lunes, 18 de febrero de 2019

El número 13 (Gabriel Zas)








Ya son 12 los magos que murieron a lo largo de la historia, intentando realizar ésta hazaña. Se trata de la famosa ilusión llamada desafiando a la muerte, en la cual el artista simula valerse de sus cualidades mentales para atrapar una bala disparada de un rifle con la boca.
Pese a los constantes consejos y precauciones que proporcionan tanto los instructores como los entrenadores de tiro para evitar una desgracia, los magos hacen oídos sordos a toda clase de advertencia y se las rebuscan ingeniosamente para hacer el juego y que resulte todo un éxito.
No son conscientes del peligro ni de las consecuencias fatales que puede acarrear tal experiencia. Se creen que el rifle es tan inofensivo como una baraja, pero el sólo hecho de suponerlo exige un grado de ignorancia muy elevado.
Los ilusionistas que incluyen este juego en su repertorio creen que son inmunes a la muerte y que nada puede pasarles. Otro terrible error. Esto pone de manifiesto los límites que un artista es capaz de ignorar con tal de cautivar a su audiencia.
Sucedió hace poco. Rey de Picas, seudónimo de Facundo Valenzuela, se sumó a la lista de los 12 magos que murieron realizando el efecto. Él es el número 13. Pero había una diferencia muy marcada: los 12 casos anteriores fueron todos desafortunados accidentes, este no.
La bala la colocó en el rifle un espectador del público elegido aparentemente al azar. Y digo aparentemente porque nunca se sabe. Corroboró que todo estuviera en óptimas condiciones y se retiró de nuevo a su asiento. Se creó un clima; Celia Ruíz, esposa y asistente de Rey de Picas, tomó el rifle, apuntó y apretó el gatillo. La bala salió ferozmente y terminó con la vida y la carrera de Facundo Valenzuela.
La señora Ruíz, desesperada, comenzó a gritar que aquella terrible escena era muy real y que algo había sucedido. <El arma era falsa. La bala no debía salir. No, ¡no estaba puesta!...>. Y lo siguiente que hizo fue aferrarse desconsoladamente al cuerpo de su esposo.
El secreto de la ilusión consistía en que el espectador, la persona del público elegida al azar, verdaderamente cargaba el rifle con una bala genuina. Seguidamente, cuando se creaba el clima previo al momento del disparo, se atenuaban las luces de la sala, momento que era aprovechado por la señora Ruíz para cambiar el rifle verdadero por uno semejante de utilería y esconder el real; el mago se llevaba una bala que tenía previamente guardada en su bolsillo a la boca, las luces volvían a subir, Rey de Picas se mostraba nervioso pero dispuesto, y asunto concluido. La parte final del juego era pura teatralización. El rifle de utilería disponía de una carga de cebita que aparentaba la detonación.
Pero ésa noche, alguien alevosamente, cambió el rifle real por otro real y escondió el de utilería. Por lo tanto, la sustitución tuvo que consumarse unos diez minutos antes de iniciar el número, lo que dejaba a cuatro potenciales sospechosos de haber realizado el cambio: las dos asistentes, el responsable de utilería y la propia esposa de la víctima.
Celia Ruíz efectuó el disparo mortal, como era habitual en ella simular en todas las funciones disparar el rifle. ¿Era en realidad una asesina fría y ávida o fue sencillamente usada como instrumento del delito aquélla fatídica noche por el verdadero asesino? La Policía no podía descartar ninguna posibilidad.
Celia Ruíz tenía un fuerte motivo para querer muerto a Facundo Valenzuela: un triángulo amoroso. Ella tenía un amante secreto desde hacía menos de un año, que la Justicia identificó como Rómulo Carvazza, un italiano que vivía desde hacía quince años en Argentina. Era corredor inmobiliario y se conocieron de casualidad.
Facundo Valenzuela descubrió el engaño, y lejos de divorciarse de su mujer, decidió pagarle con la misma moneda y se involucró románticamente con Daniela Rúa, una de sus dos asistentes. Los dos estaban en pareja con alguien más y ya no habría diferencias entre ellos.
Una manera muy extraña de resolver el conflicto. Pero Celia Ruíz consideró que era una medida legalmente justa. Creo en lo personal que ninguna otra mujer en el mundo hubiese tolerado algo similar. Celia Ruíz era una mujer muy curiosa y se convirtió en objeto de interés para la Justicia.
El fiscal de la causa, el doctor Luis Altolaguirre, suponía que la señora Ruíz no soportó más la situación, y en virtud de que Facundo Valenzuela se enamoró perdidamente de la señorita Rúa, la carcomieron los celos y asesinó a su esposo. Lo peor del caso, si ése era el motivo del crimen, era que tanto Valenzuela como su joven asistente y amante, disfrutaban ver sufrir a Celia Ruíz. La presión la habría sofocado si ése era el caso.
El doctor Altolaguirre entrevistó por más de seis horas a la señora Ruíz y no logró que se quebrara. Ya más agresivo y con menos paciencia, el fiscal comenzó a acorralar sin misericordia a Celia Ruíz con preguntas directas y mordaces. Ella se angustió profundamente y se negó a seguir declarando sin la presencia de un abogado defensor que la representara. Era su derecho constitucional y el doctor Altolaguirre tuvo que aceptarlo aunque no estuviera completamente de acuerdo.
Esto ponía en una situación similar a la asistente del señor Valenzuela, la señorita Rúa, que también fue indagada e imputada de homicidio premeditado por el fiscal de la causa. Contestó algunas preguntas genéricas al principio del interrogatorio e inmediatamente solicitó un abogado.
Investigó por su parte a Raúl Origoza, el encargado de utilería. No tenía motivos para el homicidio y estaba muy afligido por lo ocurrido.
Respecto a su proceder, alegó que el rifle verdadero nunca lo manipulaba. Tanto Facundo Valenzuela como su esposa, Celia Ruíz, se lo tenían terminantemente prohibido. Su única labor era tomar el rifle de utilería, administrarle la carga pertinente de cebita, cerciorarse de que el mecanismo funcionase adecuadamente y dejarlo listo para su uso. Eso mismo hizo la noche del asesinato. Lo perturbaba terriblemente no comprender qué sucedió. El fiscal lo liberó aunque no lo descartó de la lista de sospechosos. Para el fiscal Luis Altolaguirre, uno de esos los cuatro era el asesino.
Ruth De Carlo, la otra asistente de Rey de Picas, no tenía motivo para el crimen pero sí oportunidad. Dijo que su relación con el artista era buena, que lo estimaba mucho y que no se imaginaba quién podía quererlo muerto. Sus respuestas no revelaron nada extraño y el fiscal la dejó ir. Ocupaba el último lugar en la lista de sospechosos.
A todo esto, Balística determinó que las únicas huellas que estaban en el rifle disparado eran las de la señora Ruíz y las de la víctima, como era de esperarse. El fiscal esperaba encontrar alguna más, pero debió conformarse con el resultado más lógico. Respecto al proyectil y al arma en sí, los peritos no encontraron nada fuera de la media.
A la semana siguiente, el doctor Altolaguirre volvió a la escena del crimen junto a los cuatro sospechosos (vale aclarar las dos asistentes de la víctima, el utilero y la propia esposa) para hacer una reconstrucción completa de los hechos, desde que se toma el arma por primera vez hasta el momento del disparo durante el acto. No hubo sorpresas tampoco en el resultado final del experimento. Sirvió para confirmar las declaraciones de los sospechosos, principalmente la del utilero, el señor Origoza; y para verificar también que por fuera de ellos cuatro, nadie más pudo cometer el asesinato.
La siguiente diligencia del funcionario del Ministerio Público Fiscal fue dirigirse a la armería más cercana a la escena del crimen para constatar si ahí se había efectivamente vendido el rifle que diera muerte al trascendental Rey de Picas. El dueño del comercio no recordaba haberle vendido un rifle de las características del usado para matar al señor Valenzuela a alguno de los sospechosos o a alguien que dijera ir de parte de algunos de ellos.
Por eso, el doctor Altolaguirre le solicitó la lista de clientes de la última semana y el hombre se la extendió gentilmente. Solamente tres personas, según la lista, habían adquirido un rifle durante ése período de tiempo. Y un nombre en especial llamó su atención poderosamente. Luis Altolaguirre sonrió triunfante, la exigió al dueño de la armería una copia de la lista, le dio las gracias por su invaluable colaboración en el caso y volvió urgido a su despacho.
Ni bien llegó, levantó el tubo del teléfono e hizo una llamada.
_ Sí. Habla Luis Altolaguirre, de la Fiscalía de Instrucción penal número 8_ se presentó cuando atendieron la comunicación._ Lo contacto por el caso Valenzuela, cuya investigación tengo a mi cargo. Mande una patrulla con gente de la División a cargo. Vamos a hacer un arresto. Ya sé quién es el asesino.
Y cortó abruptamente sin mediar palabra alguna. Llenó la orden de arresto, se la alcanzó al juez de turno, le explicó los motivos de su solicitud con evidencia en mano y el magistrado la firmó con celeridad y contundencia. ¿Qué descubrió el doctor Altolaguirre en ésa lista?



