resto nada. Mi papel es mucho más importante que el de ella y ni siquiera una felicitación. Bienvenido a mi mundo.

_ La paciencia se le agotó y la mató.

_ Si verdaderamente la hubiese querido hundir, la hubiera humillado públicamente. Eso para un actor reconocido es peor que la muerte, se lo aseguro.

_ ¿Y qué puede decirme del señor Emanuel Crespo, el director de la obra?

_ ¿Qué quiere que le diga? Un tipo macanudo, inteligente, bondadoso. Pero de teatro no sabía absolutamente nada. Lucía no estaba cómoda en su papel ni yo en el mío. Es un desastre designando personajes. El papel de Valentín, por ejemplo, le quedaría mil veces mejor a Carlos. El único rol bien asignado es el de Armando.

_ ¿Y el de la señorita Ayala?

_ Ella puede tener el papel que quiera. Es más engreída que Lucía. Y Emanuel siente devoción por las actrices engreídas.

_ ¿Primera vez que trabaja con él?

_ La segunda. Y ambas veces fueron muy similares.

_ Pero si la volvió a elegir, es porque vio indiscutiblemente en usted una cualidad muy interesante.

_ Supongo que será así.

La despidió amablemente y los siguientes en ser entrevistados fueron en orden Armando Solorzano, Carlos Altolaguirre, Eleonor Ayala y Valentín Saavedra.

Las respuestas de los tres caballeros fueron prácticamente idénticas. Mostraban una indiferencia despótica hacia el señor Emanuel Crespo. No lo elogiaron pero tampoco lo tiraron abajo. Hablaron bien de su persona y su trabajo lo justo y necesario. Saavedra y Altolaguirre era la primera vez que trabajan con él, en tanto para el señor Solorzano era la tercera. No tenía un concepto sobresaliente sobre su labor pero siempre le ofreció papeles interesantes.

En cambio, sobre Lucía Restrepo, las opiniones de Saavedra y Altolaguirre eran positivas, en tanto que la del señor Armando Solorzano era devastadoramente negativa. Valentín Saavedra y Carlos Altolaguirre era la primera vez que trabajaban con ella, aunque ya la conocían del ambiente. Tenían una impresión equivocada sobre ella que modificaron rotundamente cuando comenzaron a compartir escenario. Ambos hombres dijeron que era una gran actriz y una gran persona, buena compañera y humilde. Sin embargo, Dortmund intuyó que eso era una gran mentira y que tampoco Lucía Restrepo les caía para nada bien. Pero obvió mencionar el hecho abiertamente.

En cambio, el señor Armando Solorzano era la cuarta vez que trabajaba con ella, siempre bajo direcciones diferentes. Decía que era engreída, mala persona y que le gustaba humillarlo en los ensayos, aunque esto era un dato someramente incomprobable. Lamentó su muerte, pero no lo afectó en lo más mínimo.

Por su parte, Eleonor Ayala habló maravillas de Emanuel Crespo y barbaridades de Lucía Restrepo. Con el señor Crespo, venían trabajando desde hace un poco más de un año ya y con Lucía Restrepo era la segunda vez que compartía una obra. Pero adujo en su declaración que la señorita Restrepo siempre intentó opacarla en público y hasta en algunas ocasiones lo consiguió. El rencor hacia ella era mordaz.

El inspector les agradeció a los cinco la buena predisposición que tuvieron y los liberó.

Una vez afuera del teatro, Dortmund me expuso sus observaciones respecto a los interrogatorios, los cuales a mi entender no ponían de relieve ninguna ocurrencia trascendental, y seguidamente me hizo dos peticiones que tomé como curiosamente raras.

_ Irá en primer lugar al teatro San Martín  y luego al Cervantes y preguntará en ambos casos por la misma persona_ y Dortmund me extendió un papel doblado en cuatro. Al abrirlo y leerlo, mi rostro adquirió una expresión de extrañeza inapropiada.

_ No debería sorprenderle, capitán Riestra_ comentó con indiferencia.

_ ¿Y qué quiere que pregunte?_ quise saber.

_ Si trabajo en ambos teatros, hace cuánto y en qué contexto. Preguntas simples, respuestas simples, directas y lo más completas posible. Si percibe que en las contestaciones quedan espacios vacíos, llénelos preguntando de nuevo.

