jueves, 14 de septiembre de 2017

Lámpara encendida (Gabriel Zas)


No pretendo darle crédito a la siguiente historia, ya que carezco de elementos necesarios para respaldarla y justificarla. Y es que las circunstancias son tan inverosímiles y extraordinarias, que ni yo me la creo. Así que, lisa y llanamente voy a proceder a describirla brevemente.

Cada vez que yo me iba a trabajar todas las mañanas, dejaba la lámpara del comedor encendida por una cuestión de seguridad. El resto de las luces las apagaba y cerraba todas las cerraduras con dos vueltas de llave. Cierto día salí antes del trabajo, por lo que llegué más temprano a mi casa. Cuando entré ésa vez, leí sobre el techo algo que me dejó absolutamente paralizado. Era una nota que expresaba: "Dentro de muy poco robaré de su oficina unos documentos que usted tiene en poder suyo y que es conveniente que pasen cuanto antes a nuestro dominio por el bien de todos. Ésta es la única forma que tenemos de conseguirlos". El recado no tenía ni firma ni remitente, pero podía leerse en el techo porque fue dejado alevosamente sobre la lámpara que yo siempre dejaba encendida en el comedor antes de irme para el trabajo. La bombita del velador resultó ser un proyector eficaz y extraordinario.

No había cerraduras ni ventanas forzadas, tampoco efectos personales fuera de lugar, la casa no estaba en absoluto revuelta ni nada por el estilo. Todo estaba acomodado tal cual yo lo tenía. Cómo entró el intruso y salió como si nada, era un profundo misterio.

Todos los días y durante una semana entera, aparecieron varios recados, todos bajo las mismas circunstancias y condiciones, y todos y cada uno de ellos me advertían sobre el inminente robo que sufriría de mi propio estudio de mi casa de unos preciados documentos que estaban en poder mío. 

No fue sino hasta el octavo día aproximadamente, que decidí hacer lo que debí haber hecho desde un principio y que quizás no hice porque estaba completamente shockeado y paralizado por toda la extraña situación que estaba experimentando, que fue ir a mi oficina y revisar que todo estuviese es sus respectivos lugares. Y en efecto, así procedí. Antes de ingresar, examiné la cerradura otra vez y estaba normal. Puse la llave, entré e hice una inspección minuciosa del espacio. Todo estaba ordenado tal cual yo lo tenía dispuesto, a excepción del bendito documento, que había desaparecido por completo como por arte de magia. Y tomé la determinación de entrar porque la última misiva dejada sobre la lámpara encendida de mi comedor fue concisa y directa, y me hizo saltar el corazón del pecho: "Hoy robaré de su despacho los documentos que nos interesan sin dejar el menor rastro". Y, en efecto, así sucedió.

De este incidente, ya pasaron nueve años. Y todavía hoy, sigo sin saber cómo entraron a mi casa sin forzar ni una sola cerradura y sin dejar la menor evidencia posible. Lo que sí quedaba claro era que el ladrón tenía conocimiento pleno de mi rutina y mis horarios. Todo lo demás, incluyendo su identidad, escapa a mi entendimiento.


Humo en la chimenea (Gabriel Zas)




"Cuando vean que el humo de mi chimenea salga negro, sabrán todos que me ha llegado la hora".

Nélida Fortunato escribió ésas palabras una tarde mientras tejía al lado de su chimenea, postrada en su silla de ruedas. Decía siempre que el calor que emanaba de la chimenea y la paz que el crujido del fuego despertaba en ella la inspiraban profundamente. Estar sentada al lado de la chimenea escuchando la radio y tejiendo era su espacio predilecto de la casa y su lugar en el mundo. Podía pasarse semanas enteras ahí sin llegar a cansarse nunca de eso.

Estaba en la última etapa de su vida. Tenía cáncer y el médico le pronosticó una muerte inminente en un lapso de tiempo no superior a los cuatro meses. Y si Nélida iba a morir de un momento a otro, deseaba hacerlo al lado de la chimenea haciendo lo que amaba hacer.

No tenía hijos y vivía sola en una humilde cabaña en las afueras de un pequeño pueblo en la provincia de Buenos Aires. Su única familia eran dos sobrinos, Oscar y Salvador, hijos de su hermano ya fallecido. Nélida siempre habló maravillas de ellos, porque fueron quienes la cuidaron y estuvieron incondicionalmente a su lado desde que contrajo la enfermedad. Ambos vivían con sus respectivas familias en Capital Federal, pero fin de semana por medio los dos hermanos se hacían una escapada para ir a visitar a su tía.

Fue la razón que la motivó a Nélida a dejarles toda su fortuna y su cabaña a Oscar y Salvador en su testamento en partes iguales. Y un día, por mera casualidad del destino, escuchó a ambos a hablar sobre la posibilidad de asesinarla para quedarse con todo y heredar cuanto antes el testamento. Nélida, sin pensarlo dos veces, escribió las líneas que dan comienzo a la actual narración, porque estaba decidida a quemar el testamento. Ella moriría de una forma u otra, pero ninguno de sus sobrinos jamás verían nada de lo que les correspondía.