                                                                        ***

Mediante un oficio enviado por intermedio de un cadete, el doctor Altolaguirre las requirió a los cuatro sospechosos que estuvieran presentes en el teatro a las 18 horas en punto de ése día sin dejar entrever el motivo de dicha petición.
Aunque un poco renuentes y desconfiados; Daniela Rúa, Ruth De Carlo, Celia Ruíz y Raúl Origoza cumplieron con lo ordenado por el fiscal de la causa.
_ Gracias a los cuatro por venir_ dijo Luis Altolaguirre, cuando ingresó a la sala del teatro y vio a los sospechosos esperándolo impacientes y nerviosos._ Les prometo que esto no va a durar más de diez o quince minutos como mucho.
_ ¿Por qué estamos acá, exactamente?_ preguntó Daniela Rúa, ofuscada mientras golpeaba nerviosamente la punta de su zapato contra el piso.
_ No se apure, señorita Rúa. Permítanme mostrarles primero algo que conseguí de muy buena fuente.
De una carpeta que traía en el portafolio, el fiscal tomó la lista de compradores que le cedió el dueño de la armería y se la exhibió a los cuatro sospechosos, agitando el papel provocativamente y analizando las reacciones de todos, detenidamente uno por uno. Nada extraño. Ninguno se delató. Ninguno se inmutó. Ninguno sabía qué había escrito en ésa hoja.
_ ¿Qué es eso?_ inquirió desinteresadamente, Ruth De Carlo.
_ Esperaba que alguien preguntara al respecto_ repuso el doctor Altolaguirre._ ¿Conocen la armería que está acá a cinco cuadras? Supuse que si el asesino cambió el rifle verdadero que siempre el occiso usaba en cada función antes de reemplazarlo por el trucado, digámoslo así, por otro verdadero con un cartucho en su interior listo para ser disparado, el asesino tuvo que comprar el segundo rifle en algún lado_ y enfatizó esta última frase con mucha vehemencia.
_ Y ésta armería es lo más cerca que hay_ continuó el fiscal._ Así que, indefectiblemente, el culpable tuvo que adquirirlo ahí. ¿Para qué iba a irse más lejos quizás si tiene lo que busca a la vuelta de la esquina?
Y desvió la atención hacia la hoja que sostenía en su mano. Todos la miraron de un modo muy particular. La miraron con miedo, dudas, estupor e incredulidad.
_ ¿Usted me preguntó hace un rato qué es este papel que traigo conmigo, correcto señorita Rúa?_ siguió el doctor Altolaguirre._ Son las personas que compraron un rifle durante toda la semana previa al homicidio del señor Valenzuela. Estoy casi seguro de lo que pasó. Así que, para confirmarlo, necesito que los cuatros me regalen su firma para compararla con la tipografía de esta lista. Si no tienen nada que ocultar, no van a tener problemas en acceder, imagino.
_ ¡Lo que usted pretende está en disconformidad con la ley!_ protestó ferviente, Raúl Origoza.
_ Muéstrenos la orden de un juez y accederemos gustosos_ dijo con soberbia, Celia Ruíz.
Pero el doctor Altolaguirre apeló al silencio y a intentar interpretar las miradas de los cuatro sospechosos.
_ Como imaginé_ remarcó el señor Origoza._ Si me disculpa, tengo que cosas que hacer.
Tomó su saco y se retiró descortésmente, sin que el doctor Altolaguirre se lo imposibilitara.
Pasaron unos segundos, hasta que Luis Altolaguirre rompió el silencio.
_ ¿Soy el único que piensa que está huyendo?
Las tres mujeres se miraron entre sí ingenuas y exaltadas.
Igualmente, Raúl Origoza no llegó muy lejos. La Policía lo detuvo por orden del fiscal. Pasó la noche en el calabozo de la Comisaría y el doctor Luis Altolaguirre lo entrevistó en su oficina a la mañana siguiente temprano.
_ Ya que usted se niega a hablar_ dijo Altolaguirre después de un buen rato de silencio,_ voy a hacerlo yo. Fue a la armería y compró un rifle exacto al usado por Rey de Picas, Valenzuela, como quiera llamarlo, en el show. Es evidente que no puede acusar su nombre real en el registro de compradores que por ley lo obliga a llenar el empleado de la armería. Y escribe uno falso, inventado ahí en el momento. No pensó en un nombre más elaborado porque ése era un detalle menor, sin importancia. Y lo que desconocen los asesinos inexpertos como usted, señor Origoza, es que son justamente esos detalles los que nos guían siempre hacia la verdad.
Luis Altolaguirre colocó la hoja frente al utilero y con el dedo Índice, le señaló el nombre en cuestión.
_ Juan Pérez_ repitió el fiscal en voz alta y pronunciada._ El famoso Juan Pérez que los argentinos usamos para todo. Lo usamos más que el fulano y el mengano, mire lo que le digo.
Juan Pérez compró la misma arma que la usada en el asesinato. Pero no sabía quién era Juan Pérez. Sabía que era uno de ustedes cuatro, pero nunca tuve ninguna certeza al respecto porque, para serle honesto, mis sospechas nunca recayeron sobre alguien en particular. Y por eso los cité en el teatro y les dije que precisaba la firma de todos para hacer la comparación pertinente con la letra de Juan Pérez. Era claro que el responsable no se iba a arriesgar a descubrirse e iba a buscar algún pretexto para abandonarnos. ¿Y mire cómo son las cosas, que usted resultó ser el ganador? Lo escucho, Origoza.
_ No tiene nada_ replicó el utilero con preponderancia y altivez.
_ Deme una muestra de su letra y su firma, y vemos. ¿Qué le parece la idea? A mí me fascina.
_ Hace unos meses caí en bancarrota_ se quebró finalmente Raúl Origoza._ Deudas por todos lados, la hipoteca de la casa... Y lo que me pagaba Valenzuela no me alcanzaba para nada, ¿entiende? ¡Para nada! Le imploré que me aumentase el sueldo, pero me respondió que mi trabajo no era gran cosa y que lo me pagaba por mes estaba acorde a mis tareas. Me faltó el respeto, se rió en mi propia cara. No lo soporté. Iba a asesinarlo ahí, inmediatamente. Pero Rey de Picas, un mago tan reconocido y aclamado por todo el mundo, tenía muchas posesiones que son un tesoro para sus seguidores. Elementos personales, recuerdos invaluables, reliquias, por la que muchos pagarían una fortuna por poseerlas. Así que, las hurté de a poco y las vendí en el mercado negro. Él nunca sospechó de mí. Pobre infeliz. Creyó que era su otra secretaria, Ruth De Carlo, aunque nunca hizo públicas sus sospechas porque no estaba seguro. Lo sé de buena fuente.
<Fui ganando la plata suficiente que me iba permitiendo paulatinamente ir cancelando mis deudas. Pero me enteré de mera casualidad por un contacto mío que los coleccionistas pagan muchísimo más por posesiones de personas que ya no están y que fueron una inminencia en su arte. Así que, pensé que si lo asesinaba, ganaría muchísimo más y así me fue. No me puedo quejar. Compré el rifle, lo cambié por el falso y la querida señora Ruíz hizo el resto por mí. Saldría lo del triángulo amoroso a la luz y asunto resuelto. Fue perfecto. Bueno, casi perfecto. Pero no me arrepiento en absoluto de lo que hice>.
_ ¿Dónde escondió el rifle de utilería que reemplazó por el suyo?
_ Lo oculté en el doble fondo de uno de esos aparatos gigantes que tienen los magos. Es el mamotreto que está justo atrás del escenario.
El doctor Altolaguirre le hizo firmar la declaración y ordenó su inmediato traslado al penal de Ezeiza.
<_ Si este tipo tuviese las habilidades del legendario Harry Houdini, lo encerraría en una prisión de máxima seguridad en medio de una isla>_ se dijo el fiscal para sí. Y sonrió satisfactoriamente por su repentina ocurrencia.




martes, 12 de febrero de 2019

Muerte en la playa (Gabriel Zas)





El presente caso dejó de manifiesto lo mal que muchas veces se desenvuelve la Justicia argentina en ciertas investigaciones criminales. El hecho concreto ocurrió en la playa Punta Mogotes, en Mar del Plata. Fiorella Arribalzaga, campeona olímpica de natación en los Juegos de 1972, murió ahogada en las profundidades del océano Atlántico mientras se preparaba arduamente para una competición local que tendría lugar dentro de exactamente tres meses. La encontró el conductor de una lancha que pasó casualmente por el lugar, Ignacio Olaya. Según su testimonio, vio desde lejos que alguien pedía desesperadamente ayuda, así que no dudó en arrimarse y asistirla. Declaró que la señorita Arribalzaga estaba flotando en una zona comprometida, por lo que tuvo que extenderle una soga, enlazarla, rodearla y traerla hacia su lancha. Pero que cuando por fin pudo subirla a bordo, ya era tarde: estaba muerta. Llamó a la Policía, que por orden del juez de turno se le practicó al cuerpo la autopsia y la misma reveló que la señorita Arribalzaga tenía agua en sus pulmones y los labios azules, por lo que decretó la muerte accidental por inmersión y archivó el caso.

Al mes, el caso llegó a oídos del inspector Dortmund cuando el capitán Riestra se lo comentó y captó su interés de forma inmediata cuando aquél le expuso en detalle todos los pormenores del incidente.

_ Eso no fue ningún accidente, capitán Riestra_ dijo alarmante y preocupado, Dortmund.

_ ¿Cree que la asesinaron?_ replicó Riestra.

_ No hay dudas al respecto.

_ Coincidimos. Sólo que no me imagino cómo pudieron asesinar a la señorita Fiorella Arribalzaga en medio del océano.

_ El caso presenta varios puntos interesantes. Primero está el hecho de que la víctima era una nadadora olímpica de renombre y muy profesional. Pero estamos de acuerdo en que no se metería en una zona tan comprometida del agua sin un salvavidas a mano.

_ Sí, no se encontró ninguno.

_ Sin embargo, ella debió tenerlo. ¿Y, cómo resulta eso posible tratándose de una nadadora experta?

_ ¿A qué se refiere exactamente, Dortmund?

_ Una nadadora de la talla de la señorita Arribalzaga tendría que estar lo bastante preparada y capacitada como para enfrentar aguas difíciles y toda serie de obstáculos que pudieran presentársele.

_ Concuerdo en todo. Es más, los labios azulados no necesariamente son signos de ahogamiento.

_ Explíquese, capitán Riestra_ le dijo mi amigo con un fulgor destellante que emanaba de su mirada.

_ Generalmente_ repuso Riestra, dándose importancia, _ los labios suelen tomar ése color también en una muerte por estrangulación. Pero, si la mataron, el agua borró toda clase de evidencia y rastro.

_ ¡Bravo, capitán Riestra! Depositó usted en mi mente una idea extraordinaria.

  Durante dos meses consecutivos, mi amigo y el capitán Riestra siguieron exhaustivamente día y noche todos los movimientos del señor Olaya. Nada comprometedor ni sospechoso ni por fuera de una rutina ordinaria. Trabajaba, se reunía con amigos, con la familia, iba a reuniones de trabajo, asistía a eventos, llegaba temprano a su hogar para estar con su esposa y sus hijos, se levantaba temprano para ir a trabajar y los fines de semana casi no salía.

Entonces, a Sean Dortmund se le ocurrió una idea arriesgada pero efectiva para atrapar al señor Ignacio Olaya, quien fuera el único que tuvo ocasión de cometer el crimen aunque quedó establecido en las declaraciones ante el juez que ni él ni la señorita Arribalzaga se conocían de antes. Mi amigo lo contactó y pidió tener una reunión en privado con él porque dijo que quería encomendarle un pequeño trabajito y que habían llegado a sus oídos excelentes referencias suyas.

Sean Dortmund e Ignacio Olaya se vieron a solas en unas grutas alejadas de la playa. El inspector le dijo al señor Olaya, adoptando una actitud totalmente acorde a las circunstancias, que se había enterado de la existencia de unas joyas con un valor incalculable. Que estaba seguro que el señor Olaya se iba a interesar en ellas porque eran únicas en su especie y en el mundo, y él era una inminencia en el contrabando internacional de joyas. Que sabía en poder de quién estaban y que si lo mataba, podía quedarse con ellas y meterlas de contrabando a Europa con la ayuda de un contacto suyo que le debía un favor, y que particularmente mi amigo se encargaría de cubrirlo todo. El señor Olaya puso su ego por encima de todo y confesó haber matado hacía poco a una mujer en medio del mar porque se había metido en su camino y que sabía muy bien cómo borrar las evidencias. Dortmund le preguntó si ésa mujer era en efecto la señorita Arribalzaga y él contestó afirmativamente. Después de varias horas de negociaciones, Ignacio Olaya aceptó. Y tanto mi amigo como el capitán Riestra estaban listos para atrapar al señor Olaya en la ingeniosa trampa que ambos le tendieron.

Cuando el señor Olaya se presentó supuestamente a cumplir con lo acordado, fue arrestado sin demoras.

_ Fue un asesinato muy ingenioso_ le explicaba Dortmund a Riestra de visita en nuestro departamento al día siguiente._ El señor Olaya, desde su lancha, anudó la soga a medida y la lanzó directo al cuello de la señorita Arribalzaga. Con un poco de fuerza, tiró fuertemente hasta que ella quedó moribunda. Ya sin fuerzas para intentar sobrevivir ni mantenerse a flote, la señorita Fiorella Arribalzaga se hunde en el agua y muere ahogada a los pocos segundos. Entonces, el señor Olaya esperó un poco y luego se acercó hacia ella, la sacó del agua, la subió a su nave y contó la historia que ya conocemos.

_ Increíble_ dijo el capitán Riestra._ ¿Por qué la mató?