_ ¿Y a dónde quiere que vaya después?

 _ A este otro lugar.

Y me extendió amablemente otro papel, también plegado en cuatro partes. Y mi expresión de asombro fue idéntica a la primera.

_ Ahí preguntará por el señor Ismael Lugones y le dirá…

Cumplí con ambas peticiones y regresé a las pocas horas con toda la información disponible que Sean Dortmund me encomendó que averiguara. Por mi parte, cada vez estaba más confundido.

Cuando le expuse lo que había averiguado, no se sorprendió en lo más mínimo.

_ Empezaré brevemente por el señor Ismael Lugones, reconocido periodista de espectáculos y uno de los más influyentes de Argentina. Sus reseñas pueden llevar a la cima a una obra o llevarla a la ruina. Su pluma es un arma muy poderosa. Y es su trayectoria y reconocimiento lo que le otorga el verdadero poder, que transfiere a través de la redacción de sus artículos. Supe recientemente que el señor Lugones fue a ver la obra en dos ocasiones y que no se llevó una buena impresión en ninguna de las dos ocasiones. Como íntimo amigo del dueño del teatro, solicitó presenciar uno de los ensayos para intentar profundizar el concepto que tenía sobre la obra y además para entrevistarse con el señor Emanuel Crespo, su director. Lugones le explica que la obra le pareció terriblemente mala y que su reseña en el diario va a ser devastadoramente negativa. Emanuel Crespo se angustia arduamente e intenta por todos los medios suplicarle al señor Ismael Lugones que escriba algo favorable al respecto de lo que vio. Al comienzo, el periodista se niega categóricamente y las súplicas de Emanuel Crespo se tornan más insistentemente insoportables. Hasta que Lugones le ofrece una solución poco ortodoxa y nada ética para hablar maravillas de la obra en su artículo: lo soborna. Le pide dinero a cambio de una buena crítica en el matutino. Pero el señor Crespo es incorruptible y se niega. Y el periodista, ofendido por el rechazo de su oferta, amenaza con redactar una reseña mucho más dañina y destructiva que la que tenía originalmente en la cabeza. ¿Qué hacer para evitar que el periodista y crítico de teatro más influyente y con más poder del país revierta su decisión de escribir una nota de opinión tan negativa que pueda significar tanto el fin de la obra en cartelera como la de su propia carrera profesional? Y se le ocurre que si la actriz más influyente, querida y admirada por más de medio país sufriese un pequeño incidente en escena, el señor Lugones podría apiadarse y revertir su disposición. Claro que un hombre como Lugones, eso sería motivo de profundizar su devoción por arruinar una obra que se logró realizar con un esfuerzo desmedido. Pero el señor Crespo no lo ve de esa manera y habla con la señorita Lucía Restrepo para que lleve adelante su propósito. Y la elige a ella porque la conoce de cuando trabajaron juntos en el teatro San Martín hace seis años atrás y en el Cervantes, hace ocho años atrás. Él le plantea su idea y ella se niega porque el plan es severamente arriesgado. La asusta la idea de que algo salga mal. Pero Emanuel Crespo la convence de que va a estar todo bien y finalmente, Lucía Restrepo accede sin más prejuicios. El plan era inducir una falla cardíaca mediante el empleo de una dosis ínfima de cianuro. Pero los cálculos fueron inexactos y el resultado fue la muerte accidental de la actriz en escena.

Me quedé obnubilado.

_ Increíble. Simplemente, increíble_ comenté todavía sin salir del asombro._ ¿Puede probarlo?

_ No. Lamentablemente, es sólo una historia. Pero mi otra teoría concatena con esta primera de manera perfecta. Lucía Restrepo y Emanuel Crespo eran amantes. Y lo eran desde hace ocho años, desde sus inicios en el teatro Cervantes.

_ No deja de sorprenderme, Dortmund.