Oscar y Salvador planificaron el asesinato de su tía durante una semana entera, hasta que estuvieron listos para ejecutarlo y fueron a visitar a Nélida como comúnmente lo hacían casi siempre todos los fin de semanas. Ella estaba postrada en su silla de ruedas, convaleciente. Ambos intuyeron que el asunto no iba a resultar nada complicado.

Mientras uno de ellos distraía a Nélida hablándole y manteniendo con ella una conversación fluida y amistosa como las que solían darse habitualmente entre ellos tres, el otro la agarraría de sorpresa por detrás y la estrangularía con un lienzo. Se harían del testamento y cuestión resuelta.

El día indicado, cuando iban a consumar su plan, Nélida tomó el testamento y lo arrojó a la chimenea. El humo fue entonces negro y Nélida fue asesinada por sus sobrinos Oscar y Salvador porque se enojaron con ella porque se sintieron traicionados: en un segundo perdieron toda la herencia. Vieron el testamento consumirse lentamente por el fuego de la chimenea. EL crepitar de las llamas los enloquecía. Aunque quisieron salvarlo, no pudieron. La destrucción del documento fue total.

Cuando pretendieron salir de casa de su tía y escapar, la Policía los estaba esperando y los arrestó en el momento. El humo en la chimenea fue la señal para que actuara. Unos oficiales ingresaron posteriormente a la morada y extrajeron de un tronco un documento que estaba oculto. Expresaba lo siguiente: "Como mis adorables sobrinos me quieren matar, toda mi fortuna y ésta humilde cabaña irán a parar todo a obras de caridad. Cuando el humo de la chimenea esté ennegrecido, sabrán que mis sobrinos Oscar y Salvador actuaron. Y no quiero abandonar este mundo sin haber hecho algo por los demás y retribuirle de este modo todo lo que él me dio a mí. Lo saluda afectuosamente, Nélida Fortunato".

 


viernes, 8 de septiembre de 2017

Mientras duermas (Gabriel Zas)


Alejandro Arriola apareció muerto de un disparo en la cabeza a medianoche mientras dormía. Se había acostado a las nueve de la noche porque se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para ir a trabajar. El resto de la familia estaba cada uno en sus respectivas habitaciones cuando ocurrió todo. Nadie podía creer lo sucedido y diversas emociones invadieron el ambiente, comandadas por un sentimiento de confusión irremisible.

El capitán Riestra convocó a Dortmund para que pudiera arrojar alguna luz sobre este extraño incidente. La ventana de la habitación, que se encontraba en el altillo de la casa, estaba cerrada con la traba puesta desde adentro, la puerta tenía dos vueltas de llave, por lo que hubo que derribarla para ingresar; no había huellas ni ningún indicio de cómo entró y salió el asesino de manera implacable y mucho menos algún vislumbre sobre su identidad; y todas las cosas estaban en su lugar, a excepción de algunas ínfimas que estaban dispersas justo por debajo de la ventana, lo que resultaba poderosamente llamativo. El capitán Riestra atribuyó el hecho a que el asesino tropezó al intentar huir rápidamente de la escena, lo mismo que el resto del equipo, pero Sean Dortmund no estaba para nada convencido respecto a esta hipótesis fundada sobre una base lógica muy débil, según su propia apreciación. Miró la escena completamente en silencio con absoluta precisión y detalle, luego intercambió algunas idas y venidas con el capitán Riestra y finalmente le hizo solamente una pregunta a la señora Carina Sucedo, esposa de la víctima.

_ ¿El señor Arriola dormía con la ventana abierta o cerrada?

 _ Abierta, estoy cien por ciento segura_ respondió la señora Sucedo, firmemente.

_ Comprendo.

_ Era una persona asmática y se quedaba sin aire a menudo. Por eso dormía con la ventana abierta.

El inspector Dortmund revisó otros rincones de la casa con ojos de experto y salió a la calle. Se posiciono justo debajo de la ventana del cuarto del senor Arriola y observo dos marcas ligeramente profundas impregnadas en la tierra. Las estudió con detenimiento y alzó su vista hacia arriba. Luego, volvió a ver a la señora Sucedo para saber qué tan transitada era la calle a la que daba la recova de Alejandro Arriola y ella le confió que después de las ocho y media de la noche ya no pasaba ni una sola alma. Le agradeció, busco al capitán Riestra y se lo llevó aparte para hablar tranquilos.

_ Ya sé cómo asesinaron al señor Arriola_ le dijo Dortmund con absoluta convicción.

Riestra lo miro con los ojos enormemente abiertos.

_ Sin dudas, el asesino conocía muy bien los movimientos de la zona y los horarios del señor Arriola_ continuó el inspector._ Colocó una escalera debajo de la ventana de la víctima y aprovechando que la traba de la ventana tiene un mecanismo sencillo que se libera desde arriba hacia abajo, anudó un extremo de una cuerda dándole un par de vueltas para asegurarla bien y el otro extremo lo ató a uno de los dedos de alguna de sus manos. Tomó el arma, apuntó directo a la cabeza del señor Arriola y disparó al mismo tiempo que jaló de la soga. El fogonazo bloquearía sin dudas el impacto de la ventana al caer bruscamente y trabarse automáticamente cuando se deslizó.