_ Como le dije al comienzo, nadie se mete en aguas profundas sin llevar un salvavidas como soporte, sea quien sea. Por lo tanto, eso me hizo pensar que el salvavidas que ella tenía puesto escondía en su interior diamantes y gemas que el señor Olaya junto a una red de cómplices se encargaban de traficar y vender a otros países. Y que después de consumado el asesinato, él robó. Los salvavidas se alquilan en varios puntos de la playa, sólo que a la señorita Arribalzaga fue al lugar incorrecto y le cedieron el equivocado, y no lo permitieron. El señor Olaya solo o en compañía de alguien más, la siguieron y cuando se alejaron lo bastante de la playa, la mataron. Ella debió notar el sobrepeso que tenía el salvavidas, por lo que deduzco que debió descubrirlo.  

El señor Olaya confesó ante el juez el asesinato y Riestra estaba orgulloso de que Dortmund hubiera llevado una vez más a un criminal a la cárcel y haberle llevado paz y justicia a la familia de la víctima.



RECOMENDACIÓN: El aura negra

lunes, 11 de febrero de 2019

En un vuelo (Gabriel Zas)








Se subió al avión que partía del aeropuerto Jorge Newbery con destino a Jujuy con el tiempo justo. Realizó el cheking apresuradamente y con el último suspiro, logró abordar la aeronave dos minutos antes de su despegue. Por alguna razón desconocía, se había demorado. Pero eso ya no interesaba.
Se sentó en el asiento 31, a mitad del pasillo, del lado de la ventanilla. A su lado no había nadie. Viajaba solo. Viajaba tranquilo y cómodo.
El avión partió a las 11 en punto. Una vez en el aire, se relajó y cerró los ojos. Pero su descanso fue interrumpido por un caballero que se sentó a su lado haciendo todo el ruido del mundo. Él entreabrió los ojos, lo miró de soslayo con indiferencia, su acompañante lo saludó con un ademán y él simplemente volvió a cerrar los ojos y a dormirse.
Después de unos diez minutos, su compañero de viaje le habló por lo bajo con un tono de voz sugerente.
_ Sé quién es usted_ le dijo complacido. Y esperó una respuesta de parte de aquél. Pero sólo abrió los ojos, lo miró con desconcierto y se relajó de nuevo.
_ Esteban Trobani, ¿no es así?_ insistió aquél modesto y misterioso acompañante suyo de asiento.
Él reaccionó súbitamente. Lo miró con hostilidad, lo estudió cuan un león estudia a su presa antes de cazarla y le respondió cautelosamente como protegiéndose de la situación pero con denotada determinación.
_ ¿Usted quién es? ¿Y cómo me conoce?
_ Mi nombre no importa_ contestó._ La organización para la que trabajo y que me envió a reclutarlo me prohíbe dar mi nombre real. Pero para establecer un vínculo amigable y de confianza, llámeme Víctor.
_ ¿Qué organización mandó a buscarme?_ indagó Trobani con recelo.
_ Los Leales, la más grande organización criminal del país. Seguramente, habrá oído hablar mucho de nosotros.
_ Sí, claro. Están con jueces y policías que los encubren y los ayudan con la logística. Lo sabe todo el mundo eso.
_ Si fuese verdad, ya nos habrían agarrado a todos. Pero es cierto que estamos protegidos por gente de mucho poder de las esferas más altas de la política. Ellos nos aseguran una gran inmunidad de la que ninguna otra banda dispone.
_ ¿Por qué tengo que creerle?
_ No tiene que hacerlo. Pero no tiene otra opción. ¿O sí?
_ ¿Qué quieren?
_ Sabemos lo que hizo, señor Trobani. Sabemos que asesinó a su suegro por codicia y que utilizó a su mujer bajo coacción para salvarse y crearse una coartada que resultase irrebatible para la Justicia.
_ Yo no maté a nadie. Fue mi mujer. Asesinó a su propio padre y luego de matarlo, colocó una bala nueva en la pistola para simular que el disparo nunca salió de ahí.
_ Qué raro que lo planteara.
_ Me lo dijo mi abogado, que accedió al expediente de la causa. Es lo que suponen el juez y el fiscal. A ella la encuentran con el arma cargada al lado del cuerpo. Dice que estaba adentro de la casa haciendo sus cosas, que escuchó una fuerte pelea entre su padre y alguien más, y que tomó la pistola por cualquier cosa. Que salió a la vereda a ver qué pasaba y en el transcurso, oyó el disparo fatal.
_ Una gran historia. Muy bien elaborada. Pero, dicen que ustedes tenían dos pistolas y las autoridades sólo hallaron la que sostenía su esposa al momento del hecho.
_ La otra me la robaron. Hice la denuncia. Pero no prosperó.
_ Qué curioso.
_ No tienen pruebas contra mí. Y francamente, no sé en qué se basa la Justicia para achacarme el crimen que cometió mi esposa.
_ Eso es secreto de sumario, supongo, señor Trobani. Por eso no le proporcionan mayor información al respecto. Pero lo cierto es que las evidencias contra su esposa también son insuficientes y se le dictó la falta de mérito. Fue noticia en todos los diarios.
_ Ése no es mi problema. Además, ¿qué le incumbe a usted el homicidio de mi suegro?
_ Me involucra, y mucho. La organización tiene una vacante disponible y están interesados en que usted la cubra. Queremos que se nos una. Estamos necesitando gente con su inteligencia y audacia para hacer los trabajos que nos encargan. Usted sabe, matamos a policías corruptos, que infringen la ley y traicionan a los suyos. Hacemos actos de bien, si quiere ponerlo así. Policías, jueces y fiscales, todos en un mismo paquete. Hacemos lo que la Justicia no hace por una suculenta paga. Nunca nos descubren.
Trobani observó a Víctor con cierta reticencia, mientras que Víctor empezaba a sentirse amo y señor de la situación. Estaba empezando a tener a Esteban Trobani bajo su absoluto dominio.
_ ¿Cómo sé que usted es quien dice ser?_ arremetió Trobani con descaro.
_ Si me pregunta eso, es porque está interesado en trabajar con nosotros. Ésa es una buena señal_ replicó Víctor con suspicacia.
_ Todavía no dije que sí.
_ ¿La suena los jueces Moldes, Morales, Rosanti, Imbert, Echagüe, Estrada? Fueron todos trabajos nuestros. Limpiamos la más alta cúpula de la Justicia de los que la dañan y la perjudican en detrimento de su propia causa. Es un trabajo honesto el que realizamos.
_ ¿Y los fiscales Pedroza, Coacci, Bertolini y Ferrosa también fueron ajusticiados por su organización?
_ Exactamente. Al igual que los oficiales Delgado, Moreira, Fontana y Gonzaga. Le hacemos un bien a la sociedad. Tenemos gente infiltrada, por supuesto, en todos los juzgados, fiscalías y comisarías que nos pasan la data necesaria para que actuemos. Y nadie sospecha de ellos.
_ Interesante. Pero le reitero que no soy un asesino. Estaba en una reunión de trabajo cuando mi suegro fue asesinado.
_ Su coartada es perfecta. Por eso nos parece usted un hombre admirable y digno de unirse a nosotros. La reunión se retrasó media hora. Usted va hasta su casa, le dispara a su suegro, carga el arma de nuevo, se la da a su esposa, usted toma la otra pistola, la que se encargó de denunciar falsamente su robo para no levantar sospechas; la dispara en un lugar solitario por si alguien la encuentra y la tira. E inmediatamente vuelve a su trabajo y todos lo vieron ahí. Usó a su esposa para cubrirse usted. Por supuesto que ella no es inocente, pero tampoco es ninguna tonta para darse cuenta de que usted la engañó deliberadamente. Cuando encuentren la otra pistola, creerán que quien la hurtó es el asesino y usted tiene una denuncia previa que respalda su historia. Me saco el sombrero. Sutilmente brillante.
_ Tiene una imaginación muy abierta, señor Víctor. Pero créame que se equivoca.
_ Créame que no. Y estoy seguro que el juez y el fiscal piensan igual, y es inminente que reúnan las pruebas necesarias para detenerlo.
_ ¿Qué pasa si no quiero entrar en su organización?
_ Lo mataremos. Usted ya me conoce y conoce datos de lo que hicimos y lo que hacemos. No puede vivir con eso.
Esteban Trobani tragó saliva nerviosamente. Por primera vez, se vio el pánico reflejado en su rostro.
_ ¿Qué decide?_ preguntó Víctor con arrogancia.
_ Me atraparon. No me dejan opción_ repuso Trobani, molesto porque no tenía escapatoria alguna de la situación.
_ Me alegra oír eso. Tenemos una sede en Tilcara. Cuando aterricemos en Jujuy, alguien pasará a buscarnos con un auto por el aeropuerto y nos llevará a nuestra filial. Usted no puede saber dónde queda por medidas de seguridad, así que le vendaremos los ojos hasta que habremos llegado a destino. Y una vez allá, uno de nuestros jefes lo entrevistará y le hará hacer la iniciación.
_ ¿Qué es eso?
_ Deberá admitir con lujo de detalle el asesinato que cometió y se le encomendará su primer trabajo, que será naturalmente asesinar al juez y fiscal que llevan la causa en su contra como prueba de lealtad hacia Los Leales. Nosotros nos encargaremos de hacer desaparecer el expediente y usted estará limpio. Hay gente que puede retirar los cargos modesta y legalmente, gente que nos debe favores.
_ ¿Y si su jefe no me cree?
_ Lo matará. Y si desafía su autoridad o lo desobedece, también lo matará. Haga lo que se le pida y como se le pida, y no tendrá ningún problema.
_ Matar al juez y fiscal... Como si eso fuera tarea sencilla. ¿Cómo se supone que voy a proceder?
_ Le asignaremos un falso abogado, que será obviamente uno de nosotros. Notificará a la Fiscalía que usted desea confesar y lo citarán. Una vez en el despacho, todo será sencillo y podrá salir con la misma facilidad con la que entró sin que nadie advierta lo que pasó. Por eso no se preocupe. Se le darán las instrucciones correspondientes llegado el momento.
_ Repito. ¿Cómo voy a matarlos?
_ No sea terco. A nuestros líderes no les gustan los hombres testarudos e inquisitivos como usted. Limite su conducta y sus modales.
_ ¿Cuándo voy a hacerlo?
_ ¿Qué le acabo de decir, señor Trobani?
_ Es que quiero estar seguro de las cosas.
_ Su obligación es estar seguro de las cosas, aunque no tenga ninguna certeza todavía sobre nada concreto. Sea paciente. Será informado de todo, debidamente.
Esteban Trobani se resignó.
Durante un largo rato, hubo silencio por parte de los dos hombres, hasta que Trobani intervino con una confesión repentina.
_ Tiene razón_ admitió._ Maté al estúpido de mi suegro tal como usted dijo antes.
Víctor se mostró decididamente interesado en su relato.
_ Es interesante que lo asuma_ dijo algo sorprendido.
_ Lo planeamos con mi esposa. Lo asesinamos por las escrituras de unas locaciones de interés. Había gente que quería tenerlas y nos ofreció muy buena plata por ellas.
_ Su suegro era arquitecto, ¿cierto? Él quería construir viviendas para dárselas a la gente humilde en terrenos donde la competencia quería levantar un proyecto inmobiliario que dejaría muchos millones en ganancias. Su suegro ganó la licitación y quisieron extorsionarlo desde entonces para que los vendiera y desistiera de la idea. Pero él no accedió a ningún precio. Y usted, con la complicidad de su esposa, se ofreció a robar las escrituras y vendérselas a un precio muy conveniente. ¿Me equivoco?
_ En absoluto. Es muy inteligente. Mi esposa le disparó mientras el viejo discutía conmigo porque se enteró lo que iba a hacer. Ella me dio el arma, la volví a cargar para dar la impresión que nunca fue disparada y se la devolví. Le dije que esperara unas horas para llamar a la Policía hasta que la pistola se enfriase. Antes me encargué de limpiarla muy bien, de no dejarle ningún resto de residuo, para que la Policía jamás lo descubra. Camino para el trabajo, disparé la otra pistola en un terreno baldío y cuando llegué a la oficina, la descarté en el drenaje. Cuando mi esposa llamara a la Policía unas horas después y se calculara la hora aproximada del deceso, yo estaría en la reunión y todo coincidiría.
_ Usted denunció el robo de la otra pistola por las dudas, para cubrirse. Si llega a aparecer, nunca sospecharían de usted o de su mujer. La historia de que ella tomó la otra arma por precaución cuando oyó la discusión cierra el círculo.
_ Tal cual. ¿Esto mismo se lo tengo que repetir a quien me interrogue después?
_ Cada palabra exacta... Dígame una cosa. ¿Qué siente por lo que hizo?
_ Nada. Pensé que iba a sentir culpa o remordimiento... No siento nada. Y mi esposa dudo que sienta algo también.
_ Relájese. Hablaremos cuando aterricemos.
Trobani apoyó la cabeza placenteramente contra el respaldo del asiento y cerró los ojos casi al instante. Lo que ignoraba era que Víctor grabó su confesión en secreto con un grabador de bolsillo que tenía muy bien escondido en su saco.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Jujuy, Víctor le vendó los ojos a Esteban Trobani y lo subió a una limusina color gris con los vidrios polarizados que los esperaba en la puerta.
Durante el trayecto reinó el silencio absoluto.
No viajaron más de diez minutos. Cuando bajaron a Esteban Trobani del vehículo y lo entraron al edificio, le sacaron el vendaje. Su sorpresa fue genuina y casi estalló del ataque de ira que lo invadió en ése momento cuando vio que lo habían llevado a una Comisaría.
_ Soy el inspector Víctor Morana, Homicidios. Está arrestado por el asesinato del señor Ruperto Loyola. Ya tenemos su confesión.
El engaño funcionó perfectamente. Víctor Trobani cayó en la trampa como un ratón en la ratonera. Su peor defecto lo condenó: la jactancia.




