miércoles, 12 de julio de 2017

Coincidencias insospechadas (Gabriel Zas)


                                        


Pablo Ezequiel Tonalli estaba sentado en la sala de interrogatorios de la Comisaría Tercera de Arrecifes. Fue detenido por asesinar de una puñalada certera en el tórax a quien en vida fuera su mejor amigo desde siempre: Gustavo Moscona. Cuando la Policía arribó a la escena por un llamado anónimo a la línea de emergencias, Tonalli sostenía entre sus dos manos el cuchillo empleado para matar a Moscona. Estaba confundido, desorientado y no paraba de llorar, y más aún para sorpresa de los investigadores, no dejaba de proclamar insistentemente su inocencia. Pero más allá de las circunstancias en las que Pablo Ezequiel Tonalli fue hallado por efectivos de la Brigada de Homicidios de la Policía de la provincia de Buenos Aires (in flagrancia, como se dice en la jerga policial), en su último suspiro y ante la mirada atenta de los paramédicos que quisieron salvarle la vida y no pudieron y del resto del personal policial, Gustavo Moscona pronunció una sola palabra contundente, elocuente, mordaz y solemnemente incriminatoria: Tonalli. La propia víctima lo señaló como su asesino antes de morir, lo que no era poca cosa y se convirtió en la pieza fundamental del caso tanto para los investigadores como para la propia Justicia. Además, Tonalli sostenía el arma y sus ropas estaban ligeramente salpicadas de sangre, y nadie había huido de la escena del crimen antes de que la Policía llegase. De hecho, el propio Tonalli aseguró no haberse cruzado con nadie más.

 El caso estaba esclarecido. Sólo faltaba averiguar el motivo y asunto concluido. Pablo Tonalli no tenía antecedentes judiciales de ninguna clase. Estaba nervioso, consternado, algo fuera de sí y bastante alterado emocionalmente. Rechazó un vaso de agua que le ofrecieron unos oficiales y también renunció a su derecho de realizar una única llamada. Inclusive, declinó el patrocinio de un abogado defensor.

_ Lástima que te rehúses a tu derecho a ser representado legalmente por un abogado defensor_ le dijo en tono sobrante el sargento Félix Basterra, uno de los dos oficiales que estaban junto a él en la sala de interrogatorios._ Te aseguro que lo necesitás urgente para que los jueces que te juzguen no se hagan un festín con vos y te boluden de lo lindo.

_ Además, yo que vos lo pediría para que en prisión los otros presos no te violen ni te fajen a trompadas limpias_ agregó el cabo Mayor, Enrique Baldomar.

Y ambos oficiales se rieron burlonamente.

_ Yo no hice nada, no maté a nadie_ aseguró tímido y nervioso, y con la mirada esquiva; Pablo Ezequiel Tonalli.

Basterra se le plantó autoritariamente sin reparos.

_ Te agarramos con las manos en la masa y encima la víctima te deschabó_ le retrucó con énfasis._ ¿Por qué carajo te empeñás en decir que sos inocente, como si fueras un verdadero imbécil que no piensa? Estás hasta las manos. ¿Entendés eso?

_ Nos quiere tomar por boludos. Miralo, es un pobre enfermo de cuarta. Dejémoslo solo para que refresque el Bocho.

_ Les estoy diciendo la verdad. No maté a Gustavo. Era mi mejor amigo de toda la vida.

_ ¿Y por qué dijo tu nombre antes de morir?_ preguntó en un alarido Baldomar.

_ No sé_ contestó Tonalli, siempre tímido y manteniendo la misma postura._ Quizás porque me quiso decir algo. O porque quiso pedirme que lo ayudara.

Los dos oficiales se miraron uno a otro y se destronaron de la risa por las palabras de Tonalli.

_ Si hubiese querido decir algo, ¿por qué no lo dijo y listo?_ indagó Basterra con lascivia.

_ Porque no pudo porque antes murió. No tuvo tiempo_ respondió Pablo Ezequiel Tonalli inocentemente y sin bajar la guardia ante la presencia imponente de ambos oficiales.

_ ¿Vos estás diciendo que Moscona estaba agonizando cuando llegaste, que lo quisiste ayudar y no pudiste?_ preguntó ya en un tono serio, Baldomar.

Tonalli afirmó con un ligero pero tímido movimiento de cabeza.

_ Nosotros llegamos a los cinco minutos y el forense dijo que había sido recientemente  apuñalado. Estabas vos solo junto al cuerpo, no había nadie más. Los oficiales revisaron todo. No encontraron a nadie más adentro de la casa ni en los alrededores. ¿Cómo explicás eso, Tonalli?

_ No puedo explicarlo, porque no sé cómo escapó el verdadero asesino sin que lo viera. Yo sólo les estoy diciendo la verdad, mi única verdad.

_ ¿Quién llamó al 911, Tonalli?_ interpuso Basterra con curiosidad e interés, a la vez.

_ Yo_ respondió él, con un poco más de seguridad y confianza que hasta hacìa unos instantes._ Es lo que se hace, ¿no?

_ ¿Llamaste al 911 porque es lo que se hace, decís? Saliste, llamaste desde un teléfono público, volviste y seguiste tocando el cuerpo, y encima agarraste el cuchillo en vez de dejarlo. ¿Te das cuenta lo poco creíble que suena lo que me estás diciendo? No creo que hayas llamado vos a la Policía. En fin.

_ Actué sin pensar. No es fácil estar ahí. Si cometí errores, pido perdón. Procedí por instinto.

_ ¿Por qué tenías las manos ensangrentadas y el cuchillo entre tus manos?_ inquirió Basterra.

_ Intentaba reanimarlo. Pero de nada sirvió, porque murió igual.

_ ¿Por qué fuiste a casa de Moscona?_ volvió a preguntar Baldomar.

_ A pedirle disculpas.

_ ¿Se pelearon?

_ Sí, hace tres días atrás.

_ Está admitiendo que tenía motivos para el homicidio_ interpuso vehemente, el sargento Baldomar.

No obstante, Enrique Basterra le hizo un ademán con la mano para evitar que avanzara y que Tonalli siguiera con la declaración. Y Baldomar, muy a pesar suyo, obedeció.

_ Seguí_ le ordenó Basterra a Tonalli._ ¿Por qué vos y la víctima estaban peleados?

_ Por un secreto_ procedió Pablo Tonalli._ Gustavo descubrió que su mujer era hija de un militar que secuestró personas durante la última dictadura del setenta y seis. Cuando ella se enteró de ése pasado oscuro de su padre, recurrió a un abogado e inició todos los trámites legales para desvincularse de su nombre y apellido, de cualquier cosa que lo relacionara con él. La Justicia falló a su favor y ella logró acceder al cambio de identidad, básicamente.

_ ¿Estaba casado, entonces?

_ Se separó hace dos semanas, me dijo, cuando se enteró de todo esto. La confrontó a su esposa, ella se enojó y se fue de la casa.

_ ¿Cuál es el nombre actual de la exmujer de Moscona?

_ Yael Petraglia. Según me contó Gustavo, ella hizo las valijas y se mandó a mudar sin decir adónde. Y él, estoy seguro y doy fe que no se molestó en buscarla y recuperarla.

_ Baldomar: averiguame ya todo lo que haya de ésta Yael Petraglia. Dale, apurate.

El oficial aludido acató la orden de inmediato y abandonó la sala.

_ ¿Te dijo cuál era el nombre real de su exesposa?_ prosiguió Basterra con el interrogatorio.

_ No, lo único que me contó fue lo que les acabo de decir recién, nada más_ confirmó Tonalli.

_ ¿Y pensabas que iba a decírtelo en algún momento? Eran amigos de toda la vida, según vos.