Inmediatamente bajó, tomó la escalera y se retiró de la escena con la misma serenidad con la que fue. Accidentalmente, de un modo u otro, arrojó algunos efectos personales al piso. Las dos marcas de tierra justo debajo de la ventana del cuarto del señor Arriola y la trayectoria que adquirió la bala, que se entrevé claramente si se analiza la herida en el cuerpo como es debido, me dieron la solución del caso. Claramente, alguien de la familia es cómplice del asesino, quien seguramente fue alguien contratado especialmente para matar al pobre señor Alejandro Arriola.

La presunción de Sean Dortmund sobre el culpable la descartó a las pocas semanas él mismo cuando descubrió que Alejandro Arriola tenía una hija extramatrimonial que necesitaba un trasplante urgente de riñón y él se lo negó tajantemente. La donación de órganos es efectiva entre parientes y familiares directos, más cuando existen muchos casos particulares y situaciones muy especiales. Este se podía decir que era uno de esos casos. Que el señor Arriola le negara un riñón a su hija extramatrimonial y la dejase morir, despertó la ira de una persona evidente. Pero, ¿y si el motivo era otro en verdad o había más de uno?


La sentencia (Gabriel Zas)





                                   

_ Se dará cuenta de que todo este asunto reviste una gravedad inusitada_ explicaba nervioso el doctor Silvio Benedetto._ Y que salga a la luz sería causal de una catástrofe terrible. Por eso lo mandé a llamar a usted, inspector Dortmund. Ni la prensa ni nadie de afuera tienen que enterarse de que la sentencia desapareció de mi propio despacho. Se armaría un gran escándalo.
_ ¿Quién es el condenado?_ preguntó el inspector.
_ Rodolfo Tiengo. Está acusado de haber defraudado al Estado en más de veinte mil millones de australes, de lavado de dinero, de conformar una asociación ilícita y de estafa agravada a una entidad financiera en otra causa tramitada en paralelo.
_ ¿Acaso el señor Tiengo no tiene una causa abierta paralela por el pago de sobornos a dos jueces?
_ No es lo que piensa. Los doctores David Rosetto y Carolina Cedrón fueron destituidos de sus cargos y debidamente enjuiciados. Se dispuso el sorteo de inmediato para designar a sus reemplazantes, reafirmándome a mí como presidente del tribunal porque yo estuve totalmente desvinculado de la causa. Nada tuve que ver con lo que ellos hicieron. Me investigaron, como corresponde, y no tuve ni tengo nada que ocultarle a nadie.
_ ¿Cómo resultó la condena?
_ Dieciocho años de prisión efectiva por todos los delitos que le mencioné antes. El juicio por el supuesto pago de sobornos llegó a su etapa decisiva. Tenemos una enorme presión sobre nuestras espaldas en la resolución de ése juicio.
_ ¿Decisión unánime?
_ Votación dividida. Dos votos a favor y uno en contra.
_ ¿Quién votó en contra de la culpabilidad del juez Tiengo?
_ El doctor Matías Antier, en tanto la doctora Guadalupe Consentino y yo lo hicimos a favor.
_ El nombre del señor Antier me resulta muy familiar.
_ Estuvo relacionado hace dos años atrás con el tema del pago de sobornos a jueces, coimas y con toda la mar en coche. Pero mediante los procesos legales pertinentes quedó demostrada su inocencia en todos los temas inherentes a la corrupción judicial y lo absolvieron de toda culpa y cargo.
_ De modo que el doctor Antier podría disponer de razones personales y muy concretas para querer robar la sentencia.
_ Sí, pero es imposible que él sea el ladrón porque estaba de viaje oficial conmigo en una comitiva en República Dominicana. La única que quedo acá fue la doctora Consentino y pongo las manos el fuego por ella.
_ Quizás el señor Antier tenía un cómplice y ese cómplice bien podría ser o la doctora Constantino o algún otra persona de su confianza.
_ El mismo día que dictamos el veredicto, la sentencia quedo guardada en mi caja fuerte adentro de mi despacho y bajo llave. Íbamos a firmarla a nuestro regreso del viaje a Centroamérica y a leerla justo en una audiencia a la semana exacta de la recepción de lectura del veredicto.
Sean Dortmund examinó el despacho de donde desapareció la sentencia con una mirada clínica y minuciosa. Cuando concluyó con su inspección ocular, volvió a mirar al doctor  Benedetto y esta vez de una forma bastante diferente y distante.
_ Entonces, eso lo deja a usted como único sospechoso del robo.
Silvio Benedetto miró a Dortmund completamente azorado.
_ ¿Qué?_ le retrucó el juez de modo poco agradable.