_ Durante ocho años, ellos son amantes y mantienen su romance en absoluto secreto. Pero no es el único secreto que el señor Crespo mantiene, sino que está felizmente casado desde hace diecisiete años. Y este secreto se lo ocultó nada más ni nada menos que a la señorita Restrepo, su amante. Mientras ella no lo sepa, su carrera y su matrimonio están a salvo. No tiene por qué saberlo porque nadie lo sabía. Pero Lucía Restrepo accidentalmente una tarde lo ve al señor Crespo disfrutar en familia. Se siente engañada, humillada y traicionada. Ella lo confronta violentamente y amenaza con sacar su relación ilícita con él a la luz. Emanuel Crespo se siente amenazado y atrapado entre cuatro paredes.  No logra disuadir a la señorita Lucía Restrepo que dé marcha atrás y apela a la única solución posible: el asesinato. Pero lo comete en un contexto en donde aparezcan implicados el resto de los actores. A su vez, aprovecha el incidente para persuadir al señor Ismael Lugones, el insoportable periodista que pretende arruinarlo. Pero lo que el señor Crespo no sabía era que el calor emanado de la iluminación dando de lleno en el cuerpo alteraría parcialmente la data de la muerte y sería un gran golpe de suerte a su favor.

También podemos imaginar que el señor Lugones se habría enterado del romance y la extorsión vino en realidad por ese lado. Y con el asesinato de Lucía Restrepo, mata dos pájaros de un solo disparo. Pero lo creo muy poco probable.

Yo estaba completamente estupefacto y aturdido.

_ Tampoco puede comprobar esta segunda teoría_ pronuncié lastimosamente.

_ Al contrario, poseo un gran indicio que valida fuertemente esta hipótesis, capitán Riestra_ me respondió Sean Dortmund con un inusitado entusiasmo.

_ ¿Cuál?_ le pregunté curioso.

_ Cuando entrevistamos al señor Crespo, se refirió a la señorita Restrepo como a “una mujer increíble. Gran actriz, gran amiga, gran compañera de elenco”. Y lo dijo con sincero pesar. Realmente estaba devastado por lo ocurrido. Y se podía leer muy claramente la culpa que lo carcomía por dentro.

_ De todos modos, en uno u otro caso, él la mató.

_ No. El señor Crespo no es el asesino, capitán Riestra.

_ Créame que cada vez entiendo menos a dónde quiere llegar.

_ Es bastante más sencillo de lo que parece. El señor Lugones sabía del romance clandestino que Emanuel Crespo y la víctima mantenían desde hace tiempo, no dudo de esto al respecto. ¿Quién es la única persona que pudo haberle dicho? La propia señorita Restrepo. Es una mujer de alma vengativa y espíritu combativo. No va a perdonar al señor Crespo por haberle mentido durante ocho años. Así que, sabiendo de la visita de Ismael Lugones al señor Crespo, visita al periodista y le confiesa el romance. Y le propone sobornar a Emanuel Crespo para no publicarlo. ¿Por qué? ¿Por caridad? ¿Por gentileza? No. Porque era parte de un plan mayor. Lugones acepta y soborna al señor Crespo con dicha información. Se niega a aceptar el soborno y se imagina que fue su propia amante la que filtró la información, y la confronta sin rodeos. Después de discutir unos cuantos minutos, ella se muestra falsamente apenada y él le propone un plan para evitar un mal mayor. Y se le ocurre en este punto la idea del accidente al señor Crespo. Y acá viene lo más interesante de todo. Lucía Restrepo no accede ayudarlo por remordimiento ni compasión, sino para terminar de hundirlo. Porque fue ella misma la que se envenenó. El señor Lugones sabe del romance, justo su amante muere accidentalmente en escena en pleno ensayo... ¿Quién va a creerle a Emanuel Crespo que su intención realmente era otra? Es perfecto. ¡Qué mujer más hábil! Su idea era desaparecer por un tiempo y adquirir una identidad nueva.

_ Pero se le fue la mano con la dosis de cianuro y su muerte fue trágicamente real.

_ No, capitán Riestra. También se equivoca en este punto. Ella puso la cantidad justa de cianuro, la cual no resultaba letal. Pero alguien le echó apenas unos gramos más, que en definitiva resultaron fatídicos para la pobre señorita Restrepo. Después de todo, sí hay un asesino en esta enredada y fascinante trama. Vamos a desenmascararlo.

Para serles totalmente franco, en este punto del caso yo ya estaba completamente mareado.

Acompañé al inspector Dortmund y me quedé azorado cuando vi que la persona a la que fuimos a visitar era Eleonor Ayala, la compañera de elenco de Lucía Restrepo.

_ Asumo que ya lo saben_ dijo la señorita Ayala, ofuscada._ Así que, no tiene sentido seguir negando las cosas.