_ O no lo averiguó o estaba esperando el momento oportuno para eso.

_ ¿Y por eso lo mataste, no? Aunque no entiendo qué carajo ganás vos con la muerte de Moscona.

_ Nada. Su muerte no me beneficia en nada a mí. Tiene que creerme: le juró por mi madre que está en el cielo, que no asesiné a Gustavo.

_ Se me hace muy difícil creerte. Igual, no me entra la discusión que tuviste con él. ¿Qué tiene que ver lo de su exesposa con la pelea entre ustedes dos?

_ Cuando Gustavo me contó todo, prometí guardar silencio, porque es un asunto muy complicado, ¿vio, oficial? Y se me escapó todo en un bar, así como si nada, cuando fuimos hace tres noches atrás a ver a un grupo de amigos que teníamos en común. Con los muchachos nos juntamos una vez al mes, más o menos. Tomamos unas cervezas, fumamos, hablamos de minas...

_ Pero, vos no hablaste de minas, Pibe. Cerraste mal el buzón y cantaste todo en detalle el secreto que Gustavo Moscona te pidió que guardes y adelante suyo, encima. Sos un fenómeno, Hermano. Te tienen que dar un premio a vos.

_ No sé cómo pasó. Fue algo inconsciente, algo que no controlé. Ni siquiera estábamos hablando de nada parecido. Estábamos hablando de cómo Argentina perdió contra Nigeria la final hace poco en los Juegos Olímpicos.

_ Esos africanos nos embocaron de lo lindo, ¿eh? Qué los parió, lo que hace el fútbol. Entonces, Moscona agarró, y en vez de cagarte bien a trompadas por boludo, se fue a la mierda. Y bueno, estabas en pedo y afilaste la lengua, ¿qué va a hacer? ¿Cómo fuiste a parar a su casa?

_ Lo llamé varias veces al teléfono de línea de la casa y cuando atendía y me escuchaba, puteaba y me cortaba de una. Después, directamente ni se molestaba en atender.

_ Y vos decidiste ir a la casa para intentar hablar con él en persona. ¿Llegaste y qué pasó?

_ Toqué el timbre un par de veces y nada, y cuando me iba a ir, escuché como un fuerte grito que venía del fondo de su casa. Agarré la llave y entré enseguida. El resto ya lo sabe.

_ ¿Por qué tenías llave de la casa de Moscona?

_ Él tenía un juego ocultó bajo la alfombra de la entrada.

_ Por eso los peritos no encontraron la puerta de ingreso violentada. ¿Y decís que no viste salir a nadie más de ahí adentro? ¿Escuchaste gritos y el tipo estaba solo y encima muerto, cuando lo encontraste?

_ Suena delirante, pero más o menos así pasó todo.

_ No te creo. La sangre en tu ropa, el cuchillo que sostenías y tiene tus huellas, la debilidad de tu historia... ¿Te das cuenta que todo apunta a vos? Inventate algo mejor y más creíble para la próxima. Dudo que así puedas convencer a un tribunal.

_ Pero, le juro que no...

Tonalli se mostró más asustado y nervioso que nunca.

_ Tenías llave de la casa de la víctima y motivo para el crimen_ remató Basterra con soberbia._ ¿Cómo averiguó Moscona todo el tema de lo de su mujer?

_ No, me mató. No me refirió nada respecto a eso. Desconozco si actuó por las vías legales o no. Eso fue cuestión suya.

_ ¿La conocías bien a ésta Yael Petraglia, vos, Pibe?

_ Lo suficiente como para saber que era una mina muy buena  pero con un carácter complicado y difícil de llevar. Pero amaba mucho a Gustavo. Él era todo para ella.

_ Pero, aun así, lo dejó y sin decirle adónde se iba. ¿Eso es amor? ¿Realmente lo amaba, como vos afirmás?

_ Le dije que es una mujer con un carácter particular. Y dadas las circunstancias.

_ ¿Hace cuánto que la conocías?

_ Desde que se casaron, hace dos años atrás.

_ ¿Cómo era tu relación con ella?

_ Buena. Se puede decir que era aceptable.

_ ¿Ella también te conocía a vos lo suficientemente bien?

_ Supongo que sí. Eso se lo tiene que responder ella.

Basterra apoyó las dos manos firmes sobre la mesa y miró a Tonalli desafiante.

_ ¿Cómo que se lo tengo que preguntar a ella? ¡Te lo estoy preguntando a vos, carajo!_ soltó en un grito eufórico.

Pablo Ezequiel Tonalli se asustó bastante por ésta reacción inesperada por parte de Félix Basterra, pero trató de disimularlo lo mejor que pudo.

_ Sí. Retracto mi respuesta. Los dos nos conocíamos lo suficientemente bien_ corrigió Tonalli, con cierta precaución.

_ ¿Para saber o imaginar que una tragedia así se podía desatar en cualquier momento?

_ No entiendo a qué se refiere, exactamente.

_ No necesito que entiendas nada. Decime una cosa: ¿Moscona intentó reconciliarse con su exesposa después de tan fortuita separación?

_ Sí, claro. Pero ella nunca le atendió el teléfono. Así que, Gustavo fue hasta la casa y no la encontró. Y una vecina le dijo que hacía días que no la veía.

_ Como si ella hubiese tenido pensado de antemano divorciarse e irse a la mierda. Y Moscona le dio el motivo perfecto.

_ No lo creo. Ellos estaban perfectos. Era un matrimonio sumamente feliz.

_ ¿Te consta?

_ Indudablemente. Nunca los vi discutir, además.

_ Todas las parejas discuten, Tonalli. Unas más y otras menos. Y todas puertas adentro. Mi experiencia me dice que tengo que descreer en buena parte lo de la parejita feliz. Seguramente, la mina se estaba revolcando con otro por ahí y tu amigo resultó flor de cornudo.

Tonalli se levantó con cierta euforia de su asiento e intentó arremeter contra el sargento Basterra, pero fue reprendido por éste y volvió a sentarse en su lugar.

_ No le voy a permitir que le falte el respeto así a Gustavo_ dijo gritando Tonalli.

Y en ese momento, el agente Enrique Baldomar ingresó al recinto con la información que le fue requerida por el sargento Basterra. Cuando le fue exhibida y la revisó, su reacción fue de una sorpresa absoluta y genuina.

_ ¿Esto está chequeado, Baldomar?_ le preguntó Basterra azorado y con los ojos terriblemente abiertos.

_ Sí. ¿La vamos a buscar?_ repuso Baldomar.

_ Sin una orden de un juez que lo fundamente, no podemos hacer nada.

_ Perdón. Pero tampoco tenemos permitido indagar a los imputados porque eso es potestad por derecho de la Fiscalía y así lo establece el Código Procesal, y sin embargo al tipo este lo bombardeamos a preguntas.

_ Esto es distinto. Traela como testigo, y cuando venga, la encaramos sin vueltas.

Pablo Tonalli contempló la conversación sin entender demasiado de qué estaban hablando. Lo que sí quedaba claro era que lo que descubrieron acerca de Yael Petraglia los descolocó súbitamente.

A las dos horas, la exesposa de Gustavo Moscona, la víctima, estaba sentada en la sala de interrogatorios contigua adonde esperaba Tonalli. Los dos oficiales confrontaron a la dama sin rodeos después de algunas preguntas y cuestiones de rigor.

_ ¿Me dijo que se llama Yael Petraglia, verdad?_ le preguntó con disimulada duda, Félix Basterra.

_ Sí_ respondió secamente ella._ Ya sé que agarraron a Pablo y que Gustavo lo delató antes de morir. Hagamos los trámites que haya que hacer rápido, que estoy apurada.