martes, 5 de febrero de 2019

El pequeño gran problema (Gabriel Zas)







"Este microrrelato forma parte de una serie de seis microrrelatos escritos bajo un mismo título. Para que no se pierda, es que decido publicarlo aparte. E iré haciendo lo mismo con los otros cuatro restantes, ya que el quinto (El instructor de tiro) fue publicado en su versión breve y en su versión extendida por separado. Gracias a todos por leer mis obras. A la brevedad subiré nuevos cuentos".


Este caso llegó a conocimiento de mi amigo mediante el diario. Y Dortmund no tuvo que moverse de su sillón para resolverlo, siendo así el primer caso resuelto en tales condiciones de comodidad. La nota en cuestión aludía al asesinato de Orlando Blasco, muerto a manos de su amigo de toda la vida, Marcelo Lago. Al parecer, ambos estaban enamorados de la misma mujer, una tal Ana Peralta, según referenciaba el mismo artículo, y ella sentía una atracción muy particular por ambos hombres por igual, lo que incentivó la rivalidad amorosa entre los dos fieles amigos. La señorita Peralta, para decidirse en lo personal por alguno de ellos, les impuso como una especie de divertimento y como condición necesaria para ganar su corazón, una serie de pruebas que deberían cumplir con un cien por ciento de efectividad. Y el primero que resultara vencedor, se convertiría automáticamente en su amante. Fue así como los señores Blasco y Lago pasaron de amigos a rivales en un sólo segundo.

Según pudo saber mi amigo por boca del propio capitán Riestra que estaba al frente del caso, eran cuatro pruebas arriesgadas cuyo objetivo era resaltar, entre los valores primordiales que ella consideraba indispensables en un hombre,  la valentía.

La primera prueba consistió en robar una joyería mediante la implementación de cualquier estratagema para conseguirlo. Blasco, la víctima, simuló ser un oficial de Aduana que estaba tras la pista de mil millones de pesos de diamantes falsos ingresados al país recientemente en una prestigiosa joyería ubicada en plena calle Libertad. Los empleados creyeron el ardid y el señor Blasco logró hurtar mil dólares en piedras preciosas. Por su cuenta, el señor Lago recurrió a una pantomima similar y logró hurtar de otra joyería de Microcentro mil doscientos dólares en oro y plata. Por el momento, él ganaba, y los celos entre ellos dos afloraron sin retraso de forma esporádica y abrupta. Y la señorita Ana Peralta, parecía disfrutarlo enormemente. Lo hurtado por sus contendientes quedó enteramente para ella, como era de esperarse.

La segunda prueba consistió en hacer una compra millonaria en cualquier comercio abonando con cheques sin fondo. Los productos a comprar, naturalmente fueron todos decididos por la señorita Peralta y todos apuntaban a satisfacer sus propios deseos personales. El vencedor fue, en dicha ocasión, Orlando Blasco, lo que lo puso en justa ventaja con el señor Marcelo Lago. Los dos se exponían a ser detenidos por la Policía de un momento a otro, pero no les importó nada y siguieron hasta el final.

La tercera prueba resultó un robo encubierto a un Banco. Y el triunfador fue el señor Lago.

La cuarta no se conoció, pero fue en medio de su ejecución que Orlando Blasco resultó asesinado por el señor Lago. Y según el capitán Riestra, el móvil respondió a que Marcelo Lago había ganado ésa misteriosa cuarta y última prueba a las que fueron sometidos por la señorita Peralta, quien claramente los estaba usando para fines delictivos bajo pretextos románticos, y el señor Blasco fue neutralizado para quedarse el señor Lago con el premio mayor. O como presumían algunos oficiales, Ana Peralta y Marcelo Lago estaban en complicidad. Pero Dortmund no compartía la primera hipótesis, porque sostenía que de haber sido cierta, el asesinato hubiera sido al revés; es decir, que el señor Blasco hubiese matado al señor Lago. Y la segunda teoría no la compartía simplemente porque carecía de fundamentos, según  su apreciación personal.

Sean Dortmund llamó por teléfono al capitán Riestra para conocer algunos detalles más que los medios omitían publicar.

_ ¿De qué murió exactamente el señor Blasco, capitán Riestra?_ quiso saber mi amigo con sumo interés.

_ Según el forense, de lo que se desprende del análisis preliminar del cuerpo, murió por asfixia manual. El señor Lago le tapó a la víctima la boca y la nariz en simultáneo_ respondió el capitán._ Lo apretó tan fuerte, que le rompió el tabique. El médico encontró fibras y huellas en el cadáver que pertenecen al señor Lago. Además, en la escena recuperamos un botón que pertenecía al saco que él llevaba puesto al momento del crimen y recuperamos las huellas de sus zapatos. Todo coincide. El caso está cerrado.

_ ¿El motivo, capitán Riestra?

_ Ana Peralta y Marcelo Lago eran parte de un mismo complot encubierto en contra del señor Blasco, que aprovechándose de la debilidad que la víctima sentía por ella, lo usaron para que robara e hiciera todo lo ellos anhelaban. Y cuando ya no les servía, simplemente lo mataron. Así que, el señor Marcelo Lago no sólo será acusado de homicidio simple sino también de todos los otros delitos que cometió en asociación con Ana Peralta. Ella confesará, despreocúpese.

_ ¿Es posible que el señor Blasco haya descubierto la verdad y por eso el señor Lago lo asesinó?

_ Absolutamente Plausible. Pero me juego a que eso no lo convence para nada, Dortmund.

_ Admito que su teoría es buena, capitán Riestra. Pero tiene razón: no me convence en absoluto.

_ ¿Se le ocurre algo mejor que eso?

_ Por el momento, no. Pero le haré saber enseguida cuando tenga alguna idea más sólida al respecto. Y usted manténgame informado sobre el resultado definitivo de la autopsia cuando esté a su disposición.

_ Cuente con eso, Dortmund.

Unas tres horas más tarde, Dortmund llamó por teléfono al capitán Riestra con una novedad que lo descolocó por completo.

_ ¿Ya tiene a su disposición los resultados de la autopsia, capitán Riestra?_ quiso saber primero mi amigo.

_ Estarán listos a última hora del día, me dijo el forense_ confirmó Riestra._ ¿Qué se le ocurrió? Porque no me llamó por eso ni mucho menos para saber cómo estoy.

_ Sí_ admitió el inspector con arrogancia._ Puede juzgar al señor Lago por todos los actos ilícitos que cometió en honor a la señorita Peralta, pero no por asesinato, porque el señor Blasco murió de muerte natural.

_ ¿Enserio, Dortmund? Es difícil creerlo.

_ La señorita Ana Peralta dijo algo fundamental y clave cuando planteó el desafío de las pruebas: la mayor cualidad que ponderaba ella en un hombre era la valentía. Y el asesinato por el honor de una dama es un acto muy honroso y provisto de valentía desbordada.

_ No estará usted hablando enserio...

_ El señor Lago encontró muerto al señor Orlando Blasco. Y no tardó en pensarlo. Lo asfixió con la mano de tal manera que le rompió el tabique y dejando evidencia suya adrede, incluyendo el botón del saco que él mismo se arrancó, simuló un asesinato. No quería quedar como un cobarde ante la dama a la que pretendía conquistar. Igualmente, ella no es inocente si se quedó con las posesiones robadas por los dos caballeros que pretendían despojarla. Pero, se presenta la dificultad de que no se encontró nada en poder suyo y por ende, negó todo.

_ Oiga, yo nunca dije nada referente a la señorita Peralta. ¿Cómo lo adivinó?

_ Deduciéndolo. Simplemente, deduciéndolo.

_ Su teoría, de todas formas, me parece demasiado endeble.

_ Llámeme cuando tenga en poder suyo los resultados definitivos de la autopsia.

A la noche, el capitán Riestra habló con Dortmund y le confirmó que el señor Orlando Blasco falleció a causa de un aneurisma.

_ Bien, Dortmund_ proclamó Riestra, rendidamente._ Definitivamente, usted es único. Lo resolvió una vez más. ¿Es mucho pedir que me ayude a reunir evidencia para encarcelar a la señorita Ana Peralta?