_ Usted fingió el robo porque quería probar la lealtad de sus dos vocales. Se sintió tan decepcionado con la corrupción y la falta de idoneidad y transparencia que hay en los Tribunales, y sobre todo en su jurisdicción, que les tendió a los doctores Consentino y Antier una pequeña trampa para poner a prueba su fidelidad. ¿Adiviné, cierto? Se llevó al doctor Antier de viaje con usted y la dejó a la doctora Constantino a cargo del tribunal para direccionar todas las sospechas hacia ella. Quien pudo robar la sentencia, no tenía motivos. Pero quien sí tenía, estaba en viaje hacia República Dominicana. Usted me mostró la caja fuerte vacía para darle crédito a su farsa. Pero arriesgo mi reputación a que la sentencia está escondida en una segunda caja fuerte que tiene oculta en algún otro rincón de esta oficina.
El doctor Benedetto se resignó y con la misma resignación miró al inspector.
_ No discuto en absoluto su inteligencia, señor Dortmund_ dijo, dándose por vencido._ No me arrepiento de haberle consultado. Le pido que no me juzgue. Pero su intervención era necesaria para darle credibilidad al ardid.
_ Entiendo que no podía convocar a la Policía. Pero, yo no soy instrumento de nadie, señor Benedetto. Me hizo perder usted tiempo muy valioso con su comedia_ repuso Dortmund, con voz elevada.
_ Le pido mil disculpas. Le pagaré el doble de lo que le prometí por las molestias que le ocasioné. Pero necesitaba que se viese verosímil_ dijo Silvio Benedetto con sincero arrepentimiento.
Tomó de su saco la llave de una segunda caja fuerte que tenía oculta en uno de los cajones de su escritorio y sobre la que nadie conocía su existencia y la abrió. La sorpresa y el estupor de ambos hombres fueron exasperantes y desmedidos cuando corroboraron que realmente la sentencia había desaparecido.
_ ¡No es posible!_ gimió con preocupación y sorpresa, el doctor Benedetto.
_ La comedia se convirtió en drama, señor juez_ profirió Dortmund.
_ No lo comprendo…
_ El doctor Matías Antier creía en la inocencia del doctor Tiengo. Estaba férreamente convencido de ella. Desde su percepción de los hechos, él no aceptaba sobornos de jueces y abogados implicados en causas comprometidas para que fallara en su beneficio. Cuando debatieron la sentencia, él debió sentirse frustrado y decepcionado por la decisión final. Las pruebas estaban ahí y ni usted ni la doctora Constantino las valoraron correctamente. Tenía que hacer algo para remediarlo y al mismo tiempo, dejarlo a ustedes dos mal parados.
_ Robando la sentencia. Tiene sentido, inspector Dortmund.
_ Y sustituyéndola por otra. Tuvo tiempo de falsificar la sentencia original y reemplazarla por otra redactada por él mismo o por el propio señor Tiengo.
_ ¡No! Yo inventé la desaparición de la sentencia para probar la fidelidad del equipo.
_ ¿Y la probó, verdad, doctor Benedetto?
_ Es imposible.
_ El señor Antier debió descubrir su idea y se aferró a ella para concretar el robo. Usted dijo algo, hizo algo, insinuó algo, que levantó sospechas en el juez Antier, ató cabos sueltos y lo supo.
_ ¡Él viajó conmigo! Nunca pudo robarla.
_ No durante su ausencia. Pero sí antes de viajar.
El doctor Silvio Benedetto se sentó para intentar calmar sus nervios.
_ Reláteme los hechos tal como sucedieron antes de mi llegada_ sugirió el inspector Dortmund.
_  Entré a mi oficina, vi todo el trabajo atrasado que tenía sobre el escritorio. Casos y demandas que llegaron durante mi ausencia…
_ Pero no revisó la caja fuerte, porque no necesitó hacerlo. Porque se confió. Entonces, le pregunto, ¿por qué me llamó realmente?
_ ¡Está bien! Lo confieso. No puedo engañarlo a usted, Dortmund. Porque temí que esto pasara. Creo que Antier es cómplice de Tiengo y lo sobornó para que fallara en su favor. Pero cuando vio que tanto la doctora Constantino como yo votamos en contra suya, era indispensable hacer algo rápido. Y ése algo fue el robo. Por eso oculté la sentencia en mi caja fuerte. Porque ahí estaría segura. Pero evidentemente, el sitio que consideramos más seguro termina siendo en definitiva el más vulnerable de todos.
_ No se equivocó con el doctor Antier, después de todo.
_ El juez Tiengo debió sobornarlo a cambio de que fallara en su beneficio. Lo investigué por años al doctor Antier y no le encontré una sola mancha en su historial. Me pareció hasta ahora un juez honesto y leal. Pero las apariencias engañan. Matías Antier cubrió muy bien sus rastros en cada uno de los sobornos que aceptó. Y la plata la habrá lavado tan bien, que nunca pudimos encontrar nada extraño en sus finanzas.
_ Pero, no el doctor Tiengo.
_ El juez Tiengo era implacable aceptando sobornos y falsificando documentos, entre otras cosas. Pero la instrucción que llevó adelante el Juzgado nº5 encontró cada error que Tiengo se esforzó terriblemente por ocultar. Y eso lo condenó. La doctora Constantino y yo no dudamos de su culpabilidad. Tiengo le habrá dado un buen dinero a Antier y expresas instrucciones de cómo sustituir una sentencia por otra, que no dudo que alguien con su experiencia en falsificaciones de actas públicas, haya redactado eficazmente.