_ Gustavo Moscona descubrió que usted se cambió legalmente el nombre porque su padre fue un genocida en la última dictadura militar y no quería nada tener que ver con un monstruo así. Quería expulsarlo de su vida y empezar de cero. La entiendo. Y lo consiguió. Bien por usted. Pero su exesposo hurgó en su vida y la descubrió, por lo que se divorció. Guardó el secreto muy bien por muchos años y él lo sacó a la luz. Y no se detuvo. Insistió e insistió hasta que al fin lo averiguó todo. El resto se deduce fácilmente. La extorsionó con volver con él a cambio de no revelarle su secreto al mundo. Se rehusó y pidió arreglar las cosas personalmente. Él aceptó. En el ínterin, Pablo Tonalli decidió ir a visitar a Gustavo. Llegó cuando aún agonizaba, porque minutos antes usted lo mató para preservar su honor y por considerar a su exmarido un traidor.

Él le abrió, usted entró, esperó el momento justo para actuar y lo apuñaló. Escuchó que el señor  Pablo llegaba, así que se escondió. Y entre la conmoción de haber encontrado el cuerpo de su mejor amigo sin vida, usted huyó de la escena por la puerta de atrás y se deshizo en el camino de la ropa ensangrentada.

_ Tiene una imaginación admirable, oficial. Y lo aplaudiría si fuese cierta. Pero no lo es y yo estoy perdiendo mi tiempo con usted.

_ Su nombre real es Tonalli María Manfredo. ¿O me lo va a negar? Tonalli suena como un apellido, y lo es en efecto. Pero también es un nombre genérico y poco convencional, más propicio en mujeres que en hombres. Supongo que por eso su padre lo eligió para usted. A propósito, era Rafael Manfredo, procesado por más de 164 crímenes de lesa humanidad durante el setenta y seis y el setenta y siete. Lástima que se suicidó. Prefirió la muerte antes que enfrentar el juicio e ir a prisión. Le hizo un favor a la humanidad con su decisión.

Yael Petraglia, si ése era su nombre, se cruzó de brazos y adoptó una mirada vahída que apuntaba directo al unísono. Y su expresión era la de una mujer derrotada y atrapada entre cuatro paredes.

Gustavo Moscona, con su último suspiro, proclamó que descubrió finalmente la verdad acerca de su exmujer, y además, el nombre de su asesina.

lunes, 10 de julio de 2017

Muerte en las alturas (Gabriel Zas)




                                              


Voy a contar el siguiente caso desde un lugar un tanto diferente a como comúnmente lo hago, ya que no formé parte activa en él. Contrariamente, voy a exponerlo exactamente igual a como mi amigo me lo narró a mí, sin agregar ni quitar ningún detalle ni ninguna palabra de ninguno de los diálogos que hacen a la presente historia.

Sean Dortmund estaba disfrutando de uno de sus mayores placeres de la vida: fumar un buen habano mientras leía el diario, sentado cómodamente en su sillón predilecto. Sabía perfectamente, además, que nada iba a arruinar ése momento de paz y serenidad que tanto anheló porque el capitán Riestra estaba de vacaciones en Mendoza, por lo que la sola idea de que aquél le consultase sobre un caso intrincado estaba lejos de efectivizarse. Sin embargo, sus presunciones resultaron completamente infundadas. El mencionado capitán lo llamó por teléfono alrededor de las 15:30 para requerirle a mi amigo su colaboración en la investigación de la muerte de un hombre de unos 37 años de edad aproximadamente, identificado como Faustino Acosta, que tuvo lugar en el cerro Aconcagua. Según el relato del propio capitán Riestra, la víctima apareció muerta a 4300 metros de altura por sobre el nivel del mar por la Cara Norte de la montaña, lo que sería su vía de acceso normal a través del cual cualquier persona, por más inexperimentada que resulte, puede escalar sin mayores complejidades. Generalmente, las consecuencias de la altitud son severas, pudiendo producir en el propio alpinista efectos del tipo de apunamiento o similares, más si las condiciones climáticas no son un punto a favor ya que de estar calmas pueden revertirse en una fracción de segundo y hasta puede ocasionarse la corriente técnicamente conocida como Viento Blanco del Aconcagua. No obstante, nada de esto implica un riesgo grave para la salud humana y el escalador no precisa asimismo del uso adicional de oxígeno artificial.

El cuerpo del señor Acosta apareció en el primer descanso de la montaña, conocido como Plaza de las Mulas. Estaba solo y fue descubierto por el piloto de un avión comercial que circundaba la zona. El análisis preliminar del forense había dictaminado que el señor Faustino Acosta falleció a raíz de una insuficiencia cardíaca fulminante, consecuencia quizás de la altura hasta la que había ascendido, motivado aparentemente por varios posibles factores que debían ser determinados por la necropsia correspondiente. Pero en la historia clínica del señor Acosta no existían antecedentes de enfermedades cardiovasculares ni de ningún tipo de enfermedad respiratoria ni crónica ni de nada por el estilo. Incluso, según lo que el capitán Riestra le contó a Dortmund, los estudios de rutina médicos preliminares que el señor Acosta se realizó para corroborar si estaba en óptimas condiciones de emprender la travesía, dieron todos perfectos, del primero hasta el último. La condición médica de Faustino Acosta era sobresaliente. Por consiguiente, su deceso fue caratulado como muerte dudosa.

El informe de autopsia estuvo disponible a la mañana siguiente del hecho y arrojó un resultado inquietantemente sorprendente y revelador: Faustino Acosta fue envenenado por un veneno no identificado en el momento. Parecía totalmente irrisorio porque nadie más estuvo con él a la hora de su muerte, y sin embargo, así fue. El desconcierto y la conmoción en los investigadores fueron completos y genuinos. Y ni hablar de cómo repercutió eso en nuestro amigo, el capitán Riestra. Nadie se esperaba semejante resultado. La carátula del caso cambió de muerte dudosa a asesinato.

¿Cómo envenenar a una persona que está a 4300 metros de altura, sola, sobre el descanso de una montaña? Dortmund era el único que podía encontrar una explicación plausible a tan inexplicable evento.

La primera hipótesis que surgió de boca de los investigadores fue que el veneno había sido suministrado en la botella de agua que el señor Acosta llevaba consigo para hidratarse. Sin embargo, el análisis toxicológico practicado posteriormente sobre la misma dio negativo. Se procesaron los alimentos que había ingerido momentos antes del ascenso al cerro y arrojaron el mismo resultado que la botella. Y el informe definitivo de autopsia terminaría por confirmar la mayor y más impensadas de todas las incógnitas: Faustino Acosta fue envenenado entre tres y cinco minutos antes de su fallecimiento, es decir, mientras estaba en la montaña. Decididamente, Dortmund era la solución más idónea para desdeñar este misterio. Por primera vez desde que lo conocimos con el inspector, él no juzgó la falta de sentido común del capitán Riestra. Y el caso, sin duda alguna, captó su interés de inmediato.

_ ¿Qué datos de interés brindó el testigo que descubrió el cuerpo del señor Acosta, capitán Riestra?_ fue lo primero que Dortmund le preguntó a nuestro amigo después de que aquél concluyera con el relato detallado de los pormenores del caso.

_ Dijo que vio a un hombre alejarse lo más tranquilo posible de la escena del crimen_ contestó Riestra._ No le pudo ver bien la cara pero lo describió como alguien de estatura media, cabello negro corto a la altura de la nuca y un saco gris algo desprolijo y puesto así nomás.

_ Lo que sugiere que el testigo sobrevoló la escena prácticamente después de que se cometiera el crimen. Tuvo que ver algo más. ¿Qué otra cosa declaró?