_ Ése es su pequeño, pero gran problema. Mi parte ya está hecha_ le replicó el inspector con aire de grandeza y superioridad.



lunes, 21 de enero de 2019

Tragedia en Río Tala




                                                   

Río Tala es una localidad de la provincia de Buenos Aires, ubicada al sur del partido de San Pedro. Un pequeño pueblo de pocos habitantes donde todos se conocen entre sí.
Hasta ahí nos dirigimos con Dortmund para investigar un pequeño incidente doméstico que terminó con la vida del señor Sebastián Demartino, por orden de la compañía de seguros que contrató los servicios de mi amigo para determinar si correspondía o no abonar la póliza que la víctima sacó.
Era coleccionista de armas. En especial, un obsesivo de los rifles. Tenía cuatro en su colección que los limpiaba permanentemente, siempre asegurándose de que estuvieran descargados para evitar una tragedia.
Estaba casado con Silvana Sedrón y tenían una hija en común, Clara Demartino, a la que sus padres cariñosamente llamaban Clarita.
La familia últimamente no estaba atravesando por un buen momento económico. Tenía muchas deudas, amenazas de embargos y el Banco los había intimado a cancelar seis cuotas atrasadas que debían de la hipoteca en un plazo no mayor a los siguientes tres días. De lo contrario, les rematarían la finca en la que vivían y quedarían en la calle, ya que no tenían otros parientes directos ni cercanos. En otras palabras, estaban desesperados.
Exactamente, el día de su muerte, el señor Sebastián Demartino estaba limpiando uno de sus rifles cuando inexplicablemente éste se disparó y lo mató en el acto, entrándole la bala por la mejilla y alojándose en el cerebro.
¿Era posible que un hombre tan cuidadoso como el señor Demartino hubiera dejado olvidada una bala sin darse cuenta? ¿No habría sido prudente que la revisase primero? ¿Cabía el hecho de que alguien intencionalmente hubiera colocado la bala en el rifle? La familia, después de todo, estaba urgente de dinero. De ahí, el interés de la aseguradora en pretender descubrir infaliblemente la verdad. ¿Y quién mejor que Sean Dortmund para contribuir a tales propósitos?
Hugo Bounet, gerente de la aseguradora Nuevo Horizonte, le dijo al inspector que la póliza que adquirió el señor Demartino no cubría la muerte por suicidio antes del año. Y que si se trataba de una muerte por accidente, lo cubría al cincuenta por ciento menos. Sólo en caso de muerte dolosa, es decir, asesinato; el importe se cubría en su totalidad, siempre y cuando el asesino no resultase ninguno de los beneficiarios de dicha póliza. De lo contrario, quedaba sin efecto.
_ ¿Quiénes son los beneficiarios de la póliza del señor Demartino, señor Bounet?_ preguntó Dortmund con mucho interés en el asunto.
_ Su esposa, la señora Sedrón_ replicó el gerente.            
_ ¿Estaba al día con la mensualidad de las cuotas?
_ Perfectamente al día. Nunca se atrasó en ningún pago.
_ ¿Su hija estaba fuera o dentro del acuerdo?
_ Estaba excluida. A excepción de que a la madre le sucediese algo, el monto total de la póliza pasaría legalmente a su potestad. Pero sino, no.
_ Y otros familiares no tenía. Así que, la segunda parte del acuerdo quedaría sin efecto llegado tal caso..._ masculló Sean Dortmund como si estuviera reflexionando en voz alta.
_ No sé exactamente a qué se refiere, señor Dortmund. Pero, técnicamente es como usted lo plantea. No sé qué tiene en mente. Sólo queremos que aclare este asunto en nombre de la compañía. ¿Podemos confiar en usted?
Mi amigo miró al señor Hugo Bounet con una sonrisa elocuente.
_ Confíe en que averiguaré qué sucedió_ contestó Dortmund, transmitiendo seguridad en sus palabras y su actitud.
Ambos caballeros se estrecharon la mano y el inspector desapareció de la vista del otro hombre con la velocidad de un relámpago.
Volvió para nuestra residencia y me pidió que lo acompañara a hablar con las dos mujeres en cuestión. Durante el viaje, mi amigo me puso al tanto de todo. Y si bien yo no emití ninguna opinión al respecto, escuché al inspector con mucho interés.
Llegamos a Río Tala alrededor de las seis de la tarde del mismo día. Preguntamos a gente de la zona por la finca de la familia Demartino y nos guiaron correctamente. Era una familia muy querida y respetada de la zona. Nadie podía creer la desgracia que los embargaba. Todo el pueblo estaba conmocionado.
La señora Silvana Sedrón era una mujer de unos cuarenta y cinco años, estatura baja y de complexión atlética. Estaba vestida con ropa informal y lucía una expresión de absoluta desolación y tristeza por lo sucedido. Aún no podía creerlo.
Con mi amigo le dimos el pésame y esperamos a que se sintiera un poco mejor para entrevistarla.
_ Lamentamos profundamente lo sucedido_ dijo Dortmund con pesar._ Haremos esto lo más breve y conciso posible. Es que la compañía de seguros que su esposo contrató...
Silvana Sedrón lo interrumpió con suavidad.
_ Lo entiendo_ repuso ella._ No se preocupe por mí. ¿Qué precisa saber?
_ ¿Hace cuánto tiempo que su esposo la contrató?
_ Unos seis o siete meses atrás.
_ ¿Por qué razón?
_ Quería asegurarnos un futuro a mi hija y a mí. Él era así.
_ Su hija no era beneficiaria de la póliza, señora Sedrón. ¿Usted estaba al corriente de esto?
_ Por supuesto que sí. Es menor de edad. No cumple con los requisitos que exige la empresa Nuevo Horizonte.
_ En virtud de los recientes problemas financieros que atraviesan, ¿de dónde sacaba el señor Demartino el dinero para pagar las cuotas del seguro?
_ Se las rebuscaba haciendo changas o pequeños trabajos para terceros. Mi marido sabía hacer de todo. Juntaba para pagar la póliza todos los meses y apenas nos alcanzaba para comer y vestirnos.
_ El señor Demartino era coleccionista de armas y un fanático de los rifles_ me sumé al interrogatorio._ ¿Por qué las balas?
_ Le gustaba cazar. Los fines de semana, siempre que podía, agarraba su humilde camioneta y se iba a pueblos y zonas aledañas a cazar. La caza era un divertimento para él y tenía extendida la habilitación correspondiente. A veces se frustraba cuando no podía comprar las balas por falta de plata. Pero conocía muy bien al dueño de la armería del pueblo y le tenía contemplación. Eran muy buenos amigos.
_ ¿Siempre utilizaba el mismo rifle para sus prácticas el señor Demartino?_ siguió indagando Sean Dortmund.
_ Sí. Los otros tres son de exhibición. Los heredó de su padre, al igual que el amor por la caza.
_ ¿Concretamente, ayer qué pasó con exactitud, señora Sedrón?
_ Yo estaba preparando el almuerzo y nuestra hija había ido a la ciudad a hacer un trámite personal. Lo vi a Sebastián con el rifle en la mano. Supuse que iba ir de caza. Pero me dijo que sólo iba a limpiarlo. Era muy obsesionado y cuidadoso con el aseo del rifle.
Se fue para la sala de armas. Dos minutos después escuché..._ Y la señora Silvana Sedrón no pudo continuar hablando.
_ La comprendo_ le dijo Dortmund con afecto.
_ Vino el médico del pueblo, el doctor Bardi, para pedirle opinión. Vio el cuerpo de mi marido e inmediatamente me aconsejó que lo mejor que podía hacer era llamar a la Policía. Que él no podía hacer lamentablemente nada. Creo que tenía razón. Y le hice caso.
_ ¿Qué opinaron los investigadores?
_ No creen que se trate de ningún accidente. Aunque verdaderamente no descartan ninguna hipótesis.
_ ¿Su marido siempre revisaba que el rifle estuviese descargado antes de limpiarlo?_ pregunté.
_ ¡Sí!_ exclamó con énfasis la señora Sedrón._ Sebastián se llevaba las balas aparte cuando iba a cazar. Cargaba el arma en el momento, volvía y antes de guardar el rifle de nuevo en su lugar, se cercioraba de que no quedara ninguna bala adentro. Y recién ahí, lo guardaba. Así de cuidadoso era él. No sé qué sucedió ayer, ¡no me lo explico!
Silvana Sedrón se había alterado considerablemente y mi amigo le sirvió gentilmente un vaso con agua para sosegarla. Cuando se tranquilizó, el inspector avanzó prudentemente con las preguntas.
_ La Policía cree que alguien colocó la bala intencionalmente en el arma sin que el señor Demartino se diera cuenta_ dedujo Dortmund cuidadosamente para no herir la susceptibilidad de la viuda._ Limpió el arma confiado porque previamente revisó que estuviera vacía y... ¡pff! Se dispara y su vida se apaga. Y todo quedaría como un infortunado accidente. La bala entonces tuvo que colocarse entre el momento en que el señor Demartino revisó el rifle y cuando volvió a buscarlo un rato después, porque en el medio hizo otra cosa.
No era lo que la Policía pensaba, sino que era lo que en verdad Dortmund pensaba. Pero la señora Sedrón, que no resultó una mujer ingenua, lo advirtió enseguida.
_ La Policía no arribó a ninguna conclusión_ dijo ella, resignada._ Al contrario, no quiso lanzar ninguna hipótesis prematura por respeto a mi hija y a mí más allá de toda sospecha latente. Cuando los resultados de las diligencias estuviesen disponibles, ahí vendrían a vernos de nuevo. Lo que acaba de decir es lo que usted estipula que ocurrió. Y para serle honesta, mi marido no se despegaba del arma nunca. Una vez que la agarraba, no la soltaba. No permitía que ninguna de las dos la usáramos bajo ninguna circunstancia.
_ Con todo respeto, señora Sedrón, convengamos que los eventos que planteo son absolutamente factibles.
_ Pero incorrectos. Esto fue un simple accidente y la Justicia me va a dar la razón.
_ Tuvo oportunidad y motivo.
_ ¿Cuál motivo? ¿El seguro de vida? Si yo lo hubiese matado, no habría cobrado nada y mi hija tampoco porque es una de las cláusulas del convenio que mi esposo firmó.
_ Pero, seguramente usted sabía dónde su esposo guardaba las municiones.
_ ¿Qué pretende usted?
Dortmund presionaba fuertemente a la señora Silvana Sedrón para que cediera y confesara. Pero ella resistió valientemente los intentos de mi amigo. Era una mujer muy tenaz y muy segura de sí misma.
_ Por eso es que fue un crimen brillante. Porque pareciera que fue un accidente y usted cobraría la mitad de la póliza, lo que le alcanzaba para cubrir las deudas que aún mantiene. Porque, después de todo, hasta la persona más cuidadosa del planeta comete errores. Y el señor Sebastián Demartino olvidó imprevistamente una bala en el interior del rifle. La felicito. Estupendamente pensado.
_ ¡Le repito que yo no ganaba nada con su muerte!
Eso era cierto. ¿Entonces, por qué Dortmund insistía con la teoría? Evidentemente, se le había ocurrido algo y ése era su mecanismo para confirmarlo. Poco ortodoxo, a mi entender, pero decididamente efectivo. Pasó de ser un hombre comprensivo a convertirse en enemigo de la señora Sedrón en un segundo.
_ ¿Cómo era el estado de ánimo de su marido los días previos a la tragedia?_ intervine para calmar un poco las aguas.
_ Preocupado_ respondió la señora Sedrón, más apaciguada._ La falta de plata lo mantenía seriamente preocupado, al igual que a mí. Pero era un gran luchador y nunca bajaba los brazos. Se mostraba optimista en todo momento, siempre luciendo una impecable sonrisa de oreja a oreja. Cualquiera que no conociera su situación, pensaría que todo estaba bien en su vida.
Siguieron algunas preguntas más de menor relevancia y pedimos hablar con Clara Demartino, la hija que tenían en común.
_ ¡Clarita!_ la llamó la señora Sedrón._ ¡Vení que estos hombres quieren hablar unas palabras con vos!
Pero la muchacha no respondía.
_ ¿Dónde está?_ preguntó Sean Dortmund.
_ En su cuarto, seguramente dormida_ respondió Silvana Sedrón._ La muerte de su padre la perturbó en gran medida. Desde ayer que vive encerrada y no sale más que para las cosas necesarias. Está muy afectada, pobrecita.
La insistencia en los llamados siguió siendo nula y el inspector pidió autorización a la madre para ingresar a la habitación de la joven.
Mi amigo golpeó la puerta previamente y al no obtener repuestas, la abrió sutilmente. Se asomó con discreción y vio la cama vacía y la ventana abierta de par en par. Clara Demartino huyó.
_ Esto no es bueno_ auguró Sean Dortmund con mucha inquietud.
Silvana Sedrón se desesperó pero me las ingenié de sobremanera para contenerla y evitarle una crisis aún mayor.
Un representante del fiscal general de San Pedro/Baradero fue a notificarle personalmente a la señora Sedrón que su hija Clara Demartino se entregó en la Comisaría del pueblo como autora del asesinato de su padre, el señor Sebastián Demartino. Dijo que confesó colocar la bala en el rifle en un momento de descuido de la víctima, aunque no había detallado el porqué del homicidio. Sólo lo diría en presencia de un abogado defensor.
La madre enloqueció terriblemente y rompió en llantos, y comenzó a vociferar que ella en realidad mató a su esposo y que su hija sólo la cubría. Pero la realidad era que la señora Sedrón sólo pretendía proteger a su hija.
_ Evidentemente, su hija no quería herirla de ninguna manera a usted_ dijo el representante del fiscal_ y por eso se entregó a sus espaldas. Ella va a estar bien. La vamos a ayudar, vamos a ver a qué clase de acuerdo podemos llegar con el juez y el abogado que el Ministerio de la Defensa le asigne. Pero necesito que se tranquilice, señora Sedrón, por favor. La van a llamar a declarar y tiene que estar en condiciones de hacerlo. ¿Me comprende? La acusarán de homicidio agravado. Pero sin mucha evidencia que respalde la acusación, saldrá en poco tiempo. Tiene que ser fuerte y dejarnos trabajar. Haré todo lo que esté a mi alcance para que esto resulte de la manera más beneficiosa para todos.
Silvana Sedrón seguía proclamando su responsabilidad en la muerte del señor Demartino, inútilmente. Al fin, comprendió cómo eran las cosas y se tranquilizó a fuerza de voluntad. Un oficial de la Policía local, por imposición de la Fiscalía, se quedó a cuidar a la señora Silvana Sedrón, mientras Dortmund y yo nos dirigíamos a la Comisaría en cuestión.
_ Todo resultó como yo pensaba_ me dijo mi amigo durante el trayecto.
_ ¿A qué se refiere puntualmente?_ pregunté vacilante.
_ ¿Acaso no lo ve? ¡Pero si todo estuvo claro desde un comienzo para mí! Si se comprobaba que la señora Sedrón asesinó a su esposo, no cobraría nada del seguro y mucho menos si se verificaba un suicidio. Qué hombre inteligente resultó ser el señor Demartino. ¿Quién tuvo ocasión de colocar la bala en el rifle? Porque dudo solemnemente que se haya olvidado la bala  puesta en el arma por mero accidente.
Dortmund esperó a que yo dijera algo. Pero no lo veía todo tan claro como él.
_ ¡Él mismo!_ acentuó el inspector después de haberme dado unos segundos de gracia._ Si se suicidaba abiertamente, la póliza quedaba sin efecto. Y si ella lo asesinaba, también. ¿Y qué futuro le dejarían a su hija así, con las deudas y los embargos pendientes? Sólo había una solución posible. Un suicidio que se dirima entre un accidente o un asesinato. ¿El señor Demartino se olvidó el rifle cargado accidentalmente? Podía ser. Claramente que sí. ¿Pero, también era probable que alguien hubiera colocado la bala dolosamente en un momento de descuido? ¡Por supuesto que sí! ¿Y sin indicios que avalasen una u otra teoría, cuál primaría por sobre la otra? El señor Sebastián Demartino colocó la bala en el rifle sabiendo que cuando lo limpiase, el disparo podía efectuarse inesperadamente de un momento a otro. ¡Y así sucedió! Y la señorita Clara, tan inteligente como su padre, tuvo que adivinarlo también, porque de saberlo de antemano, los planes podrían arruinarse.
<Ella lo sospechaba. Así que, cuando me escuchó a mí lanzar la teoría, lo supo todo. Huyó por la ventana y se entregó como autora del asesinato. Se demostraría que actuó sola, sin el conocimiento de su madre, y la señora Sedrón cobraría el total de la póliza de seguro y su situación económica estaría completamente resuelta>.
_ No sé qué decir_ dije estremecido._ Es una situación muy compleja.
_ Es la única explicación que se ajusta a los hechos, doctor. Use la lógica y lo sabrá.
_ ¿Qué le dirá al señor Bounet, el gerente de la compañía de seguros, que fue quien lo contrató?
_ La verdad. Le diré que fue un suicidio y le daré el detalle de los eventos tal cual ocurrieron.
_ La señora Sedrón no accederá al beneficio de la póliza, Dortmund. Además, tiene que demostrar su hipótesis con pruebas fehacientes ante el juez para que Clara Demartino no sea castigada por un crimen que no cometió.
_ Ella y su hija no tienen porqué saberlo. Y, además, sacaré a la señorita Demartino de la prisión a la brevedad. No tengo más remedio que demostrar el suicidio del señor Sebastián Demartino con evidencia falaz. No hay otra forma. Pero se trata de ayudar a esas pobres mujeres que perdieron a su hombre por una causa noble, si quiere llamarlo así.
_ No verán ni un céntimo del dinero del seguro cuando se compruebe el suicidio.
_ El dinero saldrá de mí. Yo cubriré los gastos. Puedo hacerlo. Como le dije antes, doctor, la señora Sedrón y su hija no tienen porqué saberlo.