_ ¿Qué hay de la primera condena por defraudación al Estado y otros delitos?
_ Por ahora, nada sospechoso. Pero es probable que apele a algún tipo de estratagema ilícita que la haga pasar por legal para que lo absuelvan o para obtener cualquier ventaja de la situación con tal de eludir a la Justicia.
_ Es comprensible, doctor Benedetto, que el juez Rodolfo Tiengo no pudiera robar las dos sentencias y sustituirlas por otras apócrifas. Pero es indubitable que va a aplicar todo su ingenio para evadirse de la otra condena.
_ Lo único que no entiendo es cómo hizo para abrir mi caja fuerte. Eso me desconcierta y me pone de muy mal humor, ¿sabe, Dortmund?
_ Se olvida de alguien más que sabía la combinación de la caja fuerte, aparte de usted mismo.
El juez Silvio Benedetto abrió los ojos enormemente y miró a Dortmund con denotado interés y expectativa.
_ ¿Quién?_ preguntó asombrado.
_ Yo_ respondió Sean Dortmund con tono impertinente.
Y del interior de su sobretodo, extrajo la sentencia guardada adentro de un sobre madera y sellada, tal como la había dejado el doctor Benedetto antes de viajar.
_ ¿Usted? No. No puedo creerlo.
_ No es lo que parece. Se lo  explicaré. Cuando usted me llamó por teléfono y me puso al tanto de lo que en apariencia había sucedido con la sentencia del caso Tiengo, fue fácil deducir sus temores e intuir lo que realmente estaba pasando e iba a pasar si yo no hacía algo urgente para evitarlo. Así que, llegué un rato antes de la hora fijada por usted e hice que lo llamaran desde recepción para que abandonara su oficina por unos minutos. Sabía que el doctor Antier iba a estar también vigilando para esperar el momento oportuno para meterse en su despacho y robar la sentencia. Y yo le di ésa oportunidad. Cuando usted bajó hasta la recepción, entré a su despacho, entorné la puerta para ocultar mis acciones, abrí la caja fuerte, sustraje la sentencia original y la sustituí por una falsa que yo preparé de antemano. Dejé su caja fuerte abierta adrede y me retiré. Cuando el doctor Matías Antier me vio salir, esperó a que me alejara, ingresó a su oficina e hizo la sustitución de una sentencia por otra falsa y preparada para la ocasión. Creyó que robó la original, pero sólo sustrajo una copia ficticia elaborada por mí y yo tengo la original en mi poder. Su caso está salvado, doctor Benedetto. Podrá leer la sentencia en tiempo y forma como estaba previsto y sin retrasos legales.
Y el inspector Dortmund entregó el sobre en manos el juez, que experimentó una emoción difícil de explicar con palabras.
_ ¡Estuvo usted brillante!_ expresó el juez Benedetto con júbilo y una sonrisa imborrable de oreja a oreja._ ¿Pero, el robo entonces no ocurrió durante el viaje?
_ ¡No! Y ésa fue una brillante jugada por parte del doctor Antier. ¿Cuál es la coartada que un culpable se fabrica por excelencia en el cien por ciento de los casos? Estar en otro sitio al momento del hecho. Y es lo que más sospechoso le resulta a los investigadores cuando descubren que ésa persona tenía fuertes motivos para cometer el delito en cuestión. Usted revisó la caja fuerte antes de viajar, vio la sentencia ahí guardada y listo. Su cerebro hizo el resto. Creyendo que la sentencia aún estaba guardada en la caja fuerte y desconociendo usted mi idea, me inventó la teoría del robo porque confiaba que la sentencia estaba tal cual la dejó usted antes de volar. Y cuando descubrió el faltante minutos después, el engaño en su mente ya estaba inconscientemente creado. Y por simple lógica, desestimó maquinalmente la culpabilidad  del señor Antier. Es increíble cómo funciona el cerebro muchas veces en circunstancias como estas.
Sean Dortmund estaba a punto de retirarse, cuando una duda del doctor Silvio Benedetto lo hizo detenerse de forma abismal.
_ ¿Cómo abrió mi caja fuerte?_ preguntó el juez, cegado por la curiosidad del hecho.
_ Fácil_ replicó Dortmund, con modestia y soberbia a la vez._ Porque la cerradura está falseada. Cualquiera puede abrirla con sólo chasquear los dedos. Mándela a arreglar urgente. El resto de papeles que había guardados en la caja los puse prolijamente en el segundo cajón de su escritorio. Que tenga buenas tardes, señor juez.
Y el inspector se retiró con actitud presumida.
“¿Pero, cómo supo….?” se preguntó el doctor Benedetto para sí. Pero dejó todas las dudas de lado. ¿Qué importaba? Sean Dortmund había recuperado la sentencia con un ingenio y una habilidad implacables y era lo único que importaba.                                                                                                     