_ Usted lo dijo_ asentó Dortmund.

_ Emanuel y yo éramos amantes. Empezamos hace seis meses. Todo iba bien hasta que, con su reputación y su carrera de por medio en juego, me contó lo suyo con Lucía. Me contó todo en detalle, hasta lo del periodista este Lugones y el plan que tuvo y que Lucía lo iba a apoyar. Conocía a Lucía lo suficientemente bien para no creer en sus palabras. Cuando la vi manipular el cianuro en su camarín, el resto lo deduje fácilmente. Esperé a que salga, entré y aumenté la dosis que había vertido en un frasco por separado. Era tan escasa la diferencia, que no iba a notar para nada el agregado. Y así fue. Tenía que pagar por haberse metido con Emanuel.

_ Usted se metió con él y con su familia, señorita Ayala.

_ Eso es irrelevante.

_ ¿Por qué no lo mató a él?_ pregunté exacerbado de curiosidad e intriga.

_ Porque lo amo. Lo amo demasiado. El amor es algo tan extrañamente curioso, que no puede definirse con palabras, sino con acciones concretas.

_ Como asesinar_ completó Sean Dortmund la frase.

La señorita Ayala fue detenida por la muerte de Lucía Restrepo y la carrera del señor Emanuel Crespo quedó en ruinas. Su esposa lo abandonó y perdió la dirección de la obra. Reemplazarlo a él y a la señorita Restrepo era casi un imposible.

Paradójicamente, el único hombre que lo entendió fue quien quería arruinarlo para mantener a flote su profesión y el prestigio que la misma le otorgó: el señor Lugones.  

 

 

 

 

 

 

martes, 4 de agosto de 2020

Detective de artificio / Rechazada


El caso que esa vez le tocó resolver a León Betancourt era de una particularidad muy especial, y por ende, de una solución poco viable. Pero para él, no había imposibles.  Le gustaban los desafíos.

_ ¿Intentó por todos los medios legales convencionales resolver el conflicto, señora Bordioni?_ le preguntó Betancourt a la mujer que tenía sentada frente a él en su despacho.

Emilce Bordioni era una mujer de unos 59 años, vestida con elegancia, de aspecto respetable y con un semblante rozagante.

_ Sí_ respondió ella, apenada._ Llegué hasta mandarles una carta documento, pero ni siquiera con eso pude disuadirlos.

_ ¿La prepaga se rehúsa a explicarle los motivos de su decisión, pero usted asume que no la admiten por esa cuestión que me planteó cuando me contactó por teléfono?

_ ¿Y por qué otra cosa iba a ser, sino? Y yo necesito atenderme de urgencia por un tratamiento que estoy haciendo y que no puedo interrumpir bajo ningún concepto.  En los hospitales públicos no hay insumos ni infraestructura ni personal adecuado. Ellos hicieron todo lo posible, pero me dijeron que la única alternativa que tenía era el sanatorio La Sanidad. Incluso, el director del hospital regional me hizo una carta de recomendación para presentarles. Pero no hay caso. Es gente insensible. Son empresarios, ni siquiera son personas. No sé por qué las legislaciones que rigen en nuestro país no son más severas con este tipo de asuntos.

_ Con la carta de recomendación, su historia clínica y su situación, el sanatorio debiera admitirla y brindarle el tratamiento de forma gratuita. ¿Entiendo bien?

_ Perfectamente, señor Betancourt. Son políticas implementadas que tienen que respetar impuestas por ley. Pero como un tratamiento muy caro me lo tienen que hacer gratuitamente, entonces ponen palos en la rueda constantemente.

_ Las autoridades de La Sanidad se justifican alegando que el estatuto interno del sanatorio no permite esta clase de excepciones.

_ Así es, entre miles de pretextos más, que no vienen al caso. Y no pienso pagar los $8000 que me exigen que abone para realizar el tratamiento porque no me corresponde.

_ Pero usted supone que la decisión responde a otro motivo mucho más grave, socialmente hablando.

_ La Ley Nacional Nº 26.914 me avala. Soy insulinodependiente. Y si los servicios públicos no pueden brindarme una atención digna para tratar la enfermedad, la obligación recae automáticamente en los servicios de salud privada, los cuales no pueden oponerse a llevarlo adelante.  Pero este no parece ser el caso. Inclusive, La Sanidad tiene un estatuto interno, como le mencioné antes, que complementa algunos puntos de la ley nacional. Pero ellos se siguen negando categóricamente y rechazando mis argumentos con excusas baratas.