_ Pensamos lo mismo. Pero dijo que no vio nada más.

_ ¿En qué dirección comandaba el avión?

_ Declaró que de norte a sur y que el presunto asesino iba caminando en la misma dirección.

_ Y si  nuestro testigo venía volando a una altura promedio, es posible entonces que no pudiese ver nada y estuviera diciendo la verdad, después de todo.

_ Hay que tener en cuenta que los testigos siempre distorsionan los hechos involuntariamente, producto del trauma sufrido.

_ ¿Dice entonces, capitán Riestra, que es probable que el testigo haya tergiversado la dirección en la que vio huir al hombre misterioso o que haya pasado por alto algún detalle relevante?

_ Convengamos que es algo factible. Y no sería la primera vez.

_ Estoy de acuerdo. ¿Qué puede decirme, entonces, del supuesto hombre misterioso? ¿Pudo averiguar algo?

_ No creo que se trate de alguien tan misterioso, inspector Dortmund. Su descripción concuerda con la de Ludovico Valbuena, un antiguo socio de la víctima.

_ ¿A qué se dedicaba el señor Acosta?

_ Era dueño de una empresa que fabricaba y comercializaba herramientas de construcción. Conoció a Valbuena hace un año y medio cuando lo contrató como nuevo contador de la firma y a los cuatro meses lo convirtió en socio minoritario de la compañía. Todo iba bien entre ellos dos hasta que Acosta descubrió que Valbuena lo había estafado por grandes sumas en varias transacciones de toda clase. Más de veinte testigos fiables, entre empleados y personal ajeno, dieron fe de la veracidad de ésta historia y hasta algunos llegaron a declarar que tres días antes del homicidio, discutieron por este motivo en la oficina del señor Acosta.

_ ¿Discutieron sólo por eso?

_ Por lo que se desprendió de los testimonios, no existió otra cuestión de fondo.

_ De modo que el señor Valbuena tenía dos claros motivos para querer asesinar al señor Faustino Acosta_.

El tono de voz de mi amigo sonó reflexivo y daba cuenta de que una idea lo estaba atacando, aunque resistió la tentación de hacer gala de ella de arranque. Antes, quería asegurarse de no dejar ningún detalle librado al azar.

_ ¿Por qué plantea la existencia de un doble motivo, Dortmund?_ inquirió con ingenuidad el capitán Riestra.

_ Porque: o bien el señor Valbuena pudo asesinar al señor Acosta para evitar que lo denunciara por los fraudes que cometió en perjuicio de la empresa, o bien para apoderarse de todo el capital entrante. No le alcanzaba con ser socio minoritario. Quería más porque era un hombre con una enorme sed de ambición.

_ Reconozco que no lo pensé por ése lado. Pero, sea cual fuera su motivación para el homicidio, se cae por su propia debilidad. Ludovico Valbuena dispone de una sólida coartada para la hora del asesinato.

_ ¿Está seguro, capitán Riestra?

_ Mis hombres la confirmaron. Valbuena definitivamente no mató a Faustino Acosta. Suponemos entonces que pudieron querer inculparlo. ¿No lo cree así, Dortmund?

_ Es una posibilidad, sí. Naturalmente, no la descarto. No descarto nada, capitán Riestra. ¿Quién más tenía motivos claros para querer muerto al señor Acosta?

_ La relación con su esposa no era muy favorable. Estaban en crisis desde hacía unos cuantos meses atrás.

_ ¿Cómo se llama la dama en cuestión?

_ María Fernanda Saleme. Y según su testimonio, ella se casó principalmente con el señor Acosta por sus inmensos deseos de formar una familia. Pero las intenciones suyas cambiaron radicalmente de un día para el otro. Dijo que no tenía ningún interés en tener hijos y que su vida era su empresa y sus pasatiempos.

_ ¿Escalar montañas era uno de esos pasatiempos, capitán Riestra?

_ Exactamente, inspector Dortmund. También le gustaba el esquí y la caza.

_ ¿Siempre escalaba el señor Acosta las montañas en absoluta soledad?

_ Según su esposa, sí. Decía que lo distraía de su rutina diaria y lo ayudaba a pensar.

_ ¿Y siempre escalaba los mismos días en los mismos horarios?

_ Sí. Viernes, sábados y domingos por la mañana temprano. Volvía a su casa como a las seis de la tarde.

_ Así que la señora Saleme estaba prácticamente todo el día sola, haciendo los quehaceres del hogar, imagino.

_ A veces se juntaba con amigas a la tarde tomar la merienda en casa de alguna de ellas.

_ ¿En su propia casa, nunca?

_ Algunas veces, sí. Pero fueron pocas.

_ ¿Así que, cuando su marido fue asesinado, la señora Saleme estaba reunida con sus amigas?

_ Sí. Confirmaron la coartada dos de ellas: Betina Mazziatelli y Luciana Ortega.

_ Igual, entiendo que María Fernanda Saleme tenía razones sólidas para estar enojada con Faustino Acosta.

_ Sí. Pero eso no demuestra su culpabilidad, Dortmund.

_ Tampoco su inocencia, capitán Riestra. Dígame otra cosa. ¿Quién más poseía motivos claros para ver muerto al señor Acosta?

_ Mantenía diferencias con uno de sus empleados, Martín Lange.

_ ¿Por qué razones?

_ Por cuestiones de jerarquía y poder, principalmente. Cosas así se ven todos los días en casi todos los trabajos habidos y por haber.

_ No me parece algo relevante.

_ Usted siempre dice que lo irrelevante es lo más importante en un caso.

_ Normalmente sí, capitán Riestra. Pero toda regla tiene sus excepciones.

_ Concuerdo en eso.

_ ¿Qué condiciones climáticas había en el cerro al momento de la muerte del señor Acosta?

_ Viento fuerte, de unos 45 a 50 kilómetros por hora, según el servicio meteorológico. Soleado, buen clima, templado, 13 grados... ¿Qué importancia tiene esto, Dortmund? No lo comprendo.

_ ¿Peinaron la zona?

_ ¿Para buscar, qué cosa?

_ ¡El arma homicida, capitán Riestra!

_ No sabemos cómo lo mataron. No podemos rastrillar el lugar sin saber qué buscamos con exactitud.

_ Para buscar lo que necesitan, deben dividir la zona en cuadros.

_ ¿Ya sabe cómo mataron al señor Acosta?

El capitán Riestra se oyó visiblemente compungido y azorado.

_ En efecto_ respondió mi amigo con absoluta calma y confianza._ E imagino que el propietario que renta los globos aerostáticos a los turistas y lugareños de la región contabilizó que tenía uno demás en su flota.

_ ¡Sí! Lo interrogamos porque tiene la base a medio kilómetro del cerro Aconcagua y supusimos que pudo ver algo. Dijo que un hombre se lo dejó y se fue sin muchas explicaciones. Y ahora que lo relaciono, su descripción física es idéntica a la que proporcionó el testigo del homicidio, aunque tampoco le vio la cara. Dortmund, por Dios, ¿cómo lo adivinó?

_ El mecanismo que utilizó el asesino para envenenar al señor Faustino Acosta me hizo suponerlo.

_ Asumo que ya sabe lo que pasó.

_ Peine la escena buscando una sopapa en miniatura, como las que se usan en las armas de juguete. Sólo que el asesino en vez de impregnar la punta con saliva, lo hizo con veneno.

_ No puede estar hablando enserio, Dortmund.