lunes, 4 de septiembre de 2017

El mendigo del andén (Gabriel Zas)



Aquel caso que requirió la intervención de Sean Dortmund por la consulta que la señorita Natalia Artusi le formulara en principio , resultó ser uno de los más extraños que le tocó experimentar en su afán de investigador privado, aunque no así el más complicado, ya que su solución fue de lo más austera.

El aspecto de la señorita Artusi era de lo más natural del universo. Estatura alta promedio, ojos verdes de tipo orientales, cabello rojizo mechado y de refinados modales. Se presentó un martes por la mañana con insistencia en el departamento del inspector reclamando una entrevista con él urgente. Dortmund, inquietado por la motivación que llevó a la señorita Artusi a consultarle, la recibió de muy buena fe y con un destacado entusiasmo.

_ Le agradezco que me reciba, inspector. Cecilia Graviño me dio excelentes referencias sobre su trabajo y por eso me decidí enseguida a venir a verlo_ dijo ella con preocupación._ Discúlpeme si vine de imprevisto. Pero es un asunto de vida o muerte que no puede esperar. Y no quiero que la Policía sepa nada sobre este problema.

_ ¿Por qué no quiere que la Policía intervenga? _ preguntó Dortmund con curiosidad.

_ Prefiero dejarlo así por el momento. Entiendo que la discreción es una valiosa virtud que hay que practicarla adecuadamente en algunos  casos de cierta naturaleza.

_ Sus palabras son de una profundidad admirable,  señorita...

_ Natalia Artusi. Soy contadora pública.

_ Bien, señorita Artusi. Le decía que sus palabras son elegantemente  sabias, las que comparto sin dudas. Pero permítame dejarle muy en claro que si por alguna cuestión de fuerza mayor tengo que darle intervención a la Policía, lo haré sin pensarlo dos veces. ¿Acepta usted dicha condición, señorita Artusi?

_ Está bien. No me opondré.

_ La escucho, entonces.

_ Como le dije al comienzo cuando me presenté, soy contadora pública. Tengo mi estudio propio contable en Tucumán al 2000, a dos cuadras de la Facultad de Medicina. Vivo en Salguero y Berutti, en el corazón del barrio de Palermo. Así que siempre me tomo el Subte D tanto para ir desde mi casa al trabajo como para ir  desde el trabajo hasta mi casa. Hace unos pocos días atrás, cada vez que volvía para mi casa, en el mismo andén en donde yo espero el subte para volver, noté que un mendigo se sentó a pedir limosna. No sé de dónde salió ni mucho menos. Todos los días, desde ésa vez, el hombre estaba ahí instalado en el mismo lugar de siempre, sin inmutarse. Religiosamente, todos los días él estaba ahí . Empecé entonces a prestarle un poco más de atención y percibí su mirada perdida, triste y sin esperanza alguna. Claro que su aspecto era de lo más deplorable del mundo. Pero ayer, en una de las ocasiones en que me giré para verlo, nuestras miradas chocaron casi por instinto. La suya, clamándome que me apiadara  de él, implorándome desesperado que lo ayudara. Me conmovió. Tomé de mi cartera tres australes y me acerqué a dejárselos. Cuando me incliné para dejarle la plata en una suerte de canasto que tenía dispuesto delante suyo, de la nada me tomó fuertemente de la muñeca y me miró de una forma extraña. Naturalmente, me asusté, desistí de dejarle el dinero y me alejé de nuevo hasta donde estaba parada antes en el andén lo más rápido que pude. En ese momento, vino el tren. Por instinto, volví a mirarlo antes de subir pero ya no estaba. De repente y en un segundo, había desaparecido por completo. Llegué a mi casa un poco aturdida por el episodio y me di un baño para relajarme porque me sentía muy tensionada. Y fue entonces cuando puse mi mano en el bolsillo de mi saco y encontré ésta nota que seguro que el mendigo me dejó disimuladamente cuando me tomó con fuerza de la muñeca.

Le entregó al inspector Dortmund una nota escrita sobre un papel sucio, arrugado y desprolijo que rezaba: "Auxilio. Quieren matarme.  Llame a la Policía".

_ Quizás el pobre hombre_ continuó la señorita Artusi_ no se encuentre mentalmente bien y padezca de alguna clase de delirio. Pero dada la gravedad de la nota, no puedo ignorar el hecho de que tal vez un hombre está realmente en peligro. Soy una persona, ante todo, y no quiero cargar con una muerte en mi consciencia por el resto de mi vida sólo porque desatendí el contenido de una misiva que me entregó un completo desconocido en situación de calle.

Sean Dortmund analizó el recado muy cuidadosamente.

_ Por la forma de la redacción_ concluyó el inspector,_ y en líneas generales por el estilo de letra y la presión ejercida sobre el papel cuando escribió, puedo garantizarle que es un hombre absolutamente sano en todo sentido.

_ Quizás pueda recuperar alguna huella o hacer algún tipo de análisis sobre el papel que le permita identificar a este hombre.