_ ¿Y no probó con ir a otros centros de salud a ver qué le dicen, señora Bordioni?

_ La burocracia hace más difícil todo, ¿sabe, Betancourt?

_ Muy bien. Si usted no pudo disuadirlos legalmente para que le admitan el tratamiento gratuitamente, yo voy a disuadirlos con sofisticados artilugios que le aseguro son ciento por ciento efectivos.

_ Haga lo que deba hacer. En cuanto al pago por sus servicios…

_ Eso no es prioridad ahora. Tengo una idea muy simple que no puede fallar. Pero usted tendrá que desempeñar un rol fundamental para que funcione eficazmente.

_ Estoy dispuesta a ayudarlo en lo que precise.

León Betancourt se puso de pie y dirigió a Emilce Bordioni una mirada y una sonrisa muy inocentemente particulares.

El sanatorio La Sanidad se encontraba ubicado en pleno corazón de Palermo. Cuando llegaron, León Betancourt hizo ingresar a Emilce Bordioni primero y le solicitó anunciarse en la mesa de entradas. Allí, le pidió amablemente a la secretaria que quisiera hablar con el responsable del área, el doctor Arturo Demarconi. Al comienzo, Demarconi se negó a volver a recibir a Emilce Bordioni, pero ante las reiteradas insistencias de la mujer, aceptó recibirla una vez más. Salió a su encuentro en una actitud ya hastiada y soberbia.

_ Señora Bordioni, otra vez por acá_ dijo Arturo Demarconi con sarcasmo._ Ya le explicamos veinte veces su situación. El gerente de la empresa no me autoriza a hacerle el tratamiento contra la diabetes gratis. Si quiere que se lo hagamos, tiene que abonar $8000 cada vez que se lo realice. De lo contrario, le voy a pedir que por favor no insista más, no venga más, porque compromete al personal que está trabajando y compromete a la empresa. Vaya a otra clínica, hay por doquier en Capital.

_ ¿Así qué los comprometo? Mire usted. La ley dice que el tratamiento me lo tienen que brindar de forma gratuita. Y con una carta de recomendación de por medio, no se pueden negar. Usted sabe cabalmente que mi situación económica actual no me permite afrontar un gasto diario tan grande_ refrendó Emilce Bordioni resueltamente.

_ Su situación económica no es asunto que le ataña a la compañía. Mire, esto no pasa por una cuestión legal. Este tipo de decisiones pasan por una cuestión política, burocrática… Usted me comprende.

_ Ustedes me discriminan por mi condición sexual. Por eso no me admiten. Porque me gustan las personas de mí mismo sexo.

_ No es así, señora Bordioni. Y usted lo sabe perfectamente eso.

_ No le creo, Demarconi. Empresas como la suya tienen un amplio itinerario de situaciones de discriminación de esta naturaleza.

_ La Sanidad no va a cubrirle el tratamiento, punto. Lo prohíbe el estatuto interno.  Órdenes de la gerencia. Ya no hay razones para que siga insistiendo, señora Bordioni. Ahora, si es tan amable…

León Betancourt emergió en ese preciso instante luciendo un sofisticado y reluciente traje negro y una actitud soberbia y exasperada que denotaba una inescrutable autoridad notable.  Miró al doctor Demarconi despectivamente, miró a Emilce Bordioni con cortesía y le dijo.

_ No se preocupe, agente. Grabé todo. En la cinta hay suficiente evidencia para iniciarles una causa por discriminación y su consecuente persecución penal a la luz de los propios hechos.

_ ¿Agente? ¿Pero, qué es esta locura?_ inquirió el doctor Demarconi, confundido y desorientado._ ¿Y usted quién es?_ volvió a preguntar, en referencia a León Betancourt.

_ Soy el doctor Silvio Gramonti,  secretario del juez Robledo  y representante del fuero penal número 5 de la Justicia de la Ciudad. Y ella es la sargento Emilce Bordioni, de la Policía Federal.