lunes, 14 de enero de 2019

El último canto del tenor (Gabriel Zas)







Se escucharon dos golpes secos en nuestra puerta. Nuestro invitado debía haber llegado. Dortmund se levantó apresuradamente de su silla y de un salto, corrió a abrir. Abrió y sus ojos coincidieron con los del capitán Riestra. Nuestro amigo de la Policía Federal entró, nos saludó formalmente y se sentó tras una indirecta del inspector.
_ ¿Quiere beber algo, capitán Riestra?_ lo invitó mi amigo, cortésmente.
_ No, le agradezco, Dortmund_ declinó con la misma cortesía la invitación, Riestra.
_ ¿Ha venido a consultarme sobre algún caso en particular?
El capitán se mostró de repente sumamente preocupado, subsumido por una incertidumbre que lo atormentaba gravemente. Dortmund lo advirtió y adquirió una actitud benevolente para con nuestro amigo.
_ Puede hablar con total franqueza, capitán Riestra_ le dijo Dortmund.
_ Lo sé_ repuso el aludido, afligido._ Siempre es bueno contar con usted. Y en estas circunstancias, considero que es la única persona que puede ayudarme.
_ A su disposición. Si es tan amable de ponerme al tanto de los pormenores del incidente...
_ Antes que nada, debe saber que es un asunto bastante delicado. Bueno, ¿qué homicidio no lo es? Pero este caso en concreto reviste un interés por fuera de lo particular. No sé si en estos años de conocernos les he mencionado alguna vez que tengo una hermana.
Dortmund y yo negamos con la cabeza.
_ Bien_ continuó Riestra._ Se llama Carina Riestra. Es dos años menor que yo. Hace cinco años atrás se casó en secreto con Abel Luro. Es un buen tipo. Algo antipático y egocéntrico, pero una excelente persona. Ama mucho a mi hermana y eso es lo que importa. Ella es muy feliz con él...
Hizo una pausa abrupta. Y agregó en tono más grave y apesadumbrado.
_ Mejor dicho, era muy feliz con él.
Con Dortmund, intercambiamos una mirada muy significativa e insinuante.
_ ¿Por qué dice era, capitán Riestra?_ inquirió Sean Dortmund con mucho interés y mucha cordialidad._ ¿Qué sucedió?
_ Lo mataron hoy a la mañana clavándole un punzón en la nuca, dentro de su propio estudio, que está en la casa que compartía con Carina.
_ Eso es serio, capitán Riestra_ opiné.
_ Todavía no conté la peor parte, señores. Mi hermana se responsabiliza por el hecho. Sus palabras textuales ante el inspector que respondió al llamado al 911 fueron: "Estábamos discutiendo en su estudio. En un ataque de rabia, la situación se descontroló, y entonces, tomé la pistola y le disparé. Entré en pánico y me quedé paralizada. Y cuando reaccioné, ustedes llegaron".
_ ¿Dijo que le disparó con una pistola?_ pregunté asombrado.
_ Sí, doctor. Pero el forense constató que el arma homicida fue un fino punzón que estaba apoyado en el escritorio de mi cuñado. Diría que fue un arma de ocasión. Eso coincide con el ataque de furia de momento que manifestó mi hermana en su declaración, pero se opone tajantemente al método utilizado para darle muerte a Abel.
_ Perdone que le pregunte esto, capitán Riestra_ intervino Dortmund, pensativo._ ¿Su hermana padecía algún trastorno psicológico? ¿Estaba medicada por algún profesional?
_ No, nada de eso_ respondió nuestro amigo muy seguro._ Odio admitirlo, pero mi hermana encubre a alguien. No lo voy a negar, está en serios problemas.
_ En eso estamos de acuerdo, capitán Riestra. Pero de algo estoy absolutamente convencido. Usted no la cree culpable del asesinato del señor Luro.
_ ¡Para nada! Y quiero ayudarla. Hablé con el fiscal del caso, que es muy amigo mío, y convenció al juez para que nos dé 24 horas de gracia como un favor personal. Si no avanzamos dentro de ése margen de tiempo, la va a procesar por homicidio agravado. Por eso acudí a usted.
_ Haremos lo posible, se lo prometo. ¿Sospecha de alguien?
_ No. Decididamente, no. No estoy muy adentrado en la vida íntima de mi hermana y sus relaciones, así que no puedo dirimir mis sospechas en ninguna dirección en particular. Pero podemos reducirlo todo a dos personas: Santiago Lutzack y Martina Azcurra. Ellos dos visitaron a Abel un rato antes del asesinato hoy a la mañana. Pero Carina fue la última en verlo con vida y eso agrava aún más su situación procesal ante la mirada de la Justicia.
_ ¿Qué dijo la señora Riestra, capitán, respecto a lo que hizo con el arma después de supuestamente matar al señor Abel Luro?
_ Dijo que no lo recuerda. Y en lo que a mí concierne, dudo de que exista una. Ella y Abel aborrecían las armas de fuego. La Policía buscó en toda la casa pero no halló ninguna. Y los vecinos nunca escucharon una detonación. Bueno, eso está claro si a Abel lo asesinaron de una puñalada en la nuca. Por eso no pudo ser mi hermana. En ninguno de los dos casos, ella pudo matarlo.
El inspector abrió los ojos enormemente.
_ ¿Qué quiere decir?_ me atreví a preguntar primero.
_ Carina sufrió hace diez años atrás un accidente doméstico que le redujo su fuerza a la mitad en ambos brazos. Por ende, le hubiese resultado imposible tomar el punzón y clavarlo con perfecta precisión en el cuello de Luro. Lo mismo que haber tomado una pistola. No hubiese podido ni por lejos hacerlo.
_ Confirmado: encubre a alguien.
_ La pregunta es doctor_ expresó Dortmund_ a quién. ¿Al señor Lutzack o a la señorita Azcurra?
_ Hay que hablar con ellos_ propuso Riestra._ Y ver, además, porqué visitaron a Abel hoy a la mañana.
_ Estoy de acuerdo_ convino el inspector._ ¿Encontraron huellas en el arma homicida?
_ No. El asesino usó deliberadamente guantes.
_ ¿Tocaron algo de la escena? ¿No movieron nada?
_ Aparentemente, no, Dortmund.
_ Interesante. No lo sabremos con certeza hasta revisar la escena nosotros mismos y sacar nuestras propias conclusiones.
_ ¿Por qué discutieron el señor Luro y su hermana, capitán?_ indagué.
_ Carina creía que Abel la engañaba desde hacía tiempo con otra mujer_ repuso Riestra._ No sospechaba de ninguna en especial, pero estaba convencida de la infidelidad. Hace dos días encontró entre las cosas de Abel una pulsera de plata con incrustaciones de oro envuelta para regalo. Ella supuso que era la prueba que estaba buscando y la robó discretamente para averiguar para quién era. Abel descubrió su falta, ella lo enfrentó y por eso discutieron fuertemente al respecto.
_ ¿Usted cree que realmente había una tercera en discordia?_ preguntó Dortmund con un tono de voz sugerente.
_ Abel tenía muchos defectos_ explicó el capitán Riestra._ Pero dudo sinceramente que la infidelidad fuese uno de ellos. No, estoy absolutamente convencido de que ésa pulsera era un regalo para mi hermana y él estaba esperando el momento propicio para dárselo.
_ ¿Celebrarían algo especial prontamente?
_ No había nada cercano. Pero no se necesita esperar un día especial para hacer un regalo. ¿O sí?
_ Por supuesto que no, capitán Riestra_ repuso Dortmund, vacilante._ Hàbleme brevemente del señor Abel Luro, si es tan amable.
_ Era tenor lírico. Cantaba en uno de los coros del teatro Colón. La semana que viene estrenaría una nueva ópera y estaba muy metido con eso. Él se encerraba en su estudio a ensayar y estudiar el guión.
_ ¿Esto lo sabe por boca de su hermana, capitán?_ pregunté.
_ Efectivamente, doctor. Lo fui a ver una vez. Tenía una voz fabulosa. Su voz era tan potente, que hacía temblar las paredes de la sala a troche y moche.
_ ¿Algún problema con alguno de sus colegas de elenco?
_ No, doctor_ interrumpió Dortmund, decididamente._ No es relevante su pregunta. El motivo del crimen viene por otro lado. No perdamos tiempo. Vayamos a la escena. Recuerden que sólo tenemos 24 horas antes de que el juez acuse a la señora Carina Riestra por asesinato.
Y sin perder ni un minuto más, hacia allá nos dirigimos. Era una casa con una entrada amplia y un jardín trasero que daba al estudio del señor Luro. Por dentro, la casa no era gran cosa. Tenía una decoración austera y rústica, pero todo dispuesto elegantemente. Nos identificamos con los oficiales de turno e ingresamos.
Sean Dortmund fue directamente al estudio del señor Luro. Una vez dentro, su atención se fijó inmediatamente en la ventana que daba al jardín. La examinó visualmente, y haciendo uso de un pañuelo y con extremo cuidado la abrió. La revisó por dentro y por fuera muy a conciencia, salió al jardín por la ventana misma y la cerró. Calculó una mínima distancia, retrocedió de espalda y luego se volvió de frente mirando hacia el estudio. Repentinamente, sus labios surcaron una mueca de satisfacción. Con el capitán, lo miramos todo el tiempo confundidos. Y ésa actitud suya final nos dejó caminando sobre una cuerda floja.
_ Capitán Riestra_ dijo Dortmund, dirigiéndose directo a él._ Cuando su hermana vio el cuerpo de su esposo, ella lo vio desde acá, ¿no?
_ Sí_ repuso Riestra, modestamente extrañado._ Al menos, eso adujo ella en su declaración. Y le creo.
_ ¿El cuerpo fue hallado de frente o de espalda hacia la ventana?
_ De espalda. La Policía lo encontró con la cara girada hacia la puerta de entrada.
_ Entonces, ella no lo hizo porque no fue la última persona en ver con vida al señor Luro. Ella discutía en duros términos con su esposo cuando alguien llegó. El señor Luro le rogó a su esposa que le diese privacidad y ella abandonó el estudio bastante resentida, imagino. Y salió al jardín para tratar de determinar disimuladamente qué era lo que el señor Luro hablaba con su visitante. Quizás no pudo ver mucho y vio realmente menos de lo que hubiese deseado presenciar. Pero su mirada se topó con una escena espantosa un rato después: vio a su marido tendido en el piso de espalda muerto y se horrorizó. Y de ahí viene su confusión al creer que lo asesinaron de un disparo.
_ Vio la sangre fluir de la nuca y creyó que le dispararon en la cabeza por detrás_ reaccionó sabiamente el capitán Riestra._ Creyó que la persona con la que estuvo momentos antes lo mató y ella se inculpó por pánico. Fue impulsiva, actuó sin la razón. Y no pensó en los detalles del arma.
_ Exacto, capitán Riestra_ lo halagó mi amigo.
_ Carina conoce al asesino. ¡Nos lo tiene que decir! Sólo así podremos salvarla.
_ No, no debemos presionarla. Si no se lo dijo a los oficiales que la interrogaron, tampoco a nosotros. Aunque usted sea pariente de ella y por ende alguien de su mayor confianza, capitán, no lo hará. No, hay que hacerlo atrapando al verdadero asesino. Volvamos adentro.