_ En eso estaba justamente pensando, señorita Artusi. Dígame algo más: ¿volvió a ver al mendigo en cuestión, ya sea en el andén o en alguna otra parte?

_ Lo que le conté tuvo lugar ayer, alrededor de las ocho y media de la noche. Encontré el papel y acá estoy, por lo que no volví a tomar el subte,  no puedo responder a su inquietud con absoluta franqueza.

_ En base a su relato,  estimo que no volvió. Eso me hace pensar que el mendigo la buscaba  concretamente a usted. ¿Lo había visto antes?

Natalia Artusi miró a Dortmund con gran asombro.

_ No, inspector Dortmund. Le juro que nunca había visto a ése hombre en mi vida_ respondió confundida.

Sean Dortmund tomó una hoja en blanco, un lápiz y representó en una especie de plano improvisado lo que sería el andén de la estación. Le entregó la herramienta de escritura a la señorita Artusi, que miró a Dortmund más confundida que antes.

_ Indíqueme exactamente dónde estaba usted, donde estaba el mendigo y todas las salidas que tiene la estación. Por favor, sea precisa y trate de no omitir ningún detalle.

Natalia Artusi obedeció sin saber en absoluto cuál era el propósito que se escondía detrás de dicha petición. Cuando terminó, le devolvió el boceto a Dortmund, quien lo estudió un poco más en profundidad. Le agradeció su visita, le prometió mantenerla al tanto de las novedades y despidió a la señorita Artusi amablemente. Ni bien ella se retiró, el inspector Dortmund fue a ver a su amigo, el capitán Riestra, a la sede de Homicidios de la Policía Federal para que cotejara las huellas que pudiera haber en la misiva con la base de datos del Registro Civil, en primera instancia. Después de que Dortmund pusiera al corriente de los últimos eventos a Riestra, aquél colaboró de muy buena fe. Primero, una vez recabadas por expertos, comparó las huellas recuperadas con el registro de convictos, ex convictos y procesados y no obtuvo nada. Eso ya era un nuevo dato que Dortmund sumaba para su investigación. Después, hicieron la comparación con la base de datos del Registro Civil y el resultado fue positivo: Amir Osorio era el nombre del mendigo. Sin antecedentes. Su nombre solamente figuraba como testigo en una causa de hacía tres años que fue archivada por falta de pruebas. Por el resto, estaba limpio. Pero llamaba poderosamente la atención que en la declaración del Registro Civil figuraba que el señor Osorio tenía vivienda y un trabajo estable. Era corredor de bolsa. ¿Un corredor de bolsa en situación de calle? El asunto se volvía cada vez más extraordinario. Impulsado por esa contradicción,  Dortmund le pidió al capitán Riestra que consultara sobre  sus declaraciones juradas y patrimoniales. Pero aquél no pudo satisfacer sus demandas porque no tenía la potestad para hacerlo. En cambio, llamó a un contacto que trabajaba en una agencia de recaudación y obtuvo la información que su amigo deseaba: los últimos aportes habían sido realizados el día anterior por la tarde.

Dortmund se fue descortésmente de la Comisaría sin siquiera despedirse del capitán Riestra directo a la estación de subte en cuestión con los planos hechos por él mismo en mano y con una fotografía del señor Osorio que Riestra gentilmente le proporcionó. Ni bien penetró el andén, sus ojos buscaron en vano al misterioso señor Osorio. Entonces, valiéndose del plano y de las indicaciones efectuadas por la señorita Artusi y de su testimonio, estratégicamente recreó la escena del incidente entre ella y el mendigo,  y así dedujo que el señor Osorio salió a la calle por una boca que estaba casi pegada al costado de donde él se encontraba situado con salida a la avenida Córdoba. Sean Dortmund hizo exactamente lo mismo y cruzó directamente hacia la plaza Houssay en donde contempló a un grupo de varios mendigos todos juntos y que por la disposición del ambiente, ése era su refugio. El inspector se acercó sutilmente y fue increpado inmediatamente por uno de los mendigos.

_ ¿Qué quiere?_ le preguntó de malas maneras._ Váyase de acá ahora mismo o se llevará un grato recuerdo mío y de cada uno de nosotros.

El inspector extrajo lentamente del bolsillo de su sobretodo  y ante la mirada intimidante del vagabundo, la fotografía del señor Osorio.

_ No vengo acá  a buscar problemas, amigo mío _ dijo Dortmund con soltura y amabilidad._ Sólo busco a uno de ustedes._ y le exhibió la foto a quien tenía enfrente suyo. Aquél mendigo, de hábitos desagradables, se la arrancó de la mano de malas maneras y la miró con cierto resentimiento y el ceño fruncido.

_ ¿Es usted de la Policía? Él no hizo nada malo,  así que será mejor que se vaya ahora mismo de acá y nos deje tranquilos porque va a tener serios problemas, amigo _ disparó levantando el tono de su  voz agresivamente.

_ Vengo en son de paz de parte de un amigo suyo a darle un mensaje. ¿Puede hacerme ése favor?

Dortmund y el mendigo se miraron desafiantes por una fracción de segundos, cuando una sombra emergió de la nada.