_ Siempre hablo enserio, capitán Riestra. Piense además que es el único modo factible de cometer un asesinato de tales características desde una altura de 4300 metros. Un arma de juguete se consigue fácilmente en cualquier juguetería o comercio. Por lo tanto, no es nada complicado para el asesino adquirir una. Una vez el arma en su poder, humedeció la punta de la sopapa con el veneno y la cargó en la misma. Subió a un globo aerostático que pudo conseguir en cualquier otro momento por cualquier medio, se acercó lo suficiente a la víctima desde el aire, apuntó y disparó. Y siguió su trayecto en globo hasta la estación más cercana en donde lo dejó abandonado, escapando a pie como si nada hubiera sucedido.

_ Hay algo que no entiendo. ¿Cómo es posible que el piloto de avión lo haya visto huir a pie pero según su versión, no descendió del globo hasta medio kilómetro más adelante?

_ Admiro que esté atento, capitán Riestra. Buen punto el que plantea. Y la explicación es bastante austera y vulgar. Su testigo debió confundir el Aconcagua con otra montaña. Técnicamente, ambos dijeron la verdad. Peine la escena por cuadrículas para hallar la sopapa utilizada para el asesinato. El fuerte viento debió arrastrarla bastante lejos. Después que impactó en el cuello del señor Acosta, sin dudas cayó al vacío.

_ Es muy ingenioso. ¿Quién y por qué?

_ Fue su esposa, María Fernanda Saleme. Es absolutamente cierto que las apariencias pueden engañar hasta a la persona más inteligente. Es fácil para la señora Saleme simular ser el señor Valbuena. Después de todo, ¿quién mejor que ella podía conocer los problemas que su esposo mantenía con su socio? Este punto no merece demasiadas explicaciones. Sólo fue cuestión de que María Fernanda Saleme se cortase el cabello a la misma altura de cómo lo tiene Ludovico Valbuena y al colocarse un sobretodo de hombre, cualquiera supondría a simple vista que se trataba de uno. Simplemente, después era necesario que ella consiguiese una peluca idéntica a su cabellera natural para camuflar el ardid. Y procuró tomar un sobretodo lo bastante ancho como para esconder en su interior el arma empleada. Sólo que su brillante plan no contempló que el señor Valbuena pudiera tener una coartada sólida. Aun así, prefirió crearse una para ella misma con la complicidad de dos de sus amigas. El motivo de porqué lo hizo es claro: al señor Faustino Acosta no le interesaba en lo más mínimo formar una familia, como le prometió a su esposa antes de casarse con ella. Seguramente, era de esos hombres que siempre evadían el tema bajo la órbita de cualquier pretexto. Además, tenía tiempo sólo para su empresa y sus pasatiempos, pero no para ella. La ira de la señora Saleme se acrecentó paulatinamente hasta que alcanzó su límite máximo permitido.

Del otro lado de la línea sólo se percibió un prolongado silencio y atrás el tono que anunciaba que la comunicación había concluido. El capitán Riestra junto a su equipo encontró la tan peculiar sopapa en miniatura en cercanías a la escena del crimen y cuando confrontó a la viuda con los hechos expuestos por mi amigo, corroboró que aquella llevaba efectivamente puesta una peluca y que su cabello estaba corto a la altura de la nuca, por lo que fue arrestada inmediatamente.

Hubo algunos detalles que Sean Dortmund se había reservado para sí mismo, pero él acertó con la solución del caso y volvió a triunfar una vez más. Y lo celebró bien a lo mendocino: con una buena botella del mejor vino de bodega.

viernes, 30 de junio de 2017

Las detectives (Gabriel Zas)






                                Caso 10: Accidentada

 



Nada iba a arruinar ésa noche de salida de amigas. Ailen e Ivonne se arreglaron y vistieron ropa de gala para ir a ver un ballet a uno de los teatros más emblemáticos y ostentosos de la ciudad de Buenos Aires. Llegaron puntual a las 19, una hora antes del arranque de la función, y se sentaron en los asientos del medio de la tercera fila de adelante. La sala se colmó de gente en cuestión de pocos minutos, lo que obligó a que la función empezara a horario.

El despliegue de las veintiún bailarinas en escena, el armado de la escenografía y la originalidad de la coreografía hicieron del espectáculo un deleite para los ojos de los presentes, inclusive para el de ambas mujeres, que no estaban habituadas a presenciar eventos de semejante magnitud y lo disfrutaron como nunca en sus vidas.

Todo era glamour y perfección hasta que Martina Lodeira, una de las artistas más prestigiosas y talentosas que había en el país por esos días, y una de las más importantes y reconocidas de Latinoamérica, en un salto básico que ejecutó cayó mal parada, trastabilló al querer equilibrarse cuando apoyó su pie izquierdo sobre el suelo del escenario y se deslizó precipitadamente de espalda como consecuencia de ése intento desesperado por recuperar el ritmo. Ni bien se vino a menos, quedó absolutamente inmóvil.

El público se impacientó abruptamente porque no sabía con exactitud cuál era el estado de la bailarina. Desde los asientos, se podía contemplar que la caída había afectado severamente la salud de Martina Lodeira, y muchos supusieron casi al mismo tiempo, que había quedado inválida porque quizás se rompió alguna vértebra vital de la columna. Sus compañeras de elenco la rodearon con desesperación y estupor, y al advertir que Martina no se movía ni respondía a ningún estímulo, bajaron las luces del escenario y cerraron el telón en una misma secuencia. Ésa situación generó más conmoción y desconcierto en el público presente, por lo que Ailen Ezcurra e Ivonne Fraga decidieron intervenir con urgencia. Se levantaron de sus respectivos lugares y fueron hacia el escenario a paso acelerado.

_ Es a propósito, ¿no?_ se quejó Ivonne Fraga, en camino hacia la escena.

_ Presiento que no.va a ser algo sencillo_ repuso Ailen Ezcurra.

_ ¿Qué querés decir? Se cayó, fue un accidente. Fin de la cuestión.

_ Ése es el problema. Una bailarina tan profesional como ella no se equivocaría en un movimiento tan básico.

_ Hasta los más grandes cometen errores en cuestiones simples. Y uno lo ve desde afuera y no lo cree. Pero se olvida que es tan humano como cualquiera de todos nosotros.

Cuando subieron al escenario, se identificaron como investigadoras y aislaron al instante al elenco del cuerpo de Martina Lodeira. Ailen Ezcurra se puso de cuclillas y colocó sus dedos Mayor e Índice en el cuello de la víctima por una fracción de segundos. Los retiró y miró a Ivonne Fraga con una expresión de desconsuelo abrumadora, que su amiga entendió enseguida: Martina Lodeira estaba muerta.

Ivonne Fraga se encargó de llamar a la Comisaría para convocar al resto del equipo de investigaciones y al Cuerpo de Criminalística, en tanto que Ailen Ezcurra aisló a las bailarinas fuera de la escena, les dio la noticia y las contuvo. El llanto y la desolación por parte de ellas fue inevitable. Nadie podía entender lo que había ocurrido.

En medio de un clima cargado de dudas, de conmoción, de dolor y de emociones de todo tipo, las detectives vetaron el ingreso y el egreso de cualquier persona ajena a la investigación del caso. Nadie podía entrar ni salir hasta que la muerte de Martina Lodeira no estuviera del todo esclarecida. Esto, indudablemente, generó malestar en la audiencia presente, y muchos reclamaron el reembolso del dinero de la entrada. Eso les importaba más, al parecer, que una vida humana. Entre ellas dos no pudieron controlar del todo la situación, pero el resto del equipo llegó enseguida y entre tres oficiales controlaron al público presente y lo hicieron entrar en razón.

_ Ustedes no pegan una_ les dijo Fontán a las detectives, una vez los tres sobre el escenario.

_ ¿Te comiste un payaso, Fontán? ¿Te dedicás al humor, ahora?_ le preguntó Ezcurra, con ironía y algo enojada.