Cuando regresamos al interior del estudio, Dortmund se abocó a examinar los elementos que había arriba del escritorio. Notó que había un espacio vacío en el centro de la mesa, en medio de una capa de polvo que cubría todo el ancho y el largo del mueble en cuestión.
_ Indudablemente, movieron algo de la escena_ dijo Sean Dortmund, señalando su hallazgo.
Con el capitán Riestra nos quedamos sin aliento.
Mi amigo se dirigió a los oficiales y peritos que trabajaron en la escena y todos negaron haber movido algo. Y  se pusieron tensos cuando mi amigo los guió hacia su descubrimiento. ¿El asesino se había llevado intencionalmente algo que lo ligaba con el asesinato? Era muy probable, pero no algo definitivo.
Una mujer de mediana edad, cabello corto a la altura de la nuca y de modales muy correctos entró a la escena agitadamente desoyendo las advertencias de los agentes que trabajaban en el lugar. No obstante, la recibimos cálidamente.
_ Me llamo Martina Azcurra_ se presentó, frotándose las manos de nervios._ Tengo que confesarles algo, ya no me lo puedo guardar más.
_ ¿Qué es, señora Azcurra?_ inquirió Riestra.
_ Quiero confesar el homicidio de Abel Luro. Yo lo maté.
Los tres intercambiamos una mirada severa.
_ ¿Está segura de lo que dice? Es una acusación muy seria la que está haciendo_ dijo el capitán Riestra.
_ Sí, yo lo hice, yo lo maté_ repitió ella muy exaltada.
_ Muy bien_ asintió nuestro amigo._ Cuénteme cómo lo hizo.
_ Lo golpeé en la cabeza con el pisapapeles que hay en su escritorio. Discutimos, yo me estaba yendo, él me dijo algo provocativo, yo reaccioné, lo confronté, se rió de mí, me dio la espalda y en un denotado ataque de ira, tomé el pisapapeles y se lo partí en la cabeza por atrás. Me asusté y me fui.
_ Señora, eso no es posible...
_ ¡Yo lo maté!
_ Está bien. Que un oficial le tome la declaración para hacerlo formal. Dele todos los detalles, por favor.
Riestra llamó a uno de los oficiales que custodiaba el ingreso al estudio en donde estábamos todos y le dio estrictas órdenes de qué hacer con la señora Azcurra.
_ Muy bien, señor_ replicó aquél. Y se llevó a Martina Azcurra a otra parte.
El capitán se volvió hacia nosotros ofuscado y confundido.
_ Sabemos que ella no lo hizo_ deslizó con desdén._ Tenemos a dos personas que se responsabilizan por el homicidio y sabemos que ninguna de las dos lo hizo. ¿Qué opina Dortmund?
_ Que esto se está poniendo muy interesante_ declaró mi amigo con ímpetu._ Y lo mejor de todo es que el caso se está prácticamente resolviendo solo.
_ ¿Cómo es eso posible?_ expresó el capitán, desquiciado.
_ Ya lo verá usted, no se precipite.
Sean Dortmund continuó requisando la escena del crimen por unos minutos más e inmediatamente después de que hubo concluido su pesquisa, solicitó entrevistarse con la señora Azcurra.
Lo autorizaron y se encerró con ella en un cuarto aparte a solas.
El inspector le pidió que relatase los hechos tal como sucedieron al momento del homicidio y ella repitió la misma historia que nos contara a los tres previamente.
_ Miente, señora Azcurra_ declaró flamante, Dortmund.
Ella lo miró con hostilidad.
_ El señor Luro no murió de un golpe en la cabeza, como usted declara_ prosiguió el inspector.
_ Sí, porque yo lo hice.
_ ¿Sostiene su postura?
_ Firmemente.
_ Sólo intento ayudarla. Pero no puedo hacerlo si usted no colabora y es honesta conmigo.
_ Le estoy diciendo la verdad... ¡Soy una asesina desalmada! Tengo que pagar por lo que hice. Abel no merecía morir. Si tan sólo hubiese sido capaz de controlar mis impulsos en esos momentos...
_ ¿Se arrepiente?
_ Sí_. Agachó la mirada en señal de culpa.
_ Lo cierto es que usted no pudo haberlo matado, señora Azcurra_ siguió mi amigo con su disertación,_ porque al señor Luro no lo mataron de un golpe en la cabeza como usted afirma, sino de una puñalada en la nuca asestada con un punzón.
La expresión de la mujer cambió radicalmente.
_ Yo creí que..._ repuso Martina Azcurra, avergonzada.
_ ¿Que la asesina era la señora Riestra? Tampoco. Ella se culpó del homicidio porque vio a su esposo desde el jardín tendido en el piso con sangre que le fluía de la nuca y por eso pensó que le habían disparado. Pero eso no ocurrió tampoco. Carina Riestra sospecha que su esposo le es infiel con alguien más y lo confronta para averiguarlo. Discuten fuertemente y en ése preciso instante, llegó usted, lo que le dio razones a la señora Riestra para suponer que usted era la misteriosa amante del señor Luro. Ella los deja a usted y al señor Luro solos y se va para el jardín para poder espiarlos con sutileza, y confirmar o no sus temores. Usted la vio desde el estudio pero la ignoro porque jamás fue consciente de sus sospechas.
<No, no esperaba semejante cosa de la señora Riestra. Así que, el hecho para usted pasó absolutamente desapercibido. Pero no tanto para el señor Luro, que debió imaginar lo que su esposa pensaba y por eso le pidió a usted que se retirase. Usted se va ofuscada. Y en ese lapso de tiempo, alguien asesinó al señor Luro con el punzón para hacer creer que se trató de un crimen de ocasión y no fríamente planeado, como realmente fue.>
<La señora Riestra hace el descubrimiento del cuerpo e inmediatamente sospecha de usted. Usted, señora Azcurra, regresó porque dejó olvidado algo arriba del escritorio del señor Luro y vio algo inesperado: vio a la señora Carina Riestra arrodillada al lado del cuerpo de su esposo y sosteniéndolo llena de dolor y desolación entre sus brazos. Y usted supuso que ella lo había matado. Tomó lo que fue a buscar y sin intercambiar ni una sola palabra, recuperó lo suyo y se fue asustada, no sin antes intercambiar miles de miradas cargadas de emociones con la señora Riestra. ¿Me equivoco?>
_ No. Todo sucedió así_ admitió la señora Azcurra, absolutamente apenada.
_ Como no deseaba que la señora Riestra se viera envuelta en el asesinato de su marido porque la estima mucho y la considera una buena mujer, se inculpó usted misma por el crimen que pensó dadas las circunstancias que ella había perpetrado. Pero lo cierto es que no fue ninguna de las dos.
_ Carina no merece pasar por esto.  La conozco hace años... ¿Sabe algo, inspector? Me alivia mucho saber que ella no asesinó a Abel.
_ ¿Qué volvió a buscar al estudio del señor Luro, señora Azcurra?
_ Una cigarrera. Abel era fanático de los cigarrillos que yo consumo. Así que, siempre que lo visitaba, traía mi cigarrera para convidarle algunos. Hoy a la mañana me echó tan de repente y me sentí tan molesta, que me fui sin agarrarla. Hice unos pasos, descubrí el olvido y regresé. El resto ya lo sabe.
_ ¿Cuánto tardó en regresar, aproximadamente?
Martina Azcurra vaciló antes de responder.
_ Entre cinco y diez minutos, no más_ respondió con contundencia.
_ ¿Está segura?
_ Absolutamente segura.
_ ¿Se cruzó con alguien en ese ínterin de tiempo?
_ No, no me crucé con nadie. No vi a nadie, inspector.
_ ¿Por qué visitó al señor Luro?
_ Éramos muy buenos amigos. Me propuso un proyecto de negocios juntos y estábamos en tratativas para concretarlo. No se lo dijimos a nadie para no arruinarlo. Pero venía muy bien encaminada la cosa y queríamos sumarla a Carina si todo resultaba favorablemente como esperábamos con Abel.
_ ¿De qué trataba el proyecto, señora Azcurra?
_ Con la importación de vinos. Iba a llamarse El último canto del tenor, en honor a su última ópera. Teníamos muy buenos contactos en Mendoza.
_ Gracias, señora Azcurra. Fue de mucha ayuda.
Sean Dortmund volvió al estudio del señor Luro y revisó el espacio vacío que había en el centro del escritorio.
_ ¿Qué sucede, Dortmund?_ preguntó Riestra, preocupado.
Mi amigo nos hizo un resumen de los hechos que dedujo a partir de la declaración de la señora Martina Azcurra, y luego agregó entre cavilaciones:
_ Ella alegó que volvió a buscar su cigarrera. En el hueco que hay en la mesa, se puede entrever la silueta de un accesorio similar al de una cigarrera, lo que se condice con el testimonio de la señora Azcurra. Pero al lado, hay una silueta de algo mucho más grande.
_ Había algo más apoyado al lado de la cigarrera_ deduje.
_ Es rectangular y de amplias proporciones. Algo así como una cartera...
_ Pero, sabemos que ninguna de las dos mujeres pudo haberlo hecho. Y no hubo una tercera en la escena.
_ Pudo ser un portafolios_ concluyó Riestra._ El asesino lo apoyó en la mesa, cometió el crimen y se lo llevó otra vez.
Dortmund miró a Riestra con brillo en sus ojos. Mas, lo siguiente que hicimos fue a hablar con la señora Carina Riestra, la hermana de nuestro amigo.
_ ¿Por qué sospechaba que el señor Luro le era infiel, señora Riestra?_ le preguntó Dortmund, con amabilidad.
Carina Riestra miró al capitán con una mirada interrogativa y él asintió con un leve movimiento de cabeza.
_ Siempre llegaba tarde_ respondió ella._ Me decía que ensayaba hasta tarde. Pero yo llamaba al teatro y me decían siempre que el ensayo había terminado hacía como dos horas. Permanentemente igual. Hasta que revisando sus cosas, encontré esa pulsera de plata. Era la prueba que estaba buscando, lo que necesitaba para comprobar que se veía con alguien más.
_ Y por eso lo confrontó hoy a la mañana. Y oportunamente, llegó la señora Azcurra y creyó confirmar sus sospechas.
_ ¡Era mi amiga! No podía creerlo. Venía a ver a mi esposo todo el tiempo.
_ También era amiga tuya_ dijo el capitán.
_ ¡No la defiendas, Eugenio! Ella siempre venía a verlo a él, nunca vino por mí.
_ Lo cierto es, señora Riestra_ dijo Sean Dortmund,_ que ella no lo hizo. Al contrario, pensó que había sido usted cuando la encontró junto al cuerpo de su marido y se inculpó por el crimen para defenderla. Nunca tuvo nada con su esposo.
Carina Riestra se quedó sin aliento, mientras nos miraba a los tres perdidamente.
_ ¿No se te ocurrió pensar que la pulsera te la compró a vos?_ le preguntó el capitán Riestra a su hermana, con contundencia.
_ Él nunca me hacía ésa clase de regalos_ declaró la mujer, compungida. Se puso de pie y palideció súbitamente. Luego, volvió a mirarnos con los ojos llenos de culpa.
_ Martina se culpó por mí... Y yo que la juzgué mal. ¡Es un ángel! No sé cómo disculparme con ella ahora por este malentendido.
_ No necesita hacerlo, señora Riestra_ dijo el inspector, complaciente.