_ Está bien, yo me ocupo_ dijo aquél otro vagabundo que iba acercándose hacia Dortmund a paso acelerado. Cuando finalmente ambos estuvieron cara a cara, el inspector reconoció en aquél personaje nada menos que a Amir Osorio. Su reacción fue demasiado evidente al advertir que esperaba que alguien fuese a verlo de un momento a otro. Indudablemente, confió ciegamente en Natalia Artusi. Por alguna curiosa razón, él sabía que aquella dama no iba a decepcionarlo. Sean Dortmund se quedó terriblemente  paralizado al contemplarlo.

Dortmund visitó en compañía del capitán Riestra y de dos oficiales más a la señorita Artusi. Cuando ella vio a los tres caballeros juntos, se puso algo nerviosa aunque intentó disimularlo con una sonrisa insignificante.

_ No entiendo porqué trajo con usted a estos otros oficiales, señor Dortmund_ planteó Natalia Artusi frente a un contexto que la descolocaba bastante.

_ Le dije que la notifocaría con respecto a las novedades del caso_ alegó Dortmund con su clásica sonrisa impertinente._ Helas aquí, señorita Artusi.

_ Natalia Artusi_ refrendó el capitán Riestra con autoridad._ Queda arrestada por el homicidio de Isidro Salonia.

Los oficiales la esposaron de inmediato. Aunque ella intentó resistir el arresto, fue en vano.

_ ¿De qué se trata todo esto?_ fustigó enojada.

_ Identifiqué al mendigo a partir de la carta que usted amablemente me proporcionó. Su nombre es Amir Osorio. ¿Le dice algo ése nombre, señorita Artusi?

Ella miró a Dortmund con los ojos desorbitados por la ira que tenía encima.

_ Veo que sí_ siguió el inspector._ De esas primeras y elementales observaciones, se desprendió que el señor Osorio tiene un trabajo digno y estable y varios muebles a su nombre. Eso contradice de plano su condición de aparente vulnerabilidad. Y cuando lo encontré y lo tuve parado a escasos centímetros frente a mí y no percibí que olivera mal, entonces lo supe todo. Eso me llevó a investigarla a usted también,  señorita Artusi. Encontré que Amir Osorio fue testigo hace tres años del caso del asesinato de Isidro Salonia en donde usted fue acusada de haberlo matado porque sostuvo con varios exámenes de ADN que el señor Salonia era su padre legítimo pero él nunca la reconoció a usted como su hija. Eso la llevó a un punto de no aguantar más su rechazo y lo mató. Pero el tribunal desestimó el caso por falta de pruebas en su contra y porque la Fiscalía nunca presentó a ningún otro sospechoso ni nueva evidencia. Sin embargo, en la escena se detectó el faltante de una traba para corbatas que fue robada por el asesino de la corbata que el señor Salonia llevaba puesta al momento de su muerte. Ésa trabita nunca la pudieron encontrar. Y el señor Osorio, un hombre muy cercano a la víctima, sostuvo todo el tiempo que usted lo mató y que se llevó la hebilla como un recuerdo.

Un día, por absoluta casualidad, el señor Osorio la vio a usted en el subte. La reconoció enseguida. Después, la volvió a cruzar sin que usted tampoco lo supiese y ahí el señor Osorio dedujo sus horarios y de ellos, su rutina diaria. Alquiló un traje de vagabundo y convenció a los mendigos que están en la plaza frente a la Facultad para que lo aceptaran como uno más de ellos por unos días, y es así como el señor Osorio se caracterizó como un mendigo y llegó hasta usted de un modo brillantemente admirable, señorita Artusi. Lo que era en apariencia un supuesto pedido de auxilio, resultó ser en verdad una advertencia para usted misma. Su buen corazón la hizo venir a consultarme porque quería ayudar a un pobre mendigo en apuros y terminó traicionada por sus propios principios y su moral.

_ No tiene pruebas.

Dortmund extrajo del bolsillo interior de su sobretodo la traba de la corbata faltante en la escena del crimen y se la exhibió a la señorita Artusi de forma excesivamente petulante.

_ Cuando el señor Osorio le introdujo la carta secretamente en el bolsillo_ agregó,_ en un mismo movimiento le hurtó ésta pequeña evidencia del bolsillo . Creo, señorita Artusi, que el señor Osorio dedujo perfectamente que usted tendría algo de valor encima que le recordara a su padre.  Y por alguna razón, imaginó que ése algo podía ser la evidencia que la enviará a usted a la cárcel por veinticinco largos años.

Natalia Artusi sólo se limitó a mirar a Dortmund a los ojos  con impotencia y rencor malogrados. No mostró arrepentimiento nunca por lo que hizo. Y así la subieron a la patrulla sin mediar palabra alguna.

El capitán Riestra miró seriamente a los ojos al inspector Dortmund.

_ Nunca voy a saber cómo hace usted para descubrir toda la verdad de un caso de la manera en que lo hace.

Y se alejó sin más. Dortmund lo vio marcharse  con admiración y dejó escapar para sus adentros una risita simpática.