_ Me dedico a resolver casos. ¿Qué pasó?_ replicó Fontán, en tono más serio.

_ Trastabilló haciendo una pirueta, pisó mal y se desnucó_ declaró Fraga ,_ aunque a Ailen le resulte sospechoso eso.

_ Soy policía, dudo de todo_ se defendió, Ezcurra.

_ ¿Qué dijo Laberna, Fontán?_ quiso saber Ivonne Fraga.

_ Sencillamente, no quiere que los medios sepan demasiados detalles sobre el caso. Dijo que no quiere a los periodistas adentro del teatro. Ya hay oficiales entrevistándose con las personas del público y Criminalística procesará la escena en breve.

_ Ni que le hubiera pasado algo a Paloma Herrera_ ironizó Ezcurra.

_ Reconozcamos que Martina Lodeira era alguien importante dentro del mundo artístico_ dijo Fraga.

_ Sí, no lo niego. Pero no para que hagan un espectáculo mediático de todo esto, como si fuese una personalidad más importante de lo que realmente era.

_ Ése es el negocio de los medios_ opinó Fontán.

_ Igual, no tienen mucho sobre lo que puedan presumir. Fue un accidente con desgracia_ ratificó fehacientemente Ivonne Fraga.

_ Todavía tengo mis dudas_ la contradijo su amiga.

Ailen Ezcurra hizo una pequeña simulación de los últimos movimientos previos a la fatal caída que hizo la víctima. Fraga y Fontán la miraban con simpatía y hacían un sobre esfuerzo por contener la risa.

_ ¿Te traigo un tutu, Ezcurra?_ la cargó Fontán, y se rió a la par de Ivonne Fraga. Pero ella hizo oídos sordos al chascarrillo y siguió concentrada con lo que estaba haciendo. Después de reiterados intentos, Ailen cayó exactamente igual a como lo hizo la propia víctima antes de morir.

_ No era una caída difícil ni mucho menos, imposible_ concluyó la detective Ezcurra._ Si yo que soy novata la ejecuté sin mayores dificultades, ella tuvo que hacerlo con los ojos cerrados. Es extraño.

_ ¿ Qué pensás?_ le preguntó Fontán.

_ Nada en concreto, por ahora. Que el forense se apure con el examen así Criminalística recaba evidencia. Y que la Fiscalía ordene liberar el cuerpo cuanto antes, si puede ser, así estamos más tranquilos.

_ ¿No querés que te abanique y te haga masajes en los pies, también?_ le dijo Fontán con zozobra.

_ Andá a buscar al forense, en vez de hacer chistecitos.

Fontán obedeció y volvió con el doctor Aguirre, el médico legista de la circunscripción jurisdiccional de la Comisaría. Se presentó ante las mujeres y procedió con el examen del cuerpo. Cinco minutos fue lo que tardó en hacer un análisis rápido del cadáver.

_ Murió por una fractura de cuello, producto de la caída misma_ confirmó el doctor Aguirre.

_ ¿Muerte accidental, doctor?_ preguntó Fraga.

_ Sí. Voy a elevar el informe preliminar a la Fiscalía para que autoricen liberar el cuerpo cuanto antes.

_ Gracias, doctor.

Y el forense se retiró.

_ Si el médico lo dice..._ dijo Ezcurra, aceptando finalmente la idea de la muerte accidental.

_ Era lógico. Nosotras lo vimos , igual que toda la gente_ agregó Ivonne Fraga con premura.

_ ¿Qué hacemos con todas las personas del público que se quieren ir y nos están puteando?_ indagó Fontán.

_ Que se vayan, ya está_ ordenó Fraga.

_ ¿Declararon, no?_ quiso estar segura, Ailen.

_ Sí.

_.Sí, que vayan, ya no es necesario que sigan acá.

_ ¿Y con las bailarinas, qué hacemos? Directora, productores, coreógrafos...

_ Que den testimonio de lo que vieron y se vayan yendo, a medida que presten declaración.

_ Ustedes dos también van a tener que dar testimonio.

_ Lo hacemos tranquilas mañana en la Comisaría. Nuestras declaraciones van a estar asentadas como las del resto de la gente. Despreocupate, Fontán_ repuso Ivonne Fraga.

Fontán se retiró, mientras que un grupo de investigadores interrogaba al resto del elenco y parte del equipo de Criminalística recolectaba elementos de la escena como indicaba el protocolo de procedimientos ante cualquier caso de muerte. Revisaron minuciosamente las condiciones del piso del escenario para descartar homicidio culposo por negligencia, al igual que cada una de las instalaciones habilitadas. Todo estaba normal hasta que una perito revisó debajo del escenario y alertó a las detectives al encontrar un dispositivo cuadrado, de tamaño medio, de proporciones inusuales y pesado. Tanto Ezcurra como Fraga lo analizaron azoradas.

_ ¿Dónde lo encontró, oficial?_ le preguntó Ezcurra, con sumo interés, a la técnico.

_ Ahí abajo, señora_ respondió la perito y señaló el lugar del hallazgo con el dedo._ Cómo ve, justo debajo del cuerpo.

Ailen lo revisó a conciencia y desvió su mirada para encontrarse visualmente con la de su compañera.

_ ¿Qué es ésa cosa rara?_ preguntó Fraga con curiosidad.

_ Parece como una especie de campo magnético en miniatura. Y si el zapato tenía un imán escondido en la suela o en la plantilla...

_ Parece que se activa remotamente desde un celular conectado a su circuito.

_ ¡Fue un asesinato! ¡Yo tenía razón! Cuando Martina Lodeira se posicionó justo debajo de este artefacto, el asesino lo activó y la fuerza magnética la derribó, matándola en el acto. Y cualquiera que lo viese desde afuera, diría sin dudas que se trató de un accidente.

_ Ingeniosa forma de sacarse a alguien del medio.

_ ¿Tiene huellas el aparato este?

_ Seguramente tenga. Permítame extraerlas_ dijo la perito.

_ ¿Lo activaron desde el público?_ reflexionó Fraga en voz alta.

_ A una distancia no superior a los treinta metros, señora. Por sus características y formas, este dispositivo es de corto alcance.

_ El asesino tuvo que estar cerca de nosotras, Ailen.

_ Y la autora intelectual es alguien del elenco. La mató una de sus compañeras_ dedujo Ailen Ezcurra.

_ No necesariamente_ vaciló su amiga.

E Ivonne Fraga corrió urgentemente a buscar a Fontán.

_ ¿Cuál es la urgencia, Fraga?_ le objetó Fontán, cuando lo interceptó.

_ Que los peritos le tomen las huellas a todas y cada una de las integrantes del elenco, incluyendo a la directora y resto del personal. Que los interroguen más a fondo y que el resto del equipo hable con las demás bailarinas. Busquen conflictos, motivos, diferencias... Y avisá cuando estén listas todas las muestras de las huellas y los testimonios más relevantes. Pero no tienen que saber que investigamos un homicidio, ¿está claro? Discreción, Fontán.

_ ¿Qué pasa? ¿No era que lo de Lodeira fue un accidente?

_ La mataron. Ahora no te puedo explicar. Hacé lo que te ordeno. Y requisá también todos los celulares de todas las personas del público.

_ Algunas ya se fueron y las que quedan, que están saliendo de a poco, me van a linchar.

_ No importa. Hacelo.

_ ¿Qué le digo a ésa gente, si me pregunta?

_ Secreto de sumario. Sin explicaciones.

El desconcierto de Fontán fue total, pero cumplió con las directivas impuestas por la detective Fraga.