_ Todo se reduce a un único sospechoso_ anunció el capitán Riestra, después de que termináramos de hablar con su hermana._ Santiago Lutzack.
_ Es posible_ sentenció el inspector, poco convencido al respecto._ Averigüémoslo. Pero el asesino creo que nunca vino de afuera. Se los explicaré oportunamente.
Hicimos llamar a Santiago Lutzack, que llegó en menos de diez minutos. Era un hombre de rostro atestado, corpulento y ademanes sutiles. Tendría en apariencia unos cincuenta años.
Cuando vimos lo que traía entre sus manos, nos quedamos petrificados. Era un portafolios. Y yo pensé para mis adentros que el trámite iba a resultar demasiado sencillo. Si la forma de su portafolios coincidía con la de la que estaba en la escena, el  señor Lutzack no tendría escapatoria. Yo estaba gozando ésta pequeña victoria para mis adentros anticipadamente con mucho orgullo y moría por oírlo confesar el asesinato del señor Luro.
_ ¿,Por qué visitó al señor Luro hoy por la mañana?_ preguntó inicialmente Dortmund.
_ Soy su médico de cabecera_ respondió el señor Lutzack, con mucha calma y sin titubear._ Mejor dicho, era. Es tremendamente lamentable lo que le pasó.
Santiago Lutzack parecía sincero.
_ ¿Cuál fue el motivo de su consulta?_ prosiguió el inspector.
_ Un resfriado. Apenas le estaba agarrando, pero quería evitar que le afectara la garganta y me llamó para que le recetase algo para prevenirlo. Ése fue todo mi trabajo. Era tenor profesional y por ende, un obsesivo con el cuidado de sus cuerdas vocales.
_ ¿Cuánto tiempo estuvo?_ intervino Riestra.
_ Cinco, diez minutos. No mucho más. Salí de acá y me fui para la clínica Versalles, donde trabajo como médico clínico. Puede preguntar si quiere. Estaba terminando mi turno cuando ustedes llamaron.
_ ¿Se cruzó con alguien cuando llegó o cuando se fue hoy a la mañana?_ indagó Dortmund.
_ No. Vine, hice mi trabajo y me retiré. No vi a nadie más.
_ Permítame el portafolios, si es tan amable, señor Lutzack. Se lo devolveré a la brevedad.
El médico receló pero accedió a la demanda de mi amigo.
Sean Dortmund hizo la prueba pertinente comparando la forma del portafolios del señor Lutzack con la hallada en el escritorio de la víctima. Volvió en dos minutos, le devolvió la maleta a Santiago Lutzack y lo dejó ir.
_ El portafolios que apoyaron en la mesa del estudio del señor Luro era bastante más chico que el que el señor Lutzack traía consigo_ afirmó Dortmund.
_ ¿El portafolios de la escena tiene el tamaño de los que usan habitualmente los peritos?_ preguntó el capitán Riestra, relacionando los hechos lentamente en su cabeza.
_ ¡Tiene sentido!_ exclamé con vehemencia._ Mas, si el asesino utilizó guantes para no dejar huellas.
_ Exacto, caballeros_ ponderó Sean Dortmund con admiración._ El asesino llegó y esperó. Vio que el doctor Lutzack llegó y discretamente empleó un mecanismo para que la puerta quede abierta. Lutzack se retira, el asesino entra, se esconde y espera paciente. La señora Azcurra se va y un minuto y medio es todo lo que el asesino necesita para clavarle el punzón en la nuca al señor Abel Luro, guardar los guantes de nuevo en su portafolios y salir. Cuando abandona la casa, cierra la puerta de calle definitivamente y se va. Y vuelve junto con el equipo de Criminalística más tarde a hacer su trabajo. Y oportunamente, explora el terreno.
_ No tuvo tiempo de deshacerse de los guantes porque se notaría el faltante, lo investigarían y lo atraparían_ continuó el capitán Riestra con la deducción de los eventos._ Es el protocolo. Todos los elementos están inventariados.
_ Así que, tuvo que pedir un par de guantes prestados_ seguí yo_ y los que utilizó para matar al señor Luro aún los conserva encima.
No tardamos en averiguar que el perito que buscábamos se llamaba Néstor Torre. Revisamos sus cosas y tenía un par de guantes adicionales usados. Intentó disuadirnos, pero cuando lo confrontamos con toda la evidencia en su contra, se vio acorralado y aceptó confesar a cambio de hacer un trato con el fiscal. Aceptamos.
_ Con mi esposa estábamos muy mal_ empezó el señor Torre con su confesión._ Me costó horrores remarla y salvar la relación. Pero lo conseguí. Con esfuerzo y voluntad, lo conseguí. Le compré una pulsera como regalo de conciliación, que pensaba entregársela en el teatro. Saqué dos entradas para ir a ver El último canto del tenor, la ópera en la que cantaba Luro. A mi esposa, ése tipo de obras le fascinaban. Nos sentamos adelante de todo. Disfrutamos mucho. Le dije a mi esposa que tenía algo para ella, sin decirle qué.
<Cuando la función terminó, pedí permiso para acercarnos a los camarines y saludar al señor Luro. Después de eso, le daría la pulsera y todo sería perfecto.>
<Nos autorizaron a entrar al camarín a saludar al señor Abel Luro. Nos recibió gentilmente. Fue muy ameno durante el rato que compartimos con él. No habremos estado más de cinco minutos. Pero mi esposa estaba feliz de haberlo conocido.>
<Pensó que ésa era la sorpresa, pero le dije que había algo más. Cuando busqué en el bolsillo de mi sobretodo la pulsera, no estaba. Revisé los asientos y no se había caído ahí. Por ende, se me había caído en el camarín de Luro.>
<Le golpeé la puerta, me atendió, le planteé mi inquietud y me dijo que lo encontró. Pero que no iba a devolvérmelo. Pensé al principio que era una broma, pero nada de eso. Se apropió de mi pulsera. Discutimos fuertemente, me dijo que le quedaría mucho mejor a su mujer que a la mía, se rió de mí y me cerró la puerta en la cara. Mi esposa creyó que le mentí y me abandonó.> 
<¡Todo lo que hice por nada! Estaba todo perfectamente bien, pero ése infeliz de Abel Luro tuvo que aprovecharse y arruinarme. ¿Quién se creía que era el imbécil ése para faltarme el respeto de ésa manera? Tenía que hacerlo pagar. Salió del teatro y lo seguí en secreto para saber dónde vivía. El resto de la trama ya la conocen.>
_ ¿Por qué no se llevó la pulsera después de que lo mató?_ preguntó severamente, Riestra.
_ No sabía dónde la había guardado. Cuando volviese para hacer mi trabajo, la recuperaría discretamente, cosa que no hice, porque hay ojos por todos lados.
El capitán Riestra se llevó detenido al señor Néstor Torre y el juez exoneró a la señora Carina Riestra.
Ella y Martina Azcurra se fundieron en un abrazo profundo. Y la señora Riestra no paraba de mirar al capitán y agradecerle por su invaluable ayuda en el caso y por creer en ella todo el tiempo. La escena era muy conmovedora y habíamos entendido sólo así que el último canto del tenor no resultó en vano, después de todo.