_ ¿Qué está pasando? No entiendo…

_ Entiende muy bien, Demarconi. Recibimos varias denuncias de afiliados que eran discriminados por su orientación sexual, religiosa y política para ser atendidos por ustedes. Gente que quiso afiliarse y no se lo permitieron por su condición sexual, interponiendo pretextos realmente muy absurdos y ridículos. Algunos tan ridículos que hasta dan risa. Y decidimos infiltrar a una agente de la Policía por orden del juez Robledo para constatar la denuncia y reunir las pruebas necesarias para iniciar una investigación en su contra.

_ No, mire. Acá hay una confusión…

_ ¡Cállese! No me quiera tomar por estúpido como a sus afiliados. El sargento Bordioni tiene diabetes y necesita hacerse un tratamiento diario, y ustedes por ley, están obligados a recibirla. Pero cuando se enteraron de que profesa una orientación sexual  socialmente amoral y contradictoria para las políticas de la empresa, decidieron no admitirla, intercalándole excusas de toda índole. No solo a nuestra agente, claro. Sino, a todas las personas que se vieron afectadas por lo mismo y radicaron la denuncia correspondiente en nuestras dependencias judiciales.

_ Escúcheme, Gramonti. Entienda que…

_ ¿Entienda qué? Tomo eso como una ratificación a mis acusaciones y a la situación en particular de nuestra infiltrada. No solamente ésta, sino todas las conversaciones de todas las veces que la sargento Bordioni vino anteriormente fueron registradas y ya están en manos del juez Robledo.

_ Mire. No tiene porqué…

_ Créame que si admite todo, Demarconi, va a ser todo mucho más sencillo tanto para usted como para el sanatorio.

_ Usted gana. Cuando el gerente de la empresa, el doctor Illanes, se enteró de que la señora Emilce Bordioni siente atracción física por los semejantes de su mismo género  sintió una inmensa repulsión y me ordenó rechazarle el tratamiento con cualquier excusa. Quise disuadirlo, pero no logré que entrara en razón. Es una persona homofóbica y eso está por encima de cualquier ley para él.

_ ¿Admite que los casos de los señores Calvo, Vallar y Montero, y de las señoras Arévalo y Cáceres se rigen bajo la misma disposición implementada arbitraria e ilegítimamente por el gerente del sanatorio La Sanidad, el doctor Illanes?

_ Sí, lo admito. Pero entienda que si la denuncia procede, es la ruina para todos.

_ No se preocupe, Demarconi. Tengo la misma debilidad que todos los funcionarios judiciales en este país.

_ Nos estamos entendiendo parece, Gramonti. ¿Cuánto para dejar todo así como está?

_ Nunca dije de dejar así todo como está. Mi precio es para no proceder legalmente contra la empresa, que solamente voy a aceptar si ustedes le brindan a la sargento Emilce Bordioni el tratamiento que por ley le corresponde de manera absolutamente gratuita.

_ Me pone en un apuro…

_ Ok. En media hora tiene a toda la Policía y la prensa acá. Y ustedes van a salir esposados ante la vista de todo el mundo.

_ No es fácil, Gramonti. ¡Entiéndame, por favor! ¿Cómo me justifico hacia el gerente? ¡Me va a fusilar!

_ Sus problemas con el doctor Illanes no son cuestiones que atañan a nuestro interés. Resuélvalo como sea. No tiene muchas alternativas, Demarconi. O me da el dinero que le pida supeditado a que tanto a la sargento Bordioni como a todo el resto de las personas en su misma situación o en otra similar sean atendidas sin discriminación alguna o van presos, punto.

Viendo que no tenía otra salida posible, Arturo Demarconi le dio el soborno a León Betancourt y cumplió con su parte del acuerdo. Lo que sí no quedó del todo claro es cómo logró convencerlo al doctor Illanes, el gerente del sanatorio La Sanidad, al respecto. Pero ese no era asunto suyo.

_ Quédese tranquila, señora Bordioni_ le dijo León Betancourt de nuevo en su despacho,_ que los honorarios por mis servicios quedan cubiertos con esta generosa contribución que el doctor Demarconi realizó en nombre del Sanatorio La Sanidad.  

_ Me salvó. No sé cómo voy a agradecerle todo lo que hizo_ dijo Emilce Bordioni con una sonrisa que surcaba proporcionalmente sus labios.

_ Su caso marcó un gran antecedente, se lo garantizo. Quédese con eso y estamos a mano.