El trabajo de la perito sobre el artefacto rindió sus frutos: recuperó un juego de huellas parcial. Sólo había que compararla con el resto. El asesino no fue nada precavido. Quizás, porque pensó que a nadie se le ocurriría buscar en un lugar tan recóndito como debajo del escenario, y cuando la Policía abandonara el teatro, podría recuperar el dispositivo sin inconvenientes. Pero claramente, sus pensamientos estaban definitivamente alejados de la realidad.

_ ¿Tiene algún número de serie o de lote, que nos diga dónde lo compraron?_ la interrogó Ezcurra a la perito.

_ No. Este tipo de artefacto es de fabricación casera_ respondió ella._ Se hace con imanes extraídos del interior de una PC o de cualquier otro electrodoméstico. Se le instala un software análogo programable desde cualquier dispositivo y listo. Armar, además, un circuito cerrado de éstas características no es nada difícil. Las conexiones son básicas y lo puede armar cualquiera que tenga mínimos conocimientos de electrónica.

_ Lo que prueba que la asesina tenía un cómplice.

_ Voy a llevarle las huellas al resto del equipo para que las compare. Permiso.

Y la técnico se retiró con autorización de Ailen Ezcurra.

_ ¿Cómo Lodeira no notó que el zapato tenía algo raro?_ se cuestionó Ivonne Fraga, cuando volvió a la escena.

_ Si era una lámina fina... Lo dudo. Parece que no se necesita mucho esfuerzo para producir una caída como ésa_ respondió Ezcurra._ ¿Ya le avisaste a Fontán?

_ Sí. Cuando haya resultados positivos, nos lo va a decir. Por ahora, no le digamos nada a Laberna. Que crea que fue un accidente. Cuando tengamos el caso resuelto, se lo decimos y listo.

_ Coincido, amiga. Es muy pesado.

_ ¿Más que los medios? Lo dudo.

_ ¿Están afuera, no?

_ Todo bajo control, por el momento. Manejan la información oficial del accidente. Hay que conservarlo así. Tienen órdenes directas de mantenerse al margen para evitar entorpecer la investigación en curso.

_ Pero cuando saquemos a la asesina por la puerta principal del teatro...

_ Ahí lo sabrán... Igual que Laberna.

Y ambas amigas se rieron discretamente. Volvieron adonde yacía el cuerpo de Martina Lodeira e hicieron una segunda revisión ocular. Enfocaron su atención en los zapatos de la víctima, pero no encontraron nada inusual en ninguno de los dos.

_ Cuando las luces bajaron y el telón cayó, la asesina tuvo tiempo suficiente para cambiar el zapato con el imán por uno común exactamente igual a ése y esconderlo en cualquier otro lugar_ dedujo Ivonne Fraga con suspicacia.

_.Coincido con vos_ la apoyó Ezcurra._ Y entre tanta conmoción junta, nadie fue capaz de advertir la maniobra.

_ Y no podemos examinar los camarines, porque sospecharían que investigamos un homicidio.

_ Esperemos a que los peritos hagan su trabajo. Es nuestro día de franco arruinado. Que trabajen los demás.

_ ¡Esto es un atropello y una absoluta falta de respeto!_ dijo una silueta femenina que emergió de la nada e interrumpió descaradamente la conversación que mantenían ambas mujeres.

_ No puede estar acá, señora_ le indicó Ailen Ezcurra._ Es la escena de una investigación en curso.  A usted y al resto de los presentes se les dio estrictas órdenes de permanecer en el lugar hasta que concluya la investigación.

_ ¡Fue un accidente! No nos pueden seguir teniendo acá contra nuestra voluntad, sin una justificación razonable.

_ Investigación en curso. ¿No le parece una justificación razonable ésa? Respete los parámetros y el espacio delimitado para la permanencia, indicados por efectivos policiales inherentes al caso.

_ ¿Y si yo y el resto nos negamos a cumplir sus órdenes, qué pasa?

Y se plantó con prepotencia haciéndole frente a ambas detectives.

_ Identifíquese, por favor_ le exigió Ivonne Fraga, anteponiéndose a la situación.

_ Soy Imelda Clerga, profesora de danzas clásicas y directora del ballet.

_ ¿Desde hace cuánto?

_ Desde que estrenamos en 2003, hace siete años ya.

_ Imagino que usted debe tener los contactos de todas y cada una de sus bailarinas, como así el de cada familiar más cercano a ellas.

_ ¿Por qué habría de brindarle ésa información? Es confidencial.

_ La confidencialidad desaparece cuando hay una investigación en curso_ intervino Ezcurra.

_ Eso es cuando hay un homicidio_ retrucó la señora Clerga.

_ Eso es cuando hay una muerte, sea de las características que sea_ redobló la apuesta, Ivonne Fraga._ Y cuando los testigos se niegan a proporcionarle a los investigadores alguna clase de información vinculada al caso, incurre en un delito y puede ir a prisión. ¿Eso es lo que usted quiere, Imelda? ¿La cárcel?

_ No, por supuesto que no.

_ Entonces, responda la pregunta que le formuló antes mi compañera_ ordenó con autoridad la detective Ezcurra.

La señora Clerga tragó saliva, respiró hondo y contestó.

_ Sí, tengo todos los contactos que usted mencionó antes. Son datos que necesitamos saber por el seguro del elenco.

_ Y supongo que nadie se beneficiaba con ése seguro…

La directora miró a Ailen Ezcurra con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto absoluto.

_ Imagino que todas sus artistas están aseguradas por el mismo importe, al igual que sus familiares_ subsanó Ivonne Fraga el tropiezo de su amiga._ Pero la detective Ezcurra se lo preguntó para poder contactar por algún medio fehaciente a los padres o a algún hermano o a algún pariente próximo de Martina Lodeira, para notificarles lo ocurrido con ella.

_ Toda su familia está en Italia. Creo que su hermano, Gonzalo Lodeira, está de vacaciones en Costa Rica. Pero no estoy segura. Se mudaron a Europa después de la crisis del 2001. Martina volvió al año, la incluí al elenco y desde entonces que permanecía fija en el staff_ y la señora Clerga se tomó la frente con pesar.

_ ¿Dónde vivía Martina?_ siguió preguntando Ivonne Fraga.

_ En un cuarto que alquilaba por Colegiales, ahí por Lacroze, a unas cuadras de la estación del tren.

_ ¿Sola?

_ Sí, vivía sola.

_ ¿Estaba de novia?

_ No, su trabajo le impedía mantener una pareja estable.

_ ¿Tuvo problemas alguna vez con alguna de las demás bailarinas?

_ No. Todas son como una familia. Los problemas entre ellas no existen. Siempre tratan de ayudarse en todo lo que puedan y llevarse de la mejor manera posible.

_ ¿Nunca le tuvo que llamar la atención por nada en especial?_ indagó Ezcurra.

_ No, para nada. Ni a ella ni al resto de las chicas.

_ ¿Era la más antigua de la compañía?

_ Técnicamente, sí. La única que estuvo desde los inicios, como les comenté antes. El resto de las chicas están hace tiempo también, pero se sumaron después de Martina.

_ ¿Cómo la contrató?

_ Ella estudió en la escuela de danzas que yo tenía en su momento en Boedo. La crisis del 2001 me obligó a cerrarla y no supe nada más de Martina hasta que me la encontré de casualidad caminando por la calle un año después, le hablé sobre la propuesta de armar un ballet y bueno, acá estamos.

_ ¿Alguna vez había tenido una caída semejante en los ensayos como la que sufrió sobre el escenario?

_ No, nunca. Ella era muy cautelosa y muy cuidadosa. Miraba muy bien antes de poner un pie sobre el piso. No entiendo cómo pasó.

Y la vista de Imelda Clerga se desvió hacia el escenario. Entonces vio el cuerpo y no pudo contener el llanto.

_ ¿Por qué no se la llevan de una vez?_ preguntó conmovida.

_ No podemos tocar el cuerpo hasta que nos llegue la orden directa del juez de removerlo y los peritos terminen de procesar el teatro y todas las evidencias que encuentren. Es el protocolo a seguir en cualquier caso_ respondió Ivonne Fraga.

_ Vaya con el resto de las personas. Cuando tengamos las novedades definitivas, se las vamos a hacer saber y ya ahí van a poder irse a sus casas a descansar_ complementó Ailen Ezcurra.

_ Cuando el juez autorice la liberación del cuerpo de Martina, va a poder iniciar todos los trámites legales para el velatorio y el sepelio.

_ ¿Y cómo le van a decir a su familia, que está en Italia?_ preguntó Clerga, algo compungida y apenada.

_ Nosotras nos vamos a encargar personalmente de eso_ le aseguró Ivonne Fraga.

Ailen Ezcurra acompañó a la directora del ballet con el resto de las bailarinas, muchas de ellas irritadas, confundidas y malhumoradas; y volvió minutos más tarde a reunirse otra vez con su amiga a la escena.

_ ¿Qué pensás?_ le preguntó a Ivonne Fraga al regresar.

_ Prefiero no pensar. No quiero conjeturar nada sin tener ninguna base sobre la que fundarme.

_ ¿Estás diciendo que no creés que la directora lo haya hecho?

_ Estoy diciendo que lo pudo planear cualquiera y ejecutar cualquiera. Afortunadamente, la asesina nos regaló sus huellas en el artefacto que usó para el homicidio.

Fontán apareció desde atrás del escenario.

_ No pude hablar con todas las bailarinas_ confesó frustrado._ Todas prestaron sus huellas, pero declararon algunas, nada más. Otras se negaron a hablar.

_ Tenían que declarar todas por igual, Fontán_ le recriminó la detective Ezcurra.

_ ¿Qué querés que hiciera? Muchas me putearon, porque se quieren ir y porque no entienden porqué hacemos esto y porque dicen que es una falta de respeto por parte nuestra…

_ Sí, sí, Fontán. Está bien. A nosotras vino a increparnos la directora del ballet por ese asunto. Contame qué pudiste rescatar de las pocas declaraciones obtenidas.

_ No había conflictos aparentes. Se llevaban bien con Martina Lodeira. Parece que era muy querida. Y las pocas peleas a las que me hicieron alusión, resultaron ser por una boludez.

_ ¿Y el resto del equipo requisó los teléfonos de las personas del público?_ curioseó la detective Fraga.

_ De las que estaban, sí. Nos costó un huevo y la mitad del otro porque no querían entregar sus celulares. Pero ya los tenemos. Y por cierto, va a demorar algunos días determinar de cuál de todos se activó el dispositivo que mató a Martina Lodeira. Acuérdense también que muchas personas se rajaron cuando les ordenamos, antes que ustedes averiguaran lo del asesinato. La orden pudo también provenir de alguno de esos teléfonos.

_ O sea que dependemos pura y exclusivamente del resultado que arrojen las huellas dactilares.

_ A eso iba: los peritos hallaron una coincidencia.

Ambas mujeres miraron a Fontán con brillo en sus ojos. La expresión de ambas cambió radicalmente.

_ A ver. Quiero ver los resultados ya mismo_ adujo Fraga con desesperación, y arrancó de las manos de Fontán el papel que aquél les extendió.

Después de leer las derivaciones de las muestras, las detectives se reunieron con algunas bailarinas en un camarín a solas. Después de exponerle los hechos y explayarles las disculpas correspondientes por la demora y todo el hermetismo de la investigación, una de ellas tomó la palabra.

_ Parece un delirio lo que me están diciendo_ confesó, aturdida._ Poner un imán debajo del escenario, otro en su zapato y activarlo remotamente para provocarle una caída y que pareciera un accidente. ¡Pobrecita! ¿Quién tuvo el descaro de cometer semejante atrocidad contra una de las mejores personas que conocí en mi vida?

_ Lo que había debajo del escenario era una suerte de campo magnético, si se quiere decir así_ aclaró Ivonne Fraga._ Después del accidente, cuando las luces se apagaron y el telón se cerró, la asesina aprovechó ése momento de conmoción para cambiar el zapato con el imán por uno normal, por lo que ésa persona tuvo que tener el otro zapato a la vista todo el tiempo durante la función, oculto en un lugar donde nadie lo notase o donde fuese natural verlo y que no levantara sospechas de ninguna naturaleza, porque después de todo, algunas de ustedes se cambian hasta tres veces durante la función. Así que la utilería está en un tipo perchero justo atrás del escenario.

_ Ustedes no estuvieron nunca atrás del escenario_ comentó otra de las bailarinas presentes.

_ Le contó alguno de los otros policías, seguro_ dedujo otra de las chicas.

_ Créase o no, lo dedujimos_ tomó la palabra, Ailen Ezcurra._ Dadas las circunstancias del caso, teníamos que imaginarnos que tener vestuario justo detrás del escenario era menester indispensable para cambiar un zapato por otro sin que nadie sospechara nada. Después, una vez finalizada la función, personal de utilería lleva eso de nuevo al depósito y lo guarda todo ahí, porque estimo que todas ustedes dejan los tutus acá en lugar de llevárselos. Y es claro, por otra parte, que la asesina no podía ni llevarse el zapato a su camarín ni plantarlo en el camarín de ninguna otra de ustedes. La solución expuesta entonces resultó la más certera y la más obvia, por supuesto.

Y hubo unos segundos de silencio, donde las miradas de las detectives recorrieron cada una de las miradas de las bailarinas.

_ Pero la asesina cometió un error de principiante_ retomó Ezcurra._ No usó guantes y dejó sus huellas impregnadas en el artilugio usado para matar a Martina Lodeira.

_ Por eso les pedimos a los peritos que les tomen sus huellas a cada una de ustedes_ continuó Fraga._ Y ya tenemos a una ganadora. Por eso las reunimos a todas acá.

_ ¿Quién fue?_ dijo una de las bailarinas pegando un salto desde su silla.

_ Su profesora y directora, Imelda Clerga.

Y todas las miradas de odio, rencor, dudas, estupor, confusión y desolación, se dirigieron a ella en un parpadeo.

_ Deme haber un error_ disparó la señora Clerga, como queriendo zafar de la situación. Pero claramente no logró su cometido.

_ Las evidencias no mienten_ le dijo Fraga sin rodeos._ ¿Por qué? ¿Por qué la mató?

_ ¡Porque me robó la coreografía!_ se quebró._ Yo la armé, la pensé, la modifiqué, le hice arreglos… Y ella no paraba de decirle a todo el mundo que fue su idea. Intenté persuadirla varias veces, pero ella no hizo caso a mis advertencias. Todos creían que ésa estúpida engreída era el cerebro del ballet. Se llevaba todo el crédito y el reconocimiento a costas mía. Tenía que hacer algo. Puse la excusa que tenía que mandar un mensaje de texto. No fue complicado.

Ivonne Fraga hizo arrestar a Imelda Clerga delante de sus bailarinas. Fue sacada por la puerta principal del teatro, donde los medios dieron la primicia de su detención y de la verdadera causa de la muerte de Martina Lodeira, aunque las declaraciones que dieron a la prensa eran muy escuetas y resumidas.

Laberna, desde su oficina en la Comisaría, apagó la televisión.

_ Nunca me avisaron nada de todo esto. Me vengo a enterar de todo por el noticiero_ se quejó._ A mí, definitivamente, los de arriba me van a colgar de las pelotas por éstas dos que hacen lo que quieren a espaldas